
David Bowie, artista del estilo
El músico británico, recientemente fallecido, influyó como pocos en la industria de la moda
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Ziggy Stardust, Aladdin Sane, Halloween Jack, The Thin White Duke. Basta conjurar ciertos nombres que se han vuelto sinónimos del nombre de David Bowie, uno de los dioses mayores de ese culto pagano, psicotrópico y rico de mestizajes múltiples que es el rock, para comprender porqué se rinde culto al artista que acaba de dejarnos como músico a la vez que como autor de personajes. El material del que se sirvió para componer a éstos era él mismo, su cuerpo, su rostro y sus gestos de ejecutante. Según alega uno de los relatos que nutrieron la leyenda en vida de Bowie, en los años en los que armó y afianzó su carrera, se entregaba en totalidad, sin pausas, a las sucesivas criaturas que representaba y en las que se representaba. Caía el telón, las cámaras se apagaban, y él, en trance, se quedaba dentro de su álter ego. Mientras duraba el ciclo de vigencia de cada personificación, Bowie se fundía en el personaje, subyugado. Es una historia seductora, desfasada y romántica, como una fantasía a la manera de E.T.A. Hoffmann, que nada nos obliga a tomar al pie de la letra ni nada tampoco nos autoriza a poner enteramente en duda. El dato real, en medio de tal tráfico de ficciones, es que David Robert Jones, persona concreta e identidad de origen de los varios heterónimos, incluyó entre éstos, desde el vamos, a David Bowie, el intérprete, el performer, la estrella rock. Manejó su persona pública como otro signo exterior, otro muñeco más, otra creación, aun cuando fuera central. Detrás de esa metaimagen había una vida que David, a lo largo de decenios de intensa y repetida exposición mediática, mantuvo secreta.

Tan ambicioso como creativo, tras los consabidos primeros años arduos, el joven David hizo de Bowie un potente sujeto teatral, y de sus desdoblamientos, provistos cada uno de su carácter, su historia, sus vicisitudes y su eventual fecha de extinción, hizo artificios deslumbrantes, compuestos, vestidos, maquillados y ornados con un sentido excepcional del espectáculo y de los sueños del espectador. Hombre de la escena, sabía que el traje es lenguaje y que vestirse es contar una historia. Sus personajes tuvieron vestuarios extraordinarios, cargados de mensajes. Dato esencial: los jóvenes del Londres de los 60/70, que es donde y cuando Bowie se autoinventa, hacían un culto de la indumentaria vistosa hasta la extravagancia. A través de la ropa, esa movida de chicos comunes, sin los títulos que contaban, nobiliarios o profesionales, desplegaba su imaginación para señalar su presencia.

Para Bowie, es imprescindible que la transformación de su apariencia vaya a la par de su evolución musical. Así, a lo largo de los decenios, de Londres a Los Ángeles y de Berlín a Nueva York, sus sucesivos cambios de universos sonoros, notablemente drásticos en ocasiones –canción, rock futurista, glam rock, plastic soul y funk, minimalismo, electro rock, dance pop, entre otros– tendrán por signo exterior cambios exteriores tanto o más experimentales y definitorios. Las portadas de sus discos vehiculan mensajes de una potencia equivalente y paralela a la de los vinilos.

La imagen que cristalizó su fama y a la que su nombre se asocia automáticamente, es la que en abril de 1973 estalla, sensacional, en Aladdin Sane, su sexto álbum: pelo color azafrán, en un corte mullet, cejas depiladas, sombra naranja en los párpados, la cara, empolvada de rosa con mejillas casi fucsia, y atravesada por un ancho rayo rojo. Era un pibe insano, a lad insane.

Otras audacias habían precedido ese momento clave. El casco compacto de pelo con su flequillo denso a lo Brian Jones del que hacía gala, todavía teenager, en la portada de su primer disco –en 1967– chocaba rudamente con los códigos machistas en vigor. En el 69 es rubio y enrulado, como aparece tanto en su segundo álbum –Space Oddity– como en el día de su casamiento con Angela Barnett. Pareja hippie si las hubo –él de chaleco afgano, camisa floral y gran pañuelo y greñas al viento–. Space Oddity, un tema minimalista, psicodélico y conmovedor, será su primer gran suceso y el primer paso hacia su instalación en el estrellato pop. La máquina de hacer imágenes memorables está a punto de entrar en funcionamiento.
Un primer shock visual se produce al año siguiente, cuando sus flamantes fans lo descubren en The Man Who Sold the World. La copiosa melena castaño claro en tirabuzones de un Bowie ambiguo, seráfico y sexy, recostado en un sofá, cae sobre un vestido de satén con estampa floral, ceñido al torso y largo al tobillo. Era una man dress de Mr. Fish, boutique sastreril masculina de Mayfair, en la que las camisas de flores o con jabots compartían vidriera con notorias man dresses como esta. En los Estados Unidos de América el álbum mostró, en una ilustración, a un cowboy bien macho, con una iglesia de fondo y un rifle bajo el brazo. La onda del cruce de géneros y de la emancipación sexual no dejó por ello de expandirse a ambos lados del Atlántico.
llega ziggy stardust
La fase andrógina de Bowie tuvo su culminación, sutil y elaborada, en Hunky Dory, (1971), cuya referencia visual directa era la edad de oro de Hollywood y en particular la soberbia Marlene Dietrich, encarnación de un glamour implacablamente calculado.
Hasta allí, Bowie había acompañado el espíritu de la época, creando sorpresas fuertes, de valor conceptual, como su juego con los roles de género, pero no había provocado rupturas significativas. Lo hará ahora: baja al planeta Tierra, con un sol dorado en la frente y labios de un rojo intenso, Ziggy Stardust, un extraterrestre que muta en cantante y guitarrista de rock. Arranca entonces la temporada en llamas de Bowie, que juega a fondo la carta del glam rock. Con el disco y los shows que lo prolongan, en un solo movimiento, se apropia del género, dándole su obra más significativa y un personaje con espesor dramático y aportándole un caudal estético alimentado de referencias culturales apreciables.
David Jones, el chico de suburbio, de clase trabajadora, tenaz en sus aspiraciones, había hecho todo, según la convención de la narrativa pop, para llegar a ese momento: las varias bandas frustradas, los discos ignorados o poco menos, los estudios de arte. Con Lindsay Kemp, mimo y puestista de piezas musicales, había tomado clases y descubierto un cierto vanguardismo teatral, y en 1966 había escrito e interpretado las canciones de un Pierrot in Turquoise que le proveerá pautas para sus propios shows.
En el período pivotal de 1970 a 1974, rico en peripecias artísticas, contó con la complicidad de un diseñador, el talentoso, bonito y muy joven Freddie Burretti, quien a la vez que traductor a atuendos de las ideas de Bowie, fue su amante. Son de Burretti los monos centelleantes de perfil aeroespacial y los monos acolchados, en estampados multicolor que acentúan la seducción desfachatada del alienígena de pelo flamígero. Lo sucede un japonés delirante, Kansai Yamamoto, autor del vestuario de la gira de Aladdin Sane. Para ese rock duro, Yamamoto crea, en contraste, prendas dúctiles y amigas de la mirada, entre las cuales hay dos piezas célebres: el body asimétrico en tejido multicolor que desnuda un hombro, una pierna y una nalga, y el Tokyo Pop, un body en PVC negro estriado de curvas plateadas y surreales perneras en amplio semicírculo. Aunque no inmediato, el impacto de Ziggy sobre la moda popular será progresivo y persistente.
En típico modo Bowie, Ziggy va desaparecer tan bruscamente como surgió. Este excéntrico supremo será reemplazado por su opuesto simétrico, un dandy de raíces british y con una inclinación evidente hacia una cierta panoplia vintage norteamericana, revisada y estilizada. Es un chic feliz, tan pensado y teatral como la vistosidad terminal que lo precedió, que Bowie sabrá llevar con esa naturalidad canchera que es el colmo del artificio.
El nuevo Bowie es de una rubiez etérea y lleva trajes impecables de la diseñadora afroamericana Ola Hudson. Ella lo viste en la vida, en escena, en los videos de Young Americans, el álbum de 1975 donde, en otra tajante conversión musical, aplaca su obsesión por la música soul, y en el film The Man Who Fell To Earth, que Bowie protagoniza en el rol de, oh casualidad, otro extraterrestre en misión entre los terráqueos. Sin embargo, el personaje que definirá esta nueva era es el Thin White Duke, delgado a fuerza de cocaína, nítido y distinguido, poseedor de esa variación de la elegancia desprejuiciada y sin crispaciones que es el chic genuino. La moda oficial, borracha de alegría, instituye a Bowie en ícono de moda, fórmula indigente si las hay, sin advertir que, porque había educado su sentido del estilo y creía en las posibilidades expresivas de los atuendos, al artista no le importa la moda por la moda misma.
Huye de Los Ángeles, capital de la cocaína, e inaugura en Berlín, su ciudad de destino, una nueva etapa musical y estética. Su primer álbum local, de 1977, se titula Low y en él aparece de perfil. El acertijo es límpido. Y se comprobará que de allí en más mantendrá un perfil mucho más atenuado de lo que podía esperarse de semejante showman. La excentricidad volverá solo ocasionalmente, como recuerdo inquietante del pasado en el Pierrot azul de Ashes to ashes y la imagen impactante en el abrigo deteriorado hecho por Alexander McQueen con una bandera del Reino Unido o en algunos atuendos de escena.
En los años 80, Bowie se ve oxigenado y saludable en los videos de onda dance pop que le aseguran una sucesión de hits masivos. En 1992, decenio de experimentaciones sonoras, se casa con Imán, modelo excelsa. Sus apariciones en pareja en las alfombras rojas son agradables y sin el menor atisbo de fashionismo. En su madurez, Bowie se da a la informalidad universal de los jeans y la T-shirt, el rompevientos, la gorra y los zapatos de gamuza, con el toque de un pañuelo de estampa de cebra al cuello. Así lo muestran fotos de un paparazzo de Nueva York, poco antes de que en el Victoria & Albert se inaugure David Bowie is, la vasta muestra consagrada a su huella en la moda.
Cuando en 2013, tras diez años de retiro, lanza por Internet, sin previo aviso, el video de una nueva canción, Where are we now?, la máscara natural de su cara desnuda, espejo de deseos, trastornos y nostalgias, prueba que sin sustancia no puede haber estilo. En dos fotos tomadas poco antes de su muerte y difundidas poco después, aparece risueño en un nítido y oportuno traje negro de Thom Browne. Su regalo final será recordarnos que la elegancia es ante todo una propiedad de la mente y del corazón.





