
El Glaciar está más cerca
El nuevo aeropuerto internacional de El Calafate, en Santa Cruz, facilitó la llegada al Perito Moreno: una aventura al alcance de la mano
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Si el sol en realidad es verde -como dicen ahora los astrónomos- no deberíamos sorprendernos de que el hielo sea azul. El del glaciar Perito Moreno exhibe en algunas de sus partes, y de manera muy marcada, ese color tan propio de los sueños. El fenómeno se debe más que nada a la compresión: mucho hielo compactado produce el mismo efecto de un prisma o un vidrio de botella mirado al trasluz. Los amantes de la pureza extrema tendrán que resignarse, entonces a observar un hielo sucio de polvo de rocas, fuertemente azulado como el cielo de la mañana, por momentos turquesa, celeste o transparente, casi nunca blanco. El grandioso espectáculo que se ve desde las pasarelas, sin embargo, no es por eso menos conmovedor.
La sensación que se tiene es que, desde muy atrás, viene hacia nosotros un río de hielo encrespado, de formas caprichosas, para nada silencioso ya que de tanto en tanto se quiebra con grave y sobrecogedor efecto sonoro. Es, en efecto, una corriente helada de nieve endurecida que marcha lentamente hacia adelante, aunque lo hace tímidamente y no sin cierto grado de debilidad. Sucede algo similar a lo que les ocurre en estos años a los cascos polares; el gradual calentamiento del planeta vuelve impotentes a los grandes y antiguos bloques de hielo que estuvieron en el mismísimo origen de la actual conformación del paisaje terrestre. Crecen hacia atrás, para decirlo de algún modo, aunque algunos avancen en apariencia hasta cien metros por día. No por casualidad la última gran ruptura del frente del glaciar se produjo en 1988; las anteriores se habían concretado con una frecuencia puntual de cuatro años entre una y otra. Desde entonces lo monumental se tornó apenas fragmentario y, ahora, sólo quedan viejos videos con el testimonio visual de aquellas rutilantes quebraduras. Si bien los científicos consideran que el glaciar entró en un período virtualmente recesivo -parecería que después de la caída del Muro de Berlín se acabaron en el mundo las grandes rupturas de cualquier tipo y especie-, el Perito Moreno conserva el reconocido esplendor que tenía en los lejanos años cincuenta. Con todo, los pedazos de hielo que continuamente se desprenden de la gran masa helada suenan siempre como disparos de balas perdidas, fantasmales. Los bloques liberados se hunden con estrépito en las aguas frías del lago Argentino y generan olas fabulosas a su alrededor.
Antes -en rigor, hasta hace unos pocos días- había que viajar casi doce horas desde Buenos Aires para poder disfrutar del increíble show glaciario. Primero era necesario hacer tres horas de avión hasta la ciudad de Río Gallegos, capital de la provincia de Santa Cruz. Después, atravesando la desolada planicie patagónica -un desierto ventoso y amarillo interrumpido de tanto en tanto por matas bajas de pastos y manadas de guanacos-, debían recorrerse por tierra unos 300 kilómetros hasta llegar a El Calafate, una bien montada villa andina de 6000 habitantes que sirve de base a los visitantes del Parque Nacional Los Glaciares. Y desde allí, aún había que cubrir 80 kilómetros hasta alcanzar a ver de cerca la erizada piel del Perito Moreno. Uno llegaba feliz pero cansado, a hasta el punto que la visión del glaciar actuaba como descanso espiritual para un viaje físicamente extenuante.
Eso ha cambiado casi en su totalidad con la reciente inauguración del aeropuerto internacional de El Calafate. La nueva pista aérea facilita de tal forma la llegada de visitantes que la comunidad local espera un incremento por triplicado del flujo turístico habitual, hasta llegar a 250 mil personas en el año 2005. De concretarse esta cifra, una virtual invasión tendrá lugar muy pronto en torno del glaciar. Como primera consecuencia de la singular estampida, la ciudad-base va a tener que ponerse a tono con la situación y mejorar aún más su infraestructura y oferta de servicios y comodidades. También deberán conjurarse las amenazas que se ciernen para la adecuada conservación ecológica del Perito Moreno y sus alrededores boscosos. Ese desafío dejó de ser un problema teórico: hoy mismo debería ser resuelto por todos los interesados en mantener el lugar en condiciones óptimas.
"Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo." Algo similar a este célebre comienzo de Cien años de soledad -la torrencial novela de Gabriel García Márquez- podría decir cualquier protagonista del minitrekking que se organiza todas las tardes sobre la intrincada superficie del glaciar. La experiencia de conocer el hielo en una tarde más o menos remota, con ser relativamente breve puede resultar inolvidable para muchos. Caminar sobre el agua congelada no es nada fácil. El suelo es resbaloso, quebradizo, con pendientes, grietas, sumideros azules y hondonadas profundas. Pero la aventura tampoco es imposible. Alcanza apenas con tener ganas, una cuota de audacia y, sobre todo, grampones en los pies: son una especie de plataformas con afiladas puntas hacia abajo que uno se coloca alrededor del calzado antes de partir.
En el grupo van esta vez algunos suizos y españoles -viajeros poco acostumbrados a lidiar con espacios tan grandes- y, también, turistas ruidosos de esos que, con sus cámaras y sus gritos, no pueden estar quietos un segundo. Para empezar a caminar, primero nos embarcamos en el puertito denominado Bajo de las Sombras, ubicado a unos seis kilómetros del frente sur del Perito Moreno. El barco navega lentamente sobre el agua helada del brazo Rico, zigzagueando en medio de pequeños témpanos a la deriva. Esos bloques flotantes adoptan formas tan curiosas como las nubes en el cielo; sobre cubierta hay un concurso improvisado para determinar si tal o cual témpano adopta la forma de una mujer acostada, una mano abierta o una orquídea recién florecida. Al menos hay coincidencia en que el bloque más grande que acabamos de dejar atrás remeda una ballena con la cola bien estirada hacia arriba.
De pronto, el barco se acerca peligrosamente a la dura pared del glaciar, tan alta como el Obelisco porteño. Todos volvemos a ser niños en comparación con el paisaje. El azul del hielo enceguece tanto o más que el blanco. Una mujer dispara sus flashes contra el glaciar sin mirarlo ni una sola vez a simple vista. "¡Parece una postal!", exclama extasiada, acaso sin percibir que involuntariamente está denigrando la belleza que se propone ensalzar. Allá atrás un turista excesivamente inquieto pregunta si el famoso perito Moreno y que da nombre al lugar caminó o navegó como nosotros por este bonito lugar. Con paciencia oriental uno de los guías se ocupa de aclarar el punto. Hace 120 años, Francisco Moreno recorrió la ruta natural que rodea el lago Argentino; dotado de una curiosidad muy parecida a la sed, el tenaz perito remontó el río Santa Cruz desde el Atlántico en busca de sus nacientes y, al llegar al lago, intentó navegarlo. Pero las corrientes eran fuertes y lo obligaron a volver a tierra firme y reintentar la patriada con ayuda de valientes caballos. El hombre organizó tres expediciones más por el sur argentino, pero jamás alcanzó a divisar el gigantesco glaciar que hoy lleva su nombre.
Tenía que llegar el año 1914 para que el avezado glaciólogo alemán Federico Reichert se animara a intentar el cruce del glaciar por su mismísimo centro. Pero no tuvo éxito. Cuatro décadas más tarde un inglés apellidado Tillman tuvo más suerte: logró primero alcanzar el hielo continental desde el Pacífico. Inicialmente se internó en un fiordo con su velero y luego caminó 40 kilómetros hasta llegar, hielo mediante, al lago Argentino. Dicen en la zona que antes de emprender el regreso,Tillman se bañó desnudo en el agua casi congelada para celebrar el logro. Después de cruzar un cerrado bosque de lengas, guindos y coíhues, y luego de atravesar una playa de arenas grises y piedras volcánicas, nos encontramos con Juan Cristóbal Canale, el guía de montaña asignado para llevarnos hielo adentro. Nos da primero las instrucciones básicas: caminar en fila india con las piernas ligeramente abiertas para no enredarnos con los peligrosos grampones; no fumar, no arrojar ningún residuo al territorio del glaciar -consejo que algunos turistas olvidarán rápidamente- y no probar suerte por caminos que no fueran previamente avalados por los cuidadosos guías.
La caminata se inicia en medio de un silencio tenso. Sólo escuchamos el sonido de nuestra agitada respiración y el golpe seco de los grampones contra el hielo. La primera parada se produce en torno de lo que parece un ojo azul y congelado que nos mira fijamente. Es un pozo sin fondo que está rellenado de agua apenas descongelada. Beberla es probar agua mineral gratuita, pura, sin envase y en estado más que óptimo. Pasados quince o veinte minutos más de caminata exigente, algunos integrantes del grupo deciden, agotados por el esfuerzo, regresar a la base. Los demás seguimos subiendo y bajando pendientes, evitando grietas, pequeñas lagunas y seracs, que son masas de hielo resquebrajadas. Cuando pasan casi dos horas y por momentos sentimos que no podemos más, una sorpresa nos está esperando detrás de un recodo tajante: sobre una mesita de madera, muy al estilo surrealista de cierto insólito programa de Julián Weich, hay varias botellas de whisky, vasos donde los guías se apresuran a colocar hielo tomado del glaciar (obviamente hay de sobra) y pedacitos de chocolate para completar la extraña merienda. Brindamos todos no se sabe por qué milagro y el regreso, claro, se torna mucho más amable. Al volver al refugio pueden leerse los mensajes que anteriores viajeros han dejado escritos en el libro de visitas. "Vi el glaciar iluminado por la luna llena", ha escrito Paula, una mochilera que visitó el lugar unos meses atrás. "El hielo quema tanto como el fuego", estampó un turista inglés su poética observación en medio de todo tipo de inscripciones curiosas, simples y, muchas veces, emocionadas ante el paisaje por cierto apabullante. El retorno al puerto es lento y carece ya del entusiasmo que había en la partida. El guía se ocupa de aclarar que lo que vimos es apenas una modesta muestra de todos los glaciares que contiene el Parque Nacional, declarado por la Unesco, en 1981, como Patrimonio Natural de la Humanidad. Para que se tenga una idea de los tamaños en juego baste decir, a modo de ejemplo, que el orgulloso glaciar Upsala, con sus 595 kilómetros cuadrados, supera dos veces la superficie de la Capital Federal. Al Upsala se puede llegar en barco, recorriendo el brazo norte del lago Argentino. Hay que desembarcar en la bahía Onelli y caminar un kilómetro y medio a través de un bosque de altísimas lengas. En el camino de regreso se pasa muy cerca de un cerro lleno de condoreras. El cielo se cubre de aves gigantes, de vuelo circular, que abren sus alas como para protegernos del mal y la intemperie.
Punta Bandera es el puerto de salida de las embarcaciones que recorren minuciosamente el brazo norte del lago. Desde allí es posible atragantarse con una larga sucesión de glaciares grandes y pequeños. Además del Upsala están el Spegazzini, el Onelli, el Agassiz, el Heim, el Bolados y el Ameghino, entre otros. Todos ellos -junto con el Perito Moreno, el Grande y el Frías- conforman un sistema helado de casi 400 kilómetros de largo, compuesto en total por 45 ríos blancos, azules y helados, de los cuales 13 pertenecen al territorio argentino.
Y todos ellos, en realidad, son una muestra reducida de lo que fueron hace millones de años las grandes glaciaciones que tuvieron lugar en el planeta.
Visitarlos es, de alguna manera, presenciar la creación perfecta con la que soñaba Elal, dios supremo de los antiguos tehuelches que habitaban la región. La leyenda cuenta que Elal, cansado de producir tantos mundos maravillosos a la vez, eligió para descansar las pendientes del cerro Chaltén, rebautizado Fitz Roy en recuerdo del capitán inglés que llevó a Charles Darwin en su barco para recorrer el mundo.
Antes de regresar a Buenos Aires (el mundo por ahora está lejos) volvemos a pasar por la ciudad de El Calafate, hoy convertida -gracias al flamante aeropuerto- en un inesperado centro distribuidor de la cordillera austral. El pueblo, como se sabe, toma su nombre del pequeño arbusto llamado calafate, típico del sur patagónico; es un arbusto de hojas pequeñas, con flores amarillas en primavera y frutos morados en verano. La tradición asegura que todo aquel que tiña su lengua con la tinta indeleble de ese fruto volverá por más, tarde o temprano.
En todo caso -ahora- esa curiosa impronta del destino puede realizarse en sólo tres horas de avión y sin pasar necesariamente por Río Gallegos. Desde allí el glaciar Perito Moreno queda, como se dice, a un tiro de piedra.
El lujo de Los Notros
-Ustedes no tienen ni idea de lo que era esto hace apenas diez años.
La que habla es Viviana -una rubia alegre y voluntariosa-, esposa del francés Michel Biquard, el dueño de Los Notros.
Los Notros -arbustos comunes en la zona- es el nombre de la única hostería que hay frente al glaciar Perito Moreno, en un ambiente muy próximo a la magia y el remanso. Viviana recuerda que cuando ellos llegaron, en el lugar no había nada que permitiera imaginar una vida mínimamente civilizada. "¡Para cocinar o simplemente calentar agua teníamos que traer garrafas desde El Calafate -detalla-; para resolver el tema de los baños tuvimos que construir una pequeña planta de tratamiento; para tener teléfono debimos incorporar, con mucho esfuerzo y paciencia, un sistema de telefonía satelital!". Los Notros empezó como un puesto de venta de panchos y hamburguesas para los turistas ocasionales que se atrevían por ahí. El proyecto germinó cuando llegó una milagrosa inyección de 100.000 dólares y una oportuna red de contactos que les permitió a Viviana y Michel superar las limitaciones propias de querer disputar, no sin conflictos, un terreno lindero a un parque nacional. En octubre de 1991 ya estaban habilitados cuatro cuartos. Hoy son 32 las habitaciones, todas con vista al glaciar, al lago, al bosque y las montañas. Al año siguiente un violento incendio acabó con buena parte de la lujosa hostería.
Después, en 1994, la crisis del tequila volvió a poner en jaque la sobrevivencia del lugar. Pero la obstinación de sus dueños pudo más. Hoy, la hostería se ha impuesto como una opción de jerarquía para turistas con alto poder adquisitivo (se cobra un promedio de 300 pesos la noche); la empresa genera una facturación anual superior al millón de dólares. La atención es esmerada, la comida debe figurar entre las mejores que se sirven en la Patagonia y la comodidad de los cuartos no deja lugar a la crítica.
Viviana y Michel se jactan con buenas razones de estos logros, recordando por si acaso que ya visitaron Los Notros figuras como el ex embajador norteamericano Terence Todman; Alfonso Cortina, directivo de la empresa Repsol YPF; Enrique Pescarmona, y Guido Di Tella, entre muchos otros notables y notorios.
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