
El Orient-Express: un perfume de los años locos
El que fue tren de reyes y rey de los trenes, recorre Europa a todo lujo. Un periodista viajó en él para comprobar qué sobrevive de su mítico esplendor, y lo cuenta en esta nota
1 minuto de lectura'
Son las 21.30 de un 15 de julio. París digiere sus excesos de la víspera. En la estación del Este, todo está en calma. En el andén número 5 de la antigua estación de Estrasburgo, ocultos tras un quiosco de diarios, los míticos vagones azules decorados por un filete dorado de la Compañía del Orient Express se advierten apenas. Algunas damas con ropa de colores vivos, seguramente inglesas, alegran el andén asfaltado. Al acercarse, uno se pregunta si este tren, el más célebre del mundo, que ha hecho soñar a generaciones enteras de escritores, a Agatha Christie y a Valéry Larbaud, que ha sido el niño mimado de todas las aristocracias y de todos los soberanos europeos entre los años 1880 y 1940, "el tren de los reyes y el rey de los trenes" –según la expresión creada para definirlo– seguirá siendo tan chic como siempre. Dudamos un poco antes de tomarlo. Después de todo, la "Vieja Europa", la de los congresos internacionales en las pequeñas villas termales de Alemania, la de los yates diplomáticos en el Bósforo, la de las fiestas suntuosas y los majestuosos palacios –el palacio imperial de Viena, el de Pest, el palacio Pera de Constantinopla– ya casi ha desaparecido. Entonces, ¿este tren mítico se habrá convertido en un tren fantasma?
Se lo creía ya desaparecido. Y eso no era del todo falso. En realidad, la última formación oficial del tren que ya era tan sólo el Directo de Oriente partió de la estación de Lyon el 19 de mayo de 1977. Pero sus vagones eran normales, sin ningún encanto; un tren común, símbolo cruel del final de una época. Fueron suficientes la energía y la intuición de un hombre de negocios inglés, James Sherwood, para restablecer el antiguo Expreso de Oriente. Durante varios años, este inglés rescató los vagones y los restauró para volver a ponerlos en servicio en 1982. Pero ¿podía renacer también el viejo mito?
Al subir a nuestro vagón, el número 3544 (cada vagón está numerado, y algunos son muy famosos, como el 2419, hoy desaparecido, donde se firmaron los armisticios de 1918 y de 1940), vemos que la magia aún funciona. Todo está intacto, como en los "años locos". Cada cabina es un verdadero tocador móvil, el doble de una normal; con sus marqueterías de diferentes colores, sus bronces decorativos, sus alfombras gruesas y su delicada iluminación, uno se siente dentro de una novela de Proust.
Sin embargo, no es posible olvidar el presente. El camarero no habla francés, algo que hubiera sido inconcebible medio siglo atrás. Pero nuestro camarero nos explica que el 70% de los viajeros del tren son anglosajones. A medida que los edificios de los suburbios desfilan por la ventanilla, el "mayordomo" nos explica las comodidades de la cabina. "No hay baño", precisa, y abre la puerta de la pequeña toilette, donde se destacan una jarra y unas copas de cristal. "Es como en los años 20, como en los grandes palacios." ¿Por qué ese comentario? Porque algunos turistas estadounidenses se asombran, dado que el pasaje cuesta 2500 euros –la compañía debe rentar el uso de las vías férreas a otras empresas estatales–, al no encontrar una ducha o un baño convencional.
Tras dejar atrás Pontaut-Combault, cuando cae la noche, los carteles luminosos agresivos desaparecen. Todo está en calma. Abrimos la puerta del compartimento. El corredor está vacío. Emergen los recuerdos.
En la época de las diligencias, madame de Staël decía que "viajar es uno de los placeres más tristes de la vida". Su afirmación ha recuperado vigencia: las estaciones atestadas, los aeropuertos agitados, el estrés, la sobreventa y los constantes retrasos. Entre 1880 y 1940, los viajes eran diferentes. Con la incorporación del primer vagón pullman, a mediados de la década de 1860, en los Estados Unidos, viajar se convirtió en un placer en sí mismo.
Pasar largas noches en un tren lujoso, ver cómo transcurrían –tal como decía el escritor Emile Henriot– "esas horas deliciosas que invitan a un obligado reposo e imponen un silencio divino, esa recuperación de uno mismo en medio del ocio y la disponibilidad perfecta del espíritu, en ausencia del correo y el teléfono"... Eso sí que era un verdadero lujo. La antítesis del sueño de la mayoría de nuestros contemporáneos, que hacen de los viajes un placer casi obligatorio: hay que "hacer" tal o cual país.
Al abordar el Orient Express –que los franceses llamaron al principio Tren Expreso de Oriente (el nombre definitivo es alemán)– uno escapa de todo ese furor. Empieza a soñar, en cambio, con el ambiente mágico que reinaba en esos vagones en la gran Europa. A decir verdad, en la época de mayor auge había varias líneas y muchos trenes. El que se inauguró en 1883 iba a Estambul, pero desde la construcción del túnel de Simplon, se extendió otra línea a Venecia. Y ése es el trayecto que el tren actual intenta reproducir; por eso se habla del Simplon Orient Express. Otras líneas viajaban hasta Bagdad, como el Taurus Express, el mismo que toma Hércules Poirot para regresar a Londres.
La famosa novela de Agatha Christie se inspiró en un hecho real. El 5 de enero de 1929, el Orient Express permaneció bloqueado cinco días por una tempestad de nieve, con 25º bajo cero, en Tracia oriental, a 130 kilómetros de Estambul. Esa peripecia le sirvió a la escritora inglesa para imaginar el asesinato del señor Ratchett, un extraño viajero estadounidense... Numerosos enigmas rodean al€ Orient Express, como el atentado del 21 de septiembre de 1931, que dejó 20 muertos y 110 heridos, entre los que se contaba Josephine Baker, y que permitió al gobierno establecer la prohibición del Partido Comunista, aunque el atentado contra el tren había sido perpetrado por los fascistas.
Pero el tren fue escenario, sobre todo, de grandes fiestas y acontecimientos mundanos. En 1901, transportó a toda la realeza europea a Londres para asistir al entierro de la reina Victoria. Algunos, como Cosima Wagner, hija de Liszt, tenían un salón propio en el tren. El Orient Express es el tren de todos los snobs cosmopolitas; Lady Di, por caso, se jactaba de haber "confiado a los aduaneros de todos los países el perfume de sus valijas y el secreto de su ropa interior".
¿Podré reencontrarme esta noche con aquel espíritu? Para averiguarlo, me encamino hacia el comedor.
En los corredores, el camarero ha cerrado todas las cortinas de las ventanas. Si no se escuchara el famoso ruido del tren, uno creería estar en un palacio. Entre los vagones, los pasadizos están recubiertos de un terciopelo verde oscuro. Estamos en el tercer vagón restaurante, decorado con laca china. La atmósfera es mágica: bella marquetería, confortables sillones Luis XVI, pesadas cortinas, ventiladores de cobre, manteles blancos y platería... Pero la gente ha cambiado.
¿Dónde están aquellos diplomáticos, aquellas bellas damas elegantes, esos lores ingleses y millonarios estadounidenses salidos de una novela de Henry James, esos magnates húngaros y esos boyardos rumanos poseedores de tanta tierra que uno de ellos, el príncipe Bibesco, amigo de Proust, podía decir: "El Orient-Express tarda tres horas para recorrerme"?
Hoy, la clientela es totalmente diferente. En su mayoría, los turistas son buenos turistas ingleses, maduros y apacibles, que se toman fotos ostensiblemente. Pero las mujeres parecen demasiado acicaladas, endomingadas. Vestidos estampados con flores, alhajas ostentosas, tailleurs caros pero mal llevados, y algunas con aspecto desdichado, demasiado rígidas y envaradas.
Uno de los mozos de comedor, cáustico, me hace notar que la nacionalidad es importante, y define el ambiente. Nos encontramos en un vagón de ingleses. Las viejas inglesas están siempre mal vestidas, porque en el fondo creen tener el monopolio del buen gusto y eso las autoriza –piensan ellas– a permitirse todas las fantasías. "En el caso de los franceses –añade mi interlocutor– es exactamente al revés. Las mujeres suelen ser muy elegantes, y los hombres un poco más informales." Rápidamente llega el primer plato. Una cola de cangrejo cocido en su caparazón sobre un lecho de berenjenas.
Después de la cena, de regreso a nuestra cabina. El camarero ya preparó la habitación: las cortinas están cerradas y encendidas las lámparas de lectura y otra cuya luz anaranjada se refleja delicadamente sobre los revestimientos de madera. Ya está hecha la cama, sobre la cual luce una bata del Orient-Express y, al pie, un par de pantuflas con el escudo de la compañía. La cabina se ha convertido en una alcoba rodante. Y, acunado por el "milagroso sonido ensordecido" del tren, uno se dispone a soñar con todas las extrañas historias que esa cabina, si hablara, podría contarnos...
Por Jacques de Saint-Victor (Le Figaro-LA NACION )
Para saber más
http://www.cafeytren.com/trenesmiticos/orientexpress.php
www.orient-expresstrains.com
El espíritu
Aunque es un tren de lujo, el Orient-Express se ha esmerado por mantener el espíritu con que recorrió Europa en los años 20.
Por eso, algunos detalles pueden resultar extraños para el pasajero que paga 2500 euros por el viaje. El tren no tiene baños privados, sino toilettes con jofainas, pero en compensación se han conservado los diseños y la marquetería originales, y desde su cama cualquier pasajero puede llamar al camarero con sólo apretar un botón.
Detalles
- El Orient-Express tiene 17 vagones, de los cuales once son coches cama, tres son coches restaurante -cada uno con su propia historia y decoración- y uno es un coche bar con pianista durante el día. Todos los vagones son originales de los años 20, restaurados por el empresario James B. Sherwod, que los compró y volvió a ponerlos en marcha en 1982. El tren realiza viajes entre Londres y Venecia, París y Roma, y París y Estambul, cuya duración depende de la época del año y del itinerario.






