El diablo pide perdón

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13 de noviembre de 2020  • 13:31

Apenas un movimiento de su cabeza determinó por más de tres décadas quién estaba destinado a triunfar y quién no en el mundo de la moda. Así quedó inmortalizada por Meryl Streep en el personaje inspirado en ella de El diablo viste a la moda (2006), del que, si bien renegó, fue el que la hizo popular mucho más allá de los dominios de Vogue. Anna Wintour dirigió "la biblia de la moda" desde 1988, primero, como editora en jefe, y desde 2013 como directora artística de la editorial Condé Nast, a cargo de todos sus títulos. Lo hizo con pulso firme, sabiendo que tenía el poder de crear tendencias universales y usándolo con discrecionalidad de reina.

Jamás en su carrera pidió perdón, ni siquiera después de defender a su amigo John Galliano cuando fue despedido de Dior, en 2011, por las difusión de sus declaraciones antisemitas. Jamás, hasta ahora. Quizá, porque si algo ha sabido Wintour para mantenerse vigente a lo largo de estas tres décadas es leer el humor social, es que entendió que Vogue ya no podía seguir pasando sin disculparse el desafío de la blancura. El tradicional September Issue, el número de colecciones más esperado del año, fue una declaración en ese sentido: mientras afuera el movimiento Black Lives Matter tomaba las calles y las redes, en la redacción se cocinaba por primera vez en la revista un número de 316 páginas con el trabajo de una mayoría de artistas, modelos, fotógrafos y redactores negros.

Aunque la eterna supermodelo Naomi Campbell siempre le agradeció a Wintour el envión en su carrera, eso parece haber sido apenas una rareza en el camino de las tapas de Vogue. El año pasado, un ensayo visual que analizó con algoritmos 19 años de archivos de la revista para ver el color de la piel de las modelos de tapa descubrió, por ejemplo, que, entre 2000 y 2005, sólo tres de 81 modelos fueron negras.

Una nota de estos días de The New York Times se preguntó desde el título si acaso el impulso por la diversidad de Wintour no llegó demasiado tarde. La nota revela que la célebre editora le había mandado un mail a sus empleados en junio: "Quiero decir lisa y llanamente que sé que Vogue no ha encontrado suficientes maneras de elevar y darle espacio a editores, escritores, fotógrafos, diseñadores y otros creadores negros. Hemos cometido errores también al publicar imágenes y textos que han sido hirientes o intolerantes. Asumo toda la responsabilidad por esos errores".

¿Qué fue lo que cambió para que una mujer que ni siquiera pensó dos veces antes de defender a un antisemita acepte sus errores del pasado y esté dispuesta a cambiar, cuando siempre fue ella la que dijo -sin que nadie se atreviera a cuestionarla- como debían hacerse las cosas? Tal vez sea que en el último tiempo Anna vio rodar demasiadas cabezas a su alrededor. La respuesta parece evidente: hasta el diablo teme hoy ser cancelado.

De hecho, la propia Vogue, tanto en su versión norteamericana como en las ediciones producidas en Europa, lleva años procurando convertir cada número mensual en un statement, en un pronunciamiento público de corrección política en el mundo de la moda y más allá también, porque los títulos secundarios en sus portadas dedicados a temas políticos se convirtieron en tendencia durante toda la era Trump. La vieja revista, fundada en 1892 y en manos del grupo editorial Condé Nast desde 1909, se comporta como una aristocrática señora de Park Avenue desesperada por ser aceptada entre las amigas universitarias de su hija, más cómodas en la diversidad de Williamsburg. En un mundo editorial en crisis, la biblia de la moda busca sostener su relevancia y vigencia entre las exigentes audiencias digitales, siempre dispuestas a dictar sentencia inmediata en las redes sociales.

Wintour sabe también muy bien que su modelo de liderazgo ya no es aceptado en esta época, donde hasta Ellen DeGeneres debió pedir disculpas públicas por el maltrato que dispensó durante demasiado tiempo a sus colaboradores. A pocos días de celebrar su 71 cumpleaños, en la misma jornada en que los norteamericanos comenzaban a despedir a Trump, Anna es consciente de que los dorados años de sus excéntricas arbitrariedades han quedado atrás. Ahora el que juzga es el público y a ella solo le queda acomodarse sus anteojos Prada, pedir perdón y adaptarse. Más sabe el diablo por viejo que por diablo.

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