La individuación de nuestros hijos
La individuación, el proceso de convertirnos en personas, lleva toda la vida.
Empieza en el parto, cuando madre e hijo dejan de estar unidos por el cordón umbilical, y en muchos pequeños e invisibles cortes gozosos, y a la vez dolorosos, el bebé va separándose y diferenciándose de su mamá -u otra figura de apego- sin prisa pero sin pausa. En ese tiempo, perdura en el hijo la seguridad de que cuenta con ella, de que está disponible, aunque esté en el cuarto de al lado, aunque le empiece a dar mamadera en lugar de amamantarlo, aunque a veces lo ponga en el piso a jugar junto a ella en lugar de tenerlo tan cerca y en brazos, aunque lo haga esperar un ratito. Con esas acciones y muchas otras ella le va ofreciendo a su hijo el espacio y el tiempo indispensables para que pueda reconocerse como una persona separada y así diferenciarse e individuarse. A veces lo hace voluntariamente, como cuando lo calma con el chupete para no alimentarlo tan seguido, o lo saca del agua del baño porque a ella ya le duele la espalda, otras porque es humana y a veces se equivoca de respuesta o no está disponible apenas el bebé la necesita.
En la búsqueda de la mamá -u otra figura de apego- que en algún momento no está a la vista o no está tan cerca, que tarda un poquito en llegar cuando la convoca, el bebé que está en la cuna o en el piso con sus juguetes descubre que existe un mundo interesantísimo y fascinante para investigar. Me refiero a una mamá que no está todo el tiempo pegada pero en cambio sí está disponible cuando su hijo la convoca, ya sea para celebrar en un cruce de miradas algún descubrimiento del hijo, o cuando él se asusta al sentirse lejos, o cuando se cansa de investigar por su cuenta y necesita una dosis de reaseguramiento. Si en cambio la mamá tarda demasiado, o más de lo que él tolera, y esto ocurre muchas veces, empiezan las complicaciones: el bebé tanto puede aferrarse a ella sin soltarla, como enojarse y no poder salir de ese enojo ni estando cerca ni lejos, o desanimarse, rendirse y dejar de buscarla, y esas opciones empobrecen su evolución y su sana individuación.
Es necesario separarse para poder decir hola
Tanto la separación como el reencuentro son maravillosos. En esas separaciones, cortas, y graduales, el hijo investiga su entorno y descubre que cuenta con los recursos que ella le fue ofreciendo durante los primeros tiempos de crianza, recursos con los que ella le va a seguir enriqueciendo en muchos momentos de acercamiento e intimidad a lo largo de su crecimiento, durante muchos años .
En condiciones ideales la separación no empieza de golpe ni por decreto, ni porque ya tiene la edad, ni porque mamá tiene que viajar, ni porque ingresa al jardín maternal, ni al volver la mamá a trabajar, pero tampoco puede comenzar sólo a pedido del hijo: somos más grandes, vemos más lejos y sabemos más que ellos: la separación que empieza en el nacimiento continúa en aquellos actos, a veces concretos, y otros simbólicos, con los que las mamás les vamos mostrando de a poquito, sin apurarlos ni abrumarlos, y tampoco retenerlos innecesariamente, que pueden salir a recorrer ese mundo e investigarlo y que pueden volver a buscar refugio, mimos, consuelo, alimento, abrazos, todas las veces que necesiten, y esto les da fuerzas para salir con seguridad porque además esperan encontrar allá afuera algo parecido a lo que tuvieron en casa y entonces buscan y ansían nuevas relaciones y experiencias. Porque los niños se acercan al mundo físico y a otras personas con la impronta, el sello, de lo que aprendieron en esa primera relación con sus mamás / figuras de apego.
Los chicos crecen, la individuación continúa, y no siempre nos entusiasma a los padres lo que va ocurriendo. Como dice Kahlil Gibran "Tú eres el arco del cual tus hijos, como flechas vivas, son lanzados". A Pedrito no le gusta el fútbol como a su papá, Inés es más inquieta y movediza de lo que le gustaría a su mamá. Y más adelante quizás no nos guste algún amigo, o la carrera que eligen… A medida que vayan creciendo e individuándose, convirtiéndose cada vez más en ellos mismos, tendremos que despedirnos con dolor de los hijos deseados para aceptar a los hijos reales, sin presionarlos -con nuestras ofensas, desilusiones y enojos- a sobreadaptarse, es decir a disfrazarse de lo que no son en realidad por miedo a perder nuestro amor o a hacernos sufrir.
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