
Con un álbum tan abrasivo como impactante, la cantante trinitense Nicki Minaj salta por sobre los artificios del pop y se consagra como artista de rap
1 minuto de lectura'
Hasta donde llegamos a chequearlo, el video de "Anaconda", segundo single de The Pinkprint (Universal), tenía cuatrocientos millones de reproducciones en YouTube. La cifra, que obviamente irá creciendo con el correr de los días, no solo impresiona, también grafica un auténtico fenómeno. Nicki Minaj consiguió revitalizar en todo el mundo la moda del twerking, un baile aparentemente originado en el oeste africano que consiste, básicamente, en un sensual meneo de las caderas, y que ya había provocado algún artificial escándalo mediático cuando la provocadora profesional Miley Cyrus lo puso en práctica en una entrega de los MTV Awards. Igual que Jennifer López y Kim Kardashian, Minaj, una chica de Trinidad y Tobago con una historia familiar plagada de conflictos y vaivenes, usó el trasero como arma fundamental para convertirse en estrella del show biz. Pero esa es solo una parte de la historia.
Nicki también grabó un disco abrasivo e impactante en el que la mentada "Anaconda" es casi una anécdota olvidable y sus múltiples personalidades artísticas afloran una tras otra. Reina de la transformación, Minaj fue Nicki the Boss, Nicki the Geisha, Black Barbie y Roman Zolanski, todos álter ego utilizados en diferentes performances previas a su salto al estrellato. Y esa capacidad de mutar, de mostrar diferentes caras, aparece cabalmente en The Pinkprint, el álbum de la consagración como estrella del rap, titulado tomando como obvia referencia un disco clave de la historia del género, el genial The Blueprint de Jay-Z, uno de sus modelos más evidentes. En el ADN de esta mujercita caprichosa y bastante pendenciera (cuando no era nadie en el mundo de la música y trabajaba como mesera en Nueva York, tuvo decenas de problemas con los clientes; hoy, famosa y adinerada, es temida por sus colaboradores por sus permanentes arranques de ira), también aparece información de Lil Wayne, Madonna, Lauryn Hill y Missy Elliott, como puede comprobarse en su nuevo álbum, donde no todo es música destinada al baile.
Ya en la apertura, "All Things Go", un tema autobiográfico en el que Minaj cuenta sin tapujos los traumas que le produjo un aborto, empieza a configurarse una preferencia por el midtempo y el tono de épica romántica que reaperecerá en "The Crying Game", "I Lied" y la balada, cursi y bañada en lágrimas, "Grand Piano". Decidida a hacer de su ruptura amorosa con el rapero Safaree Samuels un asunto público, Nicki produjo un cortometraje basado en esas tres canciones que cuentan la historia de una relación tormentosa que duró doce años y terminó con reproches de todo calibre en un campo de batalla moderno y conveniente para llamar la atencion de todos: Twitter. Buena estratega, Minaj también despliega en The Pinkprint un buen muestrario de colaboradores de primerísimo nivel que supo atraer para condimentar su disco: Dr. Luke –creador serial de hits para Britney Spears, Avril Lavigne y Ke$ha– pone la firma en varios temas, y eso se nota (chequeen "Trini Dem Girls" con Lunchmoney Lewis); Beyoncé se suma a "Feeling Myself", y la ex estrella de Nickelodeon Ariana Grande, a "Get On Your Knees". Pero más allá de todo cálculo, de las cifras millonarias y del protagonismo en la prensa amarilla, hay en The Pinkprint muy buena música y, sobre todo, la construcción de un perfil que excede claramente al de la diva pop y hábil creadora de una marca.





