Después de Leaving Neverland: ¿se puede seguir escuchando a Michael Jackson?

Fuente: LA NACION
Nacho Sigal
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29 de marzo de 2019  • 16:48

Durante décadas el nombre de Michael Jackson vino acompañado del epíteto inevitable: el rey del pop. Sin embargo, algo está cambiando en el terreno de la monarquía musical por estos días. Es que con el estreno del documental Leaving Neverland, vuelve a tomar protagonismo una acusación de pedofilia contra el cantante que, pese a haber sido desestimada en los juzgados, se hizo carne en el imaginario colectivo y quedó en la cabeza de sus oyentes como una mancha que era necesario omitir para disfrutar de su música. hasta ahora.

El flamante documental de Dan Reed -que tuvo su premiere en el Festival de Sundance y se encuentra disponible en la plataforma digital HBO Go- tiene como eje central los testimonios de Wade Robson y James Safechuck, quienes afirman haber sido abusados sexualmente por el músico en su infancia. A partir de sus relatos y las voces de sus familiares y otros involucrados, Reed va delineando una estrategia de seducción recurrente que comenzaba con invitaciones a quedarse a dormir en Neverland, su mansión de Santa Bárbara, y continuaba con abusos que se extendían por un lapso de entre 4 y 7 años. El ciclo, aparentemente, terminaba con un periodo de transición en el que cada niño era reemplazado por otro.

Lo cierto es que aunque nunca se habían hecho públicos relatos tan explícitos sobre los abusos sexuales de Jackson, la información difundida en el documental no está tan lejos de la que circuló en la década del 90 con su primer juicio y, en 2005, con la reapertura de la causa. ¿Qué cambió ahora para que se produzca la catarata de críticas, acusaciones y renunciamientos a su música de las últimas semanas?

Podría decirse que las denuncias por abuso sexual a Harvey Weinstein y la irrupción del movimiento #MeToo marcaron un antes y un después en la forma en que se manejan las situaciones de abuso en el ámbito público. Si antes los abusos sexuales eran tratados exclusivamente en los juzgados (y, en los casos de más alto perfil, difundidos por los medios masivos), en la era #MeToo las redes sociales trabajan como una comunidad de pares que apoyan o rechazan al denunciante y que pueden incluso ejercer presión sobre el circulo inmediato, tanto familiar como laboral, del acusado.

El mismo caso de Weinstein sirve de ejemplo. En 2017, se abrieron investigaciones legales en Nueva York, Los Ángeles y Londres para revisar las acusaciones en su contra pero antes de que alguna de ellas pudiera llegar a una conclusión definitiva, Weinstein ya era expulsado de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas y de su propia productora de cine, The Weinstein Company. Algo similar ocurrió con las denuncias contra Kevin Spacey, quien mucho antes de que comenzara el juicio que actualmente se desarrolla en su contra fue dado de baja por Netflix de la última temporada de House of Cards y desvinculado del reparto de la película de Ridley Scott, Todo el dinero del mundo. Y ni hablar de Woody Allen, tótem de la industria que en el pasado había salido ileso de las denuncias de Mia Farrow por el abuso sexual de sus hijos, y ahora tuvo que buscar una nueva productora para sus próximos proyectos luego de que Amazon cancelara el contrato que había acordado con el director por sus cuatro próximos filmes.

Ahora bien, cuando el centro del caso involucra a una figura central e icónica de la cultura popular como Michael Jackson (y que además, por estar muerto no puede ser condenado), las repercusiones adquieren otro nivel. Ya no se trata solo de un sector que se une en las redes para alzar la voz contra las injusticias. Con el affaire Neverland, todo el mundo del entretenimiento se sintió interpelado y no tardaron en tomar posición al respecto.

Revisionismos

Por un lado, celebrities como Barbara Streisand o Macaulay Culkin intentaron relativizar las acusaciones y cientos de fans convocaron a una movilización que intentaba invertir los roles y proponer a Michael Jackson como la víctima (a nivel local, Felipe Petinatto, conocido por su fanatismo y aspecto a imagen y semejanza del ídolo, lo intentó sin éxito).

Aun así, la mayoría de las declaraciones públicas fueron de repudio hacia al cantante y su música: los productores de Los Simpsons decidieron sacar de circulación un capítulo en el que Michael Jackson había puesto su voz, el museo de niños de Indianapolis quitó de su muestra estable el sombrero y los guantes que el músico les había donado, diversas emisoras de radio de Inglaterra, Canadá, Nueva Zelanda, Chile y hasta Argentina manifestaron que dejarán de emitir su música y miles de personas en las redes sociales propusieron dejar de escuchar sus temas en plataformas como YouTube o Spotify.

Claro que este no es el primer caso en la historia del arte en que el cuestionamiento al artista implica también una revisión de toda su obra. Si miramos hacia atrás, hace tiempo que los trabajos del escritor francés Louis-Ferdinand Céline y el poeta inglés T.S. Eliot cayeron bajo una halo de duda debido a su antisemitismo. Algo similar sucedió con la obra filosófica de Martin Heidegger que, en los últimos años, pasó de ser uno de los más importantes exponentes del existencialismo a suscitar interés principalmente por sus contactos con el nazismo. Sin embargo, nunca como hasta ahora circuló de una manera tan masiva y sistemática la propuesta de erradicar del consumo cultural a ciertas personalidades acusadas de abuso sexual como el cantante R.Kelly, el pintor y fotógrafo Chuck Close o el escritor Jean-Claude Arnault.

En términos generales, la primera reacción que genera este tipo de propuestas es el temor a una posible decadencia del arte: ¿acaso la censura o restricción de ciertos artistas no tendría como consecuencia una limitación de las capacidades expresivas del arte? Por otro lado, muchos alertan sobre el peligro de moralización del arte.

En este sentido José Luis Pardo, autor del libro Estudios del malestar -Premio Anagrama de Ensayo 2017-, asegura que "desde el momento en que el arte se desliza hacia una legitimación que se pretende más política y moral que estética o artística, es prácticamente inevitable que quede desarmado ante los argumentos que, como la pretensión de censurar el cuadro de Balthus, se apoyan en las mismas razones morales y políticas y en las mismas intachables causas a cuyo servicio se ponen las obras".

En el ámbito de los estudios de género, por otra parte, no parece haber ninguna preocupación apocalíptica por la renovación de las figuras tradicionales del mundo artístico. La teoría feminista piensa a las obras no como objetos autónomos de su instancia de producción sino como el resultado de un paradigma dominado históricamente por hombres. Según Griselda Pollock, teórica del arte y especialista en cuestiones de género, lo que se intenta cuestionar desde el feminismo es "la narrativa típica de la historia del arte según la cual un individuo virtuoso (hombre) crea, a partir de su necesidad personal, una obra de arte concreta que luego sale del lugar privado de creación para abrirse al mundo, donde será admirada y atesorada por los amantes del arte que expresan la capacidad humana de valorar los objetos hermosos".

Los productos artísticos no son objetos ingenuos sino que construyen y reproducen las visiones particulares del mundo que determinan nuestras identidades. Es por eso que, para la teoría feminista, lo más importante es quién se encuentra a cargo de los relatos que circulan por el campo cultural. De hecho, este tema es uno de los puntos centrales que trata la comediante Hannah Gadsby en su último especial de stand up, Nanette: "Todos están cortados por la misma tijera. Donald Trump, Pablo Picasso, Harvey Weinstein, Bill Cosby, Woody Allen, Roman Polanski -asegura-. Estos hombres no son excepciones, son la regla. Estas personas se encuentran a cargo de nuestras historias. Y, aun así, tienen un contacto mínimo con su propia humanidad, pero a nosotros parece no importarnos mientras tanto se mantenga inmutable su preciosa reputación".

Sin dudas, la posibilidad de limpiar de vicios el mundo del entretenimiento y proponer una refundación del campo del arte que incluya a quienes han sido marginados resulta más que interesante. Sin embargo, históricamente nunca llevó a nada bueno el intento de quemar el pasado. Por lo pronto, lo que es seguro es que desde la irrupción de la teoría de género y de movimientos como el #MeToo, temáticas como el abuso sexual y la desigualdad de género pasaron de estar invisibilizadas a formar parte de la agenda oficial. La prueba es que, si decimos "Michael Jackson", ya nadie puede quedarse en silencio.

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