El club de los barbados

Tres barbas emblemáticas cruzan navajas como símbolo del regreso del club social de caballeros. Una renovada búsqueda de la masculinidad sin afeites
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8 de septiembre de 2014  • 17:45

Fuente: Brando - Crédito: Fernando Dvoskin

"En este sillón todos se igualan". Recostados sobre el respaldo de cuero, los cuellos acogotados por una navaja aceptan mansitos el argumento indiscutible: "No importa quién seas ni qué hagas, tenés las mismas venas que todos… y pelos bastante parecidos", concluye el barbero Fernando Elo, cerebro (¡y músculo!) de Salón Berlín, la peluquería "más enterada de Buenos Aires", al decir de un animador radial, porque confirma dos fenómenos: el regreso del club social de caballeros –con un bar y una mesa de ping-pong que alientan al diletante en la demora del regreso al hogar– y la vuelta definitiva de la barba como ícono de la masculinidad sin afeites.

"Después de haber probado las distintas posibilidades que tuvo el hombre, por fin volvemos a las fuentes", se alivia Elo. Junto a él asienten otras dos barbas famosas: la del cocinero Fernando Trocca y la del cantinero Tato Giovannoni. Con sus milanesas reinterpretadas o sus aperitivos de receta centenaria, tres padres de familia (y fanáticos de Boca) que rescatan el valor de lo clásico. Si es cierto que el furor por las barbas discute el arquetipo del metrosexual ( "con Cristiano Ronaldo como máximo exponente", confirma Giovannoni) y de su sucesor, el spornosexual, todos lampiños y hasta depilados en el afán de un juvenilismo que extermina pelos para conseguir la tersura de la piel infantil, el vello facial se propone como marca generacional y, aun así, regreso a lo viejo.

"Cuando alguien en el futuro escriba una novela ambientada en los albores del siglo XXI, el retrato mayoritario que se haga de sus habitantes masculinos incluirá pelo en sus caras", publicó la revista Esquire. ¿Ya nadie se afeita? Acaso sea una necesidad de diferenciarse de padres y abuelos, siempre bien rasurados como ejemplos de pulcritud y decencia, y de parecerse más a los bisabuelos.

"Está de moda todo lo vintage y la barba acompaña ese look", opina Trocca, él mismo un dandi de la vieja-nueva escuela. Según Elo, los hombres visitan su peluquería en búsqueda de "cortes, bigotes o barbas simples, y de clásicos, muchas veces con fotos de 1920 o 1930". Ahí cuando la modernidad tenga una exigencia de artificio para dar el último grito, hoy se aprecia más lo auténtico.

"Después de la explosión de la cocina moderna con sus espumas, hay una revalorización de lo simple, para poner el foco en cosas más importantes que solo lograr un efecto –compara Trocca–. La modernidad ya no pasa por la técnica de crear cosas exóticas, sino por la calidad original del producto y por un regreso a lo natural". Lo mismo ocurre en las barras, donde los habitués más jóvenes descubren las libaciones que tomaban sus abuelos mientras jugaban al dominó en un club de barrio: el aperitivo o la grapa.

"No sé cómo se conecta el hecho de que en tantos lugares del mundo los hombres tomen como proyecto personal dejarse la barba", se sorprende Elo. En Salón Berlín, la pizarra con letras blancas resume una filosofía en lenguaje universal: "Shave like a real man". Si otra herencia de los noventa fue la fusión de las peluquerías femeninas y masculinas, con la pérdida del lugar de referencia social para que el hombre hable de sus cuitas, acá se alienta el cotorreo viril (aunque el cartel ruegue: "Ni religión ni política").

Agobiado por las exigencias de la vida urgente, el hombre encontrará en el salón un refugio; y en la barba, una inocua indolencia. "En un restaurante o en una peluquería, quiero que me traten como lo que soy –exige Giovannoni–: un señor".

FERNANDO ELO, BARBERO

Fuente: Brando - Crédito: Fernando Dvoskin

"Tener una barba implica mucho cuidado y personalidad también"

Entre toallas calientes y piedra de alumbre (un after shave natural que hace traer desde Marruecos), Fernando Elo es la navaja maestra de Salón Berlín, la peluquería y barbería masculina que actualiza el "salón de caballeros". Con su compañero Chopper, tiene bajo su filo los cuellos más notables de Buenos Aires: músicos, empresarios o periodistas que cuidan sus barbas con aceites, champús y cepillos de cerda, y que eternizan la tarde junto a una barra bien regada y una mesa de ping-pong que animó legendarios desafíos.

Elo cree en una "Internacional del Estilo", que emparenta su salón con otros de Londres o Nueva York: "Es sorprendente ver que en el mundo las barberías tienen los mismos cuadros y las mismas pizarras o un barber pole (el típico cartel cilíndrico que las identifica) como el nuestro, que es de 1936 y lo rescatamos de un sótano". En el afán de compartir un saber, Elo ahora dicta cursos sobre el cuidado de la barba: "Tiene que ver con lo familiar, con haber visto a padres o abuelos hacer del afeitado un ritual. ¿Cuántas escenas de películas transcurren en barberías? Cientos. Y eso es algo que los tipos de cuarenta años nunca pudieron experimentar".

FERNANDO TROCCA, COCINERO

Fuente: Brando - Crédito: Fernando Dvoskin

"Es raro un cocinero con barba –concede Fernando Trocca–, pero la uso desde hace muchos años"

El dandi de los fogones reinterpreta milanesas o tortillas en un regreso a las recetas clásicas y, aunque asuma que la cocina debe ser un laboratorio ("un lugar impecable") y que, probablemente, el chef de muchos restaurantes no dejaría que sus cocineros usaran barba, él la lleva con orgullo.

Sibarita aun de las peluquerías, es habitué de Murdock en Londres (adonde viaja con frecuencia para supervisar la carta del restaurante argentino Gaucho), un refinado salón masculino con una línea de productos dedicados a cuidar los pelos faciales. Pero vivió su epifanía en una barbería londinense atendida por hindúes y paquistaníes: "Son expertos en el cuidado de las barbas. Te preparan la cara con toallas calientes, te afeitan con navaja y lo mejor llega con el hisopo: lo encienden y con él te queman los pelitos rebeldes de la frente o las orejas. Te dan golpecitos con mucha técnica. Si el hisopo se queda un segundo más, ¡te prenden fuego la cabeza!".

TATO GIOVANNONI, CANTINERO

Fuente: Brando - Crédito: Fernando Dvoskin

"Uso barba de toda la vida, pero todavía hay gente que me mira y me dice: ‘Ah, ¡te dejaste la barba!’. Es que ven más y más gente con pelos en la cara y entonces ahí se dan cuenta"

Con la mayoría de edad, Tato Giovannoni abandonó la exigencia escolar de la afeitada.

"Tengo barba desde los 18, me la saqué, me la dejé, me la teñí…", dice. Ahora, radicado en Río de Janeiro (tal vez la ciudad de la belleza más decadentista de Sudamérica), Giovannoni advierte que los jóvenes vuelven a fumar en pipa y que, en las barras, se imponen los tragos "de hombres": los whiskys, los aperitivos, las ginebras y, con ellos, la revalorización del cantinero como custodio de un expertise masculino, con el libro del venerable Pichín como biblia.

"Hubo una vuelta a la coctelería clásica también desde el look, con bartenders de bigotes, tiradores o moñitos", confirma Giovannoni: " Algunos solo se visten como señores, pero se olvidan de cómo debe comportarse un caballero. No es tan importante lucir como en los años treinta, sino cómo atendés al cliente". ¡Salud!

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