El enojo de Nicolás Avellaneda

Gloria Casañas
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2 de mayo de 2019  • 14:16

Ya todo está dispuesto y el Presidente se aproxima al estrado desde donde pronunciará su discurso. El público en el salón del Congreso Nacional aguarda, anhelante, y él, con la seriedad que lo caracteriza, despliega su tan esperado mensaje. Apenas comienza, la primera frase golpea en su cabeza como el martillo sobre el yunque. Quienes lo conocen bien, alcanzan a percibir el rictus de fastidio oculto tras su bigote, pero Avellaneda continúa con voz clara sin dejar traslucir nada de lo que lo perturba.

El contenido del mensaje es tan contundente como él, que sabe hacia dónde debe ir, aunque en ese camino se interpongan los obstáculos como troncos abatidos por el vendaval. Su antecesor Sarmiento, observador sagaz, había captado la fibra de voluntad que lo animaba; veía en el joven Nicolás Avellaneda al maestro de la Patria, por eso lo nombró ministro de instrucción pública durante su ejercicio. Ahora, el Presidente de la República es él, y le ha tocado apaciguar rencores, calmar disturbios, resolver entuertos económicos y conservar la mente fría para pergeñar su plan de educar y poblar, la meta que desde un principio marcó el rumbo de la civilización. "Tierras y escuelas", la consigna de Sarmiento.

El discurso llega a su fin. Resuenan vítores y aplausos entre sus partidarios. Los asistentes sonríen, satisfechos. Avellaneda calla y se dirige a su despacho en el Fuerte con el ceño adusto, ajeno al éxito que acaba de acuñar. Lo sigue de cerca su secretario, encargado de escribir de puño y letra las ideas del Presidente, que suele pasearse por el recinto con las manos tras la espalda, pensando en voz alta.

  • -Estuvo muy bien, doctor -se atreve a comentar, algo desconcertado por el silencio de aquel hombre de hidalga estirpe al que admira y respeta.

Avellaneda, el que acuna en su pecho el amor por tres provincias -la de su padre, la de nacimiento y la de su juvenil estudiantina-, el que en pocos años supo destacarse por su mente ágil y aprender de las desgracias en repentina madurez, el que fue brazo ejecutor de Sarmiento y la última palabra en asuntos de Estado, se vuelve hacia su secretario con el fulgor del alma rebosando sus ojos oscuros. Recién entonces el asistente capta que hubo un error, algo que a él se le pasó por alto y que el Presidente, dedicado con fervor a la educación, detectó apenas iniciado su discurso. Y se encoge antes de escuchar las palabras condenatorias:

  • -¡Me ha hecho empezar la frase con un gerundio!

( NOTA DE LA AUTORA: Nicolás Avellaneda se inició en la vida pública desde muy joven, y siempre tuvo como punto de honor en ella su esfuerzo por la educación. El binomio Sarmiento-Avellaneda hizo por el país, en cinco años, lo que a otros hubiera demandado décadas. Avellaneda ejerció la presidencia de la República en tiempos tumultuosos, entre 1874 y 1880).

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