
Domingo Cavallo: El padre que es maestro de sus hijos
Está orgulloso de cómo educó a los chicos: eso -dice- da frutos
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Fue la tarde en que Sonia decidió ir a la peluquería a retocarse el peinado cuando Domingo Cavallo tuvo la oportunidad de comprobar que el valor sobre el que había cimentado la educación de sus hijos estaba dando frutos sabrosos.
Era el verano de 1985 y pasaban unas vacaciones familiares en Roma, al tiempo que él aprovechaba para cumplir con sus acostumbrados compromisos académicos, uno de los cuales contrajo sin recordar que en ese mismo horario había prometido cuidar de Sonita, Eduardo y Alberto, entonces de 13, 9 y 8 años, respectivamente. Pero como no pensaba desairar a las autoridades de una universidad en Fiumicino que lo esperaban para visitar aquellos gloriosos claustros, no tuvo mejor idea que buscar en una librería la guía del Coliseo romano, llevar a los chicos hasta la entrada del célebre edificio e invitarlos a iniciar solos el recorrido turístico, con la promesa de reencontrarlos en el mismo punto horas más tarde. Previo beso en la frente y tomaditos de la mano partieron los tres hermanos, en medio del gentío y con la única tutela de un mapa recién comprado. Quiso el destino que del paseo llegaran sanos y salvos, que locos de contentos le relataran la hazaña a su madre. "Sonia casi me mata por haberlos dejado solos, pero lo hice porque he sido con mis hijos como mis padres fueron conmigo. A mí me dieron confianza y una gran libertad para manejarme en la vida. Y yo desde que son chiquitos les he hecho sentir que cuentan con toda mi confianza", afirma el ex candidato a jefe de Gobierno por la ciudad de Buenos Aires.
Bien sabido es que Domingo Cavallo entregó su alma a los vericuetos de la economía y que tuvo la fortuna de construir una familia dispuesta a modificar su propia existencia con tal de apuntalarle la suya. Con ese objetivo y una beba en brazos partieron rumbo a Washington en la década del setenta, apenas él obtuvo la beca de la OEA y de la Fundación Ford para realizar su posgrado en Harvard, donde vivieron casi tres años.
En los primeros tiempos pasaba horas enterrado en la biblioteca universitaria, por lo que fue absuelto de tareas no gratas, como cambiar pañales, porque si de algo se ocupó Sonia fue de despejarle el camino para que pudiera estudiar y disfrutar lo mejor de la infancia de sus hijos: dormir abrazados en las siestas del invierno, sacarles fotos hasta que la sonrisa se les poblara de dientes, pasear en cochecito por las plazas y levantar juntos hermosos castillos con ladrillos de juguete marca Fisher Price.
Durante aquella estadía nació Eduardo, hoy a punto de iniciar su posgrado en políticas públicas en la Universidad de Harvard. En cambio, no hay precisiones geográficas acerca de dónde fue concebido Alberto, el menor. "Eduardo tiene 23 años y Alberto, el más chico, 22; se llevan apenas trece meses de diferencia. Alberto llegó cuando estábamos de regreso en la Argentina, justo nueve meses después de dejar Washington, el 23 de abril de 1977. Nació un 23 de enero de 1978, así que no sabemos si fue engendrado en Estados Unidos, en la Argentina... o en el avión", confiesa un irreconocible Cavallo.
La experiencia fue aceitando el oficio de ser un padre y académico a la vez, y aunque asegura que jamás influyó sobre las elecciones de sus hijos, ellos se le parecen no sólo en el verde de la pupila, sino en la vocación por los números. Los tres estudiaron carreras vinculadas con la paterna. "Siento que ése es mi legado, la educación. Los tres están educados en la perseverancia y en busca de la excelencia. Son exigentes consigo mismos y eso lo han aprendido de Sonia y de mí. Nosotros somos una familia unida, que siempe ha tenido motivos de felicidad, salvo desde 1996, cuando Menem y Yabrán empezaron a perseguirme. Por eso en estos últimos años los chicos han estado acompañándome más. Parece que yo pintara todo de rosa, pero gracias a mis hijos ha sido todo así. En los últimos comicios estuvieron a mi lado y lo vivieron como yo. Cuando salí a decir que eran unos tramposos y unos mentirosos lo dije porque lo sentía, y todo lo que pasó esa noche me hizo creer que me habían tendido una trampa. Pero no es cierto, como dijeron por ahí, que ellos me dieron manija. Fue un momento malo para mí. Yo estaba confiado, sentía que podía ganar la elección. Por eso el resultado fue un balde de agua fría. Pero por suerte mis hijos me bancaron..."
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