
De qué hablamos hoy cuando hablamos de amor
Mañana se celebra el Día de los Enamorados. Por eso, la Revista analiza, a través de los especialistas, aquellos mitos, verdades y condicionamientos que determinan conductas a la hora de entablarrelaciones en tiempos que ellos llaman de “malestar amoroso”
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los 37 años, Leonardo, arquitecto, está triste y no lo disimula. Después de cuatro meses de idas y venidas, de discusiones y reencuentros, de promesas y frustraciones, acaba de poner fin a su relación con Ximena, una diseñadora de 31 años. "Había puesto mucha esperanza en esta pareja. Hace tiempo me di cuenta de que, sin embargo, no iba a funcionar. Las señales estaban ahí, a la vista, pero las ignoré. Lo que más me duele no es la ruptura, sino lo que me espera ahora, la soledad." Leonardo es soltero y ha tenido una única experiencia de convivencia, que duró ocho meses, a los 32 años.
Liliana, una economista de 42 años, se divorció hace dos de su marido, Adrián, un colega al que conoció cuando ambos eran estudiantes y con quien tuvo dos hijos y una hija. Salvo para una cena o para tomar un café (o a lo sumo dos) no ha vuelto a salir con un hombre. A pesar de las razones que los llevaron a la separación (falta de deseo, de proyectos comunes y de fervores compartidos), él sigue siendo su consultor y su confidente, el único con quien se siente cómoda. "A veces pienso si no fue un error separarnos, si no acabaré por perder algo muy valioso. Pero trato de imaginarme viviendo otra vez con él y no me veo: lo quiero, pero no lo amo."
Guillermo tiene 44 años, es empresario textil, recientemente inauguró la casa con la que soñaba desde hace tiempo y lo considera un gran logro. Vive solo en esa casa. "Creo que aquí envejeceré. No me veo compartiendo la vida con una mujer; me acostumbré a no necesitarlo. Veo las crisis por las que pasan mis amigos casados, o los líos que hay entre las parejas que conozco, y creo que estoy bien así. Tengo amigas ocasionales, relaciones sin compromiso, no les prometo nada y no exijo nada. Además, no tengo que discutir con nadie; hice mi casa a mi gusto y voluntad."
Verónica, abogada que encabeza su propio estudio a los 36 años, está casada con un ingeniero. Tienen un hijo de cuatro años y, según ella, "el nene es el motivo por el que aún insisto en salvar mi pareja". Siente que la comunicación entre ella y su marido es escasa y difícil. Ella propuso hace un año una terapia de pareja a la que él se negó, y ahora es él quien retomó la propuesta, pero Verónica siente que ya es tarde. "Nuestra separación es cuestión de tiempo."
Estas historias son reales (salvo los nombres, que he cambiado por acuerdo previo). Basta con observar y escuchar con detenimiento las voces del mundo en que vivimos para advertir que no son historias extrañas ni exclusivas. Se trata de emergentes de lo que podríamos llamar el malestar amoroso de nuestra época. Este fenómeno se evidencia en hombres y mujeres adultos que se muestran insatisfechos con sus vínculos afectivos. Muchos de ellos están en pareja, pero dicen que no elegirían al mismo hombre, o la misma mujer, si tuviesen que empezar otra vez. Otros creen que la verdadera felicidad está en otros matrimonios, no en el propio. Hay quienes, solteros o divorciados, tienen la certeza de que, si encontraran un alma gemela o al menos melliza, solucionarían los problemas de su vida. Están los que huyen de la soledad a costa de cualquier compañía y los que escapan de los contactos afectivos como de la cárcel. Algunos viven su soltería como una penitencia y otros, su pareja como una condena.
A diferencia de otras cuestiones sociales más emparentadas con la economía, la política o la ciencia, ésta es "democrática". Parece afectar a todos los niveles sociales y culturales. La diferencia está en el modo en que se manifiesta o las actitudes con que se encara.
Dos causas para un efecto
Tras escuchar con atención a las víctimas del malestar amoroso se puede intuir que han sido influidas por algunas creencias muy arraigadas en nuestra cultura afectiva. La principal es aquella que lleva a buscar personas que nos completen o que funcionen como espejo de nuestras ilusiones amorosas. Esa creencia se puede detectar en estas palabras de Marcelo, médico divorciado, de 41 años, que atraviesa una severa crisis en su relación con Cecilia, artista plástica, soltera, de 36. "Al principio nos divertíamos mucho: nos gustaban las mismas películas, las mismas comidas, los mismos viajes… No podíamos creer que nos hubiéramos encontrado; estábamos hechos el uno para el otro. Hasta que empezamos a perder esa energía del comienzo. Ella comenzó a hacer muchos planes con sus amigas, decía que necesitaba oxigenarse para bien de nuestra relación. Yo me empecé a sentir agotado por sus propuestas de salir cada fin de semana a conocer un lugar diferente: necesitaba más intimidad, estar más tiempo en casa, juntos. De a poco empezamos a discutir por cosas cada vez más tontas y ahora, a veces, parecemos dos desconocidos. Ella dice que yo no soy el de antes y a mí me parece que Ceci cambió mucho, no la reconozco."
El relato de Marcelo es la parábola de un vínculo basado en la similitud como viga maestra. Y, en verdad, las relaciones que se consolidan de un modo amoroso y nutricio se alimentan más de las diferencias que de las similitudes. Dado que no existen, en un planeta poblado por casi 7 mil millones de personas, dos individuos iguales, las diferencias, lo disímil, la diversidad, lo distinto será siempre lo predominante entre los prójimos.
Es muy habitual en las crisis de pareja que el momento en que uno, o ambos, empieza a decir que "el otro" cambió, que ya no es la misma persona, como ocurre con Marcelo y Cecilia, corresponda, paradójicamente, a la etapa en que "el otro" se muestra, más que nunca, en su verdadera y multifacética identidad. No ser "el o la que era" debería traducirse como: "Ya no respondés a mi ilusión, al diseño que yo había hecho de nuestro vínculo, ya no estás hecho a imagen y semejanza de mis fantasías, deseos, expectativas y necesidades afectivas".
La desilusión amorosa, tan presente en las conversaciones, en los ensayos, en los temarios de las investigaciones periodísticas, en los consultorios de los terapeutas de pareja, en los talk shows, en el cine, en ciertas estadísticas y hasta en las investigaciones de filósofos, etólogos, neurólogos y especialistas en marketing de este comienzo de siglo, es el efecto de una doble causa. Por una parte, un paradigma romántico anacrónico. Por otra, la irrupción del amor como tema central en la pareja humana.
Amor y perdices
El viejo paradigma decía –y aún lo dice, a pesar de algunas transformaciones culturales– que todos éramos la mitad de una naranja en busca de su otra mitad, el alma gemela de otra alma con la que nos fundiríamos. Las leyendas trágicas fomentaron la convicción de que amor y sufrimiento van hermanados y de que cuanto más se ha sufrido más se ha amado. Los relatos felices jamás dijeron qué ocurre cuando hay escasez de perdices, quién es el encargado de conseguirlas, cómo se dirimen las diferencias acerca del modo de cocinarlas (si en escabeche o a la cacerola, por ejemplo) o qué pasa si uno de los enamorados se harta de comer siempre lo mismo mientras el otro es un adicto irrecuperable a las perdices.
Es decir, ni los relatos trágicos ni los cuentos de hadas instruyen sobre el amor real, sobre la convivencia cotidiana, sobre los alcances posibles de la relación, sobre qué hacer con las diferencias, con el obstáculo. No impulsan a pensar en la relación afectiva como una experiencia de aprendizaje amoroso, de transformación, de creación conjunta, de trabajo afectivo solidario y permanente. Proponen el destino como el gran opositor, o la magia como la gran facilitadora amorosa.
Cuando la creencia en la magia del amor se combina con una cultura en la cual lo efímero desplaza a lo permanente, el producto es un fenómeno muy acentuado en estos tiempos: el zapping afectivo. Esto es, salir de la relación en que se está para buscar un vínculo satisfactorio hecho a medida. Y, si no, vuelta a empezar, vuelta a buscar.
Gestionar el amor
Esta modalidad afectiva olvida que el amor es, en verdad, una construcción, no un pase de magia. Lo construyen quienes se aman, mientras viven el vínculo. El doctor Norberto Levy, psicoterapeuta humanista y transpersonal, define al amor como "eso que une nuestras manos cuando abrochan un botón o preparan un café. Algo maravilloso. Ayuda recíproca, ajustes continuos, acoplamientos precisos, sentido de equipo. Esa cooperación es amor. En el nivel personal, el amor se manifiesta básicamente como respeto, solidaridad y cuidado, y según la circunstancia será amor pasional, fraterno, religioso o demás. Sea cual fuere la forma, la trama esencial de la experiencia del amor es reconocerse como dos partes distintas de la misma unidad mayor, lo mismo que ocurre con las manos".
Reaparece así la cuestión de las diferencias, integradas en una instancia abarcadora y trascendente, como requisito ineludible de la construcción amorosa. Eso y el respeto al otro como una persona única. Registrar quién es el otro, aprender cuáles son las diferencias que existen entre dos personas, valorar el tipo de diferencias y percibir si son pasibles de un trabajo de pareja o resultan irreconciliables, requiere tiempo, atención, compromiso y presencia. No siempre son ingredientes fáciles de conseguir en la sociedad del fast food, del zapping, del "téngalo ya", del "¿qué estás esperando para tener el tuyo?". Se puede deducir que una cultura en la que los ansiolíticos ocupan los primeros puestos en la venta de medicamentos, el amor y la construcción de los vínculos afectivos son también víctimas de esa ansiedad.
"No existe una píldora mágica para que el vínculo amoroso sea satisfactorio", afirma el doctor Phillip McGraw, estadounidense, creador del proyecto Estrategias de Vida y autor de Salvar el amor. La psicoterapeuta Susana Balan –autora de La utopía amorosa y Dos para un tango– recuerda que hay parejas que construyen su relación consultándose a cada paso, "no para ir de la manito todo el tiempo y a todos lados, sino para conocerse y confiar lo suficiente como para saber que si cualquier integrante de la pareja actúa por cuenta propia puede hacerlo desde una perspectiva en común que cuide los acuerdos prefijados en el marco amoroso. De lo contrario, estamos en presencia de dos individuos que conviven sin constituirse en un nosotros".
La construcción de un nosotros cargado de significado y trascendencia requiere, precisamente, de tres ingredientes en los cuales la cultura de la época no siempre es pródiga ni ejemplar: tiempo, trabajo y conocimiento. La construcción amorosa sería así, en buena medida, la experiencia del conocimiento mutuo. Al decir de McGraw, "las relaciones no son mágicas, se gestionan". Vale decir, necesitan presencia, compromiso, decisiones, elecciones.
El vínculo amoroso, entonces, cumple un ciclo perenne de preparación del terreno, siembra, cuidado y cosecha. De acuerdo con el doctor Levy, tres pilares sostienen esa tarea: 1- Las pasiones compartidas que permiten el nacimiento de proyectos comunes. 2- El magnetismo sexual. 3- La capacidad de trabajar en equipo para la resolución de las cuestiones de la vida cotidiana.
A esto se podría agregar un cuarto pilar: valores y principios coincidentes para la vida pública y la privada.
Amor y caos
Las cifras dicen que hacia fines del siglo XIX, en 1896, en la ciudad de Buenos Aires se casaba uno de cada 300 habitantes. La Capital tenía entonces 663.854 habitantes. Hoy, con casi tres millones, el porcentaje de casamenteros es de uno cada 200 de personas. Estas cifras tuvieron un pico en 1936, cuando un uno por ciento de la población porteña se casó.
Desde mediados del siglo XX se sucedieron cambios sociales y culturales profundos (como la aparición de la píldora anticonceptiva, la irrupción de la mujer en escenarios públicos, profesionales, políticos; la revolución sexual, la incorporación del divorcio en la legislación de la mayoría de los países de Occidente). Todo esto pareció anunciar la crisis de un patrón vincular. A mayor individualización, hombres y mujeres empezaron a salir de ciertos estereotipos y modelos que se transmitían sin cuestionamiento. Los interrogantes, los misterios y las vivencias de la relación hombre-mujer pasaron a primer plano. Las personas empezaron a elegirse como sujeto amoroso en primer lugar, y la construcción, o no, de una familia pasó a ser una consecuencia del vínculo amoroso antes que un objetivo en sí.
El sociólogo alemán Ulrich Beck, uno de los más reconocidos y respetados de la modernidad, llamó a esto "el normal caos del amor" y dedicó a su estudio un libro con ese mismo título, que es ampliamente discutido, ensalzado y estudiado. En él Beck sostiene que una vez que la sociedad ha resuelto serias cuestiones sociales, económicas y científicas que tienen que ver con su supervivencia, se instala fuertemente el tema del amor. En la relación amorosa, dice, reside la posibilidad de autorrealización de una persona.
Nunca, como desde las últimas dos décadas del siglo anterior hasta hoy, se ha discutido, se ha escrito, se ha investigado, se ha pensado tanto sobre el amor y la pareja. Solas, juntas, separadas, en voz alta, en el silencio de su mundo interior, llamándolo por su nombre o de diferentes maneras, las personas hablan de amor, sufren en nombre del amor, se ilusionan por amor, se empeñan en apostar a la utopía amorosa. Hombres y mujeres convergen en ella aunque se asomen desde diferentes lugares. Ellos han estado demasiado tiempo disociados de su propio mundo emocional para dedicarse, acorazados, a las batallas del mundo externo, en detrimento del mundo íntimo. Hoy tienen pendiente, de modo prioritario, una reapropiación de ese mundo y una instrumentación de lo afectivo.
El encuentro amoroso nutricio y transformador aparece como una gran revolución social pendiente. No es una cuestión meramente romántica y subsidiaria. Leonardo, Ximena, Liliana, Adrián, Guillermo, Verónica, Marcelo y Cecilia son, con sus dudas y esperanzas, exploradores de ese vasto territorio emocional.
Para saber más:
www.sanvalentin.org
En cifras
Al iniciarse este siglo, la editorial española Harlequín, que distribuye unos 200 millones de ejemplares anuales de novelas románticas en todo el mundo, y lidera ese mercado en castellano, cumplió cincuenta años y efectuó una encuesta sobre el amor entre 7800 hombres y mujeres de 20 países, entre ellos, la Argentina. Los hombres de nuestro país figuraron, junto a los griegos, entre los menos afectos a enviar flores a las mujeres. Sólo lo hace el 38%, frente al 98% de los húngaros y el 87% de los alemanes. Un 11% de ellos admitió haber enviado un e-mail romántico, contra el 7% de las mujeres.
- Los hombres y mujeres argentinos se mostraron entre los menos propensos a cambiar algo de sí por amor a su pareja. El 70% de las mujeres y el 75% de los hombres no lo haría. En México, por ejemplo, el 61% de ellas y el 53% de ellos se mostraron reticentes.
- Para el 49% de los hombres argentinos, su pareja es tan romántica como al principio. El 46% de las mujeres coincidió.
En pareja
La doctora en filosofía y lingüista Deborah Tannen, investigadora de la Fundación Rokefeller y de la National Science Foundation, es, probablemente, quien más estudió de qué modo el género influye en el lenguaje y cómo esto afecta al vínculo mujer-hombre.
Según ella, muchos problemas vinculares son, en realidad, "problemas de lenguaje". Las mujeres hacen hincapié en el valor emocional de las palabras y tratan de generar intimidad a través de ellas, mientras que los hombres enfatizan la independencia y seleccionan, por lo tanto, palabras que no los comprometan afectivamente. Tomar una decisión en conjunto, en la pareja, equivale para el hombre a pedir permiso, a no ser libre, en tanto que para la mujer representa el saber y mostrar que está comprometida en la relación. Tannen sostiene que la comunicación verbal puede ser una herramienta de construcción amorosa si se convierte en un acto que va integrando continuamente las necesidades, lógicas y naturales, de intimidad y de independencia.
Asistente: Natacha Pacheco. Maquilló: Bettina para Malala Lagos con productos Dior.
Agradecimientos: Tommy Hilfiger, Ralph Lauren, Giesso, Lacoste, Akiabara, Rallys y Matices.
La Revista agradece la participación en esta nota de los actores Ivana Rossi y Rubén Roberts, protagonistas del espectáculo Des-concierto de musicales, que se estrenará el 18 de marzo, en el Teatro de la Comedia, Rodríguez Peña 1062; 4815-5665.





