
El país Zombi
Expoliado por el régimen de los Duvalier, castigado con golpes de Estado y consumido por un embargo para devolverle la democracia, hoy es un muerto que camina
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PUERTO PRINCIPE.- Una noticia aparecida recientemente en La Nación , extractada casi hasta su desecamiento de la revista inglesa de medicina The Lancet, nos trajo a Haití para retratar el país a partir de un rasgo excéntrico, de seriedad generalmente sospechada: los zombis, los muertos que caminan.
Nuestra tarea sería como dibujar un rostro empezando por el lóbulo de la oreja o por una aleta de la nariz. De todas maneras, la famosa publicación científica se había ocupado del tema, y a esto lo considerábamos como un espaldarazo a nuestro particular abordaje de la cuestión hatiana.
-¡Zombis! En Haití es un asunto de poca monta para la gente importante.
Oriol Canard, intelectual negro de piel azulosa, tinte infrecuente en los haitianos, propietario de un pequeño taller de artesanías, antropólogo y folk-lorista aficionado, aprobaba, sin embargo, nuestra elección del tema de los muertos que caminan como puerta de acceso a la realidad y a la surrealidad de Haití.
-Haití mismo es un zombi. Haití camina muerto. Lo mataron los amos de la tierra y anda por allí, dando vueltas alrededor de la tragedia de su identidad. A veces creo que el mar debería hacernos el bien de arrancar la isla, llevársela y estrellarla contra la costa de Africa.
Su comparación de Haití con un zombi nos pareció atractiva. Los haitianos no han dejado de ser sojuzgados de una u otra forma, por propios y extraños, a partir de la liberación de los esclavos en 1794, liderada por Toussaint Louverture, pasando por la independencia que declaró en 1804 Juan Jacques Dessalines, y sin omitir un lustro de severa ocupación norteamericana, a partir de 1915 y con prolongada influencia, ni los 29 años de sanguinaria dictadura duvalierista, como tampoco los hechos sucesivos hasta el presente y que constituyen, en conjunto, un capítulo donde se entremezclan la incesante convulsión de la democracia, aquejada de anticuerpos culturales numerosos, y el rostro doble, de solidaridad y de voracidad burocrática, propio de las organizaciones internacionales cuyas acciones de salvamento convergen actualmente sobre Haití, el zombi.
Para comprender mejor el diagnóstico formulado por Canard, es preciso entender el fenómeno químico, social y cultural que entraña la zombificación de una persona o, por extensión metafórica en este caso, de un país. Pudiera ser conveniente comenzar por la breve noticia que dio La Nacion acerca del ya mencionado artículo de The Lancet. Se titulaba Los zombis a examen y señalaba que dicha publicación inglesa "dedicó algunas páginas al tema de los zombis haitianos que, según la tradición, son muertos revividos por la magia negra vudú. "Sin embargo -añadía-, para los doctores Roland L. Littlewood y Chavannes Douyon, de la Universidad de Londres y del Policlínico de Puerto Príncipe (Haití), respectivamente, la explicación más acertada es que los zombis son personas con perturbaciones mentales cuya identidad es confundida por familiares acongojados por la pérdida de un familiar", según los médicos.
"Para llegar a tal conclusión -continuaba y concluía el breve artículo-, Littlewood y Douyon entrevistaron y sometieron a análisis fisicos y psíquicos a varios presuntos zombis y a sus familiares. Pero la prueba determinante fueron los exámenes de ADN que demostraron que no había lazos de sangre entre los supuestos muertos vivos y sus seres queridos."
Canard buscó infructuosamente a Douyon para que lo entrevistásemos. En el policlínico de Puerto Príncipe, le dijeron que el psiquiatra pasaba un período de vacaciones.
Según Canard, Chavannes Douyon sería hijo, acaso sobrino, de Lamarque Douyon, otro psiquiatra haitiano que alcanzó fama en 1980 con el caso de zombificación que tuvo por víctima a un tal Clairvius Narcisse. Este había sido declarado muerto en 1962. Dieciocho años después reapareció entre los vivos, estupefacto como si hubiese acabado de abandonar su tumba. Clairvius fue reconocido por su familia, pero entonces no hubo un examen de ADN que confirmara su identidad. Clairvius había sido llorado a su muerte. Su misteriosa reaparición y sus fragmentarios recuerdos indicaban, empero, que no era precisamente un Lázaro sino un zombi, un muerto que camina. Y, por ende, también era alguien que había sido castigado justicieramente con la zombificación. Entonces, de haber sido antaño un varón llorado a su deceso, Clairvius pasó a ser un paria social en su misterioso estado de muerto-vivo.
-No conozco la teoría de Chavannes Douyon y lo que ustedes me cuentan es bastante poco para abrir juicio sobre ella.
Oriol Canard fumaba a la francesa, sosteniendo un corto cigarrillo entre el índice y el pulgar, la brasa oculta bajo los tres dedos restantes. Nos hallábamos en la barra del hotel Montana, en el privilegiado suburbio Petionville. Eramos en ese momento los únicos clientes del bar. Afuera, en una terraza colgante, a la sombra de una pequeña jungla salida de un lienzo de Russeau, dos funcionarios de la UN impartían un cursillo a cinco haitianos, Mientras uno exponía, el otro se encargaba de exhibir láminas con gráficos y otras ilustraciones. En el calor de Haití todo trabajo es pesado.
-Sin embargo -dijo Canard-, yo señalaría que el joven Douyon parece no haber demostrado la inexistencia de los zombis como producto de la magia negra. A lo sumo habría establecido que algunos de ellos, a los que llama perturbados mentales en vez de zombis, no pertenecen a las familias que creen reconocerlos como miembros propios. Y cuando su teoría menciona perturbaciones mentales, confirma una característica del zombi, aunque yo hablaria de daño cerebral en vez de perturbación mental. Daño cerebral producido por el veneno psicoactivo capaz de provocar el estado cataléptico y por el otro veneno, uno distinto, que saca de ese estado y completa la zombificación .
-¿Dónde tiene alguna participación la magia negra? Hasta ahora hablamos de venenos.
-¡Ah!, la magia. Y bien, a ustedes el veneno los convertiría en intoxicados. A los haitianos, el veneno suministrado por un bokor (hechicero) nos convierte en zombis.
-¿Está sugiriendo que magia y cierto condicionamiento cultural son la misma cosa?
-Lo son desde el punto de vista de ustedes, en cuanto hombres blancos.
-¿Y si el haitiano ignorara que el veneno se lo suministró un bokor? ¿Sentiría entonces que está envenenado, quizá por un alimento y sin más consecuencia posible que un problema corriente de salud?
-Sólo alguien que no fuese un haitiano, con excepción probablemente de un hombre negro de Africa, ignoraría que lo envenenó un bokor.
-¿Es natural que se desee conservar a un zombi en el seno de su familia?
-No. La zombificación es una pena capital, una condena infamante, y el zombi, una persona a la que le han arrebatado el ti bon ange , el alma con los carismas que forman su temperamento, su voluntad y también su particularidad, eso que hace a toda persona única, diferente de las otras. Nadie, creo yo, podría continuar amando a una persona mala, condenada con razón, degradada a la condición de un vegetal.
-¿Y quién tiene el poder de condenar a la zombificación a un semejante?
-¡Vaya! ¡A ustedes les gusta avanzar rápido en la noche oscura! Pues bien, el empereur, el jefe supremo de una sociedad secreta, es quien condena o absuelve.
-¿Qué es una sociedad secreta?
-Una institución política y judicial.
-Ilegítima, sin duda.
-Todo lo contrario. Legítima. En el contexto del vudú. En este país, del primero al último, todos somos vuduistas. El nuestro es un pueblo vudú. Las sociedades secretas existen para progeter al pueblo vudú.
-¿Jean Bertrand Aristide (ex presidente y el más espectable de los políticos haitianos) es vuduista?
Canard sonrió torcidamente e hizo con la mano un gesto que tanto podía significar "¿Cómo decirles que sí?" cuanto "¿Cómo decirles que no?" Luego, quizá su gesto sólo había parecido levemente afirmativo. Pero no quiso añadir nada a su sonrisa y al arabesco de su mano. Su ambigüedad resultaba inescrutable.
-Deben temerse mucho entre ustedes, ante la posibilidad de ser denunciado con falsedades a una sociedad secreta.
-No. ¡Ay del que levanta cargos falsos!
-¿Qué delitos se ventilan ante el tribunal de una sociedad secreta?
-Se juzgan siete materias de denuncia. Si medras con tu familia o con tus empleados, si faltas el respeto a tus cofrades, si le soplas la mujer a otro, si andas con habladurías graves, si perjudicas a tu familia y si haces cualquier cosa capaz de impedirle a un tercero que trabaje su tierra.
-¿Todos esos delitos se purgan con la zombificación ?
-La pena capital es, en realidad, tan excepcional como el denunciante que la exige.
-¿Qué se hace con el zombi?
-Eventualmente se lo emplea como mano de obra más barata que ninguna otra; se lo vende como esclavo inconsciente de su condición de tal. La tradición judeocristiana dice que Dios le dio al hombre un alma y que luego lo condenó al trabajo. Nosotros le quitamos esa alma y también lo condenamos a trabajar. Confieso que no alcanzo a discernir quién es más duro, si Dios o los haitianos.
-¿No entienden que la zombificación es un castigo demasiado terrible?
-¿No son terribles la cámara de gas, la silla eléctrica, la inyección letal, la muerte decretada en cualquiera de sus formas?
-Pero ustedes, para hacer un zombi, roban el alma de la víctima.
Canard nos escrutó largamente, en silencio, y esta vez nosotros le resultamos enigmáticos a él.
-¿Esa es la observación propia de un Uanco civilizado y escéptico? -dijo por último.
DOWN TOWN
El sol de Haití quema como un soplete; las nubes de Puerto Príncipe beben vapor marino en el golfo de la Gonave y sueltan lluvia caliente. Cualquiera que sea el tiempo que haga, el atestado centro de la capital suda y el aire tiene olor a cebollín.
Una riada de peatones y vehículos se mueve sinuosa y pesadamente, a la manera de las grandes víboras. La gente que camina sólo camina y camina, toda la jornada. Es un misterio adónde va. No hay trabajo más que para unos pocos, pero todos se mueven como si debieran llegar puntualmente a alguna parte. Caminan por el llano centro de la ciudad, caminan subiendo y bajando las retorcidas calles de las colinas de Petionville. Piernas siempre en movimiento. La zurda, sístole; la diestra, diástole. Incesante caminata de los haitianos de Puerto Príncipe. A1 observarlos se piensa: "Hasta que la cuerda se les acabe y caigan".
También hay misteriosas idas y venidas sobre ruedas. Los colectivos haitianos, los tap-tap, hacen cien veces al día sus recorridos fijos y rectilíneos, cargados hasta el doble de su pequeña capacidad.
Son viejas camionetas carrozadas con tablas y adornadas con un estilo de pintura abigarrada que mezcla una especie de fileteado con una suerte de primitivismo kistch, de lo cual resulta una tercera cosa que podría catalogarse como taptapismo , ya que sólo se la ve en todo su esplendor en esos vehículos, que marchan permanentemente envueltos en nubes de monóxido de carbono y vapor corporal.
Cristos negroides son el motivo dominante de la iconografia taptapista , compuesta de una fauna que debe ser adivinada y de una flora improbable. La religiosidad de los haitianos inspira la literatura de graffiti que acompaña a las figuras: "Por gracia divina"; "Jesús me lo dio"; "Brillo de Su misericordia"; "Provisto por mi fe"; "Esta bocina ahuyenta la duda"; "Siempre cabe Dios"...
Y unas gotas de ironía: "¡Anda, milagro cotidiano!"; "Yo acelero y E1 maneja"; "Gracias al Supremo mecánico".
Y el confiado: "Es creer y arrancar" y el desconfiado: "Es arrancar y creer".
Vendedoras de agua vadean la caldeada corriente de la multitud. Sobre la cabeza sostienen una bandeja de madera con cuatro o cinco vasos de latón y un puchero de aluminio donde la mercancía cloquea sacudida por la marcha. Son oasis ambulantes. Parecería que el líquido que cargan les enfriase la temperatura, que se escurriera por alguna rotura del recipiente y las empapara, que las fuese helando hasta escarcharle las axilas retintas. Pero la escarcha es un espumarajo de sal y la mojadura, una raudalosa sudoración.
-¿Usted toma el agua?
-Yo la vendo.
-¿Nunca bebe el agua que vende?
-No. Sí. A veces.
-¿No sufre sed con tanto sol y cargada con esa olla pesada y los vasos y la bandeja?
-Sí. No. Casi nada a la sombra de la bandeja.
Puerto Príncipe carece de agua potable y aun de agua medianamente limpia. La única confiable se importa de los Estados Unidos. Otras aguas provienen de pozos cuya excavación constituye una floreciente industria en manos de algunas familias de la decena que concentra la mayor parte del poder económico haitiano, dueño de los bancos, la hotelería, las farmacias, el contrabando que incluye la droga, los cines, las estaciones de servicio, los supermercados...
La potabilidad de aquellas aguas es un valor relativo y variable. En el centro de la ciudad, los astrosos automóviles son lavados con agua que se saca con balde de la mínima y deteriorada red cloacal. La lluvia lo lava todo, aunque sólo la primera vez, al caer. De allí en adelante se encharca y es usada en diversos menesteres cotidianos, hasta que se convierte en un caldo representativo de todos ellos y acaba en alguno de los innumerables zanjones, tapizados de maloliente barro verde-gris, que rodean grandes concentraciones humanas periféricas, donde las casas son enclenques cobijos hechos con palos, cartón, bolsas, chapas, como los del mercado portuario y como los de la violenta Cite Soleil y su no menos belicosa rival, Boston.
Ambas se ven como versiones monstruosas de una villa miseria. Están armadas de una manera que envidiaría cualquier guerrilla, cualquier grupo terrorista, cualquier cuadrilla de fanáticos. Los habitantes de Cite Soleil acusan a los de Boston de carecer de ideología y actuar movidos exclusivamente por intereses criminales, en tanto que ellos se declaran incondicionales de Jean Bertrand Aristide, ex presidente que aguarda el 2001 para postularse por segunda vez a la primera magistratura.
Aristide conservaría buena parte de la popularidad que en 1990 le dio un triunfo electoral con el 70 por ciento de los votos, pero que no fue obstáculo para que lo derribase el golpe militar del general Raoul Cedrás, actualmente exiliado en Panamá donde, quién sabe, el tiempo podría operarle un recauchutaje político.
Otras opiniones sostienen que Aristide no sólo no ha perdido ascendiente popular, sino que supera su propio nivel electoral de aceptación. Todo es materia de conjeturas, excepto la certeza de que la fama del ex sacerdote católico basta de cualquier modo para mantenerlo a la cabeza de las preferencias.
E1 rostro de Aristide aparece en afiches callejeros. Su nombre se escribe con aerosol en las paredes. Los haitianos alfabetos, que son el 20 por ciento de la población, dan rienda suelta a su inspiración proselitista en los muros, así como allí alivian la vejiga hombro con hombro con los analfabetos. La ciudad se empapa con aguaceros del cielo y de la tierra.
Los edificios, de concreto momificado por el salitre marino o de madera convertida en yesca, todos de no más de dos plantas, hacen sobre el suelo sombras celestes, azules, rosadas, verde claro y fucsia, espejismo cromático causado por la luz albina del sol en las fachadas que fueron, en tiempos de Papá Doc, llama- å tivas como meretrices y que ahora exhiben colorines desvaídos por el paso del tiempo, la agresividad del clima y la extremada pobreza con su secuela de incuria.
En algunas esquinas y en recovas de edificios clausurados se venden artículos de tocador de variada procedencia, bebidas alcohólicas que son exóticas en Haití y hasta pequeños juguetes de plástico. Otro misterio: el de un comercio ficticio. ¿Quién podría distraer un solo centavo de su pobreza para comprar algo de todo eso?
De a cucharadas, en algunas aceras, cocinado allí mismo en cacharros abollados y sobre tizones de carbón de leña, se vende un guiso invariable de arroz con algo de porotos negros y casi nada de carne porcina. Hay quienes compran un puñado de almuerzo a una gurda (medio céntimo de dólar) y se lo llevan en la palma de la mano para comerlo al amparo de algún rincón umbrío, donde la fiebre del día cede un par de grados.
Chanchos que tragan la basura de una docena de hospitales deambulan por el centro de Puerto Príncipe. Sus dueños los siguen ociosamente hasta que logran venderlos, con lo cual les llega a los flacos animales el turno de trascender, repartidos por la cuchilla en la sustancia de innumerables comidas callejeras.
El haitiano de Puerto Príncipe vive, con todo lo que eso implica, en la calle. Y en la calle muere si tiene ocasión de evitar el mínimo encierro que supone el más paupérrimo de los techos. Varones y mujeres orinan en público sin excesivo disimulo. Probablemente enterrarían, si pudiesen, lo menos insustancial. Pero las calles de la ciudad, aunque ya cribadas de baches y surcadas de tajos aún son de macadam.
Cierta haitiana de la alta sociedad confiesa que le gusta salir al parque de su casa para orinar. No sabe explicar su preferencia. Asegura que no es excepcional en el círculo de sus amistades. El atractivo de la intemperie quizá tenga el acento ancestral de alguna cultura africana. Pero en el urbano Puerto Príncipe, al contrario que en la selvática aldea, es imposible cualquier discreto alejamiento. Cuando la calle es hogar, la gente se porta como si estuviese en la intimidad de una casa.
Aunque los charcos y los fangales de las aguas servidas son comunes en el centro ciudadano, algún fenómeno misericordioso impide que su fetidez se perciba por sobre el olor a sudor, verdura y fruta podridas. Hay, sin embargo, momentos y lugares en que todos los olores, discernibles o latentes, se mezclan y se transforman en el particular olor de la miseria de Haití.
LA CRISIS DEL ZOMBI
A nuestra llegada transcurría el cuarto mes de un vacío de poder al menos técnico, causado por la vacante del cargo de primer ministro. El que hubo, había renunciado, impedido por los partidarios de Aristide de cumplir con la promesa hecha a la comunidad internacional de instaurar una política neoliberal y reformar el Estado. Ambas cosas habrían significado la privatización de nueve industrias y la racionalización de una administración pública en la que se dan casos como el de cuatro puestos de trabajo ocupados por 120 personas, con sueldo completo cada una, en un país donde el desempleo alcanza el 80 por ciento sin atenuante.
El presidente René Preval, consumado actor, afamado règisseur y hombre de Aristide, intentaba entonces que el Parlamento aprobara a su candidato a primer ministro, un hombre del que se dice que ha logrado estructurar una ideología a mitad de camino entre el neoliberalismo y, podría decirse, la-cosa-a-la-haitiana .
Si se considera que el neoliberalismo y la-cosa-a-la-haitiana han de hallarse separados por una distancia sideral, el punto medio entre ambos sería una concepción política también extraordinariamente lejana de ambos extremos. Se dice que mientras esté muy lejos de la-cosa-a-la-haitiana , todo resultará bien. También se acepta que no dejaría de ser benéfica su lejanía del neoliberalismo, aquí, donde pese a la brutal inopia del pueblo, la macroeconomía funciona. Pero la oposición se negaba a consagrar al candidato de Preval y el sistema parlamentario haitiano se hallaba envuelto en una crisis de identidad institucional.
El día que llegamos se despedía de Preval un embajador latinoamericano que terminaba su gestión.
-Espero, señor presidente, que la crisis pueda resolverse cuanto antes -había dicho el diplomático, según su propia reconstrucción del diálogo.
-¿Qué crisis? -le espetó Preval, un tanto amoscado-. Aquí no tenemos una crisis. Esto es la política haitiana. Haití tiene sus propios tiempos, sus ritmos. Estamos dialogando y en tanto se dialogue no hay crisis.
Pero Preval también se ha preocupado por desarrollar una ejecutividad centelleante, a contrapelo de los ritmos y los tiempos nacionales, capaces de eternizar el diálogo sobre una cuestión incendiaria. Así, sin solución de continuidad y ante las cámaras de la TV acusó de corrupto al gerente general de una empresa del Estado, ordenó su inmediato prendimiento y dispuso que lo encarcelaran.
El hombre aún balbuceaba excusas mientras los policías se lo llevaban detenido, casi en vilo, atenazado por los brazos. En los hogares de los 25.000 haitianos que tienen televisor pudo verse en esa ocasión a Preval presidir, acusar y condenar en un solo y mismo acto que les juntó las cabezas a dos poderes del Estado. "Liberté" a la haitiana. Y quedó demostrado que en Haití hay ciertas cosas que hoy no se toleran ni un instante. Lo que todavía no está demostrado palmariamente es la existencia del Estado."
Un intendente del interior le advirtió a Preval que no se presentara sin previo aviso en su jurisdicción pues, de lo contrario, lo haría detener. "En su bejuco chilla cada loro", dicen aquí. Egalité a la haitiana.
Por cierto, la demora en la designación de un primer ministro mantenía en animación suspendida una serie de proyectos considerados vitales para los intereses de la Nación, y en los organismos y suborganismos internacionales se mencionaba la posibilidad de que la falta de progreso tangible en la situación general por causa de lo que se considera pura politiquería, hartase a los benefactores de Haití y el país quedara sin apoyo económico a mediano plazo. Fraternite a la haitiana.
Francia y Canadá podrían, quizás, arrugar la nariz, endurecer el ceño y fruncir la boca de la escarcela ante el estilo criollo de los dirigentes. Pero todos en general creen que Estados Unidos continuará oblando para evitar que la miseria acabe por empujar desde Haití enormes oleadas de hambrientos y desesperados hacia sus costas promisorias. La superpotencia ya tiene en su territorio a un millón de haitianos, en su mayoría ilegales. Ni uno solo de éstos se vio beneficiado por el reciente blanqueo que dispuso la política migratoria norteamericana.
-Bill Clinton le prometió a Haití mil millones de dólares y no ha cumplido.
Quien protestaba contra el presidente norteamericano era J. Venel Remarais, director propietario de la Agence Hatienne de Presse, un experimento periodístico en el Haití de hoy, que inaugura las libertades de expresión e información.
-Mil millones de dólares; él los prometió. Está documentado. Dicen que Haití no está listo para beneficiarse de una cifra tan abultada. No sé realmente cuánto se ha recibido de Clinton y de todo el mundo, pero sí sé que mucho se gastó en pagar a los expertos por diagnosticarnos la situación y recomendarnos los tratamientos.
La crítica de ese haitiano, en cuyos ojos verdes asoma algún lejano abuelo blanco, se había vuelto ahora contra los organismos internacionales, que hasta el presente han hecho donaciones y otorgado préstamos por un total de 151,40 millones de dólares.
Remarais desayunaba con nosotros en la veranda del Oloffson, el hotel donde Graham Greene escribió su novela haitiana Los comediantes , interpretada en el cine por Liz Taylor y Richard Burton.
Este hotel posee atmósfera espiritual con subversivos destellos venéreos, crujen sus pisos de vieja madera oscura y cerca de los altos cielos rasos giran pausadamente las paletas de grandes ventiladores.
Desde la fronda del parque extendido ante la veranda, llegaban hasta nosotros trinos metálicos y airados, que por momentos parecían surgir de la garganta de yeso de las diosas vudú que adornan las cuidadas parcelas de césped inglés. Una deidad daba de mamar a una poderosa serpiente. Otra sujetaba entre sus muslos, de pie, una bestia cuadrúpeda con seis cornudas cabezas de gato.
Preguntamos a Remarais si las sociedades secretas influyen en la política y manifestó que no lo creía. También negó que lo hicieran los sacerdotes del vudú, los houngan (muchos de los cuales son, a la vez, jefes de aquellas sociedades), porque, según él, el vudú es una atomización. Si así era en realidad, la noción atomizada que los funcionarios poseen del Estado bien podía ser un mero reflejó del vudú, la manifestación cultural más haitiana entre lo haitiano.
También le preguntamos a Remarais acerca de la influencia política de la Iglesia Católica. Opinó que esa institución hace actualmente un severo ejercicio de equilibrio, escaldada por el desprestigio que le habrían acarreado su aproximación al duvalierismo, su oposición a la candidatura de Aristide cuando ejercía el sacerdocio y, por último, su tolerancia con el golpe de Estado encabezado por Cedrás, desencadenante del embargo internacional que forzó la reposición de Aristide en el gobierno y que, como contrapartida, causó trágicos perjuicios a la ya miserable vida de los haitianos. Cuando nos despedimos de Remarais, él prometió acercarnos al ex presidente, al verdadero hombre fuerte de Haití, acaso tan fuerte como ese otro que yace en una tumba donde montan guardia la luna llena y sombras carmesíes convocadas por la magia negra: François Duvalier, Papá Doc.
Antes de separarnos, aun dedicamos un par de minutos a comentar un extraño episodio donde una anciana había muerto al estallar en sus manos un paquete que seguramente despertó su fatídica curiosidad. Hubo trece heridos a causa de la explosión.
EN LA COMISARIA
Comer cada tres días y sólo un plato de arroz, cuya salsa ardiente produce un remedo de saciedad en el estómago, es todo å el régimen alimentario de los presos alojados en el calabozo de la comisaría de Puerto Príncipe. El Estado no tiene dinero para tratarlos mejor. Pero ese calabozo, donde los prisioneros nunca están sino apiñados y además hervidos en la suma infernal del clima haitiano y el calor de sus propios cuerpos, es un calabozo de cinco estrellas. Las cárceles, en cambio, pueden considerarse justificación suficiente para que sus víctimas vayan, en su hora y por el mérito de su sufrimiento, directamente al regazo del Padre Celestial.
Rodolfo Mattarollo, un argentino que desempeña el cargo de director ejecutivo adjunto de la misión civil internacional destacada en Haití por la UN y la OEA, nos habló de un proyecto para invertir 60 millones de dólares en la estructura penitenciaria. Parece ambicioso, pero el resultado que se pretende obtener al cabo de algunos anos es que las prisiones de Haití tengan el 6 por ciento del nivel estándar de las de Canadá y el 9 por ciento del nivel de las de Francia.
-¿Cómo serán, con ese nivel del 6 por ciento, respecto de las cárceles argentinas?
-No lo sé con exactitud. Pero, de todas maneras, sin duda, las cárceles haitianas aun serán mucho peores que las de nuestro país.
La comisaría de Puerto Plincipe, donde habíamos visto lo mejor en materia penitenciaria, es también cuartel de bomberos. Había tres autobombas de las cuales funcionaba sólo una en ese momento, y una decena de autos patrulleros obsequiados por Taiwan, país con el que Haití eligió sostener relaciones diplomáticas en detrimento de posibles lazos con China comunista. De esos automóviles, nada más que un par estaba en funcionamiento. Lo que se rompe no vuelve a funcionar a menos que el ingenio permita solucionar el problema. No hay repuestos y todo se avería con facilidad.
El embargo norteamericano que repuso a Aristide en el gobierno para que completara los dos últimos años de su mandato, agudizó notablemente la pobreza general al paralizar las escasas industrias medianas, hundir otras pequeñas, segar numerosas fuentes de trabajo y provocar un auge inusitado de la delincuencia común, antes mantenida a raya por gobiernos de mano férrea.
-Anteayer asesinaron a un hombre con tantos machetazos que lo hicieron picadillo desde los talones hasta las nalgas. Cosas así ocurren a menudo en estos días. Y hay mucho arrebato, mucho robo de autos en la calle y a pleno día, mucha arma; todos andan armados.
El capitán de la gendarmería argentina, Hugo Marecco, que manda el grupo de esa institución encargado de adiestrar a la nueva policía de Haití, creada para reemplazar a las fuerzas armadas que disolvió Aristide, nos había mostrado aquel calabozo de lujo relativo y ahora nos conducía, mientras describía para nosotros los delitos más corrientes, al despacho de monsieur Jean-Yonel Trécile, el comisario de Puerto Príncipe.
Trécile, de sólida delgadez y algo apenas esbozado en su continente que sugería la imagen de una varilla metálica que hiciese zumbar el aire, aceptó comentar el episodio de la bomba que había matado a una anciana en pleno centro de Puerto Príncipe.
-Debemos esperar el resultado de las pericias, pero le voy a dar la opinión personal que me ha pedido: era una bomba de prueba, puesta muy a propósito en un lugar frecuentado por una anciana indigente, cuya muerte no puede importale demasiado a nadie. El asesino quería probar el efecto de su bomba, una bomba casera; ver cuánto daño podía causar la cantidad de explosivos que usó y la de clavos que puso como metralla. Ahora ha comprobado que necesita más o menos explosivo, más o menos clavos para cumplir sus propósitos, y vaya a saberse cuáles son.
-No parece tratarse de un experto en explosivos...
-No.
-Tampoco de un delincuente común.
El comisario hizo un gesto que debíamos interpretar.
-¿Estará preparando un atentado político? ¿Contra quién puede ser? ¿Será Aristide?
-Debemos esperar el resultado los peritajes.
Al otro día, un experto canadiense dictaminó que la anciana había poseído una granada de guerra y que, sencillamente, debía de ignorar que ese extraño juguete, llevado al extremo de un piolín, podía arrancarle a ella la cabeza y agregarle varios gramos de hierro al peso de otras 13 personas.
CHEZ ARISTIDE
El ex presidente Jean Bertrand Aristide vestía conservadoramente cuando nos recibió en su mansión: blazer azul, pantalón gris, discreta corbata de seda, zapatos de charol abotinados. Es hombre menudo, un peso pluma, un jockey. No nos hubiese extrañado descubrir, como en las pesadillas, que su esqueleto estuviese hecho de ramas.
Su redonda cabeza, un tanto grande, se å corona con una rara tonsura grisácea sobre la mollera; es decir, un tanto corrida del sitio que ocupa una tonsura en la cabeza de los sacerdotes católicos. El mismo Aristide, ex sacerdote, se ha corrido, como su tonsura, de su lugar en la Iglesia.
Su inmersión en la política y su militancia en una iglesia -reemplazada ahora por la menos conflictiva Fundación Aristide para la Democracia-, fueron condenadas por el obispo de Puerto Príncipe. Hace dos años, durante su exilio, Aristide se dejó el bigote y se casó con una abogada haitiana que ejercía en Nueva York y que ahora lo acompaña en Puerto Príncipe.
La situación canónica precisa en la que se encuentra no se hizo pública. Dicen que el Vaticano se niega a abrir un abismo que separe definitivamente de su influencia a quien hoy parece ser el depositario del destino de Haití.
Los ojos de Aristide, puestos en su nueva postulación presidencial para el 2001, se ven protuberantes y encapotados detrás de los anteojos de armazón negra. Sólo uno, el derecho, enfoca al interlocutor en el diálogo y esa mirada concentra una doble intensidad casi hipnótica.
Rodolfo Mattarollo había recordado, en ocasión de una charla con nosotros, cierto discurso aristidiano que permitió apreciar el estilo oratorio con que el ex presidente llega al corazón de sus compatriotas.
-Primero -recordaba Mattarollo- habló Alfonsín: una exposición rigurosamente estructurada en el terreno de la lógica más absoluta. Después, Aristide: el alma de los haitianos donde luchan sueños liberados contra sueños reprimidos; Freud, Jung... Qué otro presidente habla de inconsciente colectivo, de sueños, de alma racial, de Freud, de Jung?...
Casi podíamos volver a oír ahora aquellos interrogantes de Mattarollo, mientras teníamos ante nosotros al hombre que los había inspirado. Con otras preguntas silenciosas intentábamos acercarnos a la personalidad de Aristide: ¿Cuánta complejidad hay en la psicología de un hombre que, para responder al llamamiento de una fe absorbente, pregonera de un reino fuera de este mundo, retuerce el pescuezo del atavismo africano enquistado en su médula espinal, y luego, casi en una segunda apostasía, se echa en los brazos de la política, quizá la más mundana de las empresas del hombre?
Al estar con Aristide en su despacho, nos hallábamos en el corazón de una gran casa y ésta, a su turno, en el ombligo de un vasto parque de líneas afrancesadas. Había allí una decena de automóviles, gente numerosa, custodios que nos habían revisado a la entrada en busca de armas y, en todas partes, el inconfundible perfume del poder.
-¿Cree aquello de que es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico salvar el alma?
Con voz levemente afónica de cantor de spirituals, Aristide respondió sacando la pregunta del terreno personal en que había sido planteada: -Yo no soy dogmático, prefiero ser dialéctico. En ese sentido, lo que me interesa es el hombre, sea rico o pobre. Me interesa que ese hombre sea feliz aquí como en el cielo. Ricos, pobres, todos son iguales para mí.
-Evidentemente hay niveles de pobreza en los que, cabe suponerlo, ha de ser difícil la felicidad. Lo digo mirando la pobreza de Haití.
-En 1986 empecé a trabajar con los chicos de las calles. En 1988 llegué aquí, construyendo esta casa con la misión de transformarla, poco a poco, en un campus universitario. Hoy, los chicos trabajan la tierra acá mismo. Mientras esperamos que este sitio se transforme en un campus universitario, somos felices porque los chicos pueden comer un poco con su trabajo. Esos mismos chicos, que son 400, hoy son dueños de una estación de radio. El codirector tiene seis años.
"Cuando ellos participan hacen que nuestra joven e inexperta democracia se enriquezca. Cuando los adultos escuchan la voz de esos chicos por la onda de radio, hay una dialéctica educativa de ida y vuelta.
"Puesto todo eso dentro del cuadro nacional, el resultado es muy sencillo para mí: tenemos aquí a sujetos de la historia, no a objetos de la historia. Ellos están construyendo, poco a poco, una nueva democracia, la nueva tierra haitiana. Tenemos que contar con ellos, que aun son pobres, como tendremos que contar con los ricos. El diálogo es indispensable para promover la nueva tierra que queremos, y yo empujo a todos los sectores, a todos los líderes políticos, a mí como a los demás, al diálogo, porque fuera de él podemos fracasar."
-¿Su escasa afición al dogmatismo fue, quizá, la razón que lo llevó a dejar los hábitos sacerdotales?
-Tendría que preguntarles a aquellos que han tomado la decisión de que los deje. Pero, en cuanto a mí, yo creo que también Jesús tenía la estrella del amor delante de él. Y porque él vivió de ese amor sin demagogia, pudo entregarse por los demás. Entregándonos por los demás y dando los pasos de Jesús, fue que nos pasó lo que pasó. Y hoy, siempre con el mismo espíritu cristiano, pues soy cristiano, siempre con el å mismo espíritu de San Juan Bosco, seguimos trabajando con los chicos de las calles, con los jóvenes.
"Hay doce mil jóvenes que son parte de la Fundación Aristide para la Democracia. Ellos nos permiten seguir haciendo lo que estábamos haciendo antes: compartiendo el pan del amor. ¿Esto es dogmatismo? No. Es respeto que pasa por medio de la educación dialéctica. Respeto del que habla por el que escucha y viceversa. El respeto mutuo puede compararse con el método cristiano. A mí me parece que vale la pena."
-¿Cómo aprecia el papel de la Iglesia Católica en la crisis de Haití?
-Yo lo veo como... teólogo, bajo la luz de una dinámica evangélica. El Evangelio nos dice que no se puede restaurar la paz fuera del tiempo. Aquí vivimos en un país que ansía la paz, donde deberá haber cada vez más paz. Pero esto no lo podemos lograr fuera del tiempo. Los cristianos de la Iglesia Católica, por ejemplo, tratan de cultivar un tejido de paz, lo hacen a veces en silencio, pero no basta; aunque lo vemos cultivarse en todos los rincones de las calles, aún no basta.
"Este proceso es más lento que hace seis o siete años. Para decir la verdad, es mucho más lento. Pero, para decir también la verdad teológica, no ha sido asesinado, no ha muerto. Ese proceso de paz se está haciendo. El Espíritu Santo nos permite a veces acelerar la dinámica de paz cuando quizá menos lo pensamos. Ojalá que con el tiempo, nosotros los cristianos podamos acelerar esa dinámica de paz en Haití.
"Los protestantes como los de la religión vudú están implicados en ese proceso de paz. Y cuando hablamos de esta paz hablamos de la paz total e integral. No se puede hablar de paz en el corazón cuando no hay paz en la barriga. Si falta la comida difícilmente hay paz en el corazón o en la mente. El proceso de paz es lento, pero, sin duda, irreversible."
-Durante su exilio usted estuvo comprometido con el neoliberalismo.
-Hay políticos que han escogido la bandera de la mentira para imponer su programa neoliberal, tratando de esconder su gran delito. No pueden esconderlo durante años, pero han logrado hacerlo durante meses.
"No hubo ningún plan neoliberal que haya sido escrito o firmado mientras yo estuve en el exilio. Hubo, sí, documentos de trabajo y soy yo quien los distribuyó desde la presidencia cuando estuve en ella, para que los periodistas y las organizaciones pudieran ver con sus propios ojos de qué trataban. Me hace feliz decir que si hubiesen decidido respetar todo lo que se había escrito en esos documentos, tendríamos algo un poquito más positivo que ver entre todo lo que hoy estamos viendo.
-¿La economía es la llave del proceso de paz?
-La llave es la ausencia del ejército haitiano. Este ejército no existe más. Tuvimos un soldado por cada mil haitianos y un ejército que se llevaba el 40 por ciento de los recursos del presupuesto de la nación. Hemos destruido a ese ejército. No por venganza. No hay sitio en nuestro corazón para la venganza. Lo destruimos para poder construir un Estado de Derecho. Hemos creado en su lugar una policía, que deberá mejorar en el respeto de los derechos humanos y garantizar la actividad de la oposición partidaria, indispensable para la salud democrática. Hoy carecemos de tolerancia en nuestra cultura política y debemos aprender a cultivarla.
-¿Tiene el apoyo de la oligarquía haitiana?
-Cómo no. Lo digo en el sentido de que, si bien no colaboran todos, ésta es la casa del diálogo. Casi todas las familias ricas, cuando quieren, vienen aquí a dialogar. Eso, para mí, es la mejor colaboración que el país puede tener. Sin diálogo caeremos de nuevo en donde estábamos. Con diálogo no hay posibilidad de fracaso.
Aristide sonrió para hacer evidente el final de la entrevista. Luego llamó a su mujer por un teléfono interno para que les hicieran juntos algunas fotografias. No dio con ella. Enseguida se disculpó por no prestarse a prolongar la sesión de fotos desarrollada durante el reportaje. Dijo que había gente que aguardaba por él en algún otro lugar de la casa, pero luego aceptó posar fuera de su despacho, en un patio interior.
Nos movíamos en esa dirección cuando el ojo fotográfico de Daniel Caldirola descubrió sobre el escritorio del ex presidente un libro solitario, con trazas de hallarse en proceso de lectura. Se titulaba: Cómo usar las dos mitades del cerebro. Un libro útil para Haití...
Partimos de la casa de Aristide a una cita en la Escuela Normal Superior de Puerto Príncipe, acordada con monsieur Héctor Leconte Pierre, specialiste en vodou.
La noche del día siguiente habría de ser extraña, poblada de dioses que acudirían a la convocatoria de los tambores. Y transcurriría en la selva, por donde vagan los muertos que caminan.
Pero ésa, es otra historia.
Texto: Mario Perez Colman
Fotos: Daniel Caldirola
HAITI
1794
Toussaint Louverture ayuda a liberar a los esclavos negros y durante los siguientes cuatro años lidera a las tropas francesas en su lucha contra las británicas, las que son echadas de la isla. En 1803, Louverture muere prisionero en Francia, a donde había sido llevado un año antes por resistirse al intento francés de reinstaurar la esclavitud.
1804
El general Jean Jacques Dessalines declara a la isla La Española independiente del mandato colonial de Francia. El territorio es denominado entonces Haití y Dessalines se inviste emperador. En 1806 muere asesinado y, pocos años más tarde, Henri Christope domina la parte norte de Haití y Alexandre Sabes Petion establece una república en el sur de la isla. En 1820 Muere Christope. En toda la isla se consolida el poder de Jean Pierre Boyer, sucesor de Petion. Hacia 1844 se declara independiente la zona oriental de la isla, con el nombre de Santo Domingo, actualmente República Dominicana.
1849
Tras una serie de enconadas luchas políticas entre negros y mulatos por el poder, Faustin Elie Soulouque se proclama emperador con el nombre de Faustino I. Durante una década gobierna despóticamente. En 1859 el mulato Nicholas Fabre Geffrard resraura el gobierno republicano y gobierna hasta 1867.
1915
Los desórdenes raciales han persistido y Haití es intervenido por los Estados Unidos, que desde hace entonces cinco años ha reemplazado a Francia en su papel de influencia principal en la isla. El orden se restablece poniendo, esencialmente, coto a los belicosos movimientos campesinos.
1915
Sostenido por los EE.UU. mediante un tratado de ayuda económica y política, preside el país Philippe Sudre. Periódicos alzamientos jalonan la hostilidad del pueblo haitiano a la ingerencia norteamericana. El 15 de agosto de 1934, durante la presidencia semidictatorial de Stenio J. Vincent, concluye la ocupación de Haití por los EE.UU. Durante los siguientes tres años, Haití sufre la depresión económica mundial.
1939
Vincent pierde el favor norteamericano y lo sucede Elie Lescot, que el 8 de diciembre de 1941 declara la guerra al Japón a consecuencia del ataque a Pearl Harbour. Al año siguiente, Haití permite que la aviación antisubmarina norteamericana use la pista de aterrizaje de Puerto Príncipe. En 1944 el mandato de Lescot es extendido por otros siete años.
1945
El 26 de junio Haití firma la carta de las Naciones Unidas (UN) y se convierte así un uno de los 51 miembros fundadores del organismo internacional. Los militares haitianos derrocan a Lescot, que huye a Miami, y el 16 de agosto de 1946 se elige presidente a Dumarsais Estimé.
1949
Confabulados con la República Dominicana, revolucionarios hatianos desatan una crisis política y el presidente Estimé declara el estado de sitio. En 1950 es obligado a renunciar. Ese mismo año se elige presidente a Paul E. Magloire, que promueve la inversión extranjera y pone distancia política con la República Dominicana. En 1956, Magloire dimite tras una controversia acerca de una extensión de su mandato.
1957 Luego de un período de incertidumbre política, en septiembre se consagra presidente de Haití Francois Duvalier, conocido como Papa Doc. Declara fuera de la ley a numerosos opositores y gobierna por decreto. Organiza el temible Tonton Mocoute, cuerpo parapolicial que él controla personalmente y que se encarga de reprimir por la fuerza y el terror a la oposición. La asamblera legislativa bicameral le responde enteramente. Asume discrecionales poderes económicos. En 1961 los EE.UU. le ponen la proa.
1964
Papa Doc cambia la Constitución, para convertirse en gobernante vitalicio, y la bandera, que será roja y negra para simbilizar la unión de Haití con Africa. Hacia 1967, Papa Doc se ha desembarazado por la fuerza de dos millares de oporitores. Otros muchos han logrado exiliarse. Entre 1970 y 1980 se produce un éxodo masivo de haitianos a los EE.UU., corridos por la ferocidad del régimen duvalierista. en 1971 se ha modificado otra vez la constitución, en esa oportunidad para permitir que Papa Doc nombre sucesor a su hijo, Jean Claude Duvalier, Baby Doc. Ese mismo año muere Francois Duvalier; Baby Doc asume la presidencia a la edad de 19 años y gobierna casi como títere de su madre. A principios de 1986, corrido por una insostenible presión política, Baby Doc huye del ya paupérrimo Haití y es sucedido por una junta militar.
1990
Tras una serie de golpes que alternan en el poder a jefes militares, en diciembre de celebran elecciones supervisadas por la comunidad internacional, las cuales consagran en la presidencia a Jean-Bertrand Aristide, sacerdote católico y defensor de inmensamente mayoritaria clase baja haitiana.
1997
La coalición oficialista se divide y Aristide y Preval quedan a la cabeza de la escisión. Aristide anuncia que se postulará a la presidencia en 2001 y adelanta su rechazo al neoliberalismo. El gobierno sufre la prolongada acefalía en el cargo de primer ministro.



