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La percepción corporal en varones atraviesa una transformación preocupante, por lo que Roberto Olivardia, médico con tres décadas de trayectoria en el estudio de la imagen corporal, alerta sobre el incremento de la dismorfia muscular entre jóvenes y niños. Mientras la sociedad desarrolla herramientas para detectar trastornos alimentarios en mujeres, los varones quedan expuestos a una presión estética diferente. La búsqueda de la masa muscular extrema se disfraza bajo una apariencia de disciplina y salud, lo cual dificulta la intervención profesional temprana.
Según Olivardia, el fenómeno ganó terreno en la cultura popular durante las décadas del setenta y ochenta. En aquel tiempo, las estrellas de cine como Arnold Schwarzenegger o Sylvester Stallone impusieron cuerpos musculosos como un activo principal de éxito. Esta narrativa hoy se potencia en redes sociales y en espacios digitales conocidos como la manosfera, donde se promueve la masculinidad a través del tamaño físico. El doctor explicó a la BBC que este tipo de mensajes afecta la percepción propia de los jóvenes, quienes se sienten pequeños a pesar de lucir una estructura física atlética.

El impacto de las plataformas digitales resulta decisivo, donde el profesional advierte que los algoritmos otorgan a los influencers una autoridad cuestionable. Muchos creadores de contenido difunden ideas sin respaldo científico, pero captan a una audiencia vulnerable que los escucha durante horas cada semana. “Yo veo a un paciente durante 50 minutos a la semana, mientras que él puede estar escuchando a ese influencer entre 10 y 15 horas semanales”, afirma Olivardia sobre la brecha que separa a la ciencia de las tendencias virales. Estos referentes digitales prometen poder, respeto y acceso a mujeres como recompensa por seguir regímenes físicos extremos.
La normalización de conductas peligrosas alcanza niveles críticos, por lo que el especialista relata casos de jóvenes que se someten a prácticas extremas, incluso el daño físico deliberado, para cumplir con estándares de belleza irreales. Este tipo de comportamiento, anteriormente considerado psicótico, hoy encuentra legitimación en comunidades virtuales que premian la radicalidad. El riesgo aumenta cuando el entorno familiar y escolar no identifica los síntomas. A menudo, el entorno elogia el tiempo excesivo en el gimnasio bajo la premisa de la voluntad, sin advertir el daño psicológico subyacente.

Olivardia propone indicadores clave para distinguir la salud de la patología: el primer criterio es la autopercepción. Si un joven percibe gordura donde existe masa muscular, o flacidez donde hay un cuerpo definido, la señal de alarma resulta clara. El segundo criterio es la interferencia en la vida diaria. “Tengo pacientes obsesionados con el ejercicio que pasan cinco o seis horas al día en el gimnasio y están completamente agotados”, detalla el médico.
Este agotamiento físico, sumado al aislamiento social, constituye un círculo vicioso de difícil salida. El uso de sustancias como esteroides o la dependencia de analgésicos para mitigar el dolor provocado por el sobre entrenamiento representan riesgos físicos inmediatos. El ejercicio moderado promueve el bienestar, pero diez horas de actividad diaria superan cualquier beneficio fisiológico necesario para un desarrollo sano. La vigilancia de padres y entrenadores resulta vital para frenar esta tendencia antes de que el daño corporal y mental se convierta en una condición crónica que condicione el futuro de los adolescentes.


