El coraje guaraní en Mbororé

Año de 1641
- -Quemadlo todo.
Los hombres encendieron antorchas que chisporrotearon en la oscuridad. El fuego ardió en aquellos surcos y sementeras que con tanto esfuerzo habían cavado en la tierra, y la cosecha quedó convertida en cenizas. Hasta la lluvia les brindó apoyo, retenida en los relámpagos que iluminaban la noche. El invasor padecería hambre, si avanzaba. Ése fue el plan del Padre Altamirano, y los guerreros obedecieron la orden de su protector sin chistar. Estaban todos embarcados en la misma misión, la de pararle los pies a los bandeirantes del Brasil, que pretendían las tierras de la Guayra.
Las canoas retrocedieron en silencio río abajo, amparadas por la tormenta, seguros los guaraníes del rumbo que llevaban. Movían en acompasado ritmo los remos, respiraban al unísono, las miradas fijas en la figura erguida del monje que navegaba escudriñando la espesura, alerta ante el posible ataque furtivo. Llegaron adonde el resto de las tribus los aguardaban, listos para la batalla. ¡Hasta las mujeres formaban fila en aquella resistencia heroica! Bellas hembras de renegridos cabellos lacios, ojos oblicuos y sonrisa ancha, asistían a los hombres con vituallas.
- -Vamos a confesarnos –dijo uno de los padres jesuitas al verlos llegar.
Y desfilaron ante los sacerdotes, uno por uno, aquellos estoicos guerreros que desde hacía tiempo confiaban su corazón a la fe de otras latitudes.
Al fin, el enemigo asomó su rostro y la batalla comenzó. Balsas y canoas avanzaron hacia el frente, precedidas por un cañoncito que vomitaba fuego mortífero entre las filas de bandeirantes y tupíes. Los paulistas no se rendían, pero sus fuerzas menguaban, y el coraje guaraní se mantenía en alto, como el estandarte de San Francisco Javier. Ya sin víveres y cargados de heridos, los invasores comprendieron que la batalla estaba perdida. Adonde dirigieran sus ataques, allí los esperaba la defensa guaraní, convertida en ofensiva. El fervor de la guerra hervía en la sangre de los caciques, que no otorgaban clemencia. Arcos, flechas, hondas, macanas, arcabuces y el temible tambetá, hicieron estragos en las filas del enemigo portugués.
Los mamelucos se disgregaron y huyeron, refugiándose en las orillas del arroyo Mbororé, y las partidas guaraníes, implacables, los persiguieron para ultimarlos. No hubo rendición posible.
La corona de España supo, aquella vez, de qué madera estaban hechos los indios de las misiones.
Se acabaron las bandeiras por largo tiempo pero comenzó la sospecha, y los rumores cortesanos sembraron insidiosas ideas que emponzoñaron la victoria de los valientes. Los gritos de guerra de Abiarú, Ñanguirú, Mbayroba… resuenan hoy en los recodos del río, sobre todo en las noches de tormenta.
(Nota de la autora: la batalla de Mbororé, primera batalla naval en Sudamérica, fue prueba del grado de unión de los guaraníes bajo la autoridad de los padres jesuitas. Fue también la chispa que encendió la idea de la expulsión de la orden, años después.)











