El padre de la crítica del rock
Robert Christgau rehúye del contacto directo con los artistas: sólo se encierra a escuchar música, analizarla y muchas veces destrozarla. Dice que la suya es “una actividad de parásito”, pero sabe que es demasiado buena para dejarla
1 minuto de lectura'


NUEVA YORK
Robert Christgau no anda con vueltas. Cuando un álbum le gusta mucho, como en 1980 Dirty Mind de Prince, no tiene problema en escribir que "Mick Jagger debería doblar su pene y volverse a casa" y darle una A, la nota máxima en su sistema de evaluación. Cuando detesta algo como G N’ R Lies de Guns N’ Roses, de 1988, le da el mínimo (E) y lamenta: "Aun cuando estaban dominando las bateas, estos impostores decían muchas gansadas sobre el suicidio, pero sigo apostando que no tienen las agallas para saltar de ningún lado". Cuando no hay nada más políticamente incorrecto que hacer mención del cuerpo de las artistas, utiliza para hablar de peso de su música metáforas como "Adele es gordita en serio mientras Lily Allen simplemente le escribe canciones de amor al spaghetti a la bolognesa".
Bienvenidos al mundo de Christgau, el padre de la crítica del rock, personaje de una movida cultural mítica de Nueva York que dominó los años 60. El grupo, formado entre otros por Ellen Willis, Pauline Kael, Greil Marcus y Dave Marsh, buscaba expandir el territorio de los críticos que querían escribir sobre cultura popular, no salir de fiesta con las estrellas. Con una educación muy sofisticada y con estilos muy distintivos al escribir –en el caso de Christgau, a menudo brillante, lleno de alusiones, a veces enloquecedoramente críptico y ni qué hablar ofensivo– terminaron paradójicamente siendo estrellas ellos mismos, o al menos personajes de culto.
Se estima que Christgau ha reseñado más de 14 mil discos, sobre todo para el mítico diario de la bohemia de Greenwich Village, The Village Voice, que son fácilmente accesibles a través de www.robertchristgau.com. Actualmente es además profesor de crítica de música en la Universidad de Nueva York y acaba de publicar su biografía, Going into the City: Portrait of a Critic as a Young Man (entrar en la ciudad: retrato de un crítico como un hombre joven), que se volvió de rigor para el tout cultural de la Gran Manzana.
Christgau recibió a La Nación revista en su pequeñísima oficina, un cubículo espartano donde sólo hay un aparato de música y su computadora, y donde se encierra por días para concentrarse en alguna canción, pero con enorme deleite. "Es una decisión que tomé respecto de que mi mayor placer debería ser, también, mi trabajo", sostiene.
¿Cómo se volcó por la crítica de rock?
Durante un breve momento en mi juventud estuve interesado en ser cronista deportivo y luego, como todo el mundo en los 60, me imaginé escribiendo largos reportajes en formato de libro, de estilo A sangre fría. Pero yo no tengo lo que se necesita para ser ese tipo de gran periodista. Primero, no soy lo suficientemente agresivo socialmente. Segundo, no me gusta ser un explotador de las personas. Y, salvo excepciones, eso es lo que termina pasando. Los periodistas suelen escudarse diciendo que es su responsabilidad contarle al mundo lo que está pasando. Pero eso es mentira. En general, lo que hay detrás es una elección consciente, estética incluso, para elegir el vehículo que mejor lleve la narrativa. Quizás el artículo o libro resultante ayude a cambiar el mundo. Pero a veces eso significa no ser del todo ético y usar a la gente en el camino. Aunque al fin loable, yo no tengo estómago.
La crítica, en cambio, ¿no le ha traído conflictos morales?
Siempre me pareció, y hasta cierto punto me sigue pareciendo, una actividad de parásito. Pero siempre fui bueno para esto. Incluso en la universidad los profesores de poesía me decían que lo mío era el pensamiento crítico. Pero fueron los artistas pop quienes finalmente marcaron mi destino. Se dieron cuenta de que yo era un esteta serio, venía de estudiar Literatura en una universidad Ivy League, pero a la vez entendía el baseball y escuchaba los Top 40 en la radio. Su confianza fue la que me dio confianza.
Sin embargo, es bien conocido que usted rehúye de todo contacto directo con los artistas…
Cuando estás en contacto con los artistas les perdonás más sus errores y tonteras, y sos más entusiasta respecto de su trabajo que lo que estrictamente merecen. Es inevitable. Yo conocía a Bonnie Raitt y recuerdo que estuve encerrado una semana tratando de deconstruir mi relación con ella para poder escribir sobre su trabajo con libertad, y no me gustaría tener que repetir esa experiencia. Sin embargo, no soy del tipo de crítico que cree que la música debe hablar sola. Necesito muchísima información sobre los artistas para escribir sobre sus canciones. Por suerte, nunca me faltaron medios para conseguirla indirectamente. Como soy bastante conocido, y no es que busque datos personales para exponer trapitos al sol, nunca me faltan informantes. En particular, me obsesiona saber qué hacían los padres de los artistas, su niñez y su entorno, exactamente de qué clase social salen.
Eso es interesante porque en los EE.UU. se supone que la clase social es el último tabú, ya que en teoría es lo más parecido a una meritocracia posible, donde uno sube y baja por propios méritos y no por cuna.
Mirá, si escuchás a los Beatles, básicamente lo que encontrás es el sonido de gente tratando de escapar de su identidad de clase. En los 50 en Gran Bretaña, después de la guerra, entre la pobreza y destrucción ése era un tema serio. En los Estados Unidos podrías verlo en Chuck Berry y Jerry Lee Lewis, pero el país se recuperó mucho más rápido y entonces fue distinto por muchas razones y con muchos subtextos fascinantes. Porque la mayor parte del rock de calidad de los 60 en los Estados Unidos venía de músicos que partieron, en su inmensa mayoría, del folk. Esto implica que eran de clase media, pero que vieron en la clase más baja –y aquí se incorpora el tema racial– elementos para hacer suyos y proyectar en el rock. Hoy son los raperos los que llevan la posta en esto. Por ejemplo Jay Z compone muchas canciones donde es muy explícito sobre su gran salto en la esfera social. A veces puede dar repugnancia la manera en la que se aferra al lujo y al consumo recién descubierto, pero es un tipo brillante que sabe de las complicaciones que implica sacar letras fascinantes al respecto e igual lo hace.
¿Y de las mujeres?
La categoría divas del rock no me interesa. En el pop me gusta Pink, que ya tiene 15 años de carrera sólida. Hay elementos del prototipo de chica blanca que le gustaría ser negra en sus canciones y en la forma en la que se presenta a sí misma, pero resumirlo así es vulgarizarla porque a partir de esto desarrolla un concepto muy interesante. Aunque se quejaba de no ser tan linda como Britney Spears, la gastada ansiedad propia de las celebridades es menos importante en ella comparada a un dolor personal creíble. Dio un gran salto en un género que nunca creí que me gustara.
¿Pero cuánto hay de auténtico en las canciones que se suponen autobiográficas?
Es algo que discutimos con mis alumnos. La voz, ¿es una expresión de la persona o su representación? Creo que es siempre una presentación. Sin embargo, no vas a poder responder emocionalmente a la música si no sucumbís a la ilusión de que es una expresión. Si no bajás la guardia te estás perdiendo mucho. Y lo digo como un crítico absolutamente cerebral y cínico.
Un lector en la Argentina prende la radio. ¿Qué recomienda de lo que está sonando ahora?
No tengo la menor idea. Hace años que no escucho la radio ni me guío por rankings ajenos. Escucho la música que me llega directamente de los artistas y de los sellos, y si no estoy trabajando escucho mi propia mezcla aleatoria. No tengo idea de cómo les va en popularidad, pero a veces me entero de que hubo curiosas coincidencias. Por ejemplo, me gustó mucho el último trabajo de Jason Derulo. El anterior fue pobre, el último extraordinario. No tiene trayectoria como para saber su futuro, puede tratarse de una inspiración pasajera. En general diría que no hay ningún artista contemporáneo de primera línea con el que esté realmente entusiasmado, pero sí soy positivo de los talentos de JayZ, Kanye West y Nicky Minaj.
¿Y de los argentinos o latinos puede destacar alguno?
No escucho nada. Tengo suficiente con lo que hay aquí para trabajar y al no entender castellano me pierdo demasiadas cosas como para disfrutarlo. Diría que lo hiperemocional en las baladas en castellano o de descendencia latina no son de mi gusto, me resultan floridas y exageradas. Lo mismo me ocurre con su música instrumental. Hay una excepción: el tango de Piazzolla. Me resulta seco e inteligente, mi combinación preferida. A la emoción la controla en su punto justo y por eso es insuperable.






