
Se crió en un barrio marginal y ahora da charlas en Coca-Cola y el Conrad. Cómo gestionar recursos humanos con sabiduría de calle
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Todos queremos cambiar. De actitud, de trabajo, de vida. En tiempos en que nadie parece estar conforme, los relatos de cambio ocupan buena parte de nuestra atención. Es un sueño que se despierta con tipos como Daniel Cerezo: una anomalía en la matriz y la promesa de repararla. Una historia potente porque es verdadera y exitosa, porque no ofende.
Los Cerezo eran una familia humilde de San Juan. Orlando y Zulema tuvieron seis hijos: Ernesto, Mariela, Marcela, Mauricio, Daniel y Oscar. Una oferta de trabajo para Orlando los mudó a Buenos Aires en 1983. Incluía casa, auto y éxito, pero era mentira. Tuvieron que instalarse en el garaje de una tía en el Bajo Boulogne. Orlando murió en 1990, con 38 años. "Lo termina matando Buenos Aires", dice Daniel, que entonces tenía ocho. "De una enfermedad fea, tremenda", agrega sin querer entrar en detalles.
La espiral bajaba y bajaba. Los Cerezo terminaron usurpando un terreno fiscal en el medio de la villa. En la prefabricada hacía frío y a veces no tenían para cenar. Zulema salió de su casa para limpiar las de los demás. Los chicos vendían lo que podían después de la escuela. Tentaban a los vecinos con la tapita, una cartulina segmentada en distintos números que escondían, por ejemplo, una plancha. Vivían entre la iniciativa individual, el tejido barrial y el asistencialismo nacional. Eran los últimos años de las cajas PAN, pero Zulema no quería depender de nadie que le llevara el arroz más barato.
<b>Amor amarillo</b>
A Daniel, que hacía changas desde los cinco, le gustaba la música tropical. Le gustaba Gladys, La Bomba Tucumana. "Era como un ángel, me sabía todas las letras, las melodías, las coreografías, tenía todos sus casetes. Yo soñaba con ser Gladys", contó en las últimas charlas TEDx, en una presentación potente y al borde del llanto, sazonada con registro standupero y una empatía tan fuerte que la organización le apagó el reloj.
Cuando tenía 9, su amigo Edgardo le habló de Liliana Alpern, la concertista que enseñaba en un centro comunitario impulsado por la Fundación Crear Vale la Pena. Una mañana de sábado bajó del colectivo en La Cava, cruzó el umbral de una casa cualquiera y la profesora –rubia de ojos verdes, tacos y chal de seda– le preguntó para qué estaba ahí. Daniel señaló el piano vertical y le dijo que quería tocar eso. Que quería tocar Gladys.
–¿Y quién es esa mujer?
–¿Cómo? ¿Usted no es profesora de música?
Liliana puso el casete, escuchó y tocó La pollera amarilla. Cuando logró repetir la secuencia, al nene se le movió el mundo. La epifanía tropical tuvo otras cintas y otras escalas: La Nueva Luna, Los Charros, Gilda. "Liliana no me precarizaba ni me condenaba –aclara–. Yo salía de su clase con ganas de comerme el mundo". A los dos años le dijo que ya sabía todo, pero ella le contó que con esos mismos acordes existía Beethoven. Daniel se enamoró de Para Elisa, de los clásicos y de Piazzolla.
Hizo carrera en la fundación. A los 14 empezó a dar clases ("pasé de ser el pibe que se juntaba a hacer cagadas en la esquina, al profe del barrio") y a los 17 coordinaba el centro cultural, armando eventos para mejorar la calidad de vida de los vecinos. Tres años después entró a la Escuela de Psicología Social de San Isidro.
"Entendí que el contexto te hace texto, como decía Pichon-Rivière, y aprendí a pensar sobre lo que ya venía haciendo: generar vínculos, ser empático, acompañar al otro. Después me especialicé en educación popular y me partió la cabeza descubrir a Paulo Freire", dice.
En línea con su historia –hacer lo que no se esperaba de él–, metió otro volantazo y entró al Programa Líderes del Movimiento CREA (Consorcios Regionales de Experimentación Agrícola)."Un sector que visualizaba como oligarca, pero era un prejuicio. Me ayudaron a formarme con herramientas increíbles", aclara.
Los 25 años fueron una encrucijada. Dejó la fundación (ya era director de programas) y la banda de tango, en la que había tocado por nueve años para vivir con Soledad, novia de la adolescencia y madre de sus hijos Lautaro y Catalina. Las palabras "liderazgo" y "transformación" empezaban a formar parte de su experiencia, discurso y deseo. Entre 2010 y 2011 ideó una suerte de incubadora de proyectos en el penal de San Martín, donde los internos de la Unidad 48 escuchaban ideas salidas de manuales de management. Entonces conoció al empresario que lo hizo gerente.
<b>La felicidad es una silla caliente</b>
Después de escuchar su historia en un evento de CREA, Tomás Pando (dueño de Las Páez, una fábrica de alpargatas que busca convertirlas en "un ícono de lifestyle y tendencia"), le propuso ser su jefe de Recursos Humanos. "Yo no sé ni liquidar sueldos", contestó él. Pero Pando lo quería para que escuchara a las personas. La sociedad funcionó y, tres años después, Daniel sumó el cargo de "gerente de Cultura y Felicidad" en una empresa con presencia en seiscientas tiendas de veinticinco países.
Ayudó a armar un entorno distendido, con Google como referencia más obvia: "Pregunto a mis compañeros cómo se sienten, cómo los estamos tratando, si esto es lo que quieren en su vida. Conozco la vida de cada uno, sus capacidades técnicas y humanas, cómo pueden ir creciendo, dónde tienen que mejorar". El puesto no es una rareza en Silicon Valley, que cada vez incorpora más Chief Happiness Officers que calculan niveles de felicidad con encuestas de satisfacción, talleres y meditación. En sus versiones más distendidas, buscan transmitir los valores positivos de la empresa. En las más extremas, monitorean el tono y la duración de las conversaciones.
Daniel, que parece habitar el lado suave del oficio, tiene cosas para decir sobre el mundo empresarial: "Es un ámbito sumamente pobre. Sos valorado por tu capacidad productiva, no humana. En los últimos años, las empresas empezaron a darse cuenta de que también deben formar a sus empleados como buenas personas. Un buen líder sabe leer un presupuesto, pero también crear un ambiente laboral de aprendizaje y de pertenencia. La Generación Y necesita un líder-aprendiz, no un líder-autoritario. Ya no le alcanza con un buen sueldo y tampoco le va a dedicar treinta años a una empresa sin conciencia social o ambiental. El CEO tiene su rol, pero la verdad de la milanesa es que hace guita porque vos le estás dando tu tiempo".
Daniel ya dio "charlas inspiradoras" en Coca-Cola, el hotel Conrad, el Malba, el coloquio de IDEA y Nordelta. Cuando se presenta ante los CEO sigue un librito de tres reglas: ser auténtico ("no me disfrazo con traje y corbata"), decir lo que piensa ("y no lo que esperan que digas") y contar su historia de igual a igual ("se sensibilizan y eso abre una puerta"). Entonces les plantea que no está ahí para sacarles plata, todo lo contrario.
<b>Poder de cambio</b>
Era cuestión de tiempo hasta que armara organización propia. Mezcla de consultora y ONG, Creer Hacer impulsa "procesos de transformación social desde las bases". Hay cursos para formar y fortalecer líderes, charlas que buscan entender la coyuntura nacional y jornadas de voluntariado corporativo. En 2015 trasladará la carrera a La Cava. Creer Hacer también se alió con el emporio azucarero Ingenio Tabacal, empeñado en lavar la imagen que heredó de su fundador Robustiano Patrón Costas, un caudillo norteño.
Brando: ¿Te genera algún ruido trabajar con ellas viniendo de donde venís?
Cerezo: Me lo cuestioné durante mucho tiempo. Muchas veces me trataron de cheto y traidor. Pero creo en lo que decía Gandhi: "Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego". Para hacer un cambio en serio, tenés que trabajar sobre las personas con poder de cambio. No es que las personas de los barrios no lo tengan, pero los empresarios las contratan y toman las decisiones. Hay empresas que han trabajado para el orto y son muy mal vistas por eso, pero ¿qué hacemos con el pibe? ¿Lo ponemos contra la pared y los fusilamos?
Ahora está entusiasmado con Barrio Abierto, unas TEDx villeras de referentes barriales con proyectos inspiradores, personas que salieron y vuelven para contarlo. El debut fue en noviembre con Cava Abierta, que al cierre de esta edición anunciaba un line up con historias sobre una cooperativa de masajistas ciegos, una productora de danza en la villa y un ex convicto que se hizo instructor de El Arte de Vivir. Habrá otras fechas en la 1.11.14, la 31 y Ciudad Oculta.
Cuando contó su historia en TEDx, no tan lejos de los monoblocks de San Isidro en donde sigue viviendo, Daniel dibujó su trayecto vital como una sucesiva demolición de pobrezas –la cultural, la de la indignidad, la del prejuicio– y pidió a todos que dedicaran un momento de la semana a alguien que quisiera transformar su vida. "No hagan que su vida sea una vida pobre", dijo justo antes de la ovación. No todos le hicieron caso, pero nadie se fue de ahí queriendo ser el mismo.





