
El chevalier servant: soldado del amor y la belleza, llevaba con cuidado y maestría su hacer señorial
Un chevalier servant o sigisbée era, en la nobleza del siglo XVIII de Italia y Francia, un caballero, acompañante de una dama casada, soportado con humor y beneplácito por su marido, que, siendo ya bastante mayor, le daba lugar, cargo y tolerancia social en la intimidad y en lo público para atender a su esposa en viajes y eventos sociales, como así también para su levedad y esparcimiento en los placeres de alcoba.
Inspirado en La cartuja de Parma, de Stendhal, este hombre que les presento ocupa mis pensamientos. Luego de una vida licenciosa y disoluta decidió, en el modernismo del siglo XXI, ofrecerse como caballero de compañía de una acaudalada dama que transcurría sus días entre su palacio citadino y una estancia remota con un extenso parque de diseño francés que había ejercido una profunda influencia sobre la moral de toda la familia. Las vistas, con sus distantes montes de robles, plátanos, ceibos y ombúes, trazaban inspiradas perspectivas entre las lagunas, estanques y fuentes versallescas, dando templanza para el alma y sosiego a la razón. A lo largo de las décadas fueron iluminando a generaciones y amistades.
Su arte, ligado en manierismos, con protocolos de Estado, suspiros de boudoir o métrica académica, comenzó a mantener a raya los ánimos de la señora, a quien acompañaba a ver las colecciones de moda o a la ópera, siempre entre suspiros de lingerie, enormes floreros de Baccarat y estrictos tailleurs de lanilla de Chanel.
Soldado del amor y la belleza, llevaba con cuidado y maestría su hacer señorial; ya compañero devoto, ya amante de lujurias, tomaba su hacer con los honores y gloria que su vida salaz le había legado.
Forjado en una educada alcurnia, poseía un carácter de perfecta y medida distancia, era un reflejo de su percepción del agrado. Su persona esgrimía un misterioso halo de comprensión, como si le hubieran volcado dentro los detalles más minuciosos de la condición humana.
A veces al verlo, silenciosamente en un mullido sillón, parecía tener una atención que focalizaba no sólo en las conversaciones, sino en cada movimiento de manos. Cada gesto ajeno pasaba por su atención. Cuando algo lo conmovía se veía en sus labios un movimiento casi imperceptible, un respingo que no lograba ocultar, un gesto casi sensual que delataba una nobleza, una estirpe, no de cuna, pero de magias y hechizos. Un alquimista de la vanidad y del intelecto. Heredad lograda en una vida de observación. Podía ser esclavo o rey, hombre o mujer, ya que su delicadeza viril tenía suaves y frágiles pinceladas, que aunaba ambos y opuestos mundos.
Sus ojos, sus manos, sus piernas cruzadas, sus zapatos lustrados eran todos símbolos de un halago a la belleza, un arte forjado en décadas de presencias palaciegas.
Varios idiomas, pronunciados con realeza y dicción, formaban parte de una elongada compilación de atributos, una templanza fraguada con yunque y cincel en las praderas de alfalfa y trébol de su niñez, cuando la hora no valía más que una brisa.
Siempre atento a los placeres epicúreos, trazaba con extremo cuidado los menús, la calidad de los insumos, como así también el desarrollo y acoplamiento de los contenidos de las bodegas, cristalerías y porcelanas. Todos los días pasaba por el salón de lavados y roperías, donde la blanquería ocupaba su lugar de predilección, eligiendo sábanas y manteles que hacían suspirar a huéspedes e invitados.
Ya de noche cuando la señora ocupaba galantemente su cama de baldaquino, el le leía con perfectas pausas, Las mil y una noches, de una primera edición en traducción de Richard Burton.
Sí, la vida les había otorgado con pausas una amitié amoureuse, convenida.







