
DAMIAN DE SANTO Obligado a ser feliz
A los 17 años, sufrió una úlcera y un médico le recetó huir de las obligaciones y hacer lo que tuviera ganas. Entonces, decidió ser actor. Ahora se subió al escenario en la obra Las paredes y tiene un papel resonante en la tira Vulnerables
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"¿Te molesta que nos sentemos en las mesitas de afuera?"
Qué pregunta. Qué ganas de correr un peligro innecesario. Qué alma de torero: hace frío, está por llover y él piensa esquivar el agua bajo un techito inútil. -Hay que disfrutar, porque tarde o temprano nos vamos a morir.
De pulmonía, y en pleno Palermo fashion. A Damián de Santo el lugar no le gusta demasiado, pero se siente como en casa: durante tres años, los exteriores de la serie Verdad/Consecuencia se grabaron por la zona. Por esos cuellos de empedrado angosto caminó Ariel, el abogado gay encarnado en su hombría. El personaje que le regaló a Damián iguales trozos de fama y hartazgo: algunos lo reconocían y adoraban; otros le preguntaban si no era él un poquito homosexual.
-Llegó un punto en que estaba podrido. Cuando el espectador cree que sos gay, está bien hecho el trabajo. Claro que si confunden y te tratan de trolo por la calle, hay un problema de identidad con el personaje.
Ahora, en cambio, su alter ego en Vulnerables es realmente pesado: un chico rico, conflictuado, cocainómano y malcriado, que provoca más rechazo que pena. En vez de las calles de Palermo, la nueva locación es una mansión de lujo helado, clavada en el corazón más inalcanzable de Villa Devoto.
En la vida real, los escenarios también se alteraron: Damián soltó sus ahorros de diez años sobre una casa reciclada en Villa Urquiza.
-Antes vivía en un departamento en Once, pero la mudanza salió cara. Encima, los arreglos no se terminan más. Decí que me doy bastante maña con las cosas de la casa. De chico hice mi pieza, la esquina de mi casa, la vereda. No teníamos plata para comprar los baldosones, entonces hice los cuadraditos con una maderita. Horribles, pero todavía están.
Damián podría conducir un programa de manualidades. Y si hubiera un compilado con sus grandes éxitos, sería justo promocionarlo con el hit: el reloj-dinamita. O un atado de explosivos que en el centro llevaba incrustado un reloj. El producto artesanal -que se vendía como regalo empresarial- no detonaba. Los cartuchos estaban hechos con palos de escoba.
-Fueron un boom. Todas las noches, antes de que pasara el basurero, juntaba los palos y los cortaba con un serrucho. Una amiga, que trabajaba conmigo en un banco, les hacía la pintura. Al principio, fabricábamos diez por semana, pero llegamos a cinco mil en cuatro meses. Hice de todo. Limpié vidrios, vendí medias, perfumes de imitación, tipo Christianne Philippe, truchísimos. Y también vendí ropa interior, la bombacha de un color y el corpiño de otro, pero la gente compraba. Con eso pude comer.
Mientras tanto, estudiaba teatro y participaba en obras que le alimentaban el espíritu, apenas. Hasta que Drácula le calmó el apetito: la obra de Pepe Cibrián, a la que llegó mediante un casting, le valió tres contratos multifunción. Damián reparaba y era jefe de operaciones de escenografía, y aparte era actor polifacético: según las escenas, podía ser un paje eunuco, un acróbata animador de grandes fiestas o el espíritu ensombrecido de Drácula.
El cielo aclaró en televisión. En vez de la oscuridad de Drácula, al principio se paseó por la levedad de Aprender a volar y Canto rodado. Hasta que -después de participar en las películas El sueño de los héroes y La furia - volvió a la carga con personajes más densos: drogadicto irreversible en El Sheik , pone-bombas en Poliladron y violador en Zona de riesgo.
No fue fácil convertirse en depravado sexual. Damián, fachada de alma noble, de yerno divino y saludable, no daba el physique du rol. "Tenés una cara de buen pibe que no podés", le dijo el productor. Y, sin darse cuenta, lanzó el conjuro capaz de transformar al buen pibe en un capullo de Hulk.
-Lo único que le contesté fue: Aguantame. Me fui a mi casa, me puse ropa medio rota, aparecí con barba, un gorrito de lana y se mató de risa. Me dijo que sí y después me llamó para protagonizar los tres primeros capítulos de Zona de riesgo siguiente. Es bueno hacer personajes extremos. Para vidas convencionales, está la mía.
Estaba cursando tercer año en la Casa del Teatro, cuando La tiendita del horror -una coproducción de los hermanos Spadone- le ofreció un primo cartello inusual. No tenía que hacer monólogos, ni contar chistes, ni ser el detective, el galán o la víctima. No tenía que ser humano para tragarse el escenario.
-Yo era la planta.
No se ríe.
-Sin caer en la estupidez del protagonismo, la estrella ahí era la planta. No era dura, era fascinante. Se comía a los actores en escena, cantaba. Yo estaba chocho, y lo volvería a hacer. Bajaba un kilo por función, porque hacía mucho calor, me asfixiaba. Pero la pasaba bárbaro.
Años más tarde, y luego de trabajar con Oscar Martínez en El protagonista , Damián experimentararía otro tipo de calores. En la obra Amor, valor, compasión, de Alberto Ure, tuvo que pasearse por los tablados durante 1 hora 20 minutos. Nada de clorofila, nada de trajes, nada de ropa. Nada. Desnudo.
-Aparte, tenía que hablar permanentemente de mi cuerpo, de mi cola, de mis atributos sexuales. Es muy fuerte. Me temblaban las gambas el día del estreno. De movida, ya el día en que nos sentamos a leer la obra me saqué absolutamente toda la ropa para leer el guión, porque sabía la que se venía. Después de esa vez, desnudarse era algo cotidiano.
Hubo, sin embargo, algún precalentamiento. Meses antes, y en una escena de la película Tango feroz que finalmente no salió, se le pidió otro acto heroico. La consigna consistía en recrear una ducha colectiva en una cárcel. Y el director, lógicamente, ordenó al malón de extras que se adaptaran al guión.
-Los extras se desnudaron en dos segundos. Tenían que ganarse 50 pesos y hacían lo que fuera. Y nosotros pensando en si estábamos quemados, marcados. Esas idioteces las piensa uno, que es un gil. En la vida hay que intelectualizar menos. Los que piensan mucho tienen malas relaciones sexuales. De Santo, teórico de barrio, ángel terreno y carnívoro, expone las bases de su tesis profana.
-Los personajes con los que más me divertí eran muy libres y poco reflexivos. En Aprender a volar, junto con Marcelo Piraíno hacíamos de Poli y Lucho, dos tarados que la iban de langas y nunca hacían un levante. Y en Canto rodado yo hacía de un pibe de esquina, que tomaba vino, cerveza y no tenía mucho para pensar. Era muy primario, puro corazón. En el amor, creo que una relación intelectual es una relación bastardeada. ¡Si el sexo es lo más animal y lo más lindo que tiene el ser humano! ¡Bah!, mi psicólogo me va a matar, pero no importa.
La primera vez que visitó un diván salió decepcionado. Damián quería diálogo, interacción, charla fluida, ida y vuelta o como sea que se llame eso que los analistas ortodoxos no practican ni en sueños.
-Abandoné. Y la vez siguiente que consulté, dije: Quiero un psicólogo que hable conmigo, que tengamos una relación.
-Nada de lacaniano.
-No, no. Yo quiero freudiano. Más divertido. Que tenga que ver con el sexo. Todo tiene que ver con el sexo. Si no mirá: hidra venenosa. Mirá que sensual que es. Y la otra de al lado, está rapada, pero es sensual.
Señala unos afiches de cine. Uma Thurman viste su traje de hidra descollante, y Demi Moore luce su pelada más canina. Son dos de los tantos carteles que empapelan el Crónico Bar, donde se grababan las escenas de Verdad/Consecuencia. Después de tres años de asistencia perfecta, Damián es parte del mobiliario. "Los mozos ni me dan bola. Decime qué querés tomar, que voy adentro a pedir. Dentro de poco los cafés y los sándwiches los voy a tener que hacer yo", se quejó, al principio de la entrevista.
Pero se quejó feliz. Hay algo familiar que lo apacigua.
-De chico, con mis amigos parábamos en una esquina de Caballito. Pujol y Canalejas. Era toda una cuadra, y teníamos novias del barrio, hacíamos asaltos, lío. Cosas de pibes: tirábamos piedras, afanábamos las luces de los colectivos y los camiones para meterlas en tachos y hacer luces para boliche.
Durante esos años de vandalismo -y mientras empezaba a descubrir su inquietante don artesanal-, Damián ya conocía el rigor de las tablas. Las maestras vieron en ese alumno vago un talento escénico. Lo imaginaron en los actos, personificando a Belgrano. Y el chico vago vio en los ensayos una excusa brillante para aprobar las materias sin ir a clase. Una vez en el secundario, acompañó a un amigo a un casting para Sofía, película de Alejandro Doria. Los aceptaron a ambos.
La decisión vocacional, no obstante, se tomó por prescripción médica. Desde chico cargaba con una úlcera de duodeno, que hizo su peor llaga a los 17. El doctor, entonces, le recetó ser feliz. Hacer lo que le gustara, seguir el propio deseo.
-Yo quería estudiar biología marina y me fascinaba ver a Jacques Cousteau que se subía a un barco y se iba seis meses, un año, a ver los moluscos. Pero después me puse mal, porque no sé si un biólogo recibido acá se va a estudiar moluscos o lo encierran en un laboratorio. Aunque llegué hasta segundo año de la carrera, ese panorama me angustiaba. Y me di cuenta de que la actuación me iba a curar la úlcera. Yo somatizaba mucho, porque aunque parezca que siempre estoy bien, todos tenemos problemas. Igual, generalmente no soy de deprimirme. Siempre creo que todo tiene solución. Salvo en dos o tres oportunidades, nada más... yo tenía un abuelo. Y él se enganchó con la correa del perro, se cayó, se fracturó y se empezó a deprimir. Yo iba, le cantaba en italiano, lo levantaba, le hacía de comer, lo cuidaba a la noche para que no se arrancara la sonda. Pero no. Las desapariciones... son horribles.
Los ojos se le van.
-¡Papiii! ¿Traés otro cortadito? ¿Vos querés? ¡Otra vez! ¿Esperás que voy a pedir adentro?
Se levanta. Mientras se aleja, un auto polarizado pasa rajando el empedrado. Damián, ingobernable, abre los brazos y empieza a menearse feliz. Hay que disfrutar, parece decir. Disfrutar, aunque se escurra el cielo.





