Conocé el refugio cordobés que inspiró al escritor Manuel Mujica Lainez

El inigualable "Manucho" pasó aquí, en La Cumbre, la mayor parte de su vida. La compró en 1968 y, desde entonces, se convirtió en un destino obligado de los intelectuales argentinos de la segunda mitad del siglo XX.
El inigualable "Manucho" pasó aquí, en La Cumbre, la mayor parte de su vida. La compró en 1968 y, desde entonces, se convirtió en un destino obligado de los intelectuales argentinos de la segunda mitad del siglo XX. Fuente: HOLA - Crédito: Tadeo Jones
Rodolfo Vera Calderón
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28 de mayo de 2019  • 17:03

Descubrió la casa por azar mientras paseaba. Un cartel anunciaba que estaba a la venta y, como por arte de magia, se dio cuenta de que había encontrado su lugar en el mundo. Con asombro, sus ojos repasaban los detalles de la enorme casa de estilo neomudéjar que se perdían entre los árboles centenarios. "Manucho", mote con el que su círculo íntimo llamaba a Manuel Mujica Lainez (1910-1984), tuvo su coup de foudre con El Paraíso a finales de 1968 durante una visita fugaz que hizo a La Cumbre, el pintoresco pueblo perdido entre las sierras de Córdoba. "Siempre soñé con un lugar así, apartado y cercano (.), cuando estuve en él comprendí que ese era el sitio esperado y desde el primer momento me apliqué con pasión a conseguirlo", plasmó el autor en el diario que escribió mientras compraba y reformaba la maravillosa propiedad.

Inmediatamente se puso en marcha para agendar una visita y, a los pocos días, pudo recorrerla. Desde que cruzó el umbral del portón principal, se convenció de que la casa debía ser suya. Caminó habitación por habitación, empujando puertas y abriendo ventanas, sin dejar de maravillarse por el caserón que solamente le revelaba sorpresas. En su cabeza rápidamente comenzó a amoblarla y a decorarla, a pensar en qué lugar ubicaría su biblioteca, a llenar las paredes con sus cuadros y sus objetos.

SU LUGAR EN EL MUNDO

Durante los primeros días de 1969, después de haber pagado la suma de siete millones de pesos por una propiedad de seis hectáreas (20.000 dólares estadounidenses de la época), el autor de Bomarzo le anunció a su mujer, Ana de Alvear Ortiz Basualdo, que encararían un nuevo estilo de vida, lejos de Buenos Aires y de su agitada vida social. Ella, que sentía un amor ciego por su marido, se puso manos a la obra e hizo todo lo que estuvo a su alcance para devolverle, codo a codo con "Manucho", el calor vital a ese "paraíso" abandonado. Junto a sus tres hijos -Diego, Ana y Manuel- armó el equipaje y, con devoción, comenzó una nueva vida al lado del hombre con el que se casó en 1936. "El entusiasmo de Anita me secundó desde el primer instante. No por nada ella lleva en las venas la sangre del constructor del palacio Sans Souci, Carlos María de Alvear. (.) Mucho más práctica que yo, mucho más consciente, compartió, empero, mi sueño y eso me dio alas", escribió Mujica Lainez en su diario.

Su primera noche en la casa fue la del 3 de abril de 1969. En aquel momento fue cuando recién se enteró por Marian Lodi -la encantadora inglesa que regentaba el pintoresco Hotel de Cruz Chica de La Cumbre- que, en 1922, un rico español llamado Ramón Cabezas le encomendó al arquitecto francés Leon Dourge, discípulo de Alejandro Bustillo y quien diseñó el Palacio Duhau, que construyera El Paraíso. El dueño de casa estaba fascinado con las historias de su "palacio". Cada día que trascurría, más se convencía de que había hecho el mejor negocio de su vida. En muy poco tiempo, la casa se convirtió en un centro de reunión obligado para los intelectuales de la época y en el lugar en el que Mujica Lainez escribió la mayor parte de su obra. Ahí vivió hasta su muerte, en abril de 1984.

Manuel Mujica Lainez en una imagen tomada en su casa de las sierras cordobesas.
Manuel Mujica Lainez en una imagen tomada en su casa de las sierras cordobesas. Fuente: HOLA - Crédito: Albúm Familiar

El espléndido salón o "sala de los retratos" es el lugar más grande de la casa, donde "Manucho" organizaba su famosa fiesta de carnaval todos los veranos.
El espléndido salón o "sala de los retratos" es el lugar más grande de la casa, donde "Manucho" organizaba su famosa fiesta de carnaval todos los veranos. Fuente: HOLA - Crédito: Tadeo Jones

En este pequeño living, decorado con muebles estilo Luis XV, es donde el dueño de casa recibía a sus amigos más cercanos durante el invierno. Está decorado principalmente con dibujos que le fueron regalando a lo largo de su vida. Al fondo, se aprecia el jardín de invierno
En este pequeño living, decorado con muebles estilo Luis XV, es donde el dueño de casa recibía a sus amigos más cercanos durante el invierno. Está decorado principalmente con dibujos que le fueron regalando a lo largo de su vida. Al fondo, se aprecia el jardín de invierno Fuente: HOLA - Crédito: Tadeo Jones

Retrato de Ana de Alvear de Mujica Lainez, obra que el famoso acuarelista argentino Jorge Larco realizó en 1942.
Retrato de Ana de Alvear de Mujica Lainez, obra que el famoso acuarelista argentino Jorge Larco realizó en 1942. Fuente: HOLA - Crédito: Albúm Familiar

la mesa del comedor, estilo español, está puesta de la misma forma en la que se hacía cuando vivía el escritor. Los platos, obra de la ceramista de Emma Gargiulos, eran sus favoritos.
la mesa del comedor, estilo español, está puesta de la misma forma en la que se hacía cuando vivía el escritor. Los platos, obra de la ceramista de Emma Gargiulos, eran sus favoritos. Fuente: HOLA - Crédito: Tadeo Jones

Máquina de escribir Woodstok, regalo de Bartolomé Mitre. Detrás permanece aún colgado el matamoscas que utilizaba el escritor.
Máquina de escribir Woodstok, regalo de Bartolomé Mitre. Detrás permanece aún colgado el matamoscas que utilizaba el escritor. Fuente: HOLA - Crédito: Tadeo Jones

El escritorio de "Manucho" es uno de los rincones más pintorescos de la casa. Ahí, el autor se sentaba todos los días a escribir, ya fuera alguna de sus obras o los artículos que religiosamente publicaba en La Nación, donde fue crítico de arte durante muchos años.
El escritorio de "Manucho" es uno de los rincones más pintorescos de la casa. Ahí, el autor se sentaba todos los días a escribir, ya fuera alguna de sus obras o los artículos que religiosamente publicaba en La Nación, donde fue crítico de arte durante muchos años. Fuente: HOLA - Crédito: Tadeo Jones

La entrada a El Paraíso está enmarcada por dos enormes parras. El portón es una obra del artista José María Suhurt.
La entrada a El Paraíso está enmarcada por dos enormes parras. El portón es una obra del artista José María Suhurt. Fuente: HOLA - Crédito: Tadeo Jones

A un lado de su cama, aún permanecen los libros que estaba leyendo, entre ellos la obra del poeta griego Constantino Cavafis.
A un lado de su cama, aún permanecen los libros que estaba leyendo, entre ellos la obra del poeta griego Constantino Cavafis. Fuente: HOLA - Crédito: Tadeo Jones

"Manucho" junto a su gato Balzac en su escritorio
"Manucho" junto a su gato Balzac en su escritorio Fuente: HOLA - Crédito: Albúm Familiar

La tumba de Cecil, que murió seis años antes que su dueño.
La tumba de Cecil, que murió seis años antes que su dueño. Fuente: HOLA - Crédito: Tadeo Jones

En 1972, Manucho escribió un libro al que tituló Cecil en honor a su inseparable whippet. Narra la vida del autor en su retiro serrano a través de la voz de su perro

"Manucho" y su mascota, quien muchas veces lo acompañaba al cine y si era necesario le sacaba una entrada, porque la película sólo se proyectaba con un mínimo de dos espectadores.
"Manucho" y su mascota, quien muchas veces lo acompañaba al cine y si era necesario le sacaba una entrada, porque la película sólo se proyectaba con un mínimo de dos espectadores. Fuente: HOLA - Crédito: Albúm Familiar

Agradecemos a la Fundación Mujica Lainez (www.fundacionmujicalainez.org)

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