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Historias para conocer

Dos familias amigas. Vendieron y apostaron todo para montar un hotel en la playa

Constanza Coll
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28 de febrero de 2020  • 00:16

Esta es una historia de amor, de suerte, de amigos y por sobre todo, de perseverancia. Un buen ejemplo de cómo los sueños, si se gestionan, pueden volverse realidad. Pablo Larramendy (44) y Yanina Szalkowicz (44) sabían que querían vivir en la naturaleza y empezaron a buscar lugares que les gustaran. Hacía 12 años ya tenían el hotel Bonito en Buenos Aires, una casa que alguna vez pensaron para siempre, para los hijos de él, de ella, y Pepi (8), de los dos. Tenían la vida armada, pero ellos querían más.

Crédito: Instagram Bonito Paraíso

"Barajamos mil opciones, en el Delta, entre viñedos, en Argentina y afuera del país, hasta que descubrimos esta casa, y ya no quisimos ver más nada", cuenta Pablo. "Fue una casualidad hermosa, porque habíamos venido a esta misma playa de Abraaozinho, en Ilha Grande hacía algunos años y teníamos una foto justo acá", agrega Yani.

La magia de la foto

La foto que habían sacado se la mandaron a los dueños de la propiedad junto con una larga lista de justificaciones de por qué se la tenían que vender a ellos: querían un cambio de vida, en familia, y proponían conservar la fachada de la casa y toda la vegetación autóctona del morro. Era algo más que un pálpito. Estaban convencidos de que iba a ser suya, aunque no tuvieran toda la plata: primero quisieron alquilar y después de un año de negociaciones, idas y vueltas; otros compradores que levantaron la mano; entusiasmos y decepciones, pudieron concretar un leasing. Para esto se asociaron con su pareja de amigos Juan Maggi (41), compañero de arquitectura de la UBA de Pablo, y Paulina Barragán (38), psicóloga mexicana. Los cuatro se conocían hacía muchos años, de hecho Juan y Pablo hicieron el proyecto y la obra del hotel de Yanina en Buenos Aires (que en los inicios contó con el apoyo de su mamá).

Crédito: Instagram Bonito Paraíso

Por su parte, Juan y Paulina también habían trabajado con huéspedes, durante años tuvieron dos casas en San Telmo con habitaciones que alquilaban en su mayoría a estudiantes. "Éramos como Airbnb, pero antes de que este existiera. Eran casas de convivencia entre amigos donde se armaban comidas y encuentros, hubo personas que se quedaron un mes con nosotros, y otras que pasaron hasta dos años", recuerda Paulina. De alguna forma, Juan también la había recibido y hospedado a Paulina en Buenos Aires, cuando ella viajó desde México para hacer un posgrado. Claro que la historia siguió otro rumbo. Al mes de conocerse ya estaban juntos. Los dos se encontraban en el pueblo natal de Paulina, Zapotlán El Grande, cuando supieron la noticia de que sí, al fin, Yani y Pablo habían logrado un acuerdo. "Ese 8 de enero fue un día mágico, se armaron dos arcoiris en el cielo", cuenta Juan.

Un sueño multiplicado

Las dos parejas vendieron lo que tenían y Yanina viajó en febrero para poner manos a la obra. En la casa no había quedado nada, pero se había propuesto abrir las habitaciones al público para el carnaval, en menos de un mes: "Viajaba a Angra todos los días para comprar: camas, colchones, almohadones, cortinas, alfombras, vajilla. Cuando llegaba jugaba un rato al Gallito Ciego con Pepi y Ramona, que se habían quedado al cuidado de los caseros, y de noche trabajaba en la web. Fue muchísimo esfuerzo, pero el 24 de febrero recibimos a nuestro primer grupo de huéspedes que vinieron de China para el carnaval".

Crédito: Constanza Coll

Le pusieron Bonito Paraíso y al día de hoy tiene 7 habitaciones con vista a la floresta o al mar, una galería con hamacas sobre la playa, desayuno y merienda con mucha fruta y tortas caseras, tablas de stand up paddle, kayaks, restaurante a la carta por las noches. La deco simple y bella estuvo a cargo de Yanina que es diseñadora gráfica.(Las habitaciones dobles cuestan desde R$ 400 con desayuno y merienda)

Los míos y los tuyos

"Originalmente este era un proyecto para los 50, una especie de retiro, pero se nos adelantó", explica Pablo. Y Yani agrega: "Tenemos que esperar a la mayoría de edad de Ramona, que tiene 15, no queremos separarla del padre, después que ella decida en libertad. También están Camila y los mellizos, nietos de Pablo. Sino ya estaríamos al cien por ciento acá". Yanina y Pablo van y vienen entre los Bonitos de Ilha Grande y Buenos Aires, mientras que Juan y Paulina son la pata estable, los que se quedan todo el año en Brasil para trabajar el hotel.

Ellos viven en una casa, arriba, con sus dos hijos, Rainu de 11, que va al colegio rural de la isla, en lancha, y Gael de 8 meses. En el futuro, las dos familias planean construir sus casas en algún rincón del terreno, que tiene un total de tres hectáreas.

Crédito: Instagram Bonito Paraíso

Los desafíos y lo que se viene

En Bonito Paraíso estas dos familias encontraron su hogar y el espacio donde llevar a cabo sus deseos como profesionales y como padres. Según Pablo, "Lo primero fue resolver cuestiones claves como el agua y la energía, e identificar todo lo que ya había en la propiedad para cuidar y aprovechar. Pero desde el día número uno esta es una fábrica de macro y micro proyectos, no necesariamente rentables o económicos".

Cada uno con sus intereses, Juan y Pablo hicieron un curso de cervecería artesanal con la idea de sumar su producción local a la propuesta del bar; están armando una huerta orgánica y quisieran plantar y cosechar su propio café; Yani está cerrando detalles para hacer full moon parties y quiere que artistas contemporáneos intervengan las habitaciones como en Bonito Buenos Aires; Juan ya empezó a trazar senderos botánicos; y Paulina siempre está atrás de nuevas preparaciones a base de ingredientes que se consiguen dentro del terreno. Como la crème brûlée de yaca que probamos al hacer la nota.

Vendieron y apostaron todo para montar un hotel en la playa - Fuente: bonitoparaiso

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