El "amigo con pileta", una categoría que cotiza en alza
Zambullirse en el agua fresca mueve el deseo de los porteños, pero plantea ciertos códigos de convivencia
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Qué genio al que se le ocurrió hacer un agujero en la tierra, llenarlo de agua y tirarse de bomba. Pero más genio es el amigo que en plena ola de calor ofrece su cotizada piscina para recibirnos con una sonrisa. El "amigo con pileta" es un clásico de todos los veranos porteños: el que lo tiene lo contacta de inmediato; el que no, sale a buscarlo con intenciones ocultas. "Gran felicidad encontrarme con un amigo que no veo hace 20 años... y lo mejor: tiene pileta", tuiteó hace unos días @robtt ilusionado con el hallazgo. Pero, la situación de pileta provoca también un microuniverso de convivencia, reglas y relaciones. ¿Qué siente la persona a la que de repente le llueven los llamados de amistades a partir de diciembre? ¿Es lo mismo caer a la pileta de un amigo de un amigo? ¿Se puede repetir dos fines de semana seguidos? En caso de ser el anfitrión con piscina: ¿los amigos de la pareja tienen prioridad o al revés? Éstos son sólo algunos de los interrogantes que plantea el "factor amigo con pileta".
Maximiliano Ríos, programador de software desde hace 20 años, tuvo pileta durante siete años; los últimos cuatro, en un country de Pilar: "Venía todo el mundo. La excusa más frecuente era el asado, pero llegaban a casa casualmente en malla y ojotas", comentó a LA NACION. Martín Espina, 41 años, director de televisión, redobla la apuesta: "La usan más mis amigos que yo". Y Paula Rodríguez, locutora, 32 años, le imprime algo de ternura al asunto. Tuvo pileta desde los tres hasta los 23, cuando se fue de la casa de sus padres en Santa Rita, Boulogne. Desde entonces la usa los fines de semana, cuando va a visitarlos o cuando están de viaje y ella arma fiestas bajo el sol para sus amigos: "A mí me resulta supernormal. Con los años empecé a darme cuenta de cuánto la disfrutan aquellos que no la tienen y trato de invitarlos. Me encanta compartirla, parecemos niños en el mejor cumpleaños".
Una buena descripción para el efecto pileta surge de una consulta realizada a la psicoanalista Miriam Mazover, directora de la Institución Fernando Ulloa: "En general, los seres humanos idealizamos las situaciones placenteras. Y la pileta es el símbolo de una situación ideal; lo opuesto a permanecer encerrado, con horarios y formalismos típicos de la vida laboral. En verano, muchos fantasean con que la única solución para soportar esa rutina es aquello que se ubique en su extremo opuesto, como una pileta al aire libre. Y todo lo que esta idea encierra: «Sol, el encuentro con seres queridos en experiencias que no suelen darse durante el año. Esto va a ser fabuloso», piensan algunos, «nos vamos a redivertir», se ilusionan. Y tal vez la realidad les demuestra otra cosa", dice Mazover. Maximiliano recuerda que no tuvo demasiados inconvenientes en mezclar invitados, salvo en algunas situaciones puntuales: "Mi ex suegro se peleaba con mi ex cuñado y había que elegir cuál venía; o dos amigas distanciadas de mi ex mujer que no teníamos que juntar jamás".
A la casa de Gabriel Grosvald, 40 años, productor de comedia, también llegan más visitas en verano. Su pileta está en la terraza del edificio de San Telmo donde vive desde hace dos años. "Nunca había tenido una pileta y la uso mucho, pero no me trae conflictos. Vienen amigos o amigos de amigos. Si tengo que elegir entre varios, tengo una regla: los dos primeros que dicen que vienen, tienen prioridad." Natalí Baum, 32 años, licenciada en Relaciones del Trabajo y mamá de un nene de cuatro y una beba de uno, celebra la pileta como gran alternativa para cuando hay chicos. "Se entretienen todo el día en el agua mientras los grandes disfrutamos a nuestro modo."
Josefina Jolly, 29 años, empleada de una línea aérea e ilustradora, cuenta que, cuando estaba en 6° grado, sus papás les dieron a elegir a sus hijos entre ir a Disney o hacer una pileta en su casa de Bella Vista: "En un inexplicable acto de lucidez, elegimos la pileta". Desde entonces, el asunto funciona así: "Durante el año dejamos que se pudra porque es mucho trabajo mantenerla limpia y sólo la usa el perro, a quien no le importa cómo esté, se tira igual. A partir de noviembre ya empiezan los preparativos para ponerla a punto, nos repartimos el trabajo". Para esa época, Josefina, quien ya no vive con sus padres, empieza a sentir la presión de sus amigos más cercanos: "Un zumbido constante de «vamos a la pileta, vamos a la pileta, vamos a la pileta»", dice, aunque no suele materializarse tanto porque, para algunos, la pileta salvadora queda lejos. "Es un programa de todo el día, así que hay que arreglar la ida, la vuelta, la comida, los mil artículos del verano, todo antes del mediodía. Muchas veces termino yendo sola y subiendo fotos a Instagram tomando algo desde la colchoneta", confiesa. ¡Cuánta gente querría acompañarla! "En una pileta soy más buena", tuiteó alguien; "Me quiero ganar una quinta", puso otro; "Tener un amigo con pileta cuenta como superpoder" y "Cambio Wi-Fi por pileta" son ejemplos de los tuits más faveados.
Los fines de semana de más de treinta grados se suceden como estaciones de tren, y la conspiración se consolida en el bando de los sin pileta: cadenas de mails, convocatorias por Facebook, grupos de desesperados por WhatsApp que intentan dar con el genio que les cumpla el deseo. "Me parece que los que tienen pileta desde siempre no dimensionan cuánto la valora el resto. Alrededor de ellos hay un universo de relaciones sociales que es muy tentador", dice Santiago Reboreda, 28 años, estudiante de Ciencias Políticas. Ricardo Rubistein, miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) y de la Internacional Psychoanalitical Asociation (IPA), lo pone en términos profesionales: "El amigo con pileta permite situaciones de mayor libertad y exclusividad que las que brindan otros entornos, como un club, por ejemplo. Cumple dos fantasías a la vez: por un lado, la satisfacción real de desahogarse, sentirse vitales; por otro, la sensación de pertenencia. Tener pileta remite a cierto estatus y quienes son invitados a usarla se sienten parte de esa experiencia de clase". En este sentido, Alicia Novick, directora del doctorado en Estudios Urbanos de la Universidad Nacional de General Sarmiento, explica que, desde hace diez años, se construyen amenities de calidad y se levantan edificios con piletas miniatura. "En estos casos, lo que verdaderamente se vende es una condición de estatus, no una posibilidad de recreación. A menos que se trate de torres completamente equipadas, los edificios con pileta son parte de un imaginario. Ayudan a sostener la ilusión de que estás viviendo en otro lado, un lugar mejor", sostiene.
¿Y Henri Matisse, el artista más influyente del siglo XX, junto a Pablo Picasso? ¿Qué elemento eligió para materializar un nuevo género en sí mismo dando vida a su obra más ambiciosa? ¿Un auto? ¿Girasoles? ¿El retrato de su madre? No. En 1952, Matisse hizo La Piscina, un collage que recrea el efecto de hallarse bajo el agua, en su casa de Niza. Una versión moderna de esta idea podría ser lo que hizo Pablo "el Negro" Martínez, 34 años, mensajero, para exprimir la enorme pileta de su casita de Ezeiza todo el año: primero se compró unos auriculares sumergibles y se pasó el verano nadando al ritmo de Pearl Jam. Cuando llegó el invierno no soportó la abstinencia, entró en Mercado Libre y se compró un traje de neoprene, como para surfear. Sus vecinos ya se acostumbraron a verlo apretado y brillante en agosto, como un buzo de petróleo que sale a la superficie cansado pero victorioso, como quien ha transitado otra dimensión.
No se sabe a ciencia cierta quién fue, pero las primeras piscinas (pileta es su nombre informal) que se construyeron para el ocio las hicieron los romanos, en inmensos complejos de termas que todavía existen, por ejemplo, en la ciudad de Bath, Inglaterra. Y los griegos, en enormes jardines compartidos donde la clase alta se encontraba para gozar de dionisíacas jornadas de? ocio.
Tantos siglos después, siguen siendo un invento maravilloso; especialmente cuando el calor empieza a sentirse como la amenaza de un verano que, como sucede en los últimos años, siempre es "el más sofocante de la historia".
Podemos decir que en septiembre ya empiezan a aparecer los primeros días de altas temperaturas y, como si fuera una especie de conjuro tácito, pareciera activar las terminales nerviosas de muchas personas que se lanzan a la búsqueda desesperada, la cruzada crítica del verano: conseguir al amigo con pileta.
Como en toda situación de relaciones humanas hay algunos aspectos que vale tener en cuenta tanto para el dueño de la pileta como para el invitado:
Si se disputan lugares en la pileta propia, una buena forma de zanjar el asunto es que el primero que confirma asistencia tiene prioridad. Esto disminuye los conflictos a la hora de aceptar a unos amigos antes que a otros.
Si uno es el invitado, es clave, fundamental, primordial, crítico no llegar con las manos vacías. Si la jornada de pileta es después del mediodía, el invitado debe asumir que la merienda corre casi por completo por su cuenta. Si la invitación es para todo el día, hay que coordinar con el dueño de casa el tema del almuerzo y proponer opciones que no signifiquen demasiado trabajo.
Contemplar la posible presencia de familiares de los dueños de casa y, en ese caso, incluirlos en la reunión social sin que se generen "grietas" generacionales en un espacio común.
La excusa más utilizada por quienes no desean tener invitados es bastante clásica: "La pileta es chica". Contra eso no hay remate posible.
Los niños cuentan siempre como personas adultas.
Colaborar siempre con el anfitrión (por más que no lo exija) para que no se sienta un esclavo del grupo.






