
Egipto: la belleza y la historia
Un lugar en el que los rastros del pasado conviven con la vida cotidiana. Crónica de un viaje al país que fue cuna de uno de los más proverbiales imperios de la historia de la humanidad
1 minuto de lectura'

EL CAIRO.– La voz de Mohamed Mounir, clásico de la música pop egipcia, se escucha a todo volumen en el local de Virgin ubicado en el corazón de Citistar, el último shopping center de El Cairo. Es la cara lujosa de la ciudad. Un complejo de viviendas, hoteles y oficinas en una zona residencial de esta megalópolis de más de 18 millones de personas –noventa por ciento de ellos musulmanes–, atravesada por la serenidad verde del Nilo y por un tráfico infernal. No hay semáforo que valga. Cruzar la calle es una aventura imposible, salvo que se cuente con la ayuda de Amid, que por cinco libras egipcias puede abrirse paso en las aguas del tránsito caótico y, como un Moisés contemporáneo, conducirlo sano y salvo al otro extremo del boulevard.
Todo tiene su precio, y a la amabilidad de posar para la foto le sucede el cobro de una tarifa que, como todo, será producto de una larga negociación. Un amigo diplomático, que conoce los usos y costumbres del pueblo egipcio, ha encontrado la definición perfecta: se trata de una transacción determinada por "el precio del deseo". Quien vende fija el precio que desea ganar y quien compra lo baja hasta donde desea pagar.
Una mujer rubia con un gracioso sombrero de explorador acelera el paso en el Valle de los Reyes a la hora del sol impiadoso. Ha ganado la negociación con el arma infalible de la indiferencia y pagará por la galabeia (túnica) bordada con hilos azules menos de la mitad del valor inicial. Quien domine la técnica del regateo puede conseguir gangas maravillosas y cerrar trato con la pregunta ¿bi-kem? (¿cuánto?). Anforas de alabastro, escarabajos de lapislázuli, alfombras de seda tejidas por manos más rápidas que la vista del tejedor, collares de coral o de turquesa dignos de modernas Cleopatras... Todo se consigue en los mercados callejeros o en los alrededores de los monumentos, donde los nativos han montado una verdadera industria.
Río eterno, cauce de la divinidad, el Nilo pródigo transforma el desierto en un oasis. Por allí navegaron los dioses, fueron celebrados los faraones y trasladados los enormes bloques de piedra de Asuán, más de 900 kilómetros al sur de Egipto, para levantar los cimientos de una cultura que cifró su grandeza en el secreto de las pirámides de Giza. Esas construcciones poderosas honran en una misma persona al dios y al soberano. La más antigua, la pirámide escalonada de Sakkara, compite en majestuosidad con Keops, custodiada por la imperturbable esfinge. En el espectáculo de luz y sonido (un highlight del viaje que se repite en las ruinas de Karnak y en Abu Simbel), una voz en off narrará con acento británico las peripecias de cinco mil años de dominaciones, triunfos y fracasos.
Todo está escrito. La bella caligrafía de los jeroglíficos es la historia revelada y la manera de comprender el desarrollo de una civilización que, junto con sus faraones, enterró secretos que aún hoy intrigan a la humanidad. La autopsia de ese enigma fue el descubrimiento de la tumba de Tutankamón y el hallazgo formidable de la máscara de oro y lapislázuli llamada la "Gioconda de los faraones".
Fue en noviembre de 1922 cuando el egiptólogo inglés Howard Carter abrió su sésamo en el Valle de los Reyes, después de seis expediciones infructuosas. Era el sueño del arca perdida. Carter y lord Carnavon, su patrocinador, se asomaron incrédulos a un tesoro de 5000 objetos ubicados en tres habitaciones de no más de 30 metros cuadrados. Los muebles, joyas, utensilios, camas y máscaras funerarias se exhiben hoy en el Museo de El Cairo. La visita es imperdible. Allí está el mobiliario que acompañaba al faraón momificado a la espera del regreso de su alma; son las pompas funerarias propias de la rica dinastía XVIII.
Tutankamón falleció joven y de manera repentina. La causa de su muerte es otro secreto que se llevó a la única tumba que resistió, por su acceso imposible, siglos de pillaje.
Los hoteles cinco estrellas se multiplican en El Cairo desde que el turismo ha vuelto a ser una fuente de ingreso de divisas. Esas moles faraónicas remedan en su arquitectura posmoderna las construcciones de piedra caliza del antiguo Egipto. En cada esquina hay una mezquita y el esbelto vigía de su minarete. La más imponente, joya de la arquitectura musulmana, es la Mezquita de Alabastro. Allí, los viajeros que integramos el grupo organizado por la Asociación de Amigos del Museo de Bellas Artes (ver recuadro) vivimos nuestra ceremonia de iniciación en las costumbres del islam y en la celebración del ramadán, máxima festividad religiosa, que impone un mes de ayuno, entre el amanecer y el atardecer, e inunda de plegarias cada rincón de la ciudad.
No se entiende este país sin la influencia determinante de la cultura árabe. El valle del Nilo fue dominado sucesivamente por griegos y romanos hasta que, a mediados del siglo VI, se inició la dominación islámica.
En 1798, Napoléon Bonaparte envió la expedición egipcia y trajo de regreso un estilo de mobiliario que bautizó, obviamente, retour d’Egypte, y que está inspirado en detalles de esta cultura refinada, que sigue siendo motivo de admiración de diseñadores, artistas y arquitectos por el uso del color, el manejo de la volumetría y la fusión con la naturaleza. Cuatro son las fuentes de divisas que sostienen la economía egipcia: el turismo, el algodón, el peaje del Canal de Suez y el dinero que envían los egipcios residentes en el extranjero. La agricultura ya no es lo que era. En El Cairo, ambas márgenes del Nilo están ocupadas por un collar de edificios inconclusos, torres de cemento abandonadas, tierra de nadie, producto de la especulación inmobiliaria. La inversión se frenó por causa de la ley de alquileres, que ha mantenido por años la renta por el piso. Maysa Ali Ayoumi (34), guía y laureada traductora, dice que la reforma agraria terminó con la agricultura en gran escala y con la posibilidad de encarar programas de cultivos racionales.
Navegando hacia el Sur, rumbo a Asuán, desde la cubierta del Sun Boat el paisaje que se repite es una imagen angelical y onírica: camellos recortados contra el horizonte, campesinos doblados sobre la tierra pródiga a la que siguen cultivando con métodos tradicionales, plantaciones de maíz, caña de azúcar, sésamo, y de pronto, un niño con su galabeia montado en un burro blanco.
De Norte a Sur, el Nilo cuenta la historia del Antiguo Egipto en sus templos magníficos: Luxor, Karnak, Edfu, Kom Ombo, Dendera, hasta llegar a la gran represa de Asuán y descubrir los templos recuperados de la tierra de Nubia, que hoy cubre las aguas del lago Nasser. Philae y Abu Simbel fueron trasladados –con el patrocinio de la Unesco– a tierra firme y reconstruidos piedra sobre piedra. Una obra colosal que en pleno siglo XX repitió la hazaña de Ramsés II, soberano de Egipto por 67 años, entre 1290 y 1124 a.C. Fue Ramsés quien levantó el gran templo dedicado a los dioses y construyó al lado otro más pequeño para su favorita Nefertari, consagrado a la diosa del amor: Hathor.
Hay un secreto e irresistible atractivo en la inmensidad del desierto, que sedujo por igual al Aga Khan, a Agatha Christie y a Peggy Guggenheim, la millonaria mecenas norteamericana que dejaba sus hijos al cuidado de las gobernantas del hotel Mena House, de El Cairo, cuando iniciaba sus largas travesías por el desierto en compañía de sus amigos. El Aga Khan hizo célebre el hotel Old Cataract Aswan y quiso ser enterrado justo al frente, en un mausoleo con cúpula que hasta no hace mucho era destino turístico. Nuestra sabia guía egipcia recomendó, en cambio, la visita a una aldea nubia, pueblo de amabilidad proverbial. Son grandes bailarines, de físico privilegiado y enormes ojos almendrados. Compartir un té Karkadi es una experiencia imperdible en un viaje iniciático a una tierra donde se conjugan de manera única e irrepetible la belleza y la historia.
Turismo cultural
Del dicho al hecho. La decisión estaba tomada, y nueve años atrás la Asociación de Amigos del MNBA inició sus viajes culturales siguiendo una modalidad que de manera informal crece en el mundo. El mejor modelo es el del MoMA de Nueva York, que gestiona sus proyectos en torno a la pasión por el coleccionismo. Nelly Arrieta de Blaquier, presidenta de los Amigos, con la colaboración de Antonina Becciu, supo imprimirle a este emprendimiento de turismo cultural un estilo de trabajo que prestigia la marca del museo y, al mismo tiempo, suma el capital de su experiencia personal. Los viajes temáticos tuvieron como primer destino las grandes capitales europeas y Grecia; luego el periplo se orientó hacia Rusia, con sus grandes museos y la poderosa atracción de la música intensa, que ha sido en los últimos años un imán para los viajeros. La ruta de los templarios fue el objetivo elegido en 2005, siguiendo una tendencia mundial de interés por estos caballeros cruzados que, desde su origen en Francia, cimentaron un imperio. Con la colaboración de especialistas y académicos, el programa de conferencias preparatorias se realiza en el Auditorio del MNBA. La entrada es libre y gratuita.
Datos útiles
Nombre oficial: República Arabe de Egipto
Población: 64.000.000 de habitantes
Capital: El Cairo (16.000.000 de habitantes)
Idioma: árabe. En las zonas turísticas suelen hablar inglés y francés
Moneda: libra egipcia
Salvo los provenientes de un puñado de países, el resto no necesita visado previo para ingresar en Egipto. El visado de turista se obtiene directamente en cualquiera de los puntos de entrada en el país.
Más datos: www.egiptomania.com






