
Cumbres borrascosas
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Se dice que las sociedades primitivas festejaban la naturaleza y sus fenómenos. Esas sociedades se agrupaban para celebrar la salida del sol, la fertilidad de la tierra, la bendita lluvia que mojaba los campos; se asustaban del trueno y del rayo, y bailaban alrededor del fuego, que respetaban como fuente de calor y energía. De todas estas actividades no hay constancia cierta; sin embargo, generación tras generación el género humano ha tomado como cierta esa teoría del respeto, el temor y la veneración que el hombre tuvo alguna vez por la naturaleza y sus misterios. Pero las leyendas son hermosas para contar cuentos a niños insomnes o para transformarlas en sagas fílmicas llenas de efectos especiales. Y ahí quedan, en la penumbra de las salas cinematográficas del centro comercial más próximo a su domicilio.
La permanente y creciente falta de respeto hacia Madre Natura parece ser la consigna globalizada de este mundo caótico del siglo XXI, con fundamentalistas políticos y religiosos de una virulencia espantosa. En medio del apocalíptico escenario bélico abierto en muchos y contradictorios frentes, surgen las peores pasiones humanas: ambición, sed de poder, intolerancia y violencia. Los países democráticos retroceden día a día en el respeto por las libertades individuales, se avanza sobre la gente sin el menor empacho. Leyes ya aprobadas o por aprobarse autorizan la existencia de "prisiones secretas" para supuestos sospechosos de terrorismo, aunque no exista el menor indicio que pruebe la participación de esas personas en ningún hecho delictivo; da igual, si a alguien con cierto poder le resulta sospechosa tal o cual persona, podrán tomarse muchos días o semanas para averiguar vida y milagros del infortunado, que entrará en un "limbo" sin derechos. El miedo y la paranoia se han instalado en las hasta no hace mucho sociedades liberales y pluralistas. Ni hablar de las otras sociedades, las autoritarias, dinásticas, y dictatoriales, dogmáticas y represoras. Esas están de parabienes, ya que los demonios se han corporizado en las potencias imperialistas, que, con su consumismo desenfrenado y sus desórdenes morales y sus crisis de corrupción en todos los órdenes, ofrecen el flanco más propicio para el anatema y la maldición.
Jóvenes marginados, asfixiados por la injusticia, el prejuicio y la falta de horizontes, que se volcaban al crimen, ahora se refugian en el fanatismo religioso produciendo choques mucho más violentos en una espiral de barbarie que se proyecta desde los países más subdesarrollados hasta las potencias más prósperas y modernas. Nadie está a salvo de la violencia, la destrucción y el odio. Y, como si esto no bastara, los gobiernos siguen hablando de poder, comercio, mercado, petróleo, negocios y armas, siguen debatiendo acerca de las bondades de su sistema financiero y su déficit y su "riesgo país" y sus "medidas sustentables" y su idea de "seguridad jurídica", seguridad que nunca se refiere al individuo, sino a sus corporaciones de poder y dinero.
Para concretar sus fines no han vacilado en depredar todo lo que han encontrado a su paso, acusando de "idealistas anticuados" a los que, con conocimiento y estudio, se han atrevido a prevenir sobre desastres naturales evitables. Guerras de laboratorios y remedios que no salen al mercado hasta que no se arreglan sus precios y sus posibles beneficios económicos, son el contrapunto trágico a las muertes por epidemias y pandemias que amenazan diezmar a la población mundial.
La naturaleza, entretanto, añora a aquellos "primitivos" que la adoraban y le temían. Añora aquel fuego hecho por el hombre para refugio y fuente energética; añora a aquellos que mataban sólo para alimentarse y se asombra de la estupidez y la ceguera de los que, teniendo el poder para protegerla, la degradan con tanta inmundicia tóxica y tanto veneno mortal. Harta ya de tanta agresión, estalla en huracanes, olas gigantes, terremotos, tornados e inundaciones cada vez más feroces. Y a pesar de tanto aviso y tanta desgracia, el poder, ciego y sordo, sigue discutiendo estupideces en "cumbres" y "reuniones de negocios" que son patéticos concursos de discursos airados e incidentes bochornosos. ¿Terminará esta pesadilla?
* El autor es actor y escritor
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