
El Museo de Anatomía, una extraña joya en Montpellier

Aline y Xavier me esperaban en la esquina de la Place de la Canourgue, una simpática y elegante plaza de la ciudad de Montpellier, en el sur de Francia.
Sólo diez minutos a pie me había llevado alcanzar este bucólico y tranquilo rincón de la ciudad.
El día no podía ser más lindo. Claro, después de casi una semana de lluvia los rayos de sol se agradecían como nunca.
Había comenzado mi trayecto en la rue de Maguelone y en tan sólo un par de minutos mis pies se paraban frente a la Ópera de la ciudad, una lenta vuelta de 360 grados sobre mi eje para sacar fotografías mentales del lugar: gente yendo y viniendo, la elegante fuente que tiene a las Tres Gracias en perpetua exhibición y es además punto de encuentro ineludible, los edificios adyacentes...
Seguí por la rue de la Loge, una de las principales arterias comerciales, llena de tiendas y repleta de jóvenes; esta es una de las principales ciudades universitarias del país y es normal verlos a toda hora y en todos lados, brindándole una cuota importante de frescura al hausmaniano aspecto de gran parte de la arquitectura local.
Doblé a la izquierda en la calle Foch, una de las más coquetas y caras de la ciudad, que termina donde está emplazado el Arco del Triunfo. Nuevamente, derecha en la calle Montgolfier y en el siguiente cruce a la izquierda, para finalmente llegar a mi destino.
Sentados en un banco, Aline y Xavier, charlaban y se reían. Al verme se levantaron rápidamente y con gran entusiasmo y cariño me dieron una calurosa bienvenida. Ellos iban a ser los encargados de mostrarme uno de los secretos mejor guardados de la ciudad: el Museo de Anatomía de la Facultad de Medicina.
Así que, sin mucho preámbulo, bajamos por la calle de Saint-Pierre y 150 metros más adelante hicimos nuestra entrada en este templo de la medicina, que sigue siendo uno de los lugares más importantes de estudio de esta disciplina desde el siglo XII, teniendo como alumnos a lo largo de su historia a Nostradamus y Rabelais, entre otros.
En el foyer o vestíbulo de entrada, bustos y placas recuerdan a las personas que han marcado parte de la historia de esta noble institución. Llaman la atención las fechas que unen a estos nombres con su lugar en el paso del tiempo, la mayoría teniendo a los siglos XIV, XV y XVI como protagonistas.
Mis anfitriones demostraban un amplio y variado conocimiento del lugar, contándome las más fascinantes historias del período de creación de la medicina moderna.
Estábamos ya parados en el patio interno, La Cour d’Honneur, poblado con unos altísimos cipreses y con las torres de la catedral de Saint-Pierre de fondo. Era el momento de dirigirnos a nuestro destino y para eso tomamos la escalera de mármol y piedra que elegantemente se tuerce, y nos sumergimos en un mundo científico que me dejó boquiabierto.
Sí, porque detrás de las puertas de doble hoja, se encontraba un verdadero gabinete de curiosidades o cuarto de maravillas. Enormes anaqueles y vidrieras contienen innumerables ejemplos médicos de todo tipo, piezas de estudio y un amplio espectro de artículos relacionados con el estudio de la anatomía tanto humana como animal. Los techos cubiertos con frescos reflejan los retratos de las eminencias del pasado.
Pasé por diferentes emociones, de la sorpresa y curiosidad a la impresión e incredulidad. Cada sector oculta una sorpresa diferente para alguien que el mundo académico de la medicina le queda lejísimos. Y no podía de pensar en los profesores y alumnos que durante siglos habían recorrido este lugar, tratando de descifrar los secretos de una de las creaciones más espectaculares de la naturaleza: el cuerpo humano.
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