
El pan que los hijos traen bajo el brazo
Quizá los más jóvenes no lo hayan escuchado nunca, pero hay un dicho popular que enuncia que, cuando un chico viene al mundo, trae un pan bajo el brazo.
Si no lo escucharon, sería bueno que tengan en cuenta esta imagen que viene de la lejana tradición, porque es de los dichos más lindos que existen, de esos que nutren a la hora de traer a alguien al mundo, aun en circunstancias difíciles.
Es verdad que algunos creían entender que, al hablar de "pan bajo el brazo", se hablaba de "suerte", algo así como que los padres se ganarían la quiniela o conseguirían un mejor trabajo, un golpe del azar que solucionaría los problemas del caso.
Puede que algo de eso exista, pero otra lectura, que puede ser de utilidad para aquellos que están comenzando en el camino de la paternidad, es que la llegada de un chico despierta tanta, pero tanta energía en sus padres, que todo se potencia con el alimento de recursos anímicos antes absolutamente desconocidos, que aparecen ante la nueva situación.
En la gran mayoría de los casos, ante la llegada de un bebe los padres descubren dentro de sí fuerzas antes desconocidas, un amor inimaginable que los despierta a hacer esfuerzos de magnitud que trascienden las fronteras emocionales y físicas antes establecidas.
Esa fuerza, esa emoción, ese enorme amor que arrasa... ése es el pan que los chicos traen al mundo y que alimenta a los que lo guiarán en sus primeros pasos.
Muchas personas evalúan su vida y la idea de ser padres sin contar en su mapa mental con ese alimento que los chicos traen. Evalúan la situación de criar hijos con los recursos actuales, sin entender que en el camino aparecerán en ellos nuevas fuerzas desconocidas. De hecho, a veces se ve a los hijos como gasto, como sacrificio, como peso... sin entender que muchas veces ellos más que sojuzgar, liberan. ¿De qué nos liberan los hijos? De nuestra propia infancia, de las fronteras a veces comprimidas de nuestro universo emocional y de algunos miedos que se tienen y que esclavizan la fecundidad con la que se encara la vida.
Por supuesto, tener hijos no es la única manera de crecer y de lograr una creciente madurez. Hay diversas formas fecundas de atravesar las fronteras de esa infancia centrada demasiadas veces en el propio ombligo. Pero hoy hablamos de uno de los caminos de ese crecimiento, el de los hijos, y, sobre todo, de aquello "intangible" que traen consigo, que no es ni más ni menos que el entusiasmo, coraje y vitalidad que generan en sus padres con su llegada.
Según las estadísticas, muchos embarazos no son planeados y su aparición genera problemas superlativos. Pero ese embarazo no deseado, con el correr de los meses, y llegado el momento del alumbramiento, suele transformarse en un hijo que será amado. Algo ocurre en ese momento, cuando el chico pasa de ser "algo" a ser "alguien", que ilumina el territorio de una gran mayoría de casos, posibilitando que la vida siga su curso.
Eso que ocurre es difícil de describir, pero es lo que hace que la especie perdure, más allá de los obstáculos.
El conocido psicoterapeuta Victor Frank decía: "La felicidad no es algo que pueda perseguirse, debe sobrevenir y sólo surge como el efecto secundario involuntario de la dedicación personal a una causa superior a uno, o como el producto derivado de la entrega personal a otro ser".
Vale la reflexión como manera de entender lo que es la felicidad, viéndola como el producto de una dedicación por algo que valga la pena, y no como objetivo en sí misma.
Y si algo realmente vale la pena es la aventura de la paternidad, una de las más interesantes, siempre que, por supuesto, se entienda aquello del pan que los hijos traen bajo el brazo para ofrecerlo a la hora de iniciar el camino.
El autor es psicólogo y psicoterapeuta
@MiguelEspeche
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