De dónde vengo

A la par de la reedición actualizada de Mamá, Jorge Fernández Díaz recuerda las conversaciones con su madre que dieron origen al entrañable best seller
Diana Fernández Irusta
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6 de octubre de 2013  

Una tarde, en un rincón de Buenos Aires, un hombre interroga a su madre sobre el día en que, sola y con apenas 15 años, dejó su aldea asturiana y se hizo en un buque al mar. Es 2002, el país arde, y mientras muchos españoles se plantean volver al lugar que los vio nacer, Carmen comienza a hablar. La charla deriva en días y días de confidencias: apuntes intensos, reídos y llorados, que luego darán forma al libro Mamá. En la blanda morada de la palabra materna, Jorge Fernández Díaz –periodista, escritor e hijo empecinado en descifrar su origen– alumbró una novela que, a 11 años de su primera versión, está a punto de ser reeditada y que hoy se lee no tanto como una épica de inmigrantes, sino como la epopeya personal de una mujer.

Lo que el autor no se esperaba era que, una vez lanzado a la aventura, se toparía con el rostro de alguien a quien todavía no conocía demasiado bien: él mismo. "Mi idea era escribir algo que me permitiera decirles a mis hijos: Nosotros somos esto, venimos de acá. Pero claro, uno empieza a desenterrar cosas en el jardín y al final se encuentra consigo mismo enterrado", comenta el autor. Y continúa, consciente de que los hijos de extranjeros siempre participan, al menos en parte, de la extranjería de sus padres: "Los inmigrantes nos pasamos la vida diciendo que descendemos de los barcos. Mamá prueba que no descendimos de los barcos; descendimos de familias enormes, llenas de canallas, de tipos extraordinarios, de tipos mediocres, de toda clase de gente".

Bravura asturiana

En la familia de Fernández Díaz, dos personas brillan en el altar de los inolvidables: sus abuelos José de Sindo y María del Escalón, nombres de romancero y carácter de hierro. Ella era sufrida y dura, capaz de resistirlo todo: la penuria económica, la crianza de los hijos en medio del hambre de la posguerra, el sistemático abandono de un marido al que tanto podía perdonar como anunciar que lo esperaría con una escopeta junto al río para matarlo de una perdigonada. Él –en los documentos Díaz Fidalgo– era buen mozo y seductor, talentoso ebanista y prófugo consumado; no le importó dejar Almurfe, el pueblo asturiano donde quedaron su esposa e hijos, para lanzarse a un periplo que lo llevaría a Cuba y luego a la Argentina. Tampoco le temblaría la voz cuando, ya instalado en Buenos Aires, se negó a recibir a su hija Carmen, la adolescente a la que María del Escalón había subido a un barco con la misión de contactar a José y anunciarle que muy pronto el resto de su familia también llegaría a América. Pero la segunda parte del plan falló y Carmina se quedó sola, en una ciudad desconocida, a un océano de distancia de su madre y hermanos.

Del intolerable desamparo de aquellos días, de la difícil convivencia con los tíos paternos que terminaron alojándola, del recuerdo lacerante de su tierra: de todo eso habló Carmina con su hijo, durante largas sesiones en las que la cercanía filial se mezclaba con el oficio periodístico. "¿Qué derecho tiene uno a meterse en la intimidad de los padres? Y después narrarlo y publicarlo… Acá se transpusieron varias barreras –explica Fernández Díaz–. A mi vieja le creé un microclima con las preguntas, manejaba los encuentros profesionalmente. Hasta que ella empezó a sacar recuerdos…, por ejemplo, que mi tío abuelo la perseguía sexualmente. Me enteré de cosas fuertes."

Una fibra poderosa latía en esa chica desterrada en el confín del mundo, obligada a vivir con unos parientes que la convirtieron en una mezcla de hija sustituta y sirvienta, y decidida a resistir en silencio el asedio del dueño de casa. El rostro dulce de Carmen, su obstinado modo de soportar, poco tenían que ver con una personalidad débil. "Si ellos fueron gladiadores, nosotros vendríamos a ser remiseros", se ríe el hijo al recordar lo que la asturiana le lanzó tras la publicación de Fernández, un libro claramente autorreferencial: "¿Y quién va a leer ese libro, si a ustedes no les pasó nada?"

Accedé a un fragmento del libro publicado en la sección ADN a través del siguiente link:

Rememora también cuando, en sus años escolares, los otros chicos se reían del niño que hablaba con giros y frases asturianas. "Me hacían bullying, como dirían ahora. Y me molían a palos…" Hasta que un día Carmina pasó por la escuela y alguien le contó lo que ocurría. Entonces la españolita, que nunca había leído nada sobre Piaget o dinámicas de grupo, inscribió a su hijo en clases de judo. Como para que él tuviera también con qué repartir golpes. "Eso es típico de mi vieja… Además resultó: le pegué a uno y no se metieron más conmigo."

El sello familiar

Sufrientes y gozantes, así clasifica Fernández Díaz a los integrantes de su familia. "Ellas, con María del Escalón a la cabeza, eran sufrientes, solidarias. También manipuladoras y duras. Los hombres eran menos solidarios, más simpáticos, más egoístas. Hay algo de lo judeocristiano que los inmigrantes tienen muy incorporado, que es asociar la evolución con el sufrimiento. Si no sufrís, no estás evolucionando; si no sufrís…, algo malo va a pasar (risas). Esto es tremendo, necesitás años de terapia para modificarlo. Mi propia madre ha sido víctima y victimaria de esa categoría." ¿Y cómo se ubica él en este esquema? "Yo nunca abandonaría a mis hijos, pero igual me siento muy identificado con mi abuelo. En el sentido del manejo del propio talento, la idea de gozar la vida. No sólo sacrificarte: disfrutarla porque se acaba. Pero esto es nuevo en mi vida, yo era una Díaz, de la rama de las sufrientes." Jorge ríe, y en su risa bailan los últimos once años: el vendaval que comenzó el día que se sentó a anotar los recuerdos que hilvanaba su madre y que continuó un año después, cuando tuvo que afrontar la muerte del padre.

"Muere mi viejo, lo voy a reconocer e inmediatamente pienso: Dentro de un tiempito yo voy a estar ahí y acá va a estar mi hijo, reconociéndome. En ese momento toda mi vida cambió. Literalmente. Ante la sensación de que el próximo sos vos, querés vivir la vida de una manera más plena. Inicié una terapia y todo cambió. ¡Todo! –Fernández Díaz se apasiona, enfatiza con un golpe en la mesa la intensidad del recuerdo–. Se produjo mucho dolor, me divorcié, cambié de opinión en un montón de cosas. Recuerdo que entré a terapia diciendo: Le hice un juramento a mi padre. Juré que voy a vivir lo que me queda de vida con honestidad y plenitud. El analista siempre lo recuerda. Un juramento bien de asturiano. De cabeza dura."

Cabezones. Toscos. Dignos. Entrañables. Tantos modos de calificar a los hombres y mujeres llegados del norte de España, castigados por la guerra y por el hambre que le sobrevino; algunos apenas escolarizados, decididos a labrarse un destino con uñas, dientes y una monumental capacidad de trabajo. Seres de un estoicismo quizás en extinción, para quienes la vida era un tránsito austero: nacer, luchar, morir.

"Al lado de mi madre yo me considero reblandecido por la vida buena –sonríe Fernández Díaz–. Mis padres eran otra generación, otro continente de la vida. Su estoicismo tiene que ver con la nobleza, como la nobleza de la madera: una especie de aristocracia de lo estoico. Vos podías ser pobre, pero estaba la noción del honor."

Hasta José de Sindo, el gran malvado de la novela familiar, el egoísta congénito, portaba su dignidad como el equipaje más preciado. "Las hazañas no se cuentan. Hay que ser muy poco hombre para contarlas", sostenía. Y así, como un hidalgo, pobre pero orgulloso, nunca mencionó una palabra sobre el tiempo en que vivió en Cuba. Ni sobre su participación en la defensa de Madrid, en plena Guerra Civil Española. "En

estos últimos años descubrí que, excepto con su familia, mi abuelo había sido una persona extraordinaria: generoso con sus amigos, solidario con los humildes, héroe de guerra… Parece que algunos héroes pueden hacer canalladas y muchos canallas pueden hacer cosas buenas. No es tan claro, y mi

madre todavía no sabe qué hacer con José, ese hombre que decidió vivir sin convencionalismos, aunque el precio fuera abandonar a sus hijos." El escritor vuelve a ponerse enfático. Golpea levemente la mesa, la sangre asturiana se le nota en el gesto: "Mirá, yo te invito a Asturias, vamos a comer con toda mi familia, primos, gente joven… Les doy quince minutos y sale José de Sindo. Ninguno lo conoció, pero te hablan de

él. Es una cosa mítica. Como María del Escalón. Son fantasmas que están alrededor nuestro, continuamente. Hoy, ahora, en una discusión familiar en Buenos Aires. Están vivos, los tipos.

Es impresionante". Inicialmente concebido como un texto íntimo, Mamá fue best seller en la Argentina y España, y la reedición que se lanzará en breve incorpora los hechos acontecidos en la última década. Su autor no duda en defi nir la escritura de este libro como sanadora. Fundamentalmente, porque le sirvió

para conciliar el periodismo y la literatura, dos grandes amores que no terminaban de encontrar un punto de equilibrio en su vida. Pero también porque de las charlas con su madre surgió el impulso de seguir preguntando, hablar con más gente, completar lo más posible el rompecabezas familiar. "Es

muy difícil que un hijo interpele a sus padres, no sólo por pudor, sino también porque puede parecer que las historias antiguas no nos competen –refl exiona–. Pero la verdad es que sí nos compete profundamente cómo son nuestros padres. Y no sólo ellos. Cuando fui armando mi árbol genealógico, descubrí

que era un pedacito de éste, un pedacito del otro… Realmente es asombroso lo que hay en los genes: gestos, actitudes. Cuando uno termina su árbol genealógico, la imagen que aparece es la de la propia cara."

Algo de esto seguramente también piensa Carmina, la muchachita que a los 15 años lo perdió todo y que luego, a fuerza de voluntad y esfuerzo, se supo construir una familia, echar raíces en su país de adopción, armarse una vida. A los 81 años, la protagonista de Mamá –que nunca le dio importancia a los pedidos de autógrafo ni a las entrevistas que arreciaron luego de la publicación del libro– le encontró el gusto a la independencia y, a su modo, reparó algo de la profunda herida que le había causado su padre. Fue así que le comentó a su hijo: "Tal vez tenga algunos genes de José de Sindo. Aquel egoísmo de querer

estar solo y andar a su aire". Fernández Díaz recuerda la frase, mientras una mezcla de ternura y orgullo le suaviza la voz: "Y sí, mi vieja es un personaje".

La tarea de escribir

A 11 años de su primera edición, Mamá será reeditada casi como un libro nuevo, con un sustancioso epílogo que cuenta lo que ocurrió con los personajes en todo este tiempo. El jueves próximo, opcional con el diario LA NACION, estará en los quioscos la obra actualizada, a un precio de $39,90. El nuevo capítulo profundiza en el personaje de José de Sindo y cuenta lo que ocurrió cuando el libro se presentó en España. "La escritura de Mamá fue una experiencia existencial muy fuerte –explica Jorge Fernández Díaz-. Y literaria. Porque me conecto con los sentimientos. Ese encuentro con mi propia identidad cambió muchísimo mi vida. También cambió mi literatura: me di cuenta de que la emocionalidad era algo que yo no me permitía. El periodismo sabe narrar escenas, pero no está acostumbrado a narrar sentimientos… Mamá fue la conciliación después de mucho tiempo, entre periodismo y literatura." Luego siguieron Fernández y Corazones desatados, libros donde el cauce de los sentimientos siguió fluyendo.

También autor de La hermandad del honor y Las mujeres más solas del mundo, entre muchos otros títulos, Jorge asegura que su objetivo es lograr una literatura despojada y a la vez de calado hondo; historias breves que muestren la vida condensada como la punta de un iceberg. "La idea de Hemingway cuando hace El viejo y el mar ", ilustra quien, con el catalizador emocional de su madre, viene desarrollando una escritura en la que insiste en "tirarse a la parrilla, a ver qué pasa con esto".

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