Con mamá y papá, a los 30. Jóvenes que no logran despegar

En el llamado "ingreso tardío a la adultez", cada vez son más los que reciben algún tipo de ayuda económica de sus padres y algunos, incluso, aún viven en la casa paterna: ¿cómo funcionan estas nuevas dinámicas intergeneracionales?
En el llamado "ingreso tardío a la adultez", cada vez son más los que reciben algún tipo de ayuda económica de sus padres y algunos, incluso, aún viven en la casa paterna: ¿cómo funcionan estas nuevas dinámicas intergeneracionales? Fuente: LA NACION
Laura Marajofsky
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15 de junio de 2019  

Viviendo con otros para afrontar gastos, recibiendo dinero de los padres o rotando de departamento en departamento, así muestran hoy cada vez más series (She's Gotta Have It, Easy, Girls, New Girl) a la generación millennial. Sobran los ejemplos de imágenes sobre esta nueva adultez, en particular en lugares como Estados Unidos, donde como dice una nota reciente de The New York Times más del 50% de los jóvenes de entre 21 y 37 recibe algún tipo de ayuda económica de sus padres.

Aquí, la situación de muchos treintañeros no parece tan distinta. "Vivo con mis padres, me pago todas mis cosas y aporto con algunos servicios", cuenta Marianela, de 30 años, diseñadora y data entry, una de las tantas caras de lo que representa llegar hoy a los 30 con dificultad para "despegar" de la casa paterna. "A veces hago freelos, que invierto en construir algo en lo de mis viejos para dividir la propiedad. Últimamente pienso en vivir un año afuera para probar suerte", agrega. Aunque llegó a hablar en terapia de la culpa que siente, admite que la relación con sus padres es de "profunda empatía", lo cual la deja, en algún punto, más tranquila: "En tiempos de emprendedurismo, ellos son muy conscientes de los esfuerzos del resto".

Lo cierto es que, lejos del estereotipo de "vagos", hoy son muchos los jóvenes adultos, ya profesionales, que no pueden cortar el cordón umbilical. El corrimiento de hitos tradicionales (recibirse, casarse, tener hijos) ha producido en los últimos años una realidad ya naturalizada para varios treintañeros, profesionales, pero todavía sin hijos: muchos dependen de alguna manera de sus padres, vivan o no con ellos.

Las ayudas varían en tipo y cantidad, pero en general los rubros más mencionados son obra social, alquiler, facultad y comida o bienes básicos (celular, ropa), en ese orden. "La realidad es que me da un poco de culpa que a esta edad mi viejo tenga que seguir invirtiendo dinero en mí cuando podría usar esa plata para hacer cosas para él. Tengo una especie de límite interno que son los 30. Mi ideal sería llegar a esa edad sin recibir ayuda pero es un tanto ficcional. También me pasa que, a pesar de que nunca me exige resultados en la facultad, siento una especie de exigencia de que me vaya bien para no extender la carrera", relata Euge, de 28, periodista freelance que vive sola, decidió volver a estudiar para mejorar sus oportunidades laborales, y cuyos padres le pagan la carrera.Aunque dice que la presión es más social que familiar, cree que, ya pisando los 30, "estoy más cerca de convertirme en madre que de seguir 'siendo hija'".

Los relatos se suceden y el consenso general es que todos están "más o menos en la misma", si bien estamos acotando la lectura al sector de clase media... "La gente que conozco de mi generación que se dedica a lo mismo está en situaciones muy parecidas. Entiendo que esto es aceptable, al menos dentro de las clases medias para arriba, porque tenemos familias que nos pueden bancar y están de acuerdo, y nosotros fuimos desprendiéndonos de los mandatos de familia que por ahí tenían nuestros viejos. Mi familia apoya que quiera dedicarme a lo que me gusta aunque eso implique independizarme más tarde", opina Mariel, de 33, investigadora de doctorado becada.

Siendo una generación que se maneja con la premisa aspiracional de trabajar o hacer lo que le gusta, aun si esto implica ganar menos plata o retrasar la independencia, para algunos pareciera haber más tolerancia con el hecho de recibir ayuda de sus padres. Como si se sobreentendiera que hoy alcanzar esa adultez tradicional, al menos en términos económicos, puede llevar más tiempo.

Para Cecilia, de 27, que trabaja en una farmacia y cuida niños mientras estudia, los treinta son los nuevos veinte. "Quizás estamos muy cómodos, pero la realidad es que no es fácil avanzar. Mis amigos se esfuerzan mucho para llegar a fin de mes. Algunos solo viven el presente y viajan, otros se compran el auto o viven el día a día. La idea de una casa propia lograda pesito por pesito como lo hicieron nuestros abuelos está muy lejos de nosotros. Algunos heredan o les compran un departamento". Cecilia, como otros, tuvo que volver a vivir con su padre hace tres meses. Dice que la dinámica es como la de un hostel: cada uno se hace cargo de lo suyo. "Yo viví sola cinco años, pero mi padre me pagaba el alquiler del monoambiente y los servicios. La culpa se me acentúa en cada cumpleaños, cuando no puedo evitar sentirme más adulta y más adolescente a la vez", bromea.

Ingreso tardío

A Iván, psicólogo y músico de 37 años, le pagan la obra social
A Iván, psicólogo y músico de 37 años, le pagan la obra social Fuente: LA NACION

Si bien está documentado y se habla bastante de los cambios culturales que dan lugar al llamado "ingreso tardío a la adultez", poco y nada se habla de qué pasa con las expectativas de desarrollo económico. ¿Hay un límite de edad para recibir ayuda de tus padres? ¿Es normal no sentir culpa? ¿Se es menos adulto al recibir ayuda?

Tal vez, como plantean algunos teóricos en otros países, las economías deprimidas actuales obligan a hacernos preguntas respecto de qué significa ser adulto hoy o cómo se construyen redes de sustento y cuidado (junto a amigos, familias, etc.) en comunidad, avanzando hacia sociedades más colaborativas.

"Mi viejo me paga la obra social desde siempre, y cuando cumplí 27 fue a hacer los papeles para seguir pagándomela. Yo me ofrecí a darle la plata, la primera vez no me aceptó y desde entonces nunca más le ofrecí. A fin de mes siempre nos tomamos un café y de paso vamos al súper, meto cosas al carrito como si tuviera 10 años y él paga todo", admite Leticia, de 27, ingeniera en recursos naturales renovables. "En mi caso, la mayoría de mis amigas también viven solas o en pareja, y les pasa algo similar, con el uso de las tarjetas de crédito de los padres o algunas compras que todavía les pagan".

Cambio de proyectos

"La independencia es una de las características principales que definen a la adultez, la independencia que conduce a la búsqueda de un espacio físico y emocional diferente al del hogar parental. Es una necesidad intrínsecamente relacionada con la vida adulta, fundamentalmente porque con el tiempo esos jóvenes pueden tender a fundar su propia familia. De todas formas los proyectos cambiaron, antes una persona abandonaba la casa de sus padres al momento de 'dar el sí'. Los 'sí' cambiaron, en más de un sentido y entre ellos, el armado de una familia y por ende de una estructura financiera propicia para dicho proyecto, también", explica la psicóloga Teresa Crivaro.

A veces no se trata tanto de ayudas concretas como de la tranquilidad mental de saberse apoyado. "Recibo ayudas esporádicas, algún regalo, o sé que cuento con apoyo tanto económico como anímico de mis padres cuando lo necesito. Soy independiente desde muy joven, me mudé a los 23 años, luego viví en España dos años, siempre trabajé y me las arreglé. Actualmente lo que recibo mes a mes es la obra social. Este 2019 fue catastrófico para mí a nivel económico. Me comí mis ahorros, vivo al día, pago alquiler y no me sobra el dinero. No lo vivo con angustia pero sí con conciencia", cuenta Iván, de 37, psicólogo y músico.

"Sobre los adultos jóvenes que requieren de la ayuda económica de sus progenitores, me parece importante tener en cuenta que se trata de un fenómeno que crece de mano de la precarización laboral: menores salarios, altos porcentajes de inestabilidad laboral y de ingresos y el encarecimiento de las prepagas explican estas transferencias intrafamiliares de ingresos. Y además hay que tener en cuenta los procesos de valorización inmobiliaria y de incremento de la renta de la tierra en todas las grandes ciudades, que dificultan el acceso a la vivienda, tanto en lo que se refiere al alquiler como a la propiedad de estos inmuebles", contextualiza la socióloga Sol Prieto.

Sobre esto último, la vivienda sí constituye un punto de estrés para los treintañeros, ya que en momentos de alta inflación en los que los bienes básicos representan una proporción cada vez mayor del gasto cotidiano, afrontar un alquiler con independencia se les hace casi imposible. En los Estados Unidos, por ejemplo, solo dos de cada 10 millennials tiene una hipoteca o préstamo para una casa en marcha.

"En general mis amigos tienen casa propia, heredada o regalada. Yo tengo que estar agradecida porque en la comparativa de no pagar un alquiler, sigo siendo privilegiada. Si bien queremos flexibilidad en el trabajo, no le escapamos a la estabilidad. La mayoría de nosotros quiere avanzar casilleros en algo, por lo menos en lo profesional, y con los mismos beneficios de nuestros padres", cierra Marianela.

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