
De los tiempos de Gengis Kan
Por Eduardo Tarnassi
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¿Qué es lo más difícil de pintar? Perros y caballos. ¿Y lo más fácil? Espíritus y demonios. Todo el mundo puede ver perros o caballos por cualquier parte. Los demonios y los espíritus, en cambio, no tienen forma y basta con pintar lo que uno imagina."
Este diálogo solía relatarlo el filósofo chino Han Fei Tzu. Quería demostrar que la realidad, aunque parezca lo contrario, es lo más complejo de explicar.
Si de ilustrar las primitivas razas orientales se tratara, un artista plástico de la actualidad enfrentaría las mismas dificultades que su colega chino. Todavía hoy no está bien definido qué se sabe de ellas. Más aún cuando por milenios los perros, en esa parte del globo, han estado vinculados con la religión, las cortes y la gastronomía.
El zoólogo Hsia Yuan-yu afirma que los perros de su país descienden de los lobos chinos. No obstante, sostiene que las razas más importantes, como el hsi (una suerte de lebrel) y el mastín tibetano, provienen de los lobos migratorios indios.
Lo cierto es que sus orígenes son prácticamente imposibles de establecer.
El hsi, o perro paria (cimarrón, para nosotros) era bueno para la caza o las carreras. Tanto que ha quedado representado en pinturas de las dinastías Han (del 206 a. C. hasta el 220) y Tang (618-907).
Otro que plasmó esos animales en sus telas fue el pintor cortesano de la dinastía Ching, Giuseppe Castiglione (1698-1768). De acuerdo con esos testimonios pictóricos el hsi sería el antecesor remoto del actual greyhound o galgo inglés.
Por su parte, el mastín tibetano que llegó a nuestros días casi sin modificaciones fue introducido en el Celeste Imperio por los hunos. Estos se apropiaron de los perros que criaban los pueblos nómadas del Tíbet y Mongolia. Son conocidos como perros tártaros. Se cree, también, que los reyes asirios los empleaban para la caza del león, al que enfrentaba gracias a su ferocidad y potente musculatura.
El criador chino Chang Pei-hua lo describe como un formidable guardián: "Hay muchas referencias de ese mastín a lo largo de la historia. El imperio mongol lo utilizó como perro de guerra durante las campañas de Gengis Kan en Medio Oriente. También hay referencias acerca de él junto a Alejandro Magno, a quien los asiáticos habrían regalado algunos ejemplares. En la antigua China se lo utilizaba para custodiar el contorno de las ciudades y en Tíbet como pastor". Actualmente se estima que en el mundo no existe más de un millar de ejemplares.
A excepción de los descriptos y unas tres o cuatro razas más, los perros chinos en general son de tamaño pequeño.
El lhassa apso, habitante favorito del Potala, el palacio del Dalai Lama, llegó a Pekín durante la dinastía Ching (1644-1911). Provenía de Tíbet donde se lo consideraba un perro sagrado. En tibetano se lo llama apso seng kye, denominación grandilocuente que significa perro centinela con ladrido de león.
Por su parte, los pug son una vieja raza que los comerciantes holandeses llevaron a Europa. Paticortos, exoftalmos y de cara arrugada, son animales con una expresión de desamparo, aunque se trata de un bicho de carácter alegre.
El pequinés es, tal vez, el perro chino más conocido entre nosotros. Este era el favorito de la emperatriz Tzu Hsi de la dinastía Ching, que contribuyó a su mejoramiento. Como poco se sabe sobre su origen, una leyenda oriental cuenta que un león quedó prendado de una mona con la que quería casarse. Claro, para eso debía pedir autorización al dios Hai-ho, que le dijo: "Si estás dispuesto a sacrificar tu estatura, fuerza y fiereza por amor a esa mona, lo autorizo". Como el león aceptó, el resultado del amor entre ambos fue el pequinés.
Otra raza china que dio origen a una leyenda es el chow-chow. Es guardián, feroz cazador de lobos y perro de tiro de mirada inteligente. De aspecto severo, se trata de un perro de fuerte carácter. Su peculiaridad es que su lengua es negro azulada. Acerca de él se dice que "Pan Ku abrió los cielos y éste se llenó de estrellas añiles que transmitían una mágica luz azulada a la Tierra. Un chow-chow la bebió y su lengua quedó teñida de ese color".
Otra raza a la que los chinos le confieren características religiosas es la shih-tsu, que en chino significa león. La fiereza de este animal era considerada como un atributo de la divinidad, también adjudicada a ese perro.
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