
Boardwalk Empire, la incursión de Scorsese en el mundo de las series, llega al final con una quinta temporada y la certeza de que un éxito no solo se mide en cantidad de espectadores
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Decía Martin Scorsese hace un lustro, en ocasión del estreno de Boardwalk Empire:"Lo que ha sucedido en los últimos diez años, especialmente con HBO, es lo que nosotros esperábamos que pasara a mediados de los años sesenta con las películas hechas para televisión: esa clase de libertad para crear mundos, historias y personajes de largo aliento". Con esa declaración, el realizador de Taxi Driver parecía darse permiso para participar como productor y también como director del episodio piloto de la serie, una oferta arrimada por el creador y guionista del programa, Terence Winter, e imposible de rechazar dado lo ambicioso de su producción, el momento histórico elegido y el lugar donde se desenvolvía la trama: la época de la Prohibición en Atlantic City, la ciudad del juego.
Reverenciado por su participación decisiva en Los Soprano, Winter halló en el libro Boardwalk Empire: The Birth, High Times, and Corruption of Atlantic City la base justa para reproducir unos años veinte no tan dorados. Algo así como el lado B de una época cuyo esplendor se vio ensombrecido por la Ley Seca y sus derivados. Las mafias nacidas alrededor del contrabando de licor, el doble estándar de las fuerzas de seguridad (una policía corrupta por el sistema, pero también un FBI dotado de agentes implacables en la lucha contra el delito), el surgimiento de temibles capos con agallas, dinero y poder de fuego para sostener el juego clandestino, la prostitución y demás negocios sucios, fueron suficientes no solo para convencer a Scorsese de su participación sino también para crear un aura de "acontecimiento" alrededor de una serie que encara su recta final con el estreno de la quinta y última temporada en la pantalla de HBO. En aquel momento lo fue, sin dudas: 4,8 millones de espectadores vieron su estreno.
Que luego la serie no lograra los niveles de audiencia esperados y el arribo de Game of Thrones, con su irresistible cóctel de épica, sangre, poder y sexo, la corriera definitivamente del centro de la escena, poco importó: ya desde el arranque había un personaje enorme al frente de la trama: Enoch "Nucky" Thompson (Steve Buscemi, en su papel consagratorio), hombre fuerte de la política en Atlantic City y centro de gravedad ficcional en el que convergerían todas las historias, incluso las que parecieran laterales o aparentemente sin relación con él. Otro atractivo del programa era tomar un personaje creado para la ficción como excusa para contar una historia verdadera, la del surgimiento de capos mafia como Arnold Rothstein, "Lucky" Luciano, Meyer Lansky, Bugsy Siegel o hasta el mismísimo Al Capone, cuyas carreras delictivas se templaron al calor de la Prohibición.
En la mayoría de sus apuestas a largo plazo, Boardwalk Empire resultó ganadora. El hecho de que algunos críticos la trataran de solemne, sosegada, abridora de demasiados frentes y lenta para el arranque no provocó ningún desvío en su camino por parte de guionistas y showrunners. A lo largo de cuatro temporadas, los vaivenes de Nucky –de político promedio a gánster temible, de esposo dedicado a depredador sexual– marcaron el compás de la trama.
Lo vimos prohijar al atormentado Jimmy Darmody (Michael Pitt) y luego –tras la traición de este– matarlo como a un perro; supimos de su acto de misericordia con la sufriente Margaret Schroeder (Kelly Macdonald), quien fue primero su amante, luego su esposa y, ya al final de la cuarta temporada, solo una dama de compañía; lo observamos moverse sinuosamente entre sus colegas de la política, soltarle la mano a su mentor o a su hermano, ser héroe y antihéroe. En fin, asistimos a cada uno de sus actos de manipulación y también a sus arrebatos de inesperada humanidad.
Como contrapartida, también observamos cómo ese puñado de capos que la Ley Seca cultivó, y luego serían el azote de la opinión pública durante las dos décadas posteriores, era su exacto espejo. Ahí nomás, remontando el Atlántico, en Nueva York, Nucky Thompson los tuvo siempre a ellos, sus enemigos más peligrosos, esperándolo para una contienda final.
Esta temporada definitiva arranca cuando la acción se traslade siete años adelante, a 1931, en el meollo de otro acontecimiento que tipos como Nucky supieron aprovechar: la Gran Depresión. Finalizada la Ley Seca –y, con ella, el esplendor de Atlantic City–, el protagonista recordará sus comienzos en la ciudad balnearia para poder resignificar su presente y entronizar una carrera al son de los nuevos tiempos, ya en la Gran Manzana.
Seguramente, con el preciosismo visual y la sequedad narrativa que fueron marca de la serie durante 48 capítulos. Habrá sangre (obvio) y más muertes, como aseguró Winter: "No puedo prometer nada a nadie. Animales y niños son los únicos intocables, pero pasará lo que tenga que pasar. Lo bueno es que sabíamos exactamente el punto al que queríamos llegar".
La coherencia ante todo.






