
Cual es su audacia
A poco más de un año de terminar CQC, Eduardo de la Puente se tragó los prejuicios y volvió a la televisión abierta con un correcto programa de concursos que hasta la semana anterior se llamó Codicia. Esta es la historia de un antidivo que creció solo en las calles de La Boca, se hizo conocer como transgresor en la radio y famoso en la televisión abierta, que hoy habita con humildad de inquilino
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Todos se apropian de Eduardo de la Puente. La neohippie que vende papelitos con ingeniosas frases de famosos ingeniosos y que le dice Eduardo, éste es perfecto para vos. Y éste. Y éste. Y éste. El hombre de la mesa contigua que palmea su espalda y a ver cuándo nos vemos, saludos a Mario. La mujer que ofrece velitas aromáticas y dice permiiiiso, Eduardo, la plata es para el Hospital de Niños. La chica de vestido como baba que deja un libro de poemas porque yo sé que te interesa, Eduardo.
Y Eduardo paga. Eduardo tiene un tarrito lleno de monedas. Ya no las guarda para comprar un boleto con asiento al fondo en el 152. Ahora titilan todas juntas en su auto, para los limpiavidrios, los ambulantes, los ambulatorios y los sonámbulos. Porque todos lo conocen y lo tratan como a un primo o un amigo de la infancia. Y porque el señor Delapé -tal es su apodo- no es hombre de provocar solemnidades. Demasiado barrio encima y un eficaz esfuerzo por huir del espolón del divismo, hicieron de él un raro caso de famoso empeñado en ser normal.
Y la gente, que es viva, se aprovecha de los famosos normales.
-Por suerte no me hace un hueco en la economía. No me cuesta ayudar, así como a esta altura ya no me molesta que me pidan una foto o un autógrafo.
Antes sí le molestaba. Era 1988, era el programa de radio Malas compañías y era el muchacho periodista saliendo del trabajo y encontrándose con su primer groupie: una temible cruza de barrabrava con testigo de Jehová.
-Me pasé veinte minutos explicándole que mi autógrafo no valía nada, pero él insistía y me decía que no le importaba, que lo quería tener igual. Y tuve que respetárselo. O sea: era un tipo con el cual yo no compartía su interés por mí. Pero bueno, ahora trato de que sea todo lo más suave y rápido posible. Ya no pierdo más tiempo convenciendo a nadie.
No puede perder tiempo, porque casi no tiene. El último año de CQC lo dejó enredado en nervios, y este 2001 también intentará aplastarlo. Además de mantener las mañanas de Cuál es en la Rock and Pop, de la Puente conduce Volverte a ver en cable, dirige la revista Music Expert, recomienda discos en Trespuntos, edita los contenidos del sitio web 4kstore (de la productora Cuatro Cabezas) y pasea billetes delante de participantes hambrientos en Codicia -que por un tema de derechos ahora se llama Audacia-, el programa de preguntas y respuestas que ofrece suculento premio a quien responda -por ejemplo- cuál es el nombre verdadero de la actriz apodada Lechuguita.
Sí. Eduardo de la Puente, hombre que ha probado el gusto oxidado de la calle, ex integrante del puñado de alfileres que era CQC, desmesurado y virulento en la radio, nos invita hoy a su quiz show, a participar por medio millón de dólares.
El dice que le gusta.
-Julián Weich me sentó frente a una pantalla sin decirme previamente de qué se trataba. Me dijo mirá esto y era Greed, la versión americana. Me acuerdo que la idea era que yo lo mirara diez minutos para ver si me gustaba, y terminé viendo dos programas y medio. Y ahí dije bueno, si me atrapó a mí, que soy enemigo de este tipo de programas, supongo que alguno más se va a enganchar.
Es la hora del velorio. Son las 6 de la tarde y un riacho de personas empieza a manar de un portón entreabierto. Es tiempo de descanso en la grabación de Audacia, y los extras -vestidos con un estricto atuendo negro- avanzan sobre los sándwiches y se aburren comiendo.
-Falta el muerto y estamos todos.
Bromea el animador, encerrado en un ambo inmaculado y de oscuridad severa. En el camarín hay tres más, de repuesto. Pero abajo de la ropa de ocasión, en un rincón del placard, un par de zapatillas lastimosas y una remera del Che lo desmienten todo.
O casi todo. Porque algunas cosas han cambiado.
-Antes ni me fijaba en el rating, por ejemplo. Pero ahora sí. Tiene que ver con una continuidad de trabajo, que ojalá sea para todo el año.
-Pero trabajo no te falta.
-No. Pero esto me permite abrir un poco el juego en relación a lo que venía haciendo. Yo tengo un montón de espacios de juego. La radio, Volverte a ver, CQC en su momento, y esto me permite seguir jugando, aunque un poco más acotado y sin tanto margen para desbocarme. Además, la diferencia económica es importante.
-Sos un poco codicioso.
-No. Acá entran en juego otras cosas. Tengo un hijo, no nos olvidemos. Antes no me importaba el futuro porque lo mío era presente y punto, pero con un hijo te cambia esa visión. Es cierto: sin Audacia podría vivir tranquilamente, a mí ya más no me hace falta, pero quiero asegurarle cierto futuro a Martín. Sin él yo seguiría tan petardo como antes. Martín me hizo dar cuenta de que hay un futuro.
Durante muchos años, el futuro fue algo parecido al rating: un mensaje cifrado y escrito para otros. En los años 80 se llegaba al futuro con los ojos rojos por el humo y el sueño, el presente se exprimía hasta el dolor y el insomnio era la forma más eficaz de estar vivo. Hubo un tiempo en el que Mario Pergolini y de la Puente hicieron de la Radio Rock and Pop un tórrido segundo hogar. De 8 de la noche a 1 de la mañana conducían Malas compañías (programa que acaparó un récord de casi el 78 por ciento de la audiencia en FM) y cinco horas más tarde comenzaban a producir un noticiero llamado Monoblock, que también resultó un éxito.
En el medio, "el primer domicilio del rock" oficiaba de inclemente dormitorio, de hotelito sin cargo, de amable aguantadero con paredes acolchadas. No cobraban bien en esa época, pero ellos se sentían bien pagados.
-Usufructuábamos del medio para un montón de cosas.
-¿Mujeres?
-Mujeres, mujeres y mujeres también. Yo tenía 25 años y éramos una banda de colegiales con poder. Teníamos como oyente al dueño de un cabarute que se divertía mucho con nosotros, y a veces se nos aparecían unas chicas tremendas por la puerta de la radio y nos decían: "es una invitación del señor fulano". Entonces íbamos, nos divertíamos y no nos cobraban. O si no teníamos canjes raros. En una época hicimos un canje con una rotisería de San Telmo: nosotros la nombrábamos al aire y a la media hora llegaba una caja llena de pollo a la portuguesa con papas fritas. Así zafábamos del arroz con grasa.
Arroz con grasa. O el plato gourmet de un pobre sofisticado.
-Hubo un tiempo en el que Mario se vino a vivir a casa, porque estábamos cerquita de la radio y él vivía en Martínez y nosotros salíamos muy tarde. Y la cocina es uno de los grandes indicadores de cómo está tu bolsillo. Nuestro plato más frecuente era un invento nuestro: estaba basado en arroz o fideos, a los cuales se aderezaba con la grasa de los patis que venías acumulando en una sartén que no se lavaba nunca. Entonces llegado un límite calentabas la grasa y aderezabas el arroz. Esto, por supuesto, acompañado con agua. Era lo único que teníamos en la heladera. Y ginebra, que era barata. Era el lujo. Si recibíamos a alguien en casa le decíamos: ¿Querés tomar una ginebra? Y quedábamos como duques.
-¿Qué diferencias hay entre el stress organizado que sufrís ahora y la vida sin descanso de entonces?
-Tenía veintipico de años y ahora tengo 37. Partamos de esa base. El cuerpo me aguantaba más, resistía más también algún tipo de incentivos que vinieran, y ya no. Aprendí a organizarme y a disfrutar más del trabajo.
-¿A los veintipico no lo disfrutabas?
-¡Sí! ¡Absolutamente! Pero dormir era perder el tiempo. Tengo un maldito karma: quiero vivir un montón de vidas y tengo una sola. Ahora descubrí el placer de despertarme descansado, pero cuando yo aguantaba 24 horas despierto el cuerpo me permitía jugar a las cuatro vidas.
Eduardo está limpio de toda nostalgia. Cuenta sus recuerdos con una extraña distancia, con la velocidad radial con que se narra la historia de otros. Si la nostalgia implica un jugueteo triste y remolón con el pasado que ya no vuelve, una pérdida de tiempo al fin, él la evita.
Aprendió a comerse el tiempo de a bocados generosos. A los 3 años ya leía y a los 5 empezó a escribir. Nació así, tempranamente, una de sus otras vidas, un universo propio y paralelo donde nadie se metía. Las historias eran su segundo hogar. Y no. El primer hogar no era la casa.
-En la infancia me la pasaba en la calle. Crecí y viví 24 años en La Boca, en un barrio que se llama Catalinas Sud que es muy copado, que no tiene calles. Son todo veredas y jardines y entonces era muy piola porque ya desde chiquito podías andar con seguridad de que no te iba a pisar un auto. Mis papás están separados desde que tengo 1 año y mi madre era alcohólica, con lo cual estaba todo más dado para que estuviera fuera de casa. Y fue una infancia mitad muy feliz y mitad bastante angustiante. Todo eso, si bien me ayudó a sobrevivir y todo, me generó un sentido de soledad bastante grande, y de no pertenencia enorme. Pero bueno, las sucesivas terapias están ayudando a solucionar el tema.
-¿La escritura era otra forma de escape?
-Ah, sí. Era un escape maravilloso. Y no paré en toda la vida. Me ayudó a zafar en la primaria porque escribía bárbaro. Como participaba en el diario del colegio me sacaban de clase para escribir. En el secundario, en las horas de redacción, en lugar de hacer una escribía tres o cuatro, lo que me diera el tiempo, las repartía entre mis compañeros y las transaba por sánguches y coca-cola.
Además de literatura, las escuelas tienen materias como matemáticas, física y química.
-No terminé el colegio. Todavía debo algunas previas, pero digamos que mi cultivación intelectual vino por otro lado mucho más individual. Cuando entré al secundario era el primer año de dictadura. Así pretendieron educarme. Entonces no comulgué mucho con ese sistema.
A los 17 años, con los estudios rengos, una madre recién fallecida y una casa sólo para él, Eduardo tuvo que mantenerse. Fue cadete de un estudio de liquidaciones y seguros, empleado de un polirrubro, y de una panadería y de una casa de servicios de lunch.
-Y un poco de ayuda de mis abuelos, que cuando tenían tiraban unos mangos.
Hechas como en carbonilla y gruesas como las alas de una gaviota reventona, las cejas de Eduardo vienen importadas del norte de España. Allá, en las Vascongadas, está el pueblo de Falses. En tiempos de guerra civil habitaba allí Eduardo Biurrún, uno de los primeros alcaldes socialistas del país. Fue en esa villa donde lo fusilaron, y fue también allí donde raparon a su hija y la apedrearon en la plaza pública. Se llamaba Mercedes.
-Y mi abuelo, que la había conocido en Falses pero alcanzó a venirse a la Argentina, se casó por poder con ella para sacarla de España cuanto antes. Y yo me crié mucho con mi abuela Mercedes, que vivía cerca de casa. Aunque en general me sentía bastante solo. No tengo hermanos, sí dos medio hermanos mucho más chicos, producto del segundo matrimonio de mi viejo. O sea que si de chico le quería pedir consejo a alguien no tenía mucho, o tenía amigos. O la calle. Aprendí a aconsejarme yo mismo.
-Los que te aconsejaron aceptar Audacia fueron Pergolini y Diego Guebel. ¿Sos malo para los negocios?
-Soy un desastre. Tengo un problema: como este laburo me divierte, si me ofrecés algo que me puede seducir por ahí ni pienso en cobrar. Por suerte los tengo a Mario y a Guebel atrás, que cuidan mi imagen, y lo hacen por el amor y respeto que nos tenemos. No es una cuestión frívola sino de continuidad de trabajo: una patinada grossa te puede costar mucho levantarla.
En 1990 hubo una limpieza de personal en la Rock and Pop. De la Puente se salvó, pero quedó trabajando en la cornisa. Hasta que llegó el señor "patinada grossa". Le ofreció un sueldo de infarto y a cambio le pidió el alma.
-El quería montar una FM tropical y quería que se la armara toda. Y yo acepté. O sea, durante ocho meses cobré literalmente diez veces más de lo que solía ganar, pero un día me desperté cantando qué tendrá el petiso. Ese día miré la almohada y había un montón de limaduras cerebrales. Y dije chau. Y renuncié. Yo estaba muy sacado, me había peleado con Mario, con la Rock and Pop, con Buenos Aires, con todo el mundo, y dinamité mi casa y me fui a vivir a Mar del Plata. Dos años. Lo peor que pude haber hecho en la vida. Laburé en cuanta radio hubiera, en las dos oficiales, en 600 truchas, conocí la miseria espiritual y económica, y me escapé una madrugada a las 3 de la mañana. Fue un espanto.
-¿Cómo te reorganizaste después de ese caos?
-Fue bastante fácil. Sobre el final de esos dos años Mario iba a ir para allá para hacer un curro en un boliche. Nos encontramos, nos pedimos las disculpas necesarias, lloramos y nos emborrachamos lo suficiente, y ahí él decidió que me repatriaba y me traía a laburar con él. A los dos meses ya estaba de vuelta, viviendo con él y su mujer mientras me buscaba un departamento para alquilar, laburando un poquitito en La TV ataca y Hacelo por mí. Digamos: Mario me pasaba un dinero para que yo viviera y yo trataba de justificarlo haciendo algunas cosas. Y después nació Cuál es y de ahí para acá todo lo que vino.
Todo lo que vino fue un programa agitado, inclemente, y al principio molesto para los políticos. Eduardo llegó a CQC con aires de rara avis, con un pudor ante cámaras que se fue limpiando a una velocidad prudente. Todo lo que vino fue un sueldo de 1200 pesos, la promesa de que -apenas llegaran los ingresos por publicidad- la suma aumentaría; y una nueva vida bajo una nueva estrella. La tele lo obligó a tejer circuitos perfectos por lugares vacíos. No más cines de sábado por la noche, nada de estrenos, tal vez alguna cena en un boliche inhallable. Y una vida apacible en Ezeiza, en una casa chica, suficiente, donde los flashes no lastiman.
-No es grande ni mucho menos. Fue mucho tiempo de cobrar mi sueldo y ponerlo intacto ahí.
-Pero, ¿cuándo te diste tu primer lujo?
-No sé... no soy un tipo de ambiciones desmedidas y detesto las obscenidades económicas. No me interesa navegar, ni tener un barco, ni nada por el estilo. Con mi hijo tengo la prioridad de intentar darle cosas que yo no tuve, como una familia constituida, por ejemplo. Punto. Es lo único que me interesa darle de movida. Y un hermano, que es algo que lamento muchísimo no haber tenido. Pero en términos económicos, mientras mi mujer y yo podamos desplazarnos y todos tengamos para comer y no estemos endeudados, ya está bien. De todos modos, si querés saber cuándo empecé a ganar buena plata, fue en el tercer año de Caiga.
El éxito de CQC se tradujo en un efecto centrífugo que lanzó a varios integrantes a la travesía del programa propio, y que exportó el formato a Estados Unidos, España, Francia, Israel, Alemania, Inglaterra, los Países Bajos e Italia. A Eduardo le gusta, principalmente, la sucursal en España.
-¿Por una cuestión ancestral?
-No, porque la gente de allá me consigue incunables de El hombre Araña. Tengo una colección que ni te cuento. Eso me encanta, me encanta también jugar a matar gente en los viedogames, y cosas que pueda compartir con mi hijo.
Le gusta también Stephen King. Debajo de su antebrazo hay un libro avanzado unas cien páginas.
-Pero no es de los mejores. ¿Viste que antes Stephen King mataba con una aplanadora a niños de 2 años? Ahora no. Ya no es lo mismo.
Dice forzando una nostalgia burlona. Claro que si en la página 101 apareciera un niñito de 2 años aplastado, quién sabe. Es posible que a Eduardo ya no le cause tanta gracia.
Una apuesta a los clásicos
Sostiene Eduardo de la Puente que con Audacia hay una rejerarquización de los quiz shows: "Hay una diferencia grande con la pobreza general de los programas de preguntas y respuestas. Aunque hay un participante que entra por sorteo, el resto es resultado de un buen trabajo de casting, donde no se buscan señoras que se cuelguen del cuello del conductor cuando ganan. El programa tiene una sobriedad que es bárbara. Si hubiera sido algo estruendoso, más telefeístico, no me habría prendido".
Estruendosos o no, ese tipo de programas aseguraron kilos de rating en todo el mundo y fueron carne de guión de películas como Magnolia y Quiz Show. Fue este film una mirada a los primeros programas de preguntas y respuestas y su corrupción en la década del 50. En él se recreaba la atmósfera del primer gran concurso de este tipo, llamado Twenty One (Veintiuno), que fue denunciado por el participante Herb Stempel por dar las respuestas correctas previamente a los participantes.
Salvando las diferencias, en la Argentina este espacio fue cubierto por el mítico Odol Pregunta, un concurso donde se resaltaba el conocimiento principalmente enciclopedista, y donde el ganador podía llevarse una modesta cantidad de dinero (si se la compara con las sumas que actualmente están en juego). A este programa siguieron varios donde -salvo en Tiempo de Siembra y algún otro caso aislado- siempre se apeló a: a) preguntas respondibles por un lactante; o b) preguntas donde prima el azar de la respuesta sobre el conocimiento (si se tiene en cuenta que sólo Rainman puede saber cuántos kilos pesaba el mástil de la carabela en la que llegó Colón).
En tiempos de auge de los reality game shows (Expedición Robinson, Solos en la casa, y próximamente El Bar y El Gran Hermano) la televisión sigue reservando un espacio para los clásicos. Es así como se espera en abril el debut de Julián Weich en el programa ¿Quién quiere ser millonario?, un ciclo de preguntas y respuestas ideado en Inglaterra e instalado con éxito en 78 países, que llega a la Argentina de la mano de Promofilm, la misma productora que importó Codicia (ahora Audacia).






