
En Lima, a orillas del río Paraná, cuando sus habitantes escuchan el aviso de alarma nuclear por la radio, no se alteran. Están acostumbrados a esos simulacros: desde sus casas pueden ver los globos de hormigón del Complejo Atucha. Constructores alemanes borrachines, ataques del ERP y otras historias del lugar que alberga casi toda la energía atómica que se produce en la Argentina.
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Por Miguel Prenz / Fotos de Vera Rosemberg
Ha ocurrido un incidente en el Complejo Nuclear Atucha. Los informes indican que el reactor de la Unidad I ha dejado de operar y que se están tomando las medidas para proteger a la población. El plan de emergencia interno de la central se ha activado, se ha declarado el Alerta Verde dentro de la misma y se ha avisado a la Autoridad Regulatoria Nuclear. Se están coordinando las actividades con los distintos grupos de emergencia que participan en la respuesta. El presente comunicado es parte de un simulacro.
Chicas y chicos, filas de guardapolvos blancos, avanzan hacia los colectivos estacionados en la puerta de una escuela rural cercana al Complejo Atucha, a ciento quince kilómetros de la Capital Federal, mientras maestras y maestros dirigen la evacuación que es parte del simulacro de accidente nuclear que cada dos años involucra a quienes viven en la zona, incluidos los quince mil habitantes de Lima.
En Lima, sin embargo, pasa lo que cualquier mañana soleada de octubre. Mujeres y hombres cargan las bolsas de las compras, pasean bebés, hacen trámites y caminan de un lugar de trabajo a otro, sin alterarse por los comunicados que se leen en la radio. Unos veinte gendarmes tocan los timbres de las casas bajas para repartir caramelos, en lugar de las pastillas de yodo estable que repartirían en caso de una emergencia real para evitar que la glándula tiroides absorbiera yodo radiactivo liberado durante una fuga, y les recuerdan a los vecinos que deben sellar las aberturas con burletes y cinta adhesiva, recomendación inútil en algunos barrios de la periferia en los que hay construcciones sin vidrios en las ventanas o con grietas a través de las cuales podría filtrarse fácilmente el material radiactivo esparcido por el viento.
Se ven algunos trajes herméticos blancos de la ARN (Autoridad Regulatoria Nuclear) en los puntos urbanos de hipotética medición de valores radiactivos, y otros camuflados cerca de la rotonda de acceso a Lima, que pertenecen a la Compañía Química, Bacteriológica y Nuclear del Ejército, responsable de la descontaminación de vehículos y personas. A un costado del camino, alejada de los dos camiones verde oliva y los hombres camuflados, una ingeniera de la ARN revisa el arco tubular utilizado para medir la radiación de una persona. La mujer habla del equipo como de "el portal".

Los dos globos de hormigón del Complejo Atucha, grandes como aerostáticos, han sido diseñados para resistir el impacto de un misil, no tanto por el riesgo de una explosión externa, puesto que no existe en la actualidad ninguna hipótesis de conflicto que prevea un bombardeo, sino para preservar al resto del mundo de la que pudiera ocurrir dentro de ellos, en los reactores de las centrales Juan Domingo Perón y Néstor Carlos Kirchner, que todos siguen llamando, como siempre, Atucha I a la primera y Atucha II a la segunda. Dos centrales que serán más, porque en los próximos meses se iniciará la construcción de Atucha III y se pondrá en funcionamiento la Central Argentina de Elementos Modulares, que ya se construye sobre la base de un diseño íntegramente desarrollado en el país.
A través de calles internas –a orillas del río Paraná, en la zona de campos verdes que rodea Lima–, el Complejo se conecta con edificios y parques de torres de alta tensión que emiten un inquietante ruido a fritura. En uno de los edificios se encuentra el Centro Interno de Control de Emergencias (CICE), desde el cual se comandarían todas las acciones en caso de una situación de emergencia nuclear por fuga de material radiactivo. Pasillos y oficinas de paredes blancas con escritorios negros sobre los que hay teléfonos –de línea, celulares y satelitales–, computadoras e impresoras, pero casi ningún papel. Hay tan pocos datos olfativos para describir cómo huele el lugar que podría decirse que no huele a nada, porque "a limpio" sería poco. La sala principal –tres escritorios formados en v, ocho computadoras, catorce pantallas distribuidas en las paredes– parece el comando central de una película de género catástrofe, pero realista, no hollywoodense.
–Hay que perderle el miedo a la energía nuclear –dice Alejando Sandá, subgerente de Seguridad del Complejo, en una oficina cercana a la sala principal del CICE.
Y lo que dice este hombre canoso y delgado, de 54 años, coincide con lo dicho por la Organización de las Naciones Unidas en relación con los beneficios de construir centrales nucleares para producir energía eléctrica. En el mundo hay cuatrocientos treinta y ocho reactores en funcionamiento y otros setenta en construcción, según el informe anual 2014 del Organismo Internacional de Energía Atómica, dependiente de la ONU. El documento considera positivo el aumento de plantas nucleoeléctricas, porque emiten menos gases de efecto invernadero que las centrales térmicas convencionales, alimentadas con combustibles fósiles. Mientras que estas últimas calientan el agua con carbón, petróleo o gas para obtener el vapor que hace girar las paletas de la turbina conectada con el generador eléctrico, las nucleoeléctricas logran lo mismo pero a través de la fisión nuclear de átomos de uranio producida dentro del reactor: el núcleo se divide en dos o tres fragmentos por la acción de un neutrón y, de ese modo, libera dos o tres neutrones, cada uno de los cuales divide otro núcleo y así sucesivamente, hasta que una gran cantidad de fisiones genera niveles de energía que pueden medirse en varios cientos de grados centígrados. Las reacciones en cadena de Atucha I, Atucha II y la Central Embalse, ubicada en Córdoba, pueden producir la energía suficiente para abastecer, a través del Sistema Eléctrico Nacional, a casi el treinta por ciento de las viviendas de la Argentina.

–En materia de seguridad, la industria nuclear se parece a la aeronáutica: con cada accidente se aprende algo para mejorar las cosas –dice Alejandro Sandá, sin reparar en que, más allá de las particularidades, cada uno de los tres accidentes nucleares registrados en el mundo fue peor que el anterior. Central Three Mile Island, Estados Unidos, 28 de marzo de 1979: la fusión total del núcleo del reactor generó una oleada de paranoia en los medios de comunicación, pero no afectó la salud humana ni el medio ambiente. Central de Chernobyl, Ucrania, 26 de abril de 1986: una explosión liberó una gran cantidad de material radiactivo que mató a treinta de las trescientas personas contaminadas. Central Fukushima Daiichi, Japón, 11 de marzo de 2011: un tsunami con olas de más de diez metros de altura y un terremoto que se fue de la escala de Richter destruyeron la planta, liberando niveles altísimos de radiación: quince mil muertos y más de seis mil heridos.
Pero no hay de qué preocuparse en Atucha, según este ingeniero nuclear egresado del Instituto Balseiro en Bariloche, porque no existen aquí las condiciones sísmicas de Fukushima y, principalmente, porque se trabaja a diario en la formación del personal para evitar errores humanos como los que hubo en Three Mile Island y Chernobyl.
–Siempre va a haber alguien con temor a lo nuclear, eso no se puede evitar. Si los que trabajamos en el Complejo tuviésemos miedo de lo que se hace en las plantas, no viviríamos en Lima y la zona con nuestras familias. Y yo vivo con mi familia en Lima desde 1988. Eso es una especie de garantía de nuestro trabajo.
Más allá de esa garantía, en agosto de 2012, casi un año y medio después de la catástrofe japonesa, hubo cierta alarma en la población de Lima. A comienzos de ese mes, la Agencia Federal de Control Nuclear de Bélgica ordenó el cierre preventivo de una central de aquel país debido a la supuesta existencia de fisuras en la vasija contenedora del reactor, construida por la empresa holandesa Rotterdamsche Droogdok Maatschappij (RDM). La agencia belga sugirió entonces que se cerraran también las otras veintidós centrales alrededor del mundo que contaban con vasijas RDM, una de las cuales, según informó, era Atucha I. Greenpeace emitió un comunicado para alertar sobre el peligro de otro Fukushima, de otro Chernobyl, y solicitó informes a la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) y la ARN, ente autárquico encargado de controlar la actividad nuclear en el país. La ARN respondió que la vasija de Atucha I no era RDM, sino Siemens, la empresa que había construido la central. Cuando el malentendido parecía resuelto, Greenpeace presentó como prueba una nota publicada en 1972 en una revista holandesa dedicada al sector nuclear. El artículo "La energía atómica y sus aplicaciones" informaba que las empresas holandesas trabajaban en proyectos para otros países, como la Argentina, y estaba ilustrado con la foto de una fundición, debajo de la cual podía leerse el epígrafe "La vasija para Atucha es fabricada por RDM".
–Además de que la vasija de Atucha es Siemens, se ha inspeccionado muchas veces y nunca se han encontrado problemas de ningún tipo –dice Sandá–. La gente se alarmó un poco, pero pasó rápido.

El Complejo Nuclear Atucha confirma que se ha producido un incidente en el sistema primario del reactor de la Unidad I con la ruptura de una válvula que pudo afectar el sistema de refrigeración. Luego de este hecho, se declaró el Alerta Verde. Ahora se comunica la declaración de la Alarma Roja, lo cual indica que se ha iniciado la emisión de material radiactivo. La población deberá ponerse a cubierto cerrando puertas y ventanas, y se deberán ingerir los comprimidos de yodo previamente entregados por Gendarmería. Se ha procedido por parte de la policía a aplicar control de accesos sobre las rutas. Prefectura está llevando el control de acceso de las embarcaciones. Se ha producido la evacuación de los pobladores alrededor de los tres kilómetros de la central, y se los ha llevado a la Base Naval Zárate.
Al igual que los otros mil cuatrocientos trabajadores del Complejo, Jorge Caballero viste pantalón marrón grisáceo y camisa beige, el uniforme de Nucleoeléctrica Argentina, la empresa estatal que está a cargo de las centrales del país. Es alto y delgado y tiene el pelo corto y la barba candado grises. Debe rondar los 65 años y trabaja en este lugar desde 1970, cuando aquí no había más que los camiones y las máquinas de las empresas que, bajo la dirección de Siemens, construían Atucha I. Hasta 1974, año en que ingresó a trabajar en la operación de la planta, tuvo como jefes en las tareas de montaje a los ingenieros y supervisores enviados desde Alemania.
–Yo había salido verde de la secundaria y con ellos aprendí muchísimo –dice Jorge Caballero, sentado en una oficina cercana al ingreso al Complejo–. Con ellos se aprendía muy bien, porque eran muy exigentes en la cantidad y en la calidad del trabajo.
Todos los alemanes trabajaban siempre, dice, incluso aquellos que llegaban sin haber dormido la noche anterior y con aliento inflamable. Porque Lima era el paraíso en el que se daban la gran vida, léase abundancia etílica y diversidad sexual, sin rendirle cuentas a nadie, favorecidos por cobrar en marcos y gastar en pesos. Algunos se sentían superiores al resto y se comunicaban mediante órdenes. Otros, en cambio, se hacían amigos de los argentinos y, juntos, preparaban asados, jugaban al fútbol, viajaban a Buenos Aires para ver algún Boca-River, salían a bailar, iban a los cabarets de la zona.
–Todos los que trabajábamos en la obra teníamos veintipico, poco más, poco menos –dice Jorge Caballero–. A esa edad, uno se quiere divertir. Y los alemanes tenían mucho éxito con las mujeres. En esa época hubo muchos casamientos entre alemanes y limeñas.
Los alemanes aparecen una y otra vez en la historia, no solo de Atucha, sino de todo el programa nuclear argentino.
Luego de que el 31 de mayo de 1950 se firmara el decreto de creación de la CNEA, Juan Domingo Perón anunció en marzo del año siguiente que la Argentina había "logrado el dominio de la energía atómica" gracias al trabajo del "sabio atómico Ronald Richter", un científico austriaco sin parentesco con el físico estadounidense Charles Richter, creador de la escala sismológica.
Ronald Richter había llegado al país en agosto de 1948 invitado por Kurt Tank, un ingeniero alemán especialista en diseño de aviones que era director del Instituto Aerotécnico de Córdoba. Tank y Richter se habían hecho amigos en Alemania entre 1939 y 1943, mientras perfeccionaban los bombarderos y los caza de la empresa aeronáutica Junkers, una de las principales proveedoras del gobierno nazi. A la semana de estar en la Argentina, Richter participó de una reunión con militares encabezada por Perón, y aprovechó la oportunidad para interesar a los pocos que hablaban alemán con las experiencias nucleares de las que había participado en Estados Unidos y Europa. Intrigado por lo que ese alemán de 39 años decía en una lengua que no comprendía, el Presidente pidió traducción y preguntó de qué se hablaba.
–Teóricamente, existe la posibilidad de efectuar reacciones nucleares en cadena y hacer un experimento –respondió Richter y repitió en español su traductor, según cuenta Hugo Gambini en el primer tomo de su Historia del peronismo.
–Entonces, amigo, ¡métale nomás! –dijo Perón, y luego decidió financiar al austriaco para que desarrollase el primer proyecto nuclear argentino.

A mediados de 1949, Richter puso en funcionamiento el famoso centro de investigación en la isla Huemul del lago Nahuel Huapi, que contaba con un edificio de diez metros por treinta que funcionaba como laboratorio, una usina eléctrica, la estructura de un reactor de casi treinta metros cuadrados de superficie y un túnel de hormigón de cuatro metros de diámetro con paredes de tres metros de espesor. Se había elegido la isla Huemul por tres razones: abundancia de agua pura, ausencia de polvillo en el aire y seguridad para mantener en secreto los experimentos.
Para mayo de 1950, cuando se firmó el decreto de creación de la CNEA, "el sabio atómico" tenía todo listo. El 24 de marzo de 1951, Perón dio una conferencia de prensa junto a Richter y otros científicos para anunciar que se había realizado en el país la primera reacción nuclear en cadena.
–Yo controlo la explosión –dijo Richter y repitió en español su traductor, durante la conferencia–. Cuando se produce una explosión atómica hay una destrucción espantosa. Yo conseguí, en cambio, controlarla para que se produzca lenta y gradualmente. Esas reacciones termonucleares deben hacerse con una temperatura de millones de grados.
–¿Y cómo se llega a esos millones? –preguntó un periodista.
–¡Ahí está el secreto! –respondió el austriaco y repitió en español su traductor–. Puedo decirle que en Bariloche acaba de nacer una nueva física solar.
La CNEA envió a Bariloche dos comisiones de científicos para ver de qué se trataba esa "nueva física solar". El primer informe aconsejó "suspender inmediatamente el apoyo moral y material" a las investigaciones y el segundo calificó el trabajo de Ronald Richter de "fracaso completo". Meses después, en 1952, la Marina clausuró las instalaciones del Proyecto Huemul por orden de Perón.
Quince años después, en 1967, la CNEA presentó el proyecto de construcción de las dos primeras centrales nucleares del país: Atucha I en su ubicación actual, Lima, a orillas del río Paraná, inagotable fuente de agua para el proceso de generación de vapor y, por ende, de energía, y Embalse en Córdoba. En 1968, se firmó el contrato con Kraftwerk Union, la división nuclear de Siemens, para construir Atucha I, que sería inaugurada por Perón el 19 de marzo de 1974, convirtiéndose en la primera central nuclear de Latinoamérica. Seis años después se firmó, también con la empresa alemana, el contrato de Atucha II, cuya construcción se iniciaría en 1982, pero quedaría inconclusa en 1994. La contratación de Kraftwerk Union, se cuenta, habría sido producto del lobby hecho por Walther Schnurr, un químico alemán abiertamente nazi que había vivido en la Argentina entre 1945 y 1955, asesorando en materia científica al Estado argentino, al igual que muchos compatriotas suyos con el mismo prontuario que asesoraban a Estados Unidos y varios países de Europa, incluida la URSS. Como se había hecho en otros proyectos energéticos estatales desde la fundación de YPF, en Lima se construyó el barrio "Complejo Nuclear Atucha", llamado por muchos, entonces y ahora, el barrio alemán, porque de esa nacionalidad eran casi todos los que habitaban esas seis manzanas de chalets amplios con jardín al frente, rodeadas por un alambrado y custodiadas por dos puestos de Gendarmería. Los otros habitantes del barrio eran los argentinos con cargos jerárquicos en las áreas de ingeniería y administración –que hoy representan la totalidad–. Los primeros solían invitar a los segundos a cenas y fiestas en las que se comía y se tomaba hasta el desmayo, aunque eso era solo una parte de la diversión. Muchas veladas terminaban alrededor de una mesa sobre la cual, a propuesta de los alemanes, cada hombre debía tirar las llaves de su casa para que se mezclaran con las demás. Después de tomar una con los ojos cerrados, se dirigía a la casa en cuestión para tener sexo con la esposa de otro que, en ese momento, estaba haciendo lo mismo con la de otro y así: reacción en cadena.

Esas cosas eran algo exótico para quienes vivían del otro lado del alambrado. Un alambrado que primero llamó la atención y luego generó enojo, y avivó discusiones acerca de la jerarquía social y la discriminación, hasta que, recién en 2008, uno de sus cuatro tramos fue levantado, a pesar de la resistencia de los históricos del barrio.
En esos chalets vivieron también los alemanes que participaron de la finalización de Atucha II, inaugurada a mediados de 2014, treinta y dos años después de iniciada la obra. Pero fueron muchísimos menos y no dejaron historias tan jugosas como las de sus compatriotas del pasado. Noches de alcohol, mañanas de resaca y no mucho más. Eso sí, todo esto mientras construían un reactor nuclear.

Lo del ERP, por ejemplo, los dejó descolocados –dice Caballero-. No entendían cómo habían entrado en la central.
El domingo 11 de marzo de 1973, Héctor Cámpora dijo que cumpliría con su promesa de campaña de dictar una ley de amnistía para todos los presos políticos, a cambio de una tregua de las organizaciones armadas. Montoneros aceptó, no así el ERP, que avisó que seguiría atacando blancos de las Fuerzas Armadas y empresas extranjeras. Como la alemana Siemens construía entonces Atucha I, esta se convirtió en blanco. El domingo 25 de marzo de 1973, unos quince hombres armados redujeron al personal de seguridad, ingresaron en la central, izaron la bandera del ERP en reemplazo de la argentina y, en el globo del reactor, pintaron una estrella roja con las siglas de la agrupación debajo. Luego de un tiroteo con la policía, fueron apresados.
–Yo no estaba en ese momento en la central, pero al otro día me contaron de la bandera y la pintada –recuerda Caballero–. No creo que haya sido un intento de copamiento. Fue más propaganda que otra cosa.
Se informa a la población que la situación en el Complejo Nuclear Atucha se encuentra bajo control y que ha finalizado el pasaje de la nube radiactiva. Es necesario permanecer en las viviendas o en el interior de edificios hasta que Defensa Civil dé instrucciones. Mientras tanto, ventile su vivienda abriendo puertas y ventanas. Se reitera que la situación está bajo control, pero es necesario permanecer dentro de las viviendas y ventilarlas.

En un salón de paredes blancas ubicado al fondo de una clínica privada, una decena de hombres y mujeres hablan de la independencia de Lima. Son algunos de los quinientos socios de la Asociación Para la Autonomía de Lima (APAL), fundada en 2005 para reclamar la separación de la ciudad del partido de Zárate, lo que permitiría convertirla en la cabecera de otro partido, un estatus superior con mayores beneficios políticos y económicos.
–No nos quieren dar la autonomía por varias cuestiones, y una es Atucha –dice Daniel Castiglioni, treintañero, actual secretario y ex presidente de APAL.
Él es uno de los doscientos limeños que trabajan en el Complejo y por eso lleva puesto el mismo uniforme que Jorge Caballero, pantalón marrón grisáceo y camisa beige.
–Se estima que para construir futuras centrales nucleares van a llegar a la zona inversiones por más de treinta y un mil millones de dólares. Parte de ese dinero se tributa en el municipio de Zárate, que invierte todo en obra pública allá y nada acá. Si nosotros fuésemos independientes, eso se tributaría en Lima y la ciudad estaría mejor.
Excepto las cercanas a la plaza principal, casi todas las calles de Lima son de tierra, como la que hay a la salida de este salón. El alumbrado público es escaso en el centro y casi inexistente en la periferia. No hay hospital, y tanto la sala médica municipal como los consultorios privados están colapsados.
–No parece que Lima fuera el principal polo nuclear de América latina –dice Guadalupe Baigorria, de 22 años, presidenta de APAL–. Además, acá existen las condiciones para que se instalen más industrias, porque estamos a mitad de camino entre Buenos Aires y Rosario, y tenemos salida fluvial.
–No es un problema con los zarateños, sino con sus autoridades, que ignoran nuestro reclamo –dice Castiglioni–. Los limeños no tenemos ni fecha de fundación del pueblo para festejar, y eso no puede ser.
Lo que se conmemora no es un acto oficial de fundación, sino un remate. La superficie de Lima perteneció a los jesuitas hasta 1767, cuando estos fueron expulsados del Virreinato del Río de la Plata, y luego, en orden cronológico de ventas y sucesiones, a José Antonio de Otálora, Toribio Lima, José Atucha –marido de Justa Lima, hija de Toribio– y Faustino Alsina, quien decidió dividirla en parcelas para conformar un pueblo. El remate de las parcelas fue el 24 de junio de 1888, fecha elegida por las autoridades del partido de Zárate para celebrar el aniversario de Lima, cuyo nombre homenajea a esa familia, al igual que el del Complejo Nuclear recuerda a los Atucha.
–Lima es el lugar ideal para que se sigan instalando centrales –sigue Baigorria–. No hay muchos lugares de la Argentina que acepten tener una central nuclear.
Respaldada por treinta mil firmas, la campaña civil Córdoba No Nuclear presentó en 2014 en el Parlamento de esa provincia un proyecto de ley –nunca tratado– para prohibir la instalación de nuevos reactores en su territorio y ordenar el cierre de Embalse. Uno de los argumentos fue la supuesta incidencia de la central en los índices de cáncer, información que fue desmentida por las misiones del Organismo Internacional de Energía Atómica que han investigado el tema tanto en Córdoba como en Lima.
–Nosotros no tenemos miedo de las centrales, muchos nacimos cuando ya estaban –dice Baigorria–. Pero sabemos que, si acá hay un accidente, nadie sabe qué puede pasar.
Ha finalizado el simulacro. Se reitera, ha finalizado el simulacro.
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