
El contraluz de la envidia
Señor Sinay: ¿Se puede escribir y reflexionar algo acerca del envidiado, acerca de los prejuicios y las supersticiones que caen sobre él? Todo lo que conozco y he leído en cuanto a la envidia hace referencia sólo al envidioso. Adolfo Dabat
Si es poco lo que nuestro amigo Adolfo escucha o conoce sobre el envidiado se debe a que, en la dinámica de la envidia, éste es apenas un detonante, un pretexto. Lo más rico e interesante, desde el punto de vista emocional, se produce en el envidioso. Pocas emociones tienen peor prensa que la envidia, de manera que quien la padece afronta un doble trabajo. Por un lado debe cargar con la ira, el malestar y la impotencia que le provoca la presencia del envidiado, o su sola mención. Por otra parte, está obligado a disimular, a fingir que no siente lo que siente para no ser descalificado. A juzgar por los rostros y declaraciones, parecería que nadie es envidioso, que todos somos apreciativos respecto de los logros y posesiones de los demás. Pero hay un viejo refrán que recuerda que "si la envidia fuera tiña, cuántos tiñosos habría".
La envidia es una emoción y, como tal, tiene dos características esenciales. En primer lugar, es ajena a la voluntad. Las emociones no se planifican, no se convocan cuando uno desea ni se suprimen con un chasquido de los dedos. En segundo término, como todas las emociones, también la envidia cumple una función. Las emociones son energías a través de las cuales nos expresamos, descubrimos aspectos de nosotros mismos, registramos necesidades o posibilidades, nos vinculamos. Cuando, en el siglo III antes de Cristo, el historiador griego Diógenes Laercio decía que "la envidia es causada por ver a otro gozar de lo que deseamos", daba en la tecla. Lo primero que la envidia viene a recordarnos es que hay en nosotros un deseo, un proyecto, una aspiración o un propósito que no se ha cumplido. El envidiado lo ha hecho, nosotros no. Ante eso podemos enojarnos con él, dispararle maledicencias o sospechas y denigrarlo, o preguntarnos qué podemos hacer por aquel deseo, aquel proyecto, aquella aspiración, aquel propósito. ¿Están a nuestro alcance? ¿Son aún posibles? ¿Qué necesitamos para cumplirlos? Acaso sea difícil lograrlo, pero seguramente el empeño nos pedirá energías que hoy están embargadas en el resentimiento con el envidiado. Las emociones no se eligen, pero sí pueden gestionarse.
La envidia provoca, en principio, dos sensaciones que suelen hacerse inconfesables. Vergüenza y dolor. Vergüenza instintiva por sentirnos menos que el envidiado y por no haber podido o no haber sabido cumplir con lo pendiente. Dolor por verlo realizado en el otro. Ambos sentimientos pueden ser ocultados de modo permanente, hasta hacerse tóxicos, o pueden convertirse en impulso y determinación puestos al servicio de aquello que está pendiente en nosotros. Esa conversión no es fácil: se trata de un proceso que requiere buenas dosis de conciencia, autoaceptación y humildad.
Marco Tulio Cicerón (106-48 a. C), extraordinario orador, filósofo y político romano, señaló: "Nadie que confía en sí envidia la virtud del otro". Posiblemente esa sea una función de la envidia: ponernos de cara a nosotros mismos, llevarnos a desarrollar nuestros recursos, fortalecer el sutil e impalpable músculo de la autoestima. Negar la envidia cuando la sentimos puede privarnos de un interesante y enriquecedor proceso de autoexploración. Y sentir envidia no significa, necesariamente, desear el mal o el fracaso o el dolor del otro. Porque sí hay una envidia "sana", como suele decirse. Es aquella que, sin reprimir el dolor por lo que no logramos, puede reconocer mérito en el logro del otro. Otra cosa es entender ese éxito ajeno como algo personal, que "se nos hace". Eso abre el camino del resentimiento, desgasta, nos saca de nuestro eje y no tiene solución, porque no podemos ser el otro, sino quienes somos. Hay, sí, quienes ostentan sus logros con fines de humillación. Pero ese es otro tema. El de la soberbia, que empequeñece cualquier éxito y lo vacía de sentido. Con frecuencia se ha descripto la envidia como manifestación de una maldad innata en el ser humano. Es una interpretación dualista, que califica las emociones en negativas y positivas. En mi opinión, de esa manera se pierden mensajes importantes y necesarios que las emociones suelen traernos al manifestarse. Para quien no la barre debajo de la alfombra (actitud que sólo lo llevará a convivir con ella en malas condiciones), la envidia puede ser también una oportunidad.
El autor responde cada domingo en esta pagina inquietudes y reflexiones sobre cuestiones relacionadas con nuestra manera de vivir, de vincularnos y de afrontar hoy los temas existenciales. Se solicita no exceder los 1000 caracteres.






