
El inconformista
Es el comentarista de fútbol del momento, pero no se ve en ese rol para siempre. Sueña con volver a pisar la cancha, como DT o manager: "Empecé a sentir que con esto no me alcanza"
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Diego Latorre (45) camina lento, con la prudencia del que avanza con ojos cerrados. Al llegar a la mesa apoya su morral negro sobre una de las sillas mientras sostiene con la otra mano un celular con la pantalla astillada, como un piedrazo que pegó en el parabrisas de un colectivo. No corregirá ni una respuesta durante toda la entrevista: elegirá cada palabra pellizcando el fondo del cajón hasta encontrar ese tornillito, único, que ajusta perfecto. Escucha, piensa y, recién ahí, se expone: ya no es el hombre de pique corto letal ni el arrebatado con ojos de vidrio que en los años 90 provocaba en una cancha de fútbol.

Hacías un gesto bastante fanfarrón, un más o menos cuando definías muy bien. Decías que era ponerle pimienta. ¿No existe más?
Está duro. Yo no me enorgullezco de lo que hacía, tal vez haya sido desmedido en algunos festejos, haya pisado el acelerador más de la cuenta. Hoy está mucho más sensible, hay una violencia verbal y real que supera lo que vivíamos nosotros. Algunos jugadores son conscientes de eso y se cuidan.
Dijiste que en otros países no se veía lo que se ve acá en los festejos de los goles: la dedicatoria a los detractores.
El jugador vive muy contenido en el fútbol argentino, en algunos casos, por el tema de formación y educación, es proclive a que todo eso lo afecte. En otros casos es por la agresión que hay con el jugador. Cuando sos chiquito te sabés especial, te guardan como en un cofre, te hacen sentir distinto y después te das cuenta de que ese mundo mágico no existe. No sos nada distinto ni especial, simplemente estás formando parte de una cadena para cumplir tu función. Eso es duro de asimilar. También sucede que se dicen cosas tremendas, se debate hasta graciosamente en programas con una ligereza que asusta.
Aunque en su época de jugador no existían tantos programas de TV de lengua fácil como ahora, cuando el periodismo comía abundante y rico lo hacía de lo mismo que ahora: de las historias distintas. Latorre tenía una: la gran promesa de Boca era un chico bien. No era el cliché del jugador salvador de su familia: su padre era comerciante de embutidos; su madre, contadora pública y él la rompía los fines de semana en el campeonato intercountries de Mapuche.
Días después de debutar en primera con un gol a Platense en 1987, Latorre fue a la facultad: estudiaba Ciencias Económicas en la Universidad de Belgrano. Allí conocería a su mujer.
¿Tu mujer, Yanina, pensó que eras Diego Torres?

[Se ríe] En esa época el jugador de fútbol no era como ahora, ella se movía en un círculo de gente que no sabía, no había la exposición de hoy. El jugador de fútbol era algo como muy..., no quiero caer en el comentario elitista, pero era algo marginal, era impensado que un pibe estereotipo del jugador de fútbol estudiara Económicas y saliera con una chica de Belgrano. Cuando ella les contó a las amigas que estaba saliendo conmigo creyeron que era Diego Torres. Fue un teléfono descompuesto. Diego Latorre-Diego Torres. Hasta le regalaron un CD.
El mito dice que eras un pibe de barrio cerrado, pero entonces el country no era lo que hoy, era casa de fin se semana. ¿Dónde vivías?
Está tergiversada la historia, aunque hay algo de realidad. Vivía en La Paternal. Si bien tenía un abuelo que había jugado en Racing, no éramos una familia futbolera, mis viejos tenían como prioridad el estudio. Por parte de mi madre tenía a mi abuelo futbolero, fanático de River, que me llevó a Ferro un día. Después, a los 13 años, cuando entré en Boca, ahí sí tenía una casa en un country, en Mapuche. Mario Zanabria llevó un equipo de Boca a jugar. Cuando me citaron para ir a Boca con otros tres –habíamos salido campeones del torneo– yo ya había jugado en Ferro (llegué hasta prenovena). Entre muchas cosas, no me gustaba hacer la parte física. El día que llegué había un micro preparado para llevarnos a todos los pibes a Ezeiza, a la olla. Temible, decías la olla y sabías que volvías muerto. Era un circuito con miles de subidas y bajadas. Llegué a casa y dije que no iba más. Estuve tres semanas sin aparecer. Los técnicos me llamaron, me veían condiciones y me facilitaron algunas cosas, como no ir los días en los que había entrenamiento físico.
¿Hoy hay más presión en la formación de jugadores en la Argentina?
Es muy compleja la psicología de los chicos, incidir en su mentalidad, porque su entorno es otro: los padres y los representantes quieren a sus hijos afuera, millonarios. Hoy leía a un filósofo español que decía que el joven ya no tiene curiosidad por aprender, sino que tiene necesidad de aprobar. Un poco pasa por ahí: quieren llegar a primera y cuantos menos obstáculos tengan y más simple se la hagan, mejor. Creo que hay una genética envidiable en la Argentina. Van a seguir surgiendo buenos jugadores, hábiles, con recursos, pero hay un déficit en la compresión del juego. La parte física ha invadido mucho el fútbol. La prioridad es que esté bien físicamente, postergando otras cuestiones. Eso está cambiando en el mundo y a la Argentina todavía le cuesta digerirlo.
Riquelme va de lesión en lesión y aun así…
Sí. O Verón, que alargó su carrera tantos años. Obviamente que hay más dependencia del físico a menor capacidad futbolística. Pero hay muchas maneras de que el jugador pueda progresar en el desarrollo del juego con un montón de ejercicios que le pueden aportar, no tanto haciendo las vueltas a la cancha, gimnasio; hasta los mejores entrenadores, de la corriente que te guste –Mourinho, Guardiola, Klopp– no lo consideran. Se viene una generación de entrenadores que aplican esas ideas: Cocca, Almirón, resistidos, porque todavía no encajan en el modelo de pensamiento actual. Si pierden un partido, son unos románticos: ¿Cómo van a salir jugando? ¿Por qué atacan tanto?
¿Tiene que ver con el discurso, después del 86, de que sólo vale ganar?
Entre otras cosas, sí. Puede ser peligroso porque te hace sentir un inútil cuando no ganás. Además, uno no está con el control remoto de los resultados, muchas de las cosas que salen en un partido surgen espontáneamente. Sí hay una planificación, una idea, pero la mayoría de las cosas salen.
¿Hiciste el curso de técnico?
Lo empiezo el año que viene, en febrero.
¿Por qué ahora?
Porque estoy sintiendo que tal vez en el futuro pueda dejar esto y arrancar… Yo soy muy inquieto y enseguida me aburro de las cosas. No es por no valorarlas, sino que necesito cambiar.

Tu faceta periodística tiene fin.
Tiene un punto final, sí. Hoy no me veo de acá a quince años así, pero no lo sé. Estoy en un lugar estable, no hablemos de bien o mal, no me siento amenazado, estoy satisfecho con lo que hago en cuanto a que no me absorbe todo el día, tengo las mañanas libres para entrenarme, que es lo que me gusta. Puedo hablar de fútbol, que también es lo que me gusta. Veo que los entrenadores, muchas veces, si bien deben de ser muy felices porque están en contacto con los jugadores y la ilusión de que tu equipo gane, juegue, lo mejor posible, también veo su mutación física después de estar cuatro años en un lugar. El semblante les cambia, envejecen mucho. Están sometidos a un grado de estrés que yo no tengo.
Pero no te molestaría tenerlo.
No lo sé. Es que alguien que se crió en el pasto, estar ahí… Sobre todo el tema de las decisiones y de ser parte de algo. En lo periodístico uno siente que es parte de un diario, de un programa.
Pero estás contando lo que hace otro.
Claro. Querer ser parte de los hechos: eso. Tener ese poder, eso se te va metiendo. Te da esa adrenalina de estoy haciendo cosas. Entrenador, manager, no sé qué rol voy a tener. Empecé a sentir que con esto no me alcanza.
Hoy sos el mejor comentarista en el fútbol argentino, pero vos querés poner los pies en el pasto. ¿Tenés miedo de que en lo que elijas no seas mejor?
No lo pienso así, no hablo de mejor y peor. Sí del lugar de desamparo, sentir que estás amenazado, que perdés esa seguridad. Si ahora hablo desde mi rol de comentarista en la televisión, puedo proyectar de acá a cinco años. En cambio en lo otro estás poniendo en juego el prestigio todos los partidos. Ése es uno de los puntos que me frenan, porque tampoco depende todo de uno. La capacidad y los resultados van por diferentes lugares. Acá –periodismo– no. Acá sé que soy dueño de mis actos y puedo explotar mi capacidad sin que esté en juego mi trabajo.
Aun así pensás en ser técnico.
Es un desafío.
Como entrenador estás mucho más expuesto.
Sobre todo por los factores externos. Los jugadores en el fútbol argentino van y vienen, es difícil acá hacer que tu equipo juegue como vos querés, con tu idea. Entonces eso es lo que me frena un poco. Pero a la vez soy un tipo que me la juego: nadie me firmaba un certificado de que iba a llegar a primera y dejé la carrera universitaria igual. Quizá dentro de tres años sea entrenador, está contemplado.

¿Te gustaría algún club en particular?
No, no. Tal vez sí me fijaría si tiene los jugadores con los que puedo hacer un proyecto propio. No hablemos de tres años, es una utopía, pero sí dos campeonatos, llevar o que estén los jugadores que yo creo que pueden respaldar mi manera de jugar.
Yanina contó que cuando jugabas mal no compraba el diario al otro día para que no te amargaras, ¿te armaba un diario de Yrigoyen?
[Ríe] No, me lo armaba yo. Es difícil jugar tantos años en Boca, en equipos grandes, si no te ponés ese tipo de escudo. Si tenés una mediana capacidad para razonar, es difícil soportar. Salís a la calle después de un partido y la reacción de la gente se te va encallando en el cuerpo. Ver cómo van al compás de eso te modifica. Yo antes era mucho más sociable, hablaba más.
¿Antes de qué?
Antes de todo esto, antes de lo que me pasó. Mis seis, siete años. Me fui metiendo para adentro, ya no salía, creé una serie de hábitos para contrarrestar.
El fútbol después de Grondona, ¿hay posibilidades de cambio?
Se necesitan planificación, organización, consenso, cambiar cuestiones de raíz. La sucesión de Grondona va a ser difícil porque era una persona que absorbía el poder y tenía adiestrado a todo el mundo, educado para el seguimiento de su doctrina. Su conducción era muy personalista y cada vez que alguien así deja esto hay incertidumbre.
¿Ves algún candidato?
Me gustaría Tinelli porque entiende de todo. Es un tipo de fútbol, de negocio, que a cada cosa que ha tocado le ha dado sentido comercial y hasta estético. El fútbol tiene sus reglas, pero creo que es un tipo que siente pasión por el fútbol y entiende y genera admiración, respeto. También me gustaría algo muy democrático, que se sienten a la mesa no sólo los equipos grandes; es tan importante el club pequeño como el grande. Que haya un reparto equitativo y que se tenga en cuenta el mapa.
Clubes fundidos, con contratos que no pueden afrontar. ¿Se podría hacer un tope salarial como hay en la NBA?
Sería viable. Parte del compromiso de los directivos también, no puede haber fútbol transparente con dirigentes corruptos e irresponsables. El presidente de la AFA debería hacer auditoría en todos los clubes, bregar por que las economías estén verdaderamente saneadas, que el fútbol no se pueda permitir pagar más de lo que puede y que el jugador se adapte a eso. Entiendo que si se mejorase el producto, el espectáculo, también las marcas contribuirían al contrato de los jugadores, a robustecer el fútbol.
Abuelo materno y mamá de River, abuelo paterno que llegó a jugar en Racing, mirabas los partidos de Ferro de Griguol desde la popular.
Sí.
¿De qué club sos hincha?
[Ríe] De Ferro, vamos a poner de Ferro. Tuve dos influencias, de River y de Racing. Había una tirantez: mi abuelo me quería hacer de River y otro de Racing. No de Boca, no era hincha de Boca de chico. En la época de esplendor de Ferro, cuando yo ingreso a los 9 años, era un club modelo, y empecé a sentir cosas por Ferro. Me hice hincha, no fanático, moderado. Es más: me invitan cada tanto a los aniversarios y me han querido seducir para formar parte de la comisión directiva.
¿Y no?
No sé qué va a pasar más adelante.
¿Debutar como DT en Ferro?
Tal vez, puede ser una alternativa.
Fanático del running, Latorre corrió el año pasado la maratón de París y se está preparando para los de 42k de Villa La Angostura, el 15 del mes próximo. "Es un reto. Soy bastante solitario y para mi psiquis es fenomenal. Cuando corro voy sumergido en mi propio mundo; me ayuda a pensar, a conocerme. El reloj que llevo es como el preparador físico que tenía cuando jugaba al fútbol, cuando tenía un grupo con reglas y rutinas que un día desaparecieron."
Hace más de treinta años que estás en el mundo del fútbol, ¿cómo mantenés el gusto por el juego en sí mismo con tantas cosas turbias alrededor?
Me dejo sorprender por los jugadores, por los partidos. Vuelvo a ese estado primitivo en el que todo me causaba ilusión, porque si no, no puedo. Esta industria está tan alejada de lo que nosotros hemos vivido, de lo que piensa y siente un pibe cuando toca una pelota. Yo lo veo en mi hijo, está fresco. Si te ponés a analizar, más allá de que hay un camino, que es el de la profesionalización inevitable, el fútbol en sí sigue siendo el mismo. Lo que pasa es que uno ya no se maravilla porque sospecha de todo; la gente sospecha de los árbitros, de sus propios jugadores que quieren ir para atrás contra su técnico. Sospecha que son pechos fríos. A mí cuando un jugador controla la pelota y hace algo lleno de talento, imaginación, todavía me pasa que me gustaría hacerlo a mí. Creo que soy yo el que lo está haciendo. Vivo cuando yo hacía esas cosas. Un sombrero, una jugada, un gol... Esas cosas te quedan. Esa pasión no la voy a perder nunca.
Esa sensación, ¿no la volviste a tener?
No, no la volví a sentir.
Estás leyendo Herr Pep, de Martí Perarnau, Phil Jackson, algo de Estanislao Bachrach...
Me interesan todos los temas y hay un montón que no domino. En mi época de jugador, más allá de mi educación exclusivamente académica, entre los 19 y los 35 años tuve una impasse en la que no cultivé mi mente, estaba absorbido por el fútbol. Ahora tengo un reencuentro. En una entrevista vieja que vi el otro día –tengo un registro de las cosas– me preguntaban qué no me gustaba hacer. Yo contesté leer. Fue un choque, ¿cómo pude haber cambiado tanto?
1969
Diego Fernando Latorre nació el 4 de agosto de ese año, en La Paternal
1987
Mientras estudiaba Ciencias Económicas en la UB, debutó en la primera división de Boca. Su equipo perdió 3 a 1, pero él hizo el gol
1991
Ganó el torneo Clausura con Boca –formaba la dupla ofensiva con Batistuta–. También debutó en la selección, con la que conquistó la Copa América en Chile
2014
Ganó el Martín Fierro por su labor periodística deportiva en cable. Es el segundo: el año anterior también se lo llevó
El futuro
¿Dónde te ves dentro un año?
Creo que en lo mismo que ahora... Pero haciendo el curso de director técnico... Sí, empiezo en febrero.
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