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Al tiempo de haber llegado a Boston, mientras hacía la cola del supermercado, a Estanislao Bachrach le llamó la atención la expresión de unos monjes tibetanos. Empujaban un changuito, como él, pero a diferencia de él -que estaba duro, tenso, estresado, comprimido, harvarizado-, ellos sonreían. Ya los había visto así, sonrientes. Entonces les preguntó cómo hacían, qué tomaban. Sin abrir la boca, uno de ellos sacó un volante de su morral y se lo dio. "El dalái lama en el MIT", decía, con una fecha y un horario. Fue. Se trataba de la charla que, una vez por año, el dalái lama da allí, acompañado por otros monjes y por neurólogos. Mientras el líder tibetano expone su mirada budista sobre la vida, la muerte, la memoria, la creatividad y la tensión, los científicos dan prueba de su experiencia con resonancias magnéticas. "Ahí vi cómo el cerebro de un monje tibetano que había meditado durante mucho tiempo tenía mucho más desarrollada el área de la concentración, de la atención, y dije, uh, esto está interesante", cuenta Estani.
Lo que siguió, fiel a su formación científica, fue la lectura de investigaciones acerca de los efectos de la meditación en el cerebro. Pero también de clásicos budistas o famosos meditadores como David Lynch. "Era un poco controversial todavía, pero me llamó la atención un señor que ahora es famoso, Kabat-Zinn, que inventó una técnica que se llama mindfulness, que es la que hace nada más y nada menos que Cristina Kirchner".
Kabat-Zinn, además, es biólogo molecular, como Estani. Así que de regreso a la Argentina y con esta idea de meditación en la cabeza, Bachrach se acercó a la Fundación INECO, de Facundo Manes, y tomó un curso con Martín Reynoso, que además de darle la técnica, lo llenó de papers científicos sobre el tema. "Entonces dije, sí, esto es mi salsa, es la unión de Oriente y Occidente, y empecé a practicar, fui mi conejillo de Indias, y me di cuenta de que me bajaba la ansiedad, me relajaba, me daba claridad, dejaba de actuar automáticamente".
Según él mismo explica en Ágilmente, en el preciso momento en el que tenemos una idea –llamémosla insight, clic, revelación, epifanía–, aparecen las ondas cerebrales llamadas gamma, que son las más rápidas del cerebro y representan un grupo de neuronas que se disparan al unísono: la frecuencia gamma significa que regiones del cerebro empiezan a comunicarse una con la otra, haciendo conexiones de conceptos al parecer no relacionados para formar esa nueva idea, ese insight.
"Las personas que meditan profundamente tienen muchísimas ondas gamma, las que presentan mucha dificultad para aprender, pocas, y una persona que está inconsciente o en coma no tiene ninguna", resume y confiesa que, con hijos chicos, le cuesta encontrar el espacio para unir su Occidente con Oriente. "Suelo meditar en el garaje, dentro del auto, antes de llegar a casa. Todo es cuestión de determinación".
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