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Curiosidades. Cómo armó Sebastián Páez Vilaró su bar en una casona de Palermo

Marina Gambier
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11 de junio de 2019  • 00:53

El Rey de Copas en los naipes de la baraja española representa a una persona o situación que está en el "país de los sueños", algo inalcanzable, dicen los libros; el tarot habla de alguien con un interior rico y lleno de emociones, con un inconsciente poderoso y sutil, y un talento creativo desbordante. A cualquier mortal, incluso a quienes no creen en la predicción, le resultará asombroso comprobar que ambas interpretaciones pueden corporizarse en el mundo real, y más precisamente en un bar. Considerando que se trata de un escenario donde cada detalle está cargado de significación, Rey de Copas resulta entonces un lugar único entre los de su estirpe: más que un bar, es una experiencia.

Lo fundó Sebastián Páez Vilaró en una casona típica de Palermo Viejo a fines de 2012, cuando parecía que el barrio ya no tenía nada que aportarle a la gastronomía local. Pero la saturación repetida de su entorno terminó obrando a favor. Siete años después, y pese a su corta existencia, acaba de ser postulado para alcanzar la declaración de Interés Cultural que otorga la Legislatura porteña a aquellos espacios urbanos con carácter e historia, atributos que le sobran a este singular emprendimiento ."A Rey de Copas lo pienso como una obra viviente, donde nunca todo es igual, y donde todos somos parte; una especie de embajada del mundo, sin fronteras" dirá su propietario, coleccionista precoz y escenógrafo consumado; mitad argentino, mitad uruguayo, de poco hablar. La vivienda elegida para montar el proyecto conservaba su tipología de patio y cuartos en galería.

Apenas se tiraron algunas paredes para generar un amplio salón cuyo interior, como un lienzo en blanco, fue tomando de a poco las formas de su imaginación. Hoy es un pequeño museo donde conviven decenas de piezas originales traídas de distintas partes del mundo, junto con obras propias y también de su progenitor, el artista plástico Carlos Páez Vilaró. "Yo quería tener un bar. En 1980 mi padre abrió uno en Casapueblo, de ahí tomé el nombre, pero nunca pensé en los problemas que supone un emprendimiento así. Muchas veces estuve a punto de cerrar. Los comienzos fueron duros.

Financieramente es un esfuerzo, porque nunca cierran las cuentas. Siempre digo que estoy loco o demasiado cuerdo para seguir sosteniéndolo" recuerda con humor, una tarde de martes. La cocina y la coctelería recientemente relanzadas, que ofrece sabores y porciones generosas, son el fuerte de la carta; aunque para el visitante primerizo, e incluso para los habitués , la atención se desviará al ambiente, en constante transformación. Basta detener la mirada para descubrir rincones que invitan a viajar por los continentes.

El mundo un bar

Como la arcada de acceso, en el salón principal destaca la barra larga hecha con maderas de muelle y partes de un puente, revestida con mayólicas originales de Pas de Calais, un verdadero tesoro hallado en la feria de Tristán Narvaja, en Montevideo.

Detrás, un imponente mural de cobre y bronce con una trama de símbolos repujados da cuenta del inquietante talento de nuestro anfitrión. Al costado asoma una talla de San Isidro labrador y una serie de trompetas gastadas. "A los trece años empecé a coleccionar antigüedades, incluídos instrumentos. Me gusta averiguar, o imaginar su historia, hasta la otra punta del hilo... Al San Isidro lo encontré en un remate. Probablemente perteneció a alguna iglesia de Bolivia. La figura lleva un morral con monedas de mediados de 1800 que podrían indicar su edad. Las banquetas eran mesas que encontré en un anticuario. Tenemos otras que hicimos con durmientes, y unas más livianas, para que no pesen como un tren" sugiere. En un extremo cuelgan collages de la década del setenta y un diablo de la última serie de trabajos en hojalata realizados por su padre en el taller del Tigre, en 2005.

Del techo pende una gaviota de madera. "Siempre voló en mi casa en Uruguay, de niño; luego desapareció hasta que un día la encontré desarmada y sin hilos. Pudimos curarla y hoy continúa volando en Buenos Aires. Por lo que pude averiguar se la regaló un arquitecto uruguayo a mis padres". Nichos con esculturas religiosas, su tema fetiche, junto con las máscaras; y un ingenioso separador de ambientes armado con partes de un rosario, bolas del horóscopo chino y tablas de hueso o marfilina con imágenes del Kamasutra encontrados en San Telmo. Grandes faroles de plaza intervenidos por su mano, biombos de la India de la década del cuarenta, máscaras, libros y bajorelieves en metal completan la travesía de la planta baja. El techo de chapa se abre al cielo con un sistema de poleas resuelto por Leonel Bueno, un herrero que fue (y es) indispensable para la realización de varias ideas en el bar, admite. "Sobre las máscaras, tengo de varios lugares del mundo. Como los objetos rituales, y religiosos, siempre me gustaron. Quizá por haber crecido rodado de ellos. A mucha gente le daban y le dan miedo, en cambio yo siempre tuve una buena relación".

El sector cervecero

Como manda la tendencia, hace poco el tradicional patio de columnas devino en sector cervecero. Fue acondicionado cubriendo las paredes con biombos y cajones tipográficos que además resultaron buenos aislantes acústicos; la barra ostenta maderas y columnas de la India, y el frente, cabezas de buey talladas de Indonesia. Al fondo, una sierra sin fin fabricada hacia 1930, y que perteneció a un aserradero, hace las veces de mesa. En la habitación del acceso vale apreciar algunas alfombras africanas y persas de la familia, enmarcando una puerta comprada durante un viaje por Marruecos, integramente tallada a mano.

Arriba, la terraza propone otra clase de ilusión: la lluvia cae cerca de las mesas, y no las moja. Pero el protagonista indiscutido es el esqueleto de un enorme vitral en proceso. "Siempre, por alguna razón, se demora. Antes que vuelva el calor podrá endulzar la luz. La mesa comunitaria es de cerámicas Pas de Calais, tiene una antigua canilla de cisne que funciona y la bacha fue una ensaladera árabe de mi madre. En el centro hay lavandas naturales, a tono con el vitral, que es de los mismos colores, como si fuera una continuación, un camino". Doce cerámicas con los símbolos del horóscopo chino y un bote de madera convertido en biblioteca rinde homenaje al mar, y a la diosa Iemanjá, entre tantos otras curiosidades ubicadas con estratégica habilidad.

"Mi padre vino varias veces, en sus últimos tiempos. Era un espíritu incansable. Podía hacer veinte cosas en el día y terminarlas a todas, sin agotarse jamás. Vivía con mucha intensidad. Tenías que seguirle el ritmo, sino quedabas afuera. Una vez en la barra se tomó diez negronis, y se fué como si nada" cuenta, como si esa herencia ya no pesara. Es que, aunque son innegables el aire de familia y el apellido gravitante, Sebastián Páez Vilaró ha construido su propio templo. Y no se define como artista. "Soy un imaginador, una herramienta de la cual manejo apenas una parte. Solo trato de cuidar, restaurar y volver a darle vida a ciertos objetos olvidados que quizás a alguien le sirvan para cruzar algún camino en su mente" afirma con humildad, el Rey de Copas....

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