
El Palio di Siena
La carrera donde se mexclan la historia, la pasión y el peligro
1 minuto de lectura'


Siena se encuentra en el corazón de la Toscana, una de las regiones más importantes de Italia por su patrimonio artístico, cultural y económico. La fundación de esta ciudad queda perdida en los albores de la historia, envuelta en leyendas. Se dice que fue fundada por Aschio y Senio, hijos de Remo, que a su vez era hermano de Rómulo, fundador de Roma.
Entre algunas de sus instituciones más famosas se encuentran la universidad, fundada en 1240 y el banco Monte dei Paschi di Siena, creado en 1472 y hoy el banco en funcionamiento más antiguo del mundo.
El propósito primordial de mi viaje es conocer uno de los eventos culturales e históricos más particulares. Donde la emoción, la pasión y el sentido de pertenencia a un color es una religión. Me refiero al famoso Palio di Siena, una carrera hípica de origen medieval entre los barrios o contradas de la ciudad, que se realiza en la Piazza del Campo, centro neurálgico de la cittá. Diecisiete barrios son los que compiten por llevarse el cencio (el palio), la tela que gana el vencedor desde 1659.
Nombres como Civetta (pequeña lechuza), Bruco (oruga), Istrice (puercoespín), Lupa (loba) o Chiocciola (caracol) marcan los favoritismos y lugares de procedencia, y el barrio para los sieneses es más que importante. Ganará el caballo que cruce primero la meta –¡¡con o sin jinete!!– después de haber dado tres vueltas a la plaza y enfrentado las tremendas curvas del recorrido que continuamente ponen en riesgo la integridad física tanto del caballo como del jinete. El espectáculo es impresionante: 70.000 personas abarrotan la plaza, apiñadas unas junto a otras, gritando y pronunciando los nombres de su querida y adorada escuadra.
Durante el día se levantarán incontables apuestas, poniendo en juego infinidad de cosas, entre ellas el honor de la contrada. El desfile inaugural está provisto de una profusión de trajes ornamentales, y la entrada de los fantini, los competidores a lomo de sus barberos, es única. Ganar para cada uno de ellos significará convertirse en un verdadero héroe.
Ludovico, mi anfitrión, me pide que elija un equipo, un barrio, al cual le tendré que ser fiel toda mi vida. Una vez tomada la decisión ya no habrá vuelta atrás. Mientras, los espectadores dentro del círculo formado por la pista hacen visibles sus emociones, gritan y vociferan, se ríen, hacen gestos. Desde los balcones se escuchan las palabras de aliento propias de lo que estamos a punto de vivir. Suenan las trompetas, señal inequívoca de que está por comenzar la carrera, y Ludovico exige con una mirada una respuesta. Este es el momento en el cual mis ojos se posan en un estandarte amarillo con un águila y me doy cuenta de que la decisión esta tomada.
"Aquila", esa es mi contrada, y me sumo al griterío general como un poseso mientras se larga la carrera, y caballos y jinetes se entregan al ritmo infernal de las tres vueltas.
La entrega de los competidores es total, saben que la gloria se encuentra a pocos minutos. El rostro de los jinetes refleja la adrenalina y concentración necesaria para tomar las peligrosas curvas a gran velocidad. Todo sucede como en un suspiro, casi como en cámara lenta. Tan lenta y rápida es que como hipnotizado observo el espectáculo, estado del cual soy sacado por los vítores de la contrada que ya levanta en andas a su victorioso paladín. El héroe del día.
Mi mirada se cruza con la de Ludovico, tanto su contrada como la mía no han resultado ganadoras, pero eso no importa. Hemos participado de algo más grande, con cientos de años de historia. Y al ver que lo he entendido Ludo esboza una sonrisa de satisfacción. Señal inequívoca también del momento de sumarnos a la gente en la calle y perdernos en la algarabía general.






