
El calor paradisíaco de la isla de Waiheke

La Isla de Waiheke se dejó ver desde la altura. Desde el viejo hidroavión que me transportaba desde Auckland, la ciudad más importante de Nueva Zelanda, podía ver a unos kilómetros el contorno de su costa mientras sobrevolábamos el cráter de un volcán todavía activo.La vista del golfo de Hauraki (viento del norte en Maori) era espectacular. El agua era de un azul perfecto y la temperatura estaba en unos ideales 24 grados. Pequeñas ráfagas de viento jugaban con el avión que, gallardamente, no se inmutaba.El piloto ya pedía la autorización para amerizar y, al mismo tiempo, me señalaba el punto en el cual íbamos a tocar agua: la bahía de Oneroa, apuntando la nariz del avión hacia el sector más calmo y resguardado del lugar.Todo me parecía increíble. Hay una cierta sensación especial al volar: lógicamente no fuimos preparados por la sabia naturaleza para hacerlo por nuestros propios medios y nos hemos hecho aliados de la tecnología y el desarrollo, pero si a esto le sumamos la oportunidad de terminar un vuelo increíble, con algunas de las vistas más espectaculares de la Ciudad de las Velas y su bahía, las islas y sus volcanes y la inmensidad del océano Pacífico, a punto de posarnos sobre las aguas de una de las playas más lindas del hemisferio sur, se transformaba en algo único.Ya me habían avisado que era necesario no llevar pantalones largos puestos porque el trayecto del avión a la playa se hacía a pie, por lo cual me puse unos shorts y, previo saludo de agradecimiento al piloto y cargando mis petates sobres mis hombros, descendí del aeroplano.En esos días de mucho calor creo que conocen o imaginan conocer la sensación que uno siente al hundir los pies en un cuerpo de agua fresca y cristalina. El efecto creo que es automático: una sonrisa seguida de un suspiro de alivio. En ese estado mental me encontraba al realizar mi lenta caminata de 20 metros, con el agua por las rodillas, hacia la línea de arena. Veía sobre las colinas circundantes de la bahía decenas de casas de diferentes estilos arquitectónicos con techos de diversos colores y grandes ventanales. En la playa misma los locales ya disfrutaban de una media mañana a puro sol y, uno de ellos, mejor dicho una de ellas, me saludaba dando grandes manotazos en el aire.Michelle, conocedora de todo, ya me había preparado el plan del día.En su auto, con una gran oferta musical –debo decir– recorrimos el trayecto sinuoso que cruzaba el pequeño y pintoresco centro de la ciudad, Oceanwiew Rd., con sus tiendas, boutiques y restaurantes, para llegar a Onetangi. Allí almorzamos en StonyRidge, una casa de campo rodeada de viñedos y con una cocina liderada por Connie, una argentina con trayectoria y una mano especial para la cocina, casada con un ex embajador kiwi destinado a la Argentina que había pasado su infancia en Saladillo, provincia de Buenos Aires.De esta manera se pasó la tarde: con anécdotas, cuentos y muchas historias sobre el desarrollo de la isla, amén de comida y buenos vinos, entre los que se encontraban sorprendentemente etiquetas de malbec locales.Así nos despedimos, ya como grandes amigos y promesas de retorno, e intercambiamos números de teléfono.Como la playa de Onetangi quedaba a cinco minutos, decidimos hacer un stop para reponerse de semejante almuerzo.Los pies en la arena, el agua calma y transparente, el sol ya descendiendo de su cenit… Una verdadera postal de ensueño.La historia sigue, lógicamente. Todavía no les he hablado de Peter y Caroline, un ex marino y su mujer, quienes fueron mis anfitriones durante unos días en la isla junto a sus perros Isla y Favio.Pero esa es otra historia y por el momento los dejo con esta última postal.
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