
DALI MONUMENTAL
El desembarco de una exposición con obras del catalán procedentes de colecciones privadas ha puesto en marcha una vez más el engranaje de un fenómeno llamado Salvador Dalí, o Avida Dollars como prefirió bautizarlo André Breton con referencia a esa incontenible pasión que el artista sentía por el dinero
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"Hay que dejar las cositas libres de las ideas convencionales a las que la inteligencia las ha querido someter (sic). Entonces a estas cositas monas ellas solas obran de acuerdo a su real i consubstancial manera de ser. Que ellas mismas decidan la dirección del curso de la proyección de sus sombras. ¿Feo? ¿Bonito? Palabras que han dejado de tener todo sentido. El surrealismo es uno de los medios de evasión. Es esa evasión lo importante." (Extracto de una carta de Salvador Dalí a su amigo Federico García Lorca, en septiembre de 1927.)
FIGUERAS.- Quizás ésta sea la reflexión más sincera y la menos surrealista que haya dado su puño siempre lleno de errores ortográficos. Y seguramente es de las pocas expresiones que desnudan al hombre escondido tras ese genio provocador, ese catalán con bigotes engomados y ojos fuera de órbita capaz de llevar todo el delirio a los pinceles y hacer de su vida una indescifrable puesta en escena. Muchos lo odiaron, otros lo amaron, pocos lo comprendieron, pero Salvador Dalí pintó como vivió. Les puso alas a las teorías psicoanalíticas, exploró con maestría sus propias obsesiones y supo cotizarlas en cada uno de sus emblemáticos desbordes emocionales, muchos de los cuales se exhiben aquí, en su museo de Figueras, 150 kilómetros al norte de Barcelona. Hay quienes afirman que su mayor gloria fue el haberse convertido en el precursor indiscutido del marketing personal. Tuvo tanto talento para ponerle imágenes a sus agudos puntos de vista como para escandalizar al mundo entero con extravagancias y luego venderse a buen precio.
Su obra es un alegato personal, alude a sí mismo de una manera intransferible. Pero bajo esa apariencia caricaturesca existió un ser de inquietante inteligencia, un artista que dibujó como pocos y que alguna vez ignoró con verdadera inocencia el valor de una peseta. Por eso es tal vez desmesurado reducir su obra al nivel de una gran campaña publicitaria porque, más allá de esos espec-táculos, dicen que concienzudamente montados, su ecléctico y frondoso aporte al surrealismo marca un punto de inflexión en la pintura española del último siglo.
"Por los datos y las informaciones que tengo, Salvador de niño ya era excéntrico. Lo decía al menos su maestro, Juan Núñez Fernández -recuerda Antonio Pitxot, amigo y actual director del Teatro-museo Dalí, de Figueras. "Su obra siempre fue un reflejo de sus vivencias, conscientes o inconscientes. Fue un hombre muy marcado por las teorías freudianas, que conoció a fondo y aplicó en sus recuerdos familiares y en todos los órdenes de su vida." Pero... ¿Dalí estaba realmente loco o era un magnífico farsante? Para muchos el interrogante sigue sin respuesta. A diez años de su muerte, la bibliografía daliniana se empeña en desmentirlo, como el artículo recientemente publicado por el periodista Navarro Arisa del diario El País, quien da fe de haber asistido en 1974 a una de esas públicas e insólitas transmutaciones de individuo común y silvestre a excéntrico desnortado. Lo único cierto es que su arte rompió con los cánones estéticos por él tan admirados -Velázquez, Rafael, Vermeer- y que, a los 18 años, mucho antes de la explosión del movimiento capitaneado por André Breton, ya había leído e incorporado apasionadamente en su cabeza La interpretación de los sueños, de Sigmund Freud, evangelio de aquella significativa revolución cultural.
En un nuevo aniversario de su muerte, la memoria de Dalí se agiganta, como todo mito devenido objeto de culto. Con su producción dispersa en varios museos del mundo y en colecciones privadas -aún está intacta la disputa por el legado sobre el total del patrimonio que el Reino de España le reclama al ex secretario personal Roberto Descharnes-, el Teatro-Museo de Figueras levantado por él mismo recibe unas 750 mil personas por año, que visitan las instalaciones para ver de cerca las 3000 piezas originales exhibidas en su interior.
Meses atrás, aterrizó en las librerías una investigación del escritor inglés Ian Gibson (que ya publicó su biografía y otra de Pablo Picasso) sobre las supuestas relaciones íntimas que el pintor mantuvo en su juventud con el poeta granadino Federico García Lorca y, como broche, de prosperar la iniciativa, una reciente muestra realizada en Brasil llegará en abril a los salones del Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA). Si se cumple el cronograma previsto por los organizadores, se verán en Buenos Aires esculturas monumentales como la Venus Cósmica, de hierro; el Rinoceronte (que pesa cerca de cinco toneladas), y óleos antológicos como la Madona de Port-Lligat, o la Ascensión de Cristo.
Salvador Felipe Jacinto Dalí Domenech nació en Figueras el 11 de mayo de 1904, en pleno valle del Ampurdán y a minutos de Cadaqués, un bello pueblito de no más de 5000 habitantes recortado contra las aguas azules del Mediterráneo, justo donde los Pirineos terminan en forma de cabos y violentos acantilados. Coinciden sus múltiples biógrafos que de chico cargó con el fantasma y el nombre de un hermano mayor muerto de meningitis -dicen, enterrado en el jardín de su casa- y con el rigor de una educación sigilosamente custodiada por el padre, un adusto notario que estimuló sin límites su natural condición para la pintura. Cuando cumplió 10 años, Ramón Pitxot, vecino y amigo de la familia, lo introdujo en ese mundo que desde entonces se inspiraría definitivamente en los paisajes marinos de Cadaqués donde la familia pasaba largas vacaciones. Allí, en la bahía de Port-Lligat, fijó residencia junto con su esposa Gala, y el golfo de Creus, con sus ciclópeas formaciones rocosas, fue alimento de su infatigable, por momentos monstruosa, imaginación.
Salvo pocos habitantes que lo conocieron cuando ya era famoso, en el pueblo no quedan testigos de la infancia de Salvador Dalí. Apenas un monolito anclado en una plaza a orillas del mar; un bar con recortes de diarios pegados en la fachada; un restaurante especializado en paella, donde algunas fotos lo muestran adulto, comiendo mariscos. De ese período hablan las imágenes al óleo que, a los 13 años, pintó de su abuela Ana cosiendo junto a la ventana y de su hermana Ana María, figura femenina excluyente hasta el arribo de Gala.
La personalidad egocéntrica se vislumbra en el primer Autorretrato del artista con su caballete en Cadaqués, de 1919, y en Autorretrato con cuello de Rafael, según los críticos, de notables trazos rafaelinos, pintado en 1920, un año después de que la Sociedad de Conciertos Intimos de Figueras organizó en el vestíbulo del Teatro Municipal -hoy el museo Dalí- una pequeña exposición de aficionados donde el joven colgó por primera vez un cuadro. Viajó a Madrid acompañado por la familia (vestida de luto pues acababa de fallecer su madre) para convertirse en un aplicado discípulo de la Escuela de Bellas Artes San Fernando.
El afán exhibicionista, el amor desmedido por la alta sociedad y la prensa, marcaron su existencia llevándola a cielos que ni Andy Warhol hubiera imaginado. Cuenta él mismo, es decir, la versión puede ser tomada en cuenta o no, que el día previo a la primera visita de Gala a Cadaqués, en agosto de 1929, estaba tan nervioso que embadurnó su camisa con cola de pescado y excremento de cabra, afeitó sus axilas, se enroscó un collar de perlas y se calzó un jazmín en la oreja izquierda: todo un despliegue circense montado para capturar la atención de esa distante mujer una década mayor que él y casada con el escritor Paul Eluard.
En 1922 ingresó en la Residencia de Estudiantes de Madrid con un aspecto menos llamativo, aunque bastante estudiado para la convulsionada década del veinte, plena de dandismo. Chaqueta y capa de terciopelo negro, chalina en vez de corbata, boina de punto encasquetada hasta la frente y la melena negra rozándole los hombros. Pero poco le duró este atuendo anacrónico. Influido por el nuevo ambiente, cambió el peinado, un compañero le compró un saco moderno y quedó temporalmente convertido en un figurín muy distinto de lo que posteriormente mostrarían las fotografías.
La Residencia le prodigó afectos, libertad y el clima ideal para desarrollar su trabajo.
Situada en un arbolado terreno de la calle del Pinar, detrás del museo de Ciencias Naturales, la antigua casona fundada en 1910 por la Junta para la ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas fue durante dos decenios el primer centro cultural de Madrid, cuna de los intelectuales más distinguidos de España.
Hoy, con la fachada respetuosamente remodelada, además de albergar becarios de todo el mundo, sigue siendo un centro de conferencias, encuentros y seminarios. Allí también funcionan las dependencias de la Fundación García Lorca, actual administradora de un nutrido archivo con documentación y correspondencia perteneciente a los ex alumnos de la institución. Entre otras recientes adquisiciones destinadas a formar una futura colección, conservan las graciosas caricaturas en tinta y lápiz sobre papel, con mensajes enviados en código entre Dalí y sus íntimos amigos Federico García Lorca, Pepín Bello y Luis Buñuel con los que proyectó, en 1925, editarlas en el libro Los putrefactos (que jamás llegó a publicarse sino hasta 1995), y a los que debe en parte el giro vanguardista que tomó su pintura de aquellos años. (Putrefactos, aludiendo a todo lo que oliera a caduco.) En 1923, afirman sus biógrafos, lo expulsan de la escuela por quemar una bandera española y pasa 39 días preso en Gerona. Regresa en otoño a la Residencia, pinta Sifón y botella de ron, además de varias naturalezas muertas cubistas, y participa en el I Salón de la Sociedad de Artistas Ibéricos de Madrid exponiendo un retrato de Luis Buñuel y el de una muchacha sin rostro que posó para él, pero que lo abandonó a mitad del trabajo. La crítica lo calificó como poco novedoso por sus claras intenciones rafaelistas. Sin embargo, esa comparación lo llenó de emoción. En noviembre presenta su primera muestra individual en las Galerías Dalmau de Barcelona, y en 1926, al negarse a ser examinado por un tribunal que consideraba inepto, es despedido formalmente de la Escuela San Fernando.
Pero fue con el film Un perro andaluz, escrito junto con Luis Buñuel, en 1928, durante la Navidad de Cadaqués, la presencia de Gala y el contacto parisiense con las huestes del surrealismo, cuando se consagra bajo la ferviente admiración del mismo André Breton. A partir de ese momento comienza una etapa prolífica, donde ya se atisban en los lienzos sus fobias por los insectos y las obsesiones sexuales que lo persiguieron el resto de su vida, consumadas en el Gran masturbador, óleo de 1929.
Cuando en las telas pinta su propia interpretación del método paranoico-crítico, basado en las teorías lacanianas que proponían "el conocimiento irracional basa-do en la objetivación crítica y sistemática de las asociaciones delirantes", ya gozaba de un nombre conocido tanto por la calidad de su pintura como por sus recurrentes desvaríos.
Abandona España el día que los surrealistas lo acusan de perder los estribos por los bienes materiales, exhibir sin control sus costumbres sexuales y coquetear sin reservas con el nazismo de Hitler. Cerró temporalmente la barraca de Port-Lligat y huyó con Gala a los Estados Unidos para vivir casi una década subyugado por el dinero, pintando cuanto retrato le solicitaban sus amistades, diseñando colecciones para un joyero apodado duque de Verdura, perfumes para Schiaparelli o corbatas para McCurrach. Entonces descubrió la publicidad, rubro que lo embelesó tanto como la pintura a los 10 años: no sólo sacó un diario, el Dalí News, parodiando al Daily News. También en la revista Vogue diseñó modelos de alta costura, promocionó los ferrocarriles franceses, el turismo en España, incursionó en la literatura (con éxito mediocre), el ballet, la escenografía e intentó retornar al cine, esgrimiendo la gloria de El perro andaluz.
En 1941 subió al Metropolitan Opera House el ballet Labyrinthe, con decorados y libreto de su autoría (actualmente en su museo cuelga el inmenso telón de fondo utilizado en la última escena de la obra). En 1945 se dio el gusto: Alfred Hitchcock lo convocó para hacer una adaptación cinematográfica de La casa del Dr. Edwards.
Nunca renegó del acertado mote Avida Dollars con que Breton lo bautizó. "Vivo en Nueva York, porque me encuentro en medio de una cascada de cheques que llegan como una diarrea", dijo en una de sus tantas escaladas verbales. Navarro Arisa, en su artículo, concluye que un auténtico enajenado jamás hubiera tenido semejante sentido de la oportunidad. Cuenta que, en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, cuando todo Estados Unidos estaba fascinado por la energía atómica y hacía poco había pintado su Leda atómica, realizó una gira por las ciudades del interior dando desopilantes conferencias sobre "la mística de la energía nuclear" a mil dólares por aparición, y con todos los viáticos pagos.
Pero en la primavera de 1948 abandona su mayor fuente de fama e ingresos y se instala en su morada mediterránea con la idea de conquistar comercialmente España, aunque no encontró el mismo eco en la prensa europea. Sólo varias obras destacadas y el descubrimiento del happening le sirvieron para continuar en el candelero social. Ciertamente, el recurso causó sensación: el show de las comparsas en el Moulin de la Gallette, la explosión de la bomba grabadora y la conferencia que dictó con una figaza de pan en la cabeza ocuparon sendas páginas. El escándalo mayor fue la rotura de una vidriera en la Quinta Avenida y el increíble traslado de la Gioconda a Nueva York, exhibida en el Metropolitan Museum, para uno de esos tantos parties que concluían en sonadas revueltas policiales.
Entonces, bon vivant desvergonzado, pasaba su tiempo en Port-Lligat, el hotel Meurice de París, el Saint Regis de Nueva York y el Ritz de Barcelona. Luego sobrevendría la vejez; el miedo a ser secuestrado tras la muerte de Franco, a quien veneró públicamente; la muerte de Gala; el mal de Parkinson, y en 1984, el incendio de la Torre Galatea del Museo de Figueras, en el que casi pierde hasta el pelo y recobra temporalmente cordura. Esa que, dicen, nunca perdió.
Su creación más importante es el Teatre-Museu Dalí que, como él mismo consideró, es una gran instalación y su última gran obra", afirma Antonio Pitxot. Sobre las ruinas del viejo Teatro Principal de Figueras, construido en 1849, las autoridades locales decidieron levantar un edificio para resguardar el legado del artista catalán.
Los trabajos de remodelación comenzaron en 1960 y Dalí se abocó al ciclópeo proyecto du-rante quince años, interviniendo personalmente en cada detalle.
Para los ojos del visitante común, el surrealismo de la propuesta, pintoresca y entretenida por momentos, es una síntesis agobiante de su narcisismo, algo que se agotó en sí mismo cuando dicha corriente estética dejó de ser novedad.
Bordadas las paredes externas por hogazas de pan, huevos en el techo, maniquíes dorados, esculturas, el monolito en honor al escritor catalán Jordi Pujols en el frente, esculturas y una gigantesca cúpula de cristal sobre el antiguo escenario constituyen el universo de un hombre tan esclavo de su imagen de marca como de sus obsesiones.
Los objetos y símbolos que lo rodearon permanentemente en vida están ahí, hablando de él en cada rincón: el perpetuo rostro de Gala, su único amor, el lujoso Cadillac negro, el bote Gala en el que navegaron la azulada bahía de Cadaqués, el óleo de El Greco, Messonier y Bouguereau, el retrato del rey Juan Carlos, langostas, relojes blandos, palancas... Y la cripta con su cuerpo embalsamado en medio del gran escenario: tal como le gustó vivir.
Los amigos de la Residencia de Estudiantes
Este caballero de 95 años, intacta apostura y envidiable lucidez, fue el alma de ese grupo de intelectuales que en la década del veinte irrumpió en la vanguadia española desde la bulliciosa Residencia de Estudiantes de Madrid. Jose Pepín Bello Lasierra, soltero por convicción y bohemio por naturaleza, no ha escrito libros, filmado películas ni pintado cuadros, pero sí inspiró poesías y personajes que brotaron de la imaginación de sus amigos, con los que compartió los mejores momentos de su vida de estudiante. Hoy, es el único integrante vivo de aquel selecto puñado de intectuales formado por Federico García Lorca, Luis Buñuel, Juan Ramón Jiménez y Salvador Dalí, entre otros. De su más querido amigo guardó decenas de dibujos, cartas y mensajes que actualmente ha obsequiado o vendido a sus sobrinos. El disfruta contemplando las fotocopias colgadas en la cocina y en el baño de su departamento madrileño, y jura que no le importa haberse desprendido de los originales, pues a Salvador Dalí lo lleva en la memoria.
"El día que lo conocí fue una cosa muy extraña. Llegó a la residencia con su padre y su hermana Ana María, ya en esa época no vestía del todo normal -sonríe-. "Su hermana era muy atractiva, de una belleza apetitosa, pero él era muy tímido, ¡hombre! La timidez misma, ¡tremendo tímido! No se atrevía a hablarle a nadie y de la vida cotidiana no sabía nada, nada, le faltaba calle. No sabía comprar boletos para los teatros, ni ropa, pues si yo mismo he tenido que comprarle la chaqueta esa de la foto!", dice y señala la foto donde efectivamente un Dalí muy joven con las manos en los bolsillos luce como todo un señorito.
"El era así, con decirle que se murió sin saber la hora. Una vez llegó de Figueras con un reloj nuevo parado en las 12. Oye, le dijimos, ¿nuevo reloj? Sí, pero esta parado, así cuando me preguntan no tengo que mirarlo, son las 12. No era extravagancia. Para los que lo conocimos bien, esas cosas como romper una vidriera en Broadway, eran sus reacciones de hombre tremendamente acomplejado."
José Bello nació en Huesca, a los 11 años ingresó en la Residencia (1915) para comenzar el bachillerato y vivió allí hasta muy avanzada la carrera de Medicina. En 1917, se le unió Luis Buñuel, al tiempo Federico García Lorca y más tarde Dalí, con sus lienzos y pinceles a cuestas, distinto de todos, con su chaqueta de terciopelo negro y boina de punto.
"A días de iniciadas las clases pasé por su habitación, vi la puerta entreabierta y muchos dibujos tirados por el suelo y la cama. ¡Oye!, le dije, ¿que estos dibujos son tuyos? Sí, sí, me contestó él. ¡Pues que están muy buenos! Enseguida fui a buscar a Federico y a Luis para decirles: Miren, tenemos que visitar a este chico catalán porque tiene unos dibujos buenísimos, es que realmente dibujaba muy bien... todo él ya era surrealismo puro. Y allá fuimos. Nunca más nos despegamos. Durante cinco años compartímos todo, largas tertulias y los fines de semanas enteros en Toledo. Nos gustaba charlar de cualquier cosa, reírnos y meternos miedo con las leyendas de esa ciudad hermosa, sus conventos y esas cosas." "Mire, ningún biógrafo ha acertado con él. Es que yo lo he conocido tan bien que no me satisface nada de lo que han escrito. El último libro de Gibson me parece disparatado. Dedicar un libro a las posibles relaciones homosexuales de Federico y Salvador me parece de un mal gusto horroroso. Primero porque Dalí no fue homosexual; pero si para el caso fuera, da igual, eso a nadie importa. Federico sí, bueno, porque lo sabíamos todos. Pero era una persona tan correcta y brillante que no nos importaba. Ibamos de viaje, bebíamos lo mismo, hacíamos bromas, y compartíamos el cuarto cada vez que alguno, como Federico, no reservaba a tiempo la habitación a principios de año, pero nada más. Hoooombre.... Además -agrega Pepín en plan confidente-, Dalí fue asexuado, no tuvo relaciones ni con Gala ni con nadie. Vamos, y eso lo sé de primera mano. Lo hizo una sola vez, pero se asustó tanto que no quiso repetirlo nunca más. El sentía un amor muy grande por esa mujer, que a mí me pareció nefasta, pero es público que él le pagaba muchachitos a ella y que le gustaba mirarlos. Ella era una judía muy lista, el solo nunca hubiera podido hacerse millonario."
En las paredes del living tapizadas de libros cuelga un cuadrito con la poesía que le escribió de puño y letra Federico García Lorca: "Ay Pepín, ¿por qué no te gusta la cerveza?" "Tomábamos unos dieces de vino, porque valían diez céntimos, y parábamos en un hotelito que se llamaba La posada de la sangre; bueno, la cama costaba 75 céntimos, eramos estudiantes pobres. Dalí tenía costumbres muy morigeradas, no comía mucho ni bebía, tomaba a la fuerza porque lo divertía. Para nosotros, todo eso era una fiesta."
Muchas veces, Bello intentó escribir sus memorias, pero se arrepintió y dice que no lee las biografías publicadas porque lo irritan las mentiras. Cuando alguien le pregunta si extraña el pasado, José Pepín Bello Lasierra señala con nostalgia una foto donde todos sonríen copa en mano. "Sí, los extraño a ellos."
La muestra en La Argentina
- Dalí, monumental, fue exhibida en Río de Janeiro y San Pablo, Brasil, y visitada por más de 700.000 personas.
- No todas las obras que estuvieron en Brasil se verán en Buenos Aires. La colección Morse, por ejemplo, volverá a su sede permanente en Miami.
- Texoart, firma operadora de museos responsable de muestras como El Oro de Perú, traerá a Dalí a Buenos Aires. La producción local corresponde a Sold Out, empresa que tuvo a su cargo el accidentado montaje de Aida en el Campo Argentino de Polo.
- Los organizadores y el director del MNBA, Jorge Glusberg, anticiparon a la Revista que el precio de la entrada rondará los 5 dólares y que un porcentaje será destinado a las obras que encara la Fundación Garrahan. Según el director Glusberg, parte de la recaudación será para financiar el catálogo de Grandes Obras Maestras del MNBA, que en su momento pagó Alcatel y que está agotado.
- Las 130 obras que se incluirán en la exposición, que abrirá sus puertas a fin de mes, proceden de colecciones privadas. Se verán 10 esculturas monumentales, 19 bajos relieves y 11 óleos. Si las negociaciones prosperan, se sumarán sesenta fotografías de la colección privada del ex secretario personal de Dalí Robert Descharens.
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