
De la efectividad a la grandeza
Stephen Covey, uno de los máximos gurúes del mundo de los negocios, propone abandonar modelos empresariales de control sobre los empleados y, en un libro que en abril llegará al país,explica que no es tan necesario perseguir la efectividad como permitir que la gente encuentre “su propia voz”y la transmita a otros. En esta entrevista, afirma: “Si la Argentina quiere competir, tiene que liberar el poder de la gente”
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NUEVA YORK.– El perro de Stephen Covey llegó a los cien años. En tiempo canino, claro, y con operaciones de rodilla y cataratas y un riñón que no funcionaba, pero que no impidieron que el cuzquito ("el hijo número diez de la familia", según confesó su amo) estoicamente moviese la cola hasta el final. Aun así, es sorprendente que en el cuarto del hombre considerado el gurú máximo de los negocios (cuyo libro Los siete hábitos de la gente efectiva se mantuvo 150 semanas en la lista de best-sellers de The New York Times), el lugar de honor lo tenga un almohadón bordado con la máxima: "Quiero ser el hombre que mi perro cree que soy".
El fiel compañero de la familia Covey hoy ya no está. Pero 15 años después del libro original, su dueño encontró un nuevo hábito que lo haría merecedor del orgullo canino. Y con él, un nuevo libro que muchos pronostican reproducirá el éxito del original: El octavo hábito: de la efectividad a la grandeza, cuya versión en castellano saldrá en abril editada por Paidós.
En concreto, el octavo hábito es: "Encuentra tu voz, tu contribución única al mundo, e inspira a otros para que encuentren la propia". "La era de la información debería inspirar a los trabajadores para que encuentren aquello que los apasiona y que es un talento en armonía con sus necesidades a la vez que con su conciencia –señala Covey–. El octavo hábito significa transmitir a los demás su valor y potencial de tal manera que ellos mismos logren visualizarlo e incorporarlo como propio."
El resultado de aplicarlo es que la interacción con los otros se vuelve un trabajo complementario: "Nuestros puntos fuertes se hacen más productivos y nuestras debilidades se vuelven irrelevantes a través de la fuerza de los demás, y el octavo hábito se convierte así en una tercera dimensión para los otros siete", explica con su voz profunda y pausada.
Más que la de un conferencista del mundo de los negocios a quien los empresarios pagan miles de dólares por escuchar en vivo, parece la voz de un predicador. Lo cual no es de extrañar, ya que en la década del 50 Covey se paraba sobre una caja en el Hyde Park, de Londres, para difundir la misión de los mormones.
Covey y su familia son miembros activos de la Iglesia de Jesucristo en los Ultimos Días, pero sensible a las acusaciones de que sus libros son las enseñanzas mormonas disfrazadas de entrenamiento empresarial, Covey subraya que él nunca introduce religión o política en sus seminarios mundiales. Y que los ocho famosos hábitos se deducen de principios universales como integridad, disciplina y justicia, que son comunes a todas las religiones.
Cuando no está viajando, Covey, de 72 años, vive en una gigantesca casa en Utah, rodeado de 9 hijos y ¡47 nietos! Asegura que no es un padre perfecto. Pero su familia numerosa fue el origen de otro best-seller, Los siete hábitos de las familias efectivas, y hasta su hijo Sean siguió sus pasos escribiendo luego Los siete hábitos de los adolescentes efectivos.
–Su libro Los siete hábitos... sigue vendiendo 50 a 100 mil ejemplares por mes y es considerado un clásico en las escuelas de negocios. ¿Por qué era necesario introducir un nuevo hábito?
–Porque pasamos de la era industrial a la era de la información. El modelo de la era industrial es un modelo de control, pero en la era de la información el trabajador educado e informado es el que se vuelve importante. Y a un trabajador así no se lo controla. Por el contrario, se lo libera, para que pueda encontrar su propia fuerza o "voz", y la pueda utilizar para hacer más poderosa a la organización. Ya no es suficiente con la efectividad, hace falta grandeza. Un ejemplo del cambio es que cuando el libro fue publicado, durante la era industrial, en la contabilidad de la empresa los empleados eran llamados un "costo" y las máquinas, una "inversión". ¿No es enfermante? En cambio, controlar a un trabajador de la era de la información es insultarlo. Cuando el libro salió en 1989, sólo un 30 por ciento del valor agregado provenía del trabajo derivado del conocimiento; ahora, un 70 a un 80 por ciento. Así que si la Argentina quiere competir en una economía global tiene que abandonar el modelo de control y reemplazarlo por un modelo que libere el poder de la gente. Es decir, el octavo hábito.
–Un trabajador argentino podría decirle que eso está muy bien para países desarrollados, pero que no se aplica en sociedades donde el interés está en sobrevivir.
–Yo le respondería dos cosas. Primero, que el individuo debe invertir en su propio crecimiento y desarrollo, y no ser tan dependiente de lo que los grandes jefes, las organizaciones y las máquinas políticas hacen. Cuanto más uno se responsabiliza por el propio crecimiento y educación, más encontrará que su esfera de influencia se agranda y le aumentan las opciones. En este momento, uno puede sentirse deprimido y alienado, pero si se está dispuesto a pagar el precio de aprender más, leer más, ver menos televisión, es increíble lo que se puede lograr. Un buen ejemplo son los inmigrantes vietnamitas que vinieron a Estados Unidos después de la guerra con su país. Llegaron sin un centavo, pero inmediatamente desarrollaron una ética del trabajo y la educación, y ahora, sólo una generación más tarde, son líderes o figuras prominentes en casi todas las áreas en las que incursionaron. Y lo lograron abandonando la actitud de pobres víctimas que culpaban de todo a su pasado, su presente, los jefes o los demás. Vengo de recorrer Asia y he visto que en muchos países está ocurriendo algo similar: la gente está logrando salir del círculo de la codependencia y ésa es la clave del éxito. Si uno se siente controlado por los jefes, uno se vuelve cada vez más pasivo, con ninguna iniciativa para hacer más que el mínimo requerido para mantener el trabajo. A la vez, cuando más los jefes ven una pasividad entre sus empleados, más razones tienen para controlarlos. Así se hace un círculo vicioso, pero a los empleados argentinos les diría que no hay que esperar a que siempre sea el de arriba el que lo rompa.
–¿Y los jefes?
–Al mismo tiempo –y éste es el segundo punto–, los gerentes y supervisores tienen que darse cuenta de que deben dar poder a sus empleados, invirtiendo en su desarrollo y escuchándolos. El empleado cultivado es el jugador clave para saltar por encima del modelo industrial hacia el futuro. Hoy, se requiere excelencia en el nivel mundial para competir. Yo sé que la Argentina tiene muchas industrias compitiendo en la economía mundial y cuanto más poder los gerentes y supervisores le den a su gente, cuanto más le permitan encontrar su voz, más ahorrarán dinero. Eso es automático al reducir o eliminar los elementos de control, como la burocracia y los reglamentos que reemplazan el buen juicio humano. Es como un coro. Cada persona tiene un papel que canta con su voz, pero la clave es crear la unidad entre todos. La fragmentación, el proteccionismo, el negativismo son de la era industrial. La gente que no se alegra del éxito de los demás no se da cuenta de que, en un equipo que se complementa, los éxitos de uno sirven para volver irrelevantes las fallas del otro.
–¿Por qué es tan importante encontrar la propia voz?
–Cuando uno encuentra la propia voz y siente que la conciencia le confirma que ése es su don en la vida, entonces deja de importar la opinión de los demás porque la seguridad viene de adentro. Es más, como la seguridad no viene de compararnos, realmente debemos pensar que todos podemos ganar en una negociación, porque hay para todos, y así alegrarnos de los éxitos de los demás. Cuando nacemos, nuestro trabajo en esta Tierra nace con nosotros, pero la mayor parte de la gente no está dispuesta a pagar el precio de la disciplina que se requiere para saber cuál es y se deja llevar por la opinión de terceros.
–Sin embargo, cuando el presidente de Colombia, Alvaro Uribe, lo consultó sobre qué hacer con los terroristas, usted le contestó: "Perseguirlos y matarlos".
–Hay dos alternativas. O se negocia para que ganen todos o no hay trato. Cuando uno está lidiando con gente malvada que mata inocentes se elige la opción "no hay trato", para proteger al resto.
–Usted asegura que, hoy, con la efectividad no alcanza, que hace falta grandeza. ¿Cómo es eso?
–Efectividad significa obtener los resultados que uno quiere de una manera tal que permita seguir obteniéndolos a lo largo del tiempo. Grandeza es la optimización de tus propios talentos y fuerzas, a través de la autoridad moral. Es decir que eres una persona ciento por ciento confiable e íntegra hasta lo más profundo, no sólo en el trabajo sino con la familia y la gente que te rodea en cualquier momento. Hay una grandeza secundaria que es hacer mucho dinero o tener prestigio o autoridad formal, pero es mucho menos poderosa que la autoridad moral. Ghandi es el ejemplo perfecto de la autoridad moral. Nunca fue electo, nunca fue nombrado y, sin embargo, es el padre de la democracia más grande que existe hoy.
–¿Cuál es el hábito más difícil?
–El más difícil es el hábito número uno, ser proactivo, porque significa hacerse responsable de la propia vida. Pero el que más suele costar a la gente –y me incluyo– es el de "buscar primero comprender al otro para luego ser comprendido".
–Usted escribió también Los siete hábitos de las familias efectivas. ¿Cómo se adapta el hábito número ocho a la vida familiar?
–Funciona maravillosamente. Mi definición de liderazgo es tener la capacidad de comunicar a la gente su potencial de manera tan clara que logren verlo ellos mismos. Es sobre todo importante lograr que los chicos se vean como buenos alumnos, para que estén dispuestos a pagar el precio, que es hacer los deberes. La llave para su futuro está en la educación, pero la presión de los pares suele hacer que lo olviden.
–¿Sus hábitos funcionan también para adolescentes?
–Funcionan muchísimo mejor que en los adultos, porque ellos no tienen tanto para desaprender como nosotros y son increíblemente abiertos. Su mayor temor es qué pensarán los amigos. Por eso es fundamental que también aprendan a encontrar su voz dentro de ellos mismos. Aun cuando no se apruebe un comportamiento del chico, hay que darle amor incondicional. Cuando un chico se siente siempre querido, eso le da la fuerza emocional para lidiar con la presión de los pares.
–¿Es optimista respecto del futuro del mundo?
–Soy optimista porque veo cómo la sociedad de la información no permite aislarse de lo que pasa en el mundo, y entonces todos nos volvemos responsables de lo que ocurre. Hoy es muy difícil que el mal no sea desenmascarado, que pueda seguir trabajando en la oscuridad. n
(Sobre las enseñanzas de Covey para individuos y organizaciones en América latina, se puedeconsultar el sitio web que se detalla en esta página.)
Para saber más:
www.stephencovey.com
Los 8 hábitos
Ser proactivo. Hábito de la responsabilidad. Su resultado: la libertad.
Empezar con el objetivo final en mente. Hábito del liderazgo personal. Da sentido a la vida.
Establecer prioridades. Hábito de la administración personal. Privilegiar lo importante versus lo urgente.
Pensar en ganar/ganar. Hábito del beneficio mutuo. Su resultado: el bien común.
Procurar comprender y después ser comprendido. Hábito de la comunicación. Genera respeto, convivencia.
Sinergizar. Hábito de la interdependencia. Resultado: logros, innovación.
Afilar la sierra. Hábito de la mejora continua. Resultado: balance, innovación.
Encontrar la propia voz. Y ayudar a que los otros la encuentren.
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