
DIVIDIDOSLA APLANADORA DEL ROCK
En 1993, se cansaron de llenar Obras Sanitarias. Después, perdieron plata en la presentación de su penúltimo disco. Fueron tiempos difíciles: la que para muchos era la mejor banda estuvo varias veces al borde del olvido. Ahora, en su cumpleaños número diez, volvieron con todo
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Tres hombres en una sala del Museo Histórico Nacional. Se pasean entre sillas enanas y cuadros de los virreyes. Ricardo Mollo, Diego Arnedo y Jorge Araujo se maravillan de la pequeñez de los próceres frente a la vitrina que guarda un traje del tío petizo de Remedios Escalada de San Martín.
-La gente de antes era más chiquita. Todos zopeti. Dicen guitarra y voz, bajo y batería de Divididos, Mollo, Arnedo y Araujo; Tolo, Cóndor y Magoo. Tolo es Mollo, el hombre con el promedio más absurdo que se pueda obtener en historia.
-Me saqué 1 en el oral y 0 en el escrito. Tuve 0,50 de promedio. Te cuento otra absurda: el profesor de anatomía. Yo tendría 14 años y llevaba pegadas en la carpeta fotos de los Who. El tipo me pide la carpeta, me la mira y me dice así de costadito: Je, te gustan los tipos, ¿no?
El apellido de Mollo está mal escrito en su pasaporte, donce dice Tollo, y no Mollo. Alguna vez un yanqui lo pronunció Tolo, y así quedó, como chiste de niños. Al baterista, Araujo, le dicen Magoo. O Joaquín Galán. O Juan José Camero.
-Le teníamos dos apodos preparados -explica Mollo-. Uno era Joaquín Galán, porque con un poco de barbita es igual, y el otro era Magoo, porque cuando tocaba la batería tenía un gesto de fruncir los ojitos y levantar la cabeza que era igual a Magoo. Después nos enteramos de que hace así porque es miope y no ve la lista de temas...
Cóndor a secas, sin explicaciones, es Arnedo.
Se arrodillan en ronda para la foto, intentan simular que están sentados, pero el trasero no toca las sillas. Se mantienen en equilibrio, guardando unos centímetros de aire entre los pantalones y el charquito de cuero valiosísimo. Risas, chistes, risas otra vez. El museo está repleto de alumnos y de maestras. Una grita con su mejor voz de espina: "¡Bajamos un poco el tono, por favor, que aquí estamos tratando de escuchar!"
-Sí, cómo no -dice Ricardo Mollo, impostando la voz en un tono grave.
Las carcajadas, ahora, son incontenibles. Alguien pregunta:
-¿Y vienen ellos tres nomás de Divididos a sacarse fotos?
-Sí. Son tres nomás.
Tres nomás. Y basta y sobra.
Es un día brillante de junio. La sala de ensayo parece un cuarto de lectura. Sentados en corro, Mollo, Arnedo y Araujo leen las críticas de diarios y revistas. Todas acuerdan, casi sin excepción, que el disco es estupendo. El mejor power trío de la Argentina. Un gigante talentoso de la música, la flor del barrio, la niña bonita de la cuadra. Divididos cumple diez años y saca un disco flor y flor llamado Gol de mujer, que parece destinado a ser un clásico.
-Che, ¿no será malo tanta buena crítica? -se preocupa Mollo.
Araujo salta de su asiento detrás de la batería.
-Uno labura dos años para hacer un disco y un tipo lo escucha un par de veces y hace una crítica. ¿Cómo hacen? ¿Viste que hay discos que te empiezan a gustar sólo después de un mes que te los compraste? Arnedo, ese hombre lejano y amable, cruza las piernas y se pregunta hasta cuándo los llamarán el trío de Hurlingham.
-Ninguno es de Hurlingham, salvo yo. Ellos siempre vivieron en Haedo, y ahora Ricardo vive en Palermo Viejo.
Diego Arnedo y Ricardo Mollo fueron y son integrantes de Sumo, la banda de seis que con Luca Prodan, peladísimo de talento feroz, dejó algunas de las más bellas canciones de la música rock de acá. Pero Luca murió el 22 de diciembre de 1987 y desparramó un invierno helado sobre las almas de los otros cinco que se resistirán para siempre a que los tilden de ex.
-Mi viejo se murió y yo no soy un ex hijo -aclara Ricardo Mollo-. Tampoco soy ex Sumo. Yo soy y seré siempre un Sumo.
Diez años atrás era 1988 y la primera formación de Dividos -Mollo, Arnedo y Gustavo Collado en batería- se presentaba en el Bar Rouge de San Pedrito y Ramón Falcón frente a un público rugiente y ajeno. El público había ido a ver otra cosa. El público había ido a corroborar si la noticia de que Luca Prodan había muerto no era un chiste.
-Cuando empezamos a tocar vinieron 300. Después quedaron 20. Muchos querían poner ex Sumo en los afiches -se acuerda Mollo-. En algún momento pensás que si ponés ex Sumo vienen cien tipos más y te estás cavando tu propia fosa. Es como tener un hermano famoso: viene un amigo tuyo, te saluda y está mirando por encima de tu hombro a ver si aparece tu hermano. Es durísimo, vos no sos nada. Vienen a hacer una nota y como para los tipos sos ex Sumo, te engañan diciéndote: "Vamos a hacer una nota con Divididos". Después nunca aparece Divididos y se habla nada más de cómo era Luca. A nosotros nos llevó unos cuantos años aclarar eso.
Divididos empezó su carrera y sacó el primer disco, 40 dibujos ahí en el piso, en 1989. El sueño del público propio llegó de la mano de un apodo simpático: Aplanadora del rock. En 1991 el baterista Gustavo Collado se fue del grupo y llegó Federico Gil Solá. Grabaron otro disco, Acariciando lo áspero. El último tema era una baguala esplendorosa -Haciendo cola para nacer- en la que Arnedo tocaba el bombo legüero y Mollo era la voz. Eso era todo, y era genial. En el segundo disco, el planeta Divididos empezó a cobrar forma. Dueños de una mitología propia, su Olimpo estaba repleto de figuras reas y reales del oeste bonaerense. El folklore y el rock iban de la manito. La voz emocionante de Mollo (que mereció un Premio Konex en 1995 como Mejor Voz Masculina), el bajo infernal de Arnedo, la batería de Gil Solá, encendieron el amor. En 1992, la encuesta del Suplemento Sí de Clarín los declaró Mejor Banda. Hicieron tres recitales en Obras Sanitarias. El paraíso era un caldito sabroso en la punta de los dedos.
RICARDO MOLLO
Oriundo de Pergamino, desembarcó en Buenos Aires cuando la fábrica de zapatos de su padre ardió hasta los cimientos. En 1976 formó el grupo Mente y Alma de Muñeco junto a su hermano Omar, y después participó en Demo. Recibió en 1995 el Premio Konex como Mejor Voz Masculina, pero dice que cantar no es lo que prefiere. "Ahora me acostumbré, pero prefiero tocar la guitarra o cantar por separado. Por eso en Sumo fui feliz: podía tocar la guitarra tranquilo ", se ríe
Era junio de 1993 cuando grabaron La era de la boludez . El disco es una esferita inocente en tonos naranja y rojo. Chacareras, reggae, rock and roll y una versión de El arriero, de Atahualpa Yupanqui, que le desarmó el alma a más de uno. Pero si se lo mira con cuidado, el disco muestra un germen destructivo: el quinto tema, Qué ves, empezó a sonar en todas las radios y se puso al tope de los rankings. Fue cortina de programas, música de cumpleaños, casamiento, bautismo y confirmación. Amas de casa, secretarias ejecutivas, comisarios de a bordo y obreros metalúrgicos cantaban aquello de la prensa de Dios lleva póster central, el bien y el mal definen por penal . Una mala tormenta arrasó con los tres, más acostumbrados a cabalgar en pelo sobre la costra fuerte de los días del Oeste que sobre el glamour de la fama. Se vendieron 200.000 copias, hicieron 13 recitales en Obras Sanitarias, a razón de 3 cada 45 días. 15.000 personas iban a verlos en esos fines de semana mitológicos. El público se multiplicó por mil. Y ellos, con el alma envenenada, llegaron a un sitio donde no estaban seguros de querer llegar. Los encontronazos con Gil Solá, el baterista, son un secreto a voces. Las cosas estallaban en los ensayos y hasta en el escenario.
-Pasaban cosas internas en la banda -se pone diplomático Ricardo Mollo-. Cada recital era como una escena de la familia Campanelli. No son fáciles las internas de las bandas. Hoy te puedo decir que es bárbaro, que está bien que a mucha gente le guste una canción que hicimos. Me parece feliz. Pero en un momento te puede destruir. Ahora, si nos pasa de nuevo, ya tenemos anticuerpos.
A pesar de las peleas siguieron con los recitales, pero para demostrar que eran fieles a su tribu no tocaban Qué ves.
-Nos pusimos tan en contra de eso -cuenta Mollo- que en los shows no tocábamos el tema y acostumbramos a nuestra gente a que lo odie. Muchos se iban enojados, pero nosotros estábamos convencidos de que había mucha gente que iba para escuchar ese tema y después irse a su casa.
Las tribus piden exclusividad. Reclaman fidelidad. Apuestan por ver quién es seguidor más antiguo, quién lleva la bandera más festejada. Si el grupo cambia de consigna, de dios y de bandera, se lo hacen pagar con sangre de olvido. Y ellos querían ser fieles a ese amor brutal.
-Una vez un chico me dijo: "Voy a hacer un millón de remeras que digan yo era uno de los 20 que te iba a ver" -sonríe Mollo, sabiendo que todo amor es falaz-. Un millón de remeras...
Un día, Mollo se fue de Obras cabizbajo, las manos en los bolsillos. El show había sido uno de esos momentos difíciles. Uno de los chicos del público se le acercó y le dijo: "Mañana va a estar más lindo, ¿no, Mollito?" La frase lo despedazó.
-El pibe era público de verdad y me lo dijo con todo el cariño del mundo. A esos pibes no les debés una disculpa, les debés un buen show.
Las cosas empezaron a mostrar su lado oscuro. Gil Solá salió de la banda y llegó Jorge Araujo. Permanecieron mucho tiempo inactivos y se desperezaron con la grabación de un disco difícil de olvidar: Otro le travaladna . Entonces las cosas se fueron al infierno.
-En ese disco yo entraba en el grupo -se ríe Araujo-. Había mucha gente que nos iba a ver y decía: "¿Quién es ese tipo?" Con el recital de Obras Sanitarias perdimos mucha pero mucha plata. No fue nadie. Yo no entendía nada, decía: Loco, el disco de Divididos, una maravilla . Y no teníamos dónde tocar. Pasaron de las 15.000 personas cada 45 días del disco anterior, a tocar en Dr. Jekyll para 300 personas. La aplanadora del rock, la banda más hermosa de tu calle, se caía a pedacitos.
-No es solamente que 300 personas en Jekyll es poco para cualquiera -se ríe Araujo-. Es que además ¡hacía meses que no tocábamos y después volvimos a pasar meses sin tocar! No podíamos, no teníamos dónde.
-Sí. Era volver a los cumpleaños -sintetiza Mollo-. Pero igual creo que el peor lugar en el que tocamos, antes de esa crisis, fue un lugar que se llamaba Señor Chinasky. Tocamos tres días y reunimos a 45 personas. Quince personas por día.
Dicen que no sentían el fracaso, que hicieron de cuenta que empezaban de nuevo mientras el público se retiró como el mar cuando baja la marea.
-Sin embargo el disco Otro... vendió 40.000 copias -cuenta Mollo-, lo que deja contento a cualquiera porque es disco de oro, pero La era de la boludez había sido una exageración.
Aclaran que Gol de mujer es un disco distinto, una vez más. Las canciones están separadas de a tres por pequeñas, desopilantes y perfectas piezas del folklore nacional.
-Estas cositas las hacemos en los ratos ...no sé, ¿cómo se llaman esos ratos? -pregunta, busca socorro, se alarma Mollo.
-Lo mismo que los otros, pero con la acústica -socorre, contesta, ayuda Arnedo-. Estamos ensayando y decimos vamos a parar un rato, y agarramos la guitarra y seguimos tocando. Hay como dos departamentos, el departamento eléctrico y el departamento acústico.
-Siempre se nos ocurren cosas. Anotamos letras y tenemos... esto... Mollo desaparece detrás de un sofá y sale triunfante con una valija de metal. La abre. La valija chorrea papeles, recortes de revistas, objetos no identificados. Mollo entierra las manos y las saca pringosas de frases.
DIEGO ARNEDO
Diego Arnedo, apodado Cóndor, estuvo nueve días internado en un sanatorio de Hurlingham en enero último. El diagnóstico: pancreatitis. "Lo que tuvo Sergio Renán, pero más leve", explica. Se internó de urgencia el mismo día en que la banda iba a tocar en Buenos Aires Vivo: el 7 de enero. Pero se repuso y el 28 de febrero pudo tocar en el recital postergado. Fue un récord:los vieron 100 mil personas. Un tiempo después volaba a Los Angeles con Mollo y Araujo para grabar el disco
-Acá hay letras de temas anteriores, letras de más adelante. Y hay una hojita rosa a la que nosotros acudimos mucho...
Busca y rebusca la hoja rosa, que asoma el cuellito después de algunos segundos. Tiene el membrete del hotel Sheraton y está ajada.
-Esta hoja la escribimos después de uno de esos recitales de ATC, nos fuimos con el presidente de una discográfica y nos encerramos en el hotel tres días. El tipo estaba como loco, decía: Uy, estoy presenciando un acto creativo . Y escribimos esto. Esta hoja rosa que todavía nos dura. -Los textos nacen de un código nuestro, interno, que obviamente lo entendemos. Y de ahí nace la... obrita -asegura Arnedo.
-La obrita, qué tierno -dice Mollo.
-Obrita. Qué te crees, que sos Miguel Angel -dice Arnedo.
Este año, la banda cambió de compañía discográfica. De Polygram pasó a BMG. Entre los agradecimientos de su último disco hay uno que reza, sugestivo: A los que no creyeron .
-A los que no creyeron, igual, gracias -se afila los dientes Mollo-. Porque la vida sigue y no es gracias a nadie, es gracias a nosotros tres. Hay periodistas que cuando nadie te conoce y ellos te descubrieron sos como el pichón de ellos. Cuando te crecen alitas y empezás a volar solo, te bajan de un gomerazo porque ya no es lo mismo que antes. Tiene que ver con lo posesivo, sienten que sos de ellos y crecés y no sos más de ellos. Con nosotros pasó eso. En algún momento molestó mucho que se hablara tanto del grupo y tan bien. Entonces nos encontraron el talón de Aquiles y dijeron acá les vamos a dar. Y nos dieron...
A veces los malos tragos no acaban nunca, duran cien años y los cristianos terminan por no aguantar. Estos aguantaron, y ahora el mandril terrible parece estar controlado. Parece estar sucumbiendo a fuerza de golazos.
Las puertas gruesas de una sala de ensayo tienen algo de barco, una potencia gruesa capaz de anular todo sonido, de acolchar toda reverberancia. Pero esta vez la música atraviesa las paredes limpiamente. Mollo grita el grito de una canción de Gol de mujer .
-¡Lucaaaa...!
Grita.
-... Y ahora quién sirve el vermú...
Susurra.
Las paredes sangran música. En la sala hace un calor ancho y pastoso como un río. Ellos tocan a todo galope, enchufados hasta los dientes.
-Sí, es un alarido -dice Mollo-. Quedarse con la imagen de Luca y la ginebrita es una imagen muy pobre. Es la diferencia que hay entre un artista y un mono tití.
-La gente -defiende Arnedo -cree que porque ve a un tipo que tiene cierta inclinación al alcohol o las drogas es sinónimo de decadencia. Andá a saber si el tipo no está en contacto con algo que tiene que ver con la creación. Ahí está ese lugar finito que separa una cosa de la otra.
El 7 de enero último uno de estos tres hombres, ese que lleva por nombre Diego Arnedo y por sonrisa una mueca casi maliciosa, pensó que se moría, y el grupo se encogió de desconcierto. Otra vez, el aliento de la muerte y la enfermedad.
-Era un 7 de enero -entona hoy Arnedo, con acento lorquiano-. Justo el día que íbamos a tocar en Buenos Aires Vivo. Empecé con un dolor, el médico me mandó unos análisis y cuando vio los resultados me llamó y me dijo que me tomara un remise y me fuera a internar. Era pancreatitis.
Pasó nueve días en un sanatorio de Hurlingham, cinco enterrado entre las sábanas gimientes y el suero a quemarropas de una sala de terapia intensiva. Mollo y Araujo escuchan como madres resignadas.
-¿Asustados? No, no estábamos asustados. Estábamos abrumados. No podíamos hacer nada. ¿Sabés la cantidad de gente que le ha prendido una velita al Cóndor?
Sin embargo se puso bien, salió del sanatorio y empezó a ensayar. Pero el médico le prohibió que tocara en público. -El tipo se puso paternalista -se ríe Mollo-. No tenía un argumento claro, le decía que estaba bien, pero que no podía tocar porque le iba a hacer mal el entorno.
JORGE ARAUJO
Jorge Araujo, el tercer baterista que tiene la banda, llegó en plena crisis de Divididos. Había tocado en el grupo Monos con Navaja, "pero cuando hacés música instrumental, en este país te va a ver un público muy intelectual, y eso no tenía nada que ver con mi vida. Mis amigos me decían Loco, te paso a buscar después del show. Por eso cuando empecé a tocar en Divididos fue tocar el cielo con las manos, era algo mucho más popular, y no entendía por qué la gente no venía a vernos"
Arnedo ahora está agazapado, una mano en el pelo, otra sobre la rodilla. Un pájaro distante.
-Entonces me fui a ver a un especialista del páncreas y sus enfermedades.
Hace una pausa dramática. Suenan un par de risas como pequeñas hélices zumbonas.
-Me dijo que me tenía que hacer unos estudios, para saber si podía tocar y después viajar. Uno de los estudios, la resonancia magnética, es terrible. Te meten en un tubo, pero de cabeza, los pies para afuera, y tenés el techo a un centímetro de la nariz. Un tipo te habla por los auriculares y te dice respirá despacio. Vos lo único que querés es salir de ahí y lo único que no podés hacer es respirar despacio. Te sentís el hombre bala. Después me entero que es un estudio con energía de imanes. Me preguntaron si tenía alguna parte del cuerpo con metales. Yo me puse reparanoico, empecé a pensar si no me había tragado alguna vez una moneda, un clavo, algo. Después alguien me contó que a un tipo le estaban haciendo ese estudio y tenía algo de acero en una córnea, y se le salió el ojo de la cara y quedó pegado allá arriba. Mirá vos, la energía del imán es terrible.
La terrible energía del imán no alcanzó para aterrarlo. El especialista del páncreas y sus enfermedades le permitió tocar el 28 de febrero último en Buenos Aires Vivo. El día en el que Arnedo volvió a tocar como un Lázaro furioso con hambre de desquite, lo que sucedió en la intersección de Alcorta y Pampa no tuvo antecedentes: un río de cien mil personas.
-Los pibes se enteraron de que Diego tenía que comer fideos -dice Mollo-, y uno le tiró paquetes de fideos arriba del escenario.
Cada tanto, los ojos de Arnedo se entrecierran y se clavan en un punto. Los ojos le sonríen más que la boca.
-¿Por qué se llama Gol de mujer?
-No sé, es un misterio inenarrable -dice Mollo.
-No sé, es el misterio de Larralde -contesta Arnedo. Se miran-. Sugiere muchas cosas. Nos va a dar más público femenino.
Ahora están sentados en las escaleras del parque Lezama, bajo los adormecedores rayos de un sol brumoso. Arnedo está oculto detrás de sus anteojos negros.
-Sacate los anteojos, Cóndor -sugiere Araujo.
-No, los quiere mostrar porque son caros. Se los compró en Los Angeles-explica Mollo.
-Uan jandred dólar - dice Arnedo, con cara imperturbable.
-Mirá lo fotogénico que sos, Cóndor -envidia despavorido Jorge Araujo.
A veces, mirando la quietud de estatua de Arnedo, uno se pregunta si no se habrá dormido abajo de los lentes negros.
-Che, Cóndor, cómo te ves pintado de blanco en San Telmo, trabajando de estatua -lo sacude Mollo. Arnedo no contesta, pero la boca se le frunce, finita, en una sonrisa suave. Pasa una señora llevando un perro chiquito con una correa enorme.
-¿No había un talle más grande? Te dijeron que crecía, ¿no?
Dice alguno.
La señora no escucha.
Todos nos reímos como idiotas.
Lo que no fue
El 20 de mayo del año del Señor de 1997, se creó cierta expectativa acerca de un recital que Divididos y Las Pelotas (banda integrada por otros miembros de Sumo) darían en la ciudad de Montevideo. La fecha coincidía con la del cumpleaños de Luca Prodan y el morbo del reencuentro se agrumó en la sangre, con buenas y malas intenciones. Público, prensa y organizadores especulaban con que, a la hora de los bises, tocaran juntos algunos de aquellos viejos temas. Pero no sucedió.
-Lo que pasó... fue... -piensa Arnedo-, se digitó... se quiso hacer una reunión de Sumo... sin el muerto. Entonces yo dije: Bien, si va Luca, yo voy. Hubo cierta expectativa, hubo reuniones, y a mí me tocó una medio pesada. Yo ya había decidido que no y tuve que decir lo que sentía, di todas las explicaciones antes y llegado el momento las cosas seguían igual, todo el mundo creía que nos íbamos a juntar a tocar, entonces me fui. Si pasara de nuevo haría lo mismo. A mí me pareció que lo otro había terminado, nosotros estábamos tocando con el grupo hacía tiempo y no me pareció sano. En Sumo todo lo que habíamos hecho no lo podemos hacer ahora ni para nosotros mismos, así que me pareció que mucho menos podíamos hacer de eso un espectáculo.
-Para mí era una situación feliz que nos juntemos todos y toquemos -dice Mollo-, pero después entendí lo que a él le pasaba. La gente piensa que es de mala onda, dicen che, pero qué les cuesta juntarse a tocar. Nos cuesta mucho. Para peor estaba Andrea (Prodan) y todo lo que tenga que ver con el hermano le revuelve el dolor. La verdad que ponerme ahí, en el escenario y hacer de... no, gracias.
Texto: Leila Guerriero
Fotos: Daniel Caldirola
Agradecimiento: director del Museo Histórico Nacional, doctor Juan José Cresto.
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