
El oficio precioso
Las alhajas ejercen desde siempre una fascinación única sobre las personas. Sin embargo, rubíes, esmeraldas, diamantes, oro y platino son materiales de uso común para quienes se encargan de vender y fabricar joyas. Cómo son estos hombres por cuyas manos pasan, cada día, kilos de metales nobles y piedras valiosas de a puñados, sin inmutarse
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A las ocho y media de la mañana de un día de semana la calle Libertad tiene el aspecto inocente de cualquier calle de Buenos Aires: baldosas mojadas, ríos de detergente, persianas bajas. Una hora después muta en hormiguero. En las cuadras que van desde Corrientes hasta Rivadavia cientos de personas se sumergen en los negocios de compostura de relojes, reparación de anillos, venta de piedras. Los carteles gritan que venden oro, que compran alhajas antiguas, que diseñan a medida. La calle Libertad, desde Corrientes hacia Rivadavia, es nuestro -casi- último mercado persa. Allí se concentra la mayor parte de lo que queda de la industria joyera del país, que conoció tiempos mejores. Para empezar, y hasta no hace muchos años, la calle Libertad tenía su clon en Rosario: una calle llamada Maipú, calco del trajinado mundo joyero porteño y ahora casi desierta. El Diamant Club -que tiene sedes en Nueva York y Sudáfrica entre otras ciudades donde los diamantes forman un mercado importante- funcionó en Buenos Aires entre 1919 y 1963. Tuvo seiscientos socios, entre lapidadores (aquellos que cortan y facetan la piedra), comerciantes, engarzadores, joyeros, pero en 1963 cerró para siempre. Si en 1950 había registrados dos mil trescientos talleres de joyería, hoy la cifra canta apenas trescientos. En las buenas épocas, ser joyero era tan prestigioso como ser abogado y las mejores casas tenían sucursal en la rambla marplatense, cuando la rambla marplatense tenía cierto glamour. Angel Briozzo, un joyero que falleció hace pocos meses, le vendía joyas a Tiffany, la exclusiva casa con central en Nueva York, que llegó a entregarle una medalla por ser su proveedor más antiguo en América. Briozzo hizo cajas de relojes para Omega, y las hizo tan bien que Omega decidió asociarse con él y fabricar las cajas de sus suizos relojes en la porteña Buenos Aires.
Pero todo esto es oro viejo. Perla del pasado. Ahora, lastimados por la crisis, enojados con el resurgimiento del impuesto suntuario por parte del ministro de economía, José Luis Machinea (25% sobre toda pieza que supere los 300 pesos, a lo que hay que sumarle el IVA), el gremio está en carne viva.
Las joyerías de la calle Libertad son sólo la parte visible de un mundo no tan obvio y que podría haber sido arrancado de la mente del escenógrafo de una película de ciencia ficción. Los joyeros de taller, talleristas o joyeros de banco (que es como se llama en la jerga a quienes participan en la fabricación de la alhaja para diferenciarlos de quienes se dedican a la venta al público) se apiñan en pequeños talleres en los edificios que, hombro con hombro, crecen a lo largo de esa calle. Cientos de cuartos y oficinas donde se pule, se suelda, se engarza, se diseña, se dibuja, se corta, se lamina.
El edificio donde trabaja el mejor engarzador del mundo es un panal de más de siete pisos. El engarzador se llama Ricardo, pero le dicen Negrito. Comparte un taller sobre Libertad con otros engarzadores. Extraña los buenos tiempos, cuando tenía el taller montado en un departamento "del otro lado", en la calle Esmeralda, cruzando la frontera de la avenida 9 de Julio, y trabajaba para los mejores. -Me costó adaptarme a Libertad. Yo estaba acostumbrado a otro tipo de alhaja, trabajaba para Ricciardi, y esto es más de batalla. Pero hay que adaptarse. Hay colegas que te dicen que ponen trescientas piedras por día. Yo no trabajo así. Tengo fama de caro. Dicen: "Eh, el Negrito te mata". Pero yo siempre voy a la calidad.
A Ricardo le enseñó a engarzar un húngaro generoso. No todos lo son, en un oficio en el que develar secretos puede volverse en contra: el aprendiz de ayer puede ser futura competencia.
-Hay muchos secretos para engarzar -dice Ricardo-. Para colocar una esmeralda hay que hacer una preparación. La esmeralda es muy falluta, se parte fácil. En cambio el diamante es duro, vos vas tranquilo. Pero la esmeralda es... me fascina. Es una mujer divina. La piedra que más me gusta. Me cautiva.
Si en Estados Unidos un buen engarzador cobra ocho dólares por cada brillante engarzado, en Buenos Aires los más caros cobran tres por cada piedra chica, y si la piedra es importante de treinta a cincuenta pesos. Ricardo se inició a los 12 años en el oficio, aprendiendo lo más importante: barrer. En un taller de joyería la basura es sagrada. Lo que se barre, lo que se escurre en el agua del lavado de manos, no se tira. Se guarda y una vez cada seis meses la basura se separa, se quema, se refina y al final, bingo: surge medio kilo, un kilo, dos kilos de oro.
El mundo de la joya se divide en dos: los escaparates de las joyerías con el brillo insolente del oro, el guiño helado del platino, el gruñido feroz de los rubíes; y las bambalinas, el lugar donde todas esas joyas se mostraron en los huesos, la anorexia del metal despojado, los talleres donde el oro y el platino se doblaron con la gracia de un dibujo y tomaron forma de pulsera, de tiara, de anillo. Esa parte pocos la conocen.
-Uno no firma el trabajo -dice Ricardo, el engarzador-. El que se luce es Ricciardi, Santarelli, Jean Pierre. Y está bien, la alhaja es de ellos. Vos hacés tu trabajo, nada más. Anonimato. Pero es lo que corresponde. La Ferrari también la hacen los obreros y aparece Ferrari, no el obrero. Y esto es igual. Sos como un obrero especializado.
Héctor Moriones es, también, engarzador. Está encorvado sobre su banco de joyero, un escritorio con tapa en forma de medialuna, engarzando brillantes en el capuchón de una lapicera.
-Uno entrega la joya y es NN Cada uno hace su trabajo. Yo puedo tener acá una esmeralda de diez mil dólares, y nadie va a venir a comprármela. Nosotros estamos todo el día sentaditos abajo de la luz, acá. Somos el bichito encerrado.
Para llegar hasta Oro Bianco, el taller de joyería fina de Luis Santoro, hay que subir un ascensor y atravesar puertas vigiladas por cámaras de video. Hay luces que titilan anunciando alarmas, y nada en ningún lado -ni carteles en la puerta, ni anuncios en las guías- que avise que allí trabaja Luis Santoro, apenas más de 30, para los mejores joyeros del país.
-Yo plata no toco. Es otro estilo. Yo toda la vida hice joyería fina, y esto es una mezcla de arte con oficio, donde lo fundamental es el buen gusto. Mirá -dice, abriendo y hojeando unas carpetas con dibujos-. Son diseños de anillos. Tenemos más de 4000 modelos.
De la caja fuerte saca anillos impresionantes. Se ceba con el buen gusto de sus creaciones.
-Me encanta que el joyero me llame y me diga que a la clienta le encantó la joya, pero aparecer firmando el laburo no me interesa. Yo quiero que las joyerías más importantes sepan quién soy. Si preguntás acá, en Libertad, no me conocen. Ni quiero que me conozcan. Si preguntás en las buenas joyerías, sí. Ahí me conocen.
Juan Zanotti usa gemelos. Las luces dicroicas de su despacho caen a pique sobre un escritorio sobrio. La oficina está ubicada detrás de puertas que simulan ser espejos. Una de las paredes es, en realidad, una vitrina a través de la cual él puede ver el salón de ventas. Juan fue y es joyero de banco. En 1988 decidió abrir joyería propia.
-En esto el anonimato es esencial. En Estados Unidos todo el mundo muestra el lujo. Acá se oculta. Antiguamente se veían mujeres con sus autos, sus joyas, iban a tomar el té a la Richmond, a hacer su caminata por Florida con su tapado de piel. Ahora se ha terminado. En los últimos años se evita la demostración de riqueza y lujo.
Mientras habla, mira a través de la vitrina. La oficina tiene un aspecto lustroso y tranquilizador.
-A mis clientes les ofrezco exclusividades de la naturaleza. El sueño del joyero es tener clientes poderosos. No tener límites en la creación. Si alguien quiere un anillo de oro y brillantes, que se hable del diseño y no de los valores.
Juan Rodríguez es joyero de banco, pero ahora se dedica a la docencia en las escuelas Técnicas Raggio (Libertador 8651, 4701-1791), uno de los pocos sitios donde puede estudiarse joyería. Los otros dos son la Escuela Municipal de Joyería (Gallo y Corrientes) y el Complejo Educativo de Joyería (4953-1465). Juan trabajaba en un taller que hacía joyas para Ricciardi.
-Ser joyero era ser bacán. En esa época, yo no tocaba otra cosa que no fuera platino. Tocar oro era un desprestigio.
Dice que no cualquiera puede ser joyero fino. Hay que tener condiciones, buen gusto, afán de permanecer oculto y ojo de lince.
-El joyero es artista, pero no se lo toma como artista -se queja Juan-. Se lo ve como técnico. Los joyeros trabajan mirando a la pared, y llega un momento en que esa pared está delante de tu vida comercial. A veces no es tan importante ser un buen joyero como ser un buen comerciante. El banco te va absorbiendo de tal forma que no te querés levantar.
Jean Pierre es el nombre de la joyería que hoy manejan los hermanos Stad. La tarjeta de Enrique Stad es enorme y reza Henri Stad, así, como en francés. Hijo de joyeros, está orgulloso de sus creaciones: gemelos de oro elastizados, una línea en colores pastel para la temporada de verano, anillos que se abren y se cierran. Un día de tantos entra en su joyería una clienta con la elegancia que dan las canas al blanco mármol. Perfecta de peluquería, impecable de manicura. Saluda en francés y todos la saludan en francés y por su nombre. La mujer se sienta, saca de la cartera una bolsita de terciopelo y dice en francés que tiene un problema con una joya y se la muestra a Enrique-Henri que exclama en francés que oui, que al parecer se ha caído, y la señora le asegura en perfecto francés que oui oui, que en efecto se ha caído, que es una pena tan en francés, y que de dónde se ha caído le pregunta Enrique-Henri y ella dice siempre en francés que de la... de la...Y entonces agrega, en perfecto castellano con acento recoleto: "¿Cómo se dice cómoda en francés?". Las joyerías finas son, sí, un mundo distinto.
El oro tuvo épocas mejores. Epocas de oro. En esas épocas hubo un joyero que falleció hace algunos años, un italiano que muchos adoraban y otros tantos detestaban. Vittorio Antoniazzi, socio y dueño de la joyería Antoniazzi-Chiappe, con sedes en la avenida Santa Fe, el Hotel Alvear y Martínez. El año último, en manos de sus hijos, la joyería quebró, pero Vittorio tuvo tiempo de hacer de su nombre una leyenda, montar un taller en el cuarto piso del Hotel Alvear, venderle joyas a Pavarotti e inventar un oro que lo llenó de ídem: el oro azul, una aleación cuya fórmula permanece sin revelar.
-El secreto se fue con Vittorio y lo tenemos dos o tres de nosotros.
Dice Osvaldo Amelloti, joyero que aprendió el oficio con Antoniazzi.
-Es como la fórmula de la Coca- Cola. Vittorio sabía en quién confiar. Si detrás de todo gran hombre hay una gran mujer, detrás de todo dueño de joyería hay un gran joyero.
Antoniazzi no toleraba que le dijeran que otro joyero era mejor. Cuando una de sus empleadas acudió a una reunión comercial en la joyería de Ricciardi y Huber Ricciardi abrió para los presentes el tesoro, la mujer quedó maravillada. De regreso a la joyería de Vittorio comentó lo que había visto: el lujo más aterrador, bandejas repletas de puñados de rubíes, petos de diamantes y esmeraldas como garbanzos. Vittorio la cortó con un seco: "Sos una exagerada". Otra vez, cuando un joyero hizo un comentario sobre él que no le gustó, lo corrió hasta el taxi que el otro estaba por tomar y le escanció tremebunda patada en el trasero que dejó al joyero francés despatarrado en el asiento, sin tiempo de entender qué había pasado. Enna Guny tenía una agencia de publicidad y manejó la cuenta de Vittorio Antoniazi durante años. Todavía es amiga de Zigrid, la mujer del joyero, una belleza letona que habla siete idiomas como si fueran suyos. Cuando habla de Antoniazzi, los ojos le brillan. -Ah, para mí fue la vida. Las épocas doradas. Mientras comía, le sacaba las miguitas al pan y se mojaba los dedos en agua y diseñaba anillos, pulseras. Para fin de año la gente gastaba millones de pesos en las joyerías. Me acuerdo de la mujer de un industrial que se había hecho rico, y ella seguía siendo ama de casa. Un día llega a verlo a Vittorio con un anillo porque había perdido el brillante. Vittorio le preguntó cómo lo perdiste. Amasando, dijo la señora.
Gabriela Estaño trabajó en la administración de Antoniazzi hasta el año 1993. Tenía veinte años cuando entró. -En esa joyería se vivió la gloria. A veces, más que una joyería, parecía una pizzería, con todas las mesas ocupadas. Porcel, Olmedo, Claudia Sánchez, Nono Pugliese, eran muy clientes nuestros. Perdías un poco la noción del dinero. Para mí diez mil dólares no eran nada. De repente venía un cliente, estaba una hora, y cuando se iba preguntábamos qué compró. Y nos decían: "No, un anillo de 3000 dólares". Nosotros, indignados "¿Para eso estuvo una hora?" Marina Dodero era clienta de Antoniazzi. Fue por su recomendación que llegó un día a la joyería Cristina Onassis. Sola y vestida de una forma tal que nadie la reconoció.
-Pidió ver un anillo con una esmeralda grande -dice Gabriela-. El vendedor se lo mostró y le dijo: "Es como para una Cristina Onassis". Y ella le dijo: "Sí, yo soy Cristina Onassis". Entonces el vendedor le contestó: "Sí, yo soy Carlos Gardel". Una semana después, ella murió en el country Tortugas.
Con ustedes, Homero Pereyra, dueño de la joyería Homero y joyero de banco.
-El joyero de banco es un especimen inentendible. Hay una pasión, un placer y un orgullo que está por encima de todo el resto, de lo cotidiano, de la lluvia, del frío, de la crisis y de Machinea. Nosotros decimos que el joyero de banco ve hasta la esteca. La esteca es una parte de la mesa donde se apoyan las cositas. Bueno, ahí empieza y termina el mundo.
Elegante, bronceado, la camisa blanca, el celular pequeño, recorre su taller en una galería de la calle Florida. En los años 60 Homero diseñó un producto que tuvo muchísimo éxito, una gargantilla con un tramado de oro tan fino que parecía tela. En los 70 tuvo otro hit: puso un local de venta al público en Pinamar, e inventó un anillo que se vendió hasta el hartazgo, un dado perforado con las caras esmaltadas en distintos colores que salió en la tapa de la revista Gente adornando la mano de la mujer del por entonces presidente Lanusse. Su último invento es mezclar el oro y los diamantes con el caucho.
-Los colegas del mundo se asombran de la cantidad de diseños que tenemos. Yo les digo que es producto de un mercado cada vez más chico. Ellos venden en la Quinta Avenida, en la Via Condotti, tienen un mercado nuevo todos los días. Homero les vende a las mismas 200 o 500 personas. El comprador es el mismo y no le podés mostrar tres veces lo mismo.
La constelación joyera tiene sus estrellas rutilantes. Tiffany y sus coquetos paquetes azules casi tan exclusivos como sus joyas. Cartier y su carrera vibrante como joyero de las cortes de medio mundo. Bulgari, incrustando las orejas, el cuello y las muñecas de la mitad más uno de las celebridades de Hollywood. Harry Winston, el rey de los diamantes, celebrando su aniversario número cien con el lema Cien kilates por cien años, y diseñando una tiara, la American Rainbow Tiara, en la que están engarzados algunos diamantes del porte de el Corazón del Este, un diamante de 53,88 quilates; el Midas, una piedra de color amarillo intenso; una esmeralda de 20 quilates y otros fenómenos de la naturaleza que terminan por darle a la tiara su valor final de 43 millones de dolares. En este momento, la casa Harry Winston posee 60 de los 303 diamantes más grandes del mundo, más que cualquier colección individual, incluyendo gobiernos y coronas, pero durante cien años ha sido poseedora y ha vendido algunos de los diamantes más espectaculares de todos los tiempos, incluyendo el Jonker, la Estrella de Sierra Leona, y el Hope, un diamante con una leyenda macabra que asegura que la tragedia persigue a cada uno de quienes lo usan. Se cuenta que el Hope -una monstruosidad de 45,52 quilates y un azul profundo- fue arrancado en la India del ojo de un ídolo que representaba a Shiva y llevado a occidente por el mercader de gemas francés Jean Baptiste Tavernier. Desde entonces, todos los que lo usan tuvieron una suerte pésima (como la pobre descabezada de María Antonieta). En 1910, Evalyn Walsh McLean le compró el diamante a Pierre Cartier. Sus hijos murieron de sobredosis, su marido se vio implicado en severos escándalos, y ella misma murió de neumonía en 1947. En 1949, Harry Winston compró 74 piezas de la señora McLean por un millón de dólares. El lote incluía el Hope. Después de pasearlo por Estados Unidos en una exposición de diamantes, Winston donó el diamante al Museo Smithsoniano en 1958. Por las dudas.
El Banco Ciudad es otro de los paraísos de la joya. En un largo pasillo iluminado se adormecen las que irán a remate en un par de semanas. A veces, a las ventas especiales, acude madame Mirtha Legrand. Allí se remataron las joyas de Eva Perón. Juan Carlos Fuentes es geólogo y está al frente del labotarorio de Gemología y Ensayo de Materiales de América latina, donde se envían las piezas para comprobar la calidad de las gemas.
-Ahora ya no hay tantas piedras grandes, porque la extracción se hace con máquinas que muelen el diamante. Ya no hay diamantes como el Ko-hi-noor o el Estrella de Sudáfrica, que eran enormes. Hace poco se vendió la Corona de los Andes en Sotheby´s, en varios millones de dólares. Era una corona hecha por los españoles que tenía como cuatrocientas esmeraldas, y la esmeralda principal, que se llama Atahualpa, se dice que perteneció al último Inca. A mí me gustaría analizar el diamante Hope, que dicen que trae tan mala suerte. Está engarzado en un colgante. También dicen que el ópalo trae mala suerte. Hay ópalos muy caros, ópalos de fuego, ópalos negros. Son muy lindos, pero es difícil comercializarlos porque los joyeros no los quieren tener.
El tesoro del Banco Ciudad es un lugar grande, con una garita de vigilancia, un sector enrejado, un póster con el dibujo de una mujer semidesnuda. El tesoro es un cuarto repleto de gavetas de metal, numeradas con pintura blanca. Ricardo Gómez, uno de los funcionarios del área pignoraticia, dice: "Acá, en el tesoro, hay 33.000 lotes. Acá habrá 6 o 7 millones de pesos en alhajas".
Pasa un subterráneo y el edificio tiembla. El tesoro del Banco Ciudad está separado del andén de la estación Lavalle de la línea C por varias planchas de acero y un metro y medio de cemento armado.
-Ponele la tapa, ponele la tapa -le pide Gómez a Alberto Giovannone, jefe del tesoro-. Mostrale los lingotes de oro..
Más que tapa, tapita. El lingote de oro es un kilo de oro 24, máxima pureza, y parece un escuálido chocolate suizo. Dos de las piezas más impresionantes que pasaron por el banco fueron una libélula y una lagartija. La lagartija es un latigazo, una ese con brillantes en el lomo, un semillero de esmeraldas y rubíes en la boca y los ojos. Fue vendida por el banco en 24.000 dólares y revendida luego, en Sotheby´s, en 60.000.
La joyería Santarelli empezó con el padre de Alberto Santarelli, el actual presidente de la empresa, en 1914. En la vidriera del local de la calle Florida hay dos sectores: el barato, con los precios que arrancan en los 500 y trepan hasta los 3000, y el otro, donde los cartelitos con el precio brillan por su ausencia. Un par aros de oro blanco y brillantes que se lucen en esa vidriera cuestan 60 mil dólares. Hay cosas de 36.000, de 90.000.
-Puede resultar un poco antipático poner esos precios en la vidriera -dice, modesto, Santarelli-. Uno está siempre atrás de la pieza de la piedra especial, del brillante muy lindo. Una persona que no sabe nada de piedras, no aprecia la belleza de eso. Se necesitan años de mirar piedras. Cuando uno encuentra esas piezas que se hacían en Francia en el ano ´20, esas cosa de art deco, y usted ve eso y piensa que está engarzado por los ángeles. Cómo es posible que la mano del hombre pueda llegar a esa perfección. Ver el golpe del buril del engarzador, le da un sabor muy lindo. Es como leer un buen libro.
Un ojo curvo en la esquina del hotel Marriot Plaza. La joyería Ricciardi se curva con elegancia pop, con aires de acuario secreto, en la esquina donde Florida se encuentra con Santa Fe. Huber Ricciardi es un hombre alto, amable, cuya ocupación principal parece ser estar siempre ocupadísimo. La joyería lleva ochenta años y Huber sigue con la tarea que emprendió su padre, Luis. Una vez, Huber ganó el gordo de Navidad y lo repartió entre los empleados. Jorge Ferreirós, un vendedor que lleva más de cuarenta años en la joyería, es capaz de convencer a un beduino de que compre arena.
-Le voy a mostrar el último caprichito de Ricciardi -anuncia Ferreirós, y vuelve con un anillo salpicado de diamantes, y una esmeralda en el centro.
-Es es es...-tartamudea ante la vista de su preciosidad Ricciardi-...es una pieza única. De Colombia. Tiene un verde profundo, pero con vida. Ese verde sin un defecto es único en el mundo. Cuando uno encuentra una esmeralda así, no la deja escapar. Es una de las mejores que uno puede ver. A nosotros siempre nos ha caracterizado la calidad de nuestras piedras. En las grandes piedras, está asentado el valor de una joyería.
El valor de la joyería Ricciardi, entonces, está en el tesoro. Pero Huber prefiere no mostrarlo: -Es que.... es que... está muy desordenado. Ferreirós, entonces, muestra anillos, pulseras, chispas de cientos de miles de dólares. En la vidriera hay un collar de diamantes y rubíes de "alrededor"de 600 mil dólares; junto a ese collar, una gargantilla articulada de oro y brillantes de "alrededor" de 90 mil. En la altísima joyería los precios no son fijos: al estilo de los mercados orientales, el joyero y el cliente regatean hasta acordar un precio.
-Hay mujeres que tienen una clase increíble para usar alhajas -explica Ferreirós-. Se ponen una pulsera de brillantes increíble a las diez de la mañana y no se les nota. No están duras, incómodas. ¿Y eso sabe qué es? Tener muchas alhajas: se va aflojando a medida que se va poniendo. Si lo único que tiene en la vida es una alhaja, va a estar dura.
Pero a la hora de dar nombres de esas clientas tan flojas para usar esmeraldas a las diez de la mañana, Ferreirós esquiva, elegante.
-Les vendemos a las grandes señoras de Buenos Aires. Y usted sabe quiénes son las grandes señoras. Claro que hay que tener cuidado. A veces, una desconocida con aspecto de gran señora termina siendo una gran mechera.
-Una vez una señora vino a ver relojes -dice Ferreirós-. Cuando los guardo, los cuento y faltaba un Piaget. Entonces le pido que me acompañe abajo para mostrarle algo, y le digo: "Señora, falta un Piaget". La mujer me mira y me dice "¿Con quién cree que está hablando?" Yo pensé: "Tragame tierra". Vino el jefe de seguridad. La mujer propuso ir al baño para que una mujer la revisara. Se sacó el tapado y lo dejó sobre un sofá. Entonces llegó Huber y lo primero que dijo fue: "Revisen el tapado". Ahí estaba. Por supuesto, no hicimos la denuncia.
La clase y la discreción ante todo. En una joyería, hombres y mujeres desnudan su corazón. Los hombres compran allí alhajas para sus esposas y para sus no tan esposas. Las mujeres reciben como obsequio, provenientes de la misma joyería, una pulsera de su amante marido y un collar de su amor de contrabando. En ochenta años de historia, por la joyería de Ricciardi pasó de todo, pero ellos hablan poco. Un cliente llegaba cada tanto con una bolsa de las compras repleta de papeles de diario hechos un bollo y en el fondo llevaba miles de dólares. Les han puesto bajo las narices maletines repletos de cientos de miles. Les han confesado lo inconfesable y entre una y otra cosa, Ricciardi tuvo como clientes a Juan Domingo Perón y su esposa Eva.
-Perón era muy buen cliente. Me atendía en pijama a veces, el general. -dice Huber-. A Eva la conocí. Tenía muy buen gusto. Le vendimos muchas cosas. Cuando el banco Ciudad remató sus joyas, nosotros compramos algunas y las vendimos a coleccionistas.
Pasaron por allí el PC Farías, el rey de España, Frank Sinatra, un implicado en el caso Watergate -al que reconocieron un par de meses después, cuando vieron su foto en los diarios-, grandes hombres con pinta de menesterosos y menesterosos con pinta de millonarios. Ellos saben que el aspecto no es lo que importa. Personas perfectamente zaparrastrosas pueden sacar una tarjeta color platino y comprarse el mundo en un minuto.
-Una vez, al local de Mar del Plata -recuerda Huber-, entró un señor en malla y ojotas, y me preguntó el precio de un collar. Le dije un precio mucho menor. Decirle lo que en verdad costaba era humillarlo. Esa misma tarde el señor regresó, de traje, impecable. Me preguntó el precio del mismo collar, y le dije: "Mire, usted vino hoy, me confundí, sale tanto". Lo compró. Y cuando se fue me dijo que se había dado cuenta de que yo no creía que él pudiera comprarlo y que por eso le había dado otro precio. Daniel Pérez tenía 18 años y sabía que su vocación pasaba por las manos y pensó que ser luthier era una buena opción. Pero ni ofreciéndose para barrer o cebar mate consiguió que alguno de los maestros de la madera le enseñara algo. Hasta que un amigo le descubrió los talleres de joyería. Ahora, Daniel -barba, treinta y pico de años- es uno de los socios y dueños de Terra Veneta, otro taller de joyería fina que funciona en la calle Libertad. Viaja una vez por año a las más prestigiosas ferias internacionales de joyería -Basilea y Vicenza- y todavía no le perdió el respeto a tanta belleza.
-Trabajás con piedras que tienen millones de años. Acá hice unas piezas con ámbar, una resina fósil que tiene millones de años de antigüedad. No me da igual poner eso que poner un plástico. El oro, el platino, fueron sacados de la tierra. Son cosas nobles. Y con esas cositas armamos... pequeñas obritas de arte.
Terra Veneta tiene el taller dividido en tres departamentos del mismo edificio. Cada vez que Daniel golpea una puerta o toca timbre se asoma un ojo por la mirilla. Detrás de esa primera puerta, casi siempre hay otra, con rejas, una ventanita y una pequeña mesa desplegable. Adentro, suena cumbia a todo vapor y hay pósters de chicas desnudas. Daniel muestra con orgullo el banco de joyero donde trabaja.
-Es viejo, pero son los que más me gustan. Ahora los hacen de fórmica y le ponen azulejos a las paredes de los talleres. A mí no me gusta, parecen heladerías.
Cada vez que ve el color al rojo blanco del metal fundido se queda extasiado con el rojo tan blanco y tan dorado.
-Me encanta. El olor de la madera, los ruidos. Les hablo a las piezas. Si tenés que doblar el metal y tiene que quedar como si cayera. El metal no cae, al metal hay que vencerlo. Entonces le decís: "Ah, te resistís, ahora vas a ver".
Joyas en cadena
A pesar de la crisis que aseguran pasar casi todos los que integran el sector, hay datos curiosos. Cartier abrió su boutique en Buenos Aires hace apenas cuatro años, y empresas como Chopard insisten en permanecer en un mercado que se supone en crisis. Franc Martínez, área manager de Chopard, dice que si bien su principal mercado en América es Brasil, "la Argentina es un mercado simbólico".
-Tenemos una visión a largo plazo. Por ahora, el mercado latino representa el 5% del total, pero Asia y América latina son mercados potenciales. Cartier comercializa su línea de Alta Joyería solamente en Nueva York, Los Angeles, Tokio y París. En su local de Buenos Aires sólo se exhiben las líneas de Nueva Joyería y Bijou, más accesibles. Otro interesado en el mercado argentino es H. Stern. La casa Stern fue fundada hace décadas por Hans Stern en Brasil y si bien no puede siquiera comparar los 6 locales que existen en el país con los 90 de Brasil, y los 33 en Israel -tienen 180 locales en todo el mundo- siguen interesados en el mercado argentino.





