
Diego Frenkel. "Tengo que aprender a pasarla bien fuera de la música"
Con su look y su música anticipó algunas tendencias actuales y, ahora, con su disco nuevo, Ritmo, vuelve al impulso del baile
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Parece de esos tipos que siempre andan recién amanecidos, con los pelos parados y cara de ¿es realmente necesaria mi presencia a esta hora? Al verlo se podría recordar la frase de Mia Farrow sobre Woody Allen, en los tiempos en que andaba muy enojada con él y lo describía como "cuidadosamente despeinado". Y, sin embargo, ninguna de estas observaciones aplica a Diego Frenkel: de dormilón no tiene nada -es un laburante de la música, desde los tiempos de Clap hasta su actual etapa solista- y su cabellera tiene el mismo arrebato que cuando bailaba con sobretodo negro a la vera del cementerio de Chacarita, en el video de "El Bar de la calle Rodney", hit inoxidable de La Portuaria, su vieja banda.
Ahora está sentado con su mamá en un bar de Colegiales. "Esperame que la acompaño a tomar un taxi", dice antes de arrancar la entrevista, y sale a la calle. Cuando vuelve se enoja un poco porque nadie le avisó que en un rato viene el fotógrafo. "No traje ni el saco", se queja; "que me haga un plano corto", pide.
Se entiende su preocupación por el look. Estamos frente a un músico que siempre tuvo una estética bien definida. Cuando a principios de los 90 la cultura rock empezaba a instalar el pogo, el aguante y la dialéctica minitas-cerveza-policía, Frenkel y su pandilla bailaban frente al cementerio con toda la elegancia del mundo. Años antes venían a proponer una lectura urbana, sofisticada e intelectual (universitaria, si se quiere) del rock festivo posdictadura. Ese crossover que fue La Portuaria reivindicó lo latino y tomó elementos de lo afro, siempre navegando al filo de una popularidad que nunca llegó del todo.
Sin levantar estandartes barriales por motu proprio, fue un grupo con un gran anclaje geográfico en la porteñidad. Inauguró, en cierto modo, la sofisticación palermitana -cuando todavía era una zona de talleres mecánicos y fondas de mala muerte- y puso en el mapa a Chacarita 20 años antes de que se convirtiera en el polo trendy que es hoy.
¿Sentís que con La Portuaria fueron algo así como "colonizadores modernos" de esos barrios?
La verdad es que yo fui muy nómade en esta ciudad: entre los 20 y los 30 años pasé por diez casas distintas. En la época que hice "El Bar de la calle Rodney" vivía en Chacarita, pero también paré en San Telmo y Parque Centenario. Siempre viví recorriendo distintos barrios porque la vida me fue llevando, sin haber elegido tanto.
¿Qué te acordás de los 90? ¿Qué representó para vos ese bar sobre Rodney?
Soy un hombre de trabajo y mi vida se centra en hacer discos y shows. Desde el 85 que vengo con esa secuencia, con ese ordenamiento vital. Por eso no tengo una mirada tan panorámica de cada época, sino más bien de la resultante. La canción sobre aquel bar (del disco Escenas de la vida amorosa, 1991) es un logro muy particular, porque dice tanto?, muestra un lugar lindero entre la vida y la muerte, muy cinematográfico, una ambigüedad en el tiempo. Habla de muchas zonas del alma que son inaccesibles con la palabra.
Pasaron 25 años de aquello. Cumpliste 50 en agosto y venís de lanzar Ritmo, tu nuevo disco. ¿Tuviste alguna crisis con el cambio de década?
Cuando cumplí 49 estaba más afligido, porque soy una persona que sufre a cuenta. Me anticipé al pedo y a los 50 estaba feliz, fundamentalmente porque viene siendo un año muy productivo: me siento bien físicamente, tengo disco nuevo. Me gusta la idea de que envejecer pueda traer paz y sabiduría, ser un tipo simpático y empático con la vida. Hay todo un mito con este tema: ¿qué es la edad? ¿Cuánto importa? ¿Un artista tiene una edad determinada? Fijate si no el último disco de Robert Plant: usa un concepto mucho más contemporáneo que un montón de gente más joven que él.
En el video del tema "Ritmo" se te ve bailando durante casi cuatro minutos. ¿El baile es un aspecto que redescubriste en este disco?
Siempre me gustó bailar y tenía muchas ganas de hacer un video en el que me dedicara estrictamente a eso, sin ningún playback y tampoco desde el lugar del cantante. Le propuse a mi mujer (Mayra Bonard, coreógrafa, directora de teatro y miembro del Descueve) hacer algo con los dos bailarines que forman parte de su última obra, que se llaman Rocío Mercado y Federico Fontán. La decisión más profunda desde lo coreográfico, es decir, bailar sin tener el instrumento en la mano, es algo que me vino en los últimos años.
¿Entrenás para bailar?
Hago ashtanga yoga tres veces por semana (mínimo), lo cual te da una flexibilidad absoluta. También camino mucho, ando en bici y trato de comer sano. Me siento más flexible, más entrenado y más preciso, en una línea contraria a lo que se supone que genera el paso del tiempo.
En una revista femenina dijiste que te gustaría "escribir una novela, dirigir una película y conectarte con extraterrestres". ¿Todo eso?
[Risas] -En algún momento de la vida uno dice cosas que evidentemente después no se acuerda?. Dirigir una película es algo que siempre soñé y que quizá, con la ayuda de amigos que entienden del tema, podría llegar a concretar. Es como una fantasía, porque amo el cine. Pero no me gusta pecar de soberbio con la idea de que uno puede hacer cualquier cosa en el mundo del arte. En cuanto a escribir una novela, tengo una imaginación argumental muy corta; lo que pienso tiene que ver con sensaciones mas poéticas y circunstanciales. En cambio, me encantaría escribir un libro autobiográfico relacionado al mundo de la canción.
¿Tenés hobbies off músico?
No podría decir que tengo hobbies. El hobby viene a ocupar el lugar del entretenimiento fuera del laburo y para mí no hay nada más entusiasmante que el trabajo que hago. De hecho, tengo que aprender a pasarla bien fuera de la música. Lo que sí disfruto muchísimo es estar con mis dos hijos, León (16), que está armando su propia banda y tiene unas canciones hermosísimas, y Ringo (10), que este verano vino conmigo de gira por la costa. También me gusta el buen vino, el café y ahora estoy retomando el ajedrez. Me junto en este bar a jugar con un amigo, pero soy muy malo y tengo una capacidad de concentración limitada para estas cosas.





