El parking de los dioses

En este texto inédito, el escritor mexicano contrasta, a propósito de una muestra exhibida en Buenos Aires, el arte prehispánico con la violenta anomia del presente
Juan Villoro
(0)
4 de diciembre de 2011  

El barrio de la ciudad de México donde se ejerce la forma más reciente de la arqueología lleva el nombre de Buenos Aires. Ahí se venden autopartes que provienen del robo o de lejanos cementerios de automóviles. En esas tiendas con apariencia de criptas, la meta consiste en hallar no una pieza equivalente, sino la misma que salió del coche: una búsqueda del origen en un territorio donde nada permanece igual.

La colonia Buenos Aires es en México sinónimo de objetos perdidos. Una curiosa simetría ha querido que la ciudad de Buenos Aires sea sinónimo de objetos encontrados.

Dioses, ritos y oficios del México prehispánico, que desde el 15 de octubre se exhibe en la Fundación Proa, reúne esculturas e instrumentos que determinaron las ceremonias y el arte de sobrevivir de los pobladores del actual estado de Veracruz.

David Morales, curador de la muestra, seleccionó piezas de alto valor estético en 13 museos, especialmente el de Antropología de Xalapa, que tiene la mejor museografía de arte prehispánico en México.

Un tema articulador de las culturas prehispánicas es el sentido tonificante del sacrificio; se ofrenda lo más preciado a cambio de una reanudación vital. En un bajo relieve, los siete chorros de sangre de un decapitado se transforman en serpientes, símbolos de fertilidad, y la extraordinaria efigie del dios Xipe-Totec, revela que Nuestro Señor el Desollado paga con su piel el derecho a la renovación.

El culto a la muerte no deriva de un hedonismo de la aniquilación, sino de la necesidad de sobreponerse a un temor sagrado. El mundo prehispánico es un tapiz de signos donde una piedra o una lagartija comunican profecías. En ese orden cargado de alusiones la vida diaria es un estado de alerta.

En palabras del antropólogo Roger Bartra: "Los pueblos nahuas sentían en forma punzante la angustia de la muerte, y sus interpretaciones mítico-religiosas no contribuían –a diferencia del cristianismo– a adormecer ese sentimiento. La antigua mitología mexicana no eliminaba la angustia existencial ni el miedo a la muerte".

En la teodicea prehispánica, los dioses nunca están tranquilos; pelean entre sí, desconfían, reclaman cuentas. No es fácil pacificar con ofrendas un cielo de trece pisos donde los inquilinos viven en tensión. Tezcatlipoca, dios de la fatalidad, disputa con el ilustrado Quetzalcóatl y lo obliga a asomarse a un espejo humeante para que se horrorice ante su propio rostro. Mientras el providente Tláloc hace que llueva, el furibundo Mictlantecutli afila los cuchillos de obsidiana de la muerte.

Todo rito asume una posición débil ante una fuerza trascendente que procura mitigar. El arte prehispánico es un elevado ejemplo del miedo como recurso productivo. Ajenos a los remedios fáciles, esos remotos artesanos encararon el cosmos con idénticas dosis de valentía y paranoia. Cada brote podía ser un augurio; cada herida, una señal. Sus instrumentos combinaron, necesariamente, la utilidad con la simbología. Dioses, ritos y oficios del México prehispánico reúne obras de arte que son talismanes de supervivencia. En un orbe saturado de noticias alarmantes, el friso exacto y la cerámica delicada son conjuros contra el caos.

Los pedernales para el sacrificio, los tzompantlis donde se almacenaban corazones y los bajo relieves con calaveras se prestan para una museografía que semeje el ingreso a Mictlán, inframundo de los muertos. Pero ésa es sólo una parte de la imaginación prehispánica. La exposición de Proa también muestra piezas determinadas por la dicha, como las caritas sonrientes de La Mixtequilla. ¿Qué provoca la alegría de esos pequeños ídolos? Octavio Paz interrogó a la cara que sonríe: "Con los ojos entrecerrados y la boca entreabierta, mostrando apenas la lengua, juega con el sol como la bañista con el agua. El calor solar es su elemento. ¿Ríe de los hombres? Ríe para sí y porque sí. Ignora nuestra existencia; está viva y ríe con todo lo que está vivo. Ríe para germinar y para que germine la mañana. Reír es una manera de nacer".

Pero incluso la felicidad se alimenta del dolor. En el documentado catálogo de la exposición, José Manuel Vallines Vásquez expresa que "estas figuras muestran una clara deformación craneana, junto con la mutilación dentaria". Dialéctica de la penitencia: la dicha y la belleza provienen de lo que no se padeció en vano.

La amenazada cosmogonía prehispánica asumía el futuro como algo que podía dejar de suceder. En el Cerro de la Estrella se encendía el Fuego Nuevo para celebrar la llegada de otro año. Amanecía como un milagro. Por eso Octavio Paz encomia la risa como un gesto "para que germine la mañana".

¿Qué diálogo establecen estas piezas con el México contemporáneo? Una pregunta determina los amaneceres de 2011: "¿Cuántos muertos hubo?" Los periódicos muestran el rojo marcador de los caídos. Más de 50 mil en los últimos cinco años. El dato se agrava por la forma de las muertes: cuerpos decapitados, colgados de los puentes, envueltos en mantas, con puñales en el pecho. El crimen organizado despliega una gramática del espanto. Si toda muerte es un agravio que implica, como advierte Derrida, el fin del mundo entero, la violencia omnipresente representa una degradación sin fin. Habitamos una necrópolis accidental en la que poco a poco se impone una consigna: "No más sangre".

El arte prehispánico ofrece un espejo distante para la hora actual. En ese entorno ningún sacrificio es gratuito. Allí la muerte tiene un elevado valor de cambio. Los antiguos mexicanos nos interrogan a través del tiempo: ¿qué sentido tienen los cuerpos que hoy en día caen a tierra?

Sobran señales de que el pasado no deja de volver. La estación Panteones, en el metro de la ciudad de México, está decorada con muestras de arte funerario; ahí una cédula recuerda: "La tierra es matriz y tumba". En las cosmogonías prehispánicas, el subsuelo es el sitio del origen y la última morada. En el D. F., 5 millones de descendientes de los aztecas usan el metro a diario, reproduciendo los enigmas de llegar y salir. Las estaciones se anuncian con dibujos, al modo de un códice; frisos precolombinos decoran los muros y una pirámide preside la estación Pino Suárez. En la superficie, la comida incendiaria, la barroca cortesía, la obsesión por la higiene corporal y el sentido comunitario (la soledad empieza cuando sólo quedan diez personas) confirman lejanas herencias culturales. De acuerdo con Hugh Thomas: "Los aztecas tenían una religión brutal que parece haber exigido cada vez más sacrificios humanos; como buenos imperialistas, ejercían el control sobre muchos pueblos conquistados, pero tenían muy buenos modales". Quizás esto explique nuestro educadísimo carácter raro. Pero también la influencia española tiene su parte en el asunto. Al respecto, comenta Alfredo López Austin: "El intento de evangelización fue vigoroso, incluso brutal, pero incompleto. Los conquistadores combatieron la religión indígena destruyendo el culto público, las imágenes de los dioses, persiguiendo a los sacerdotes, derrocando las pirámides; pero quedó la parte más importante de la religión: la que crea el hombre en su vida cotidiana". Por eso es un acierto que la exposición mezcle ritos y oficios, que en cierta forma son sinónimos.

En agosto de 1999 un policía borracho atravesó en su auto el Zócalo, la principal plaza de la ciudad de México, y aterrizó en las ruinas del Templo Mayor. El coche quedó como una ofrenda sobre la pirámide, metáfora de una ciudad sin lugares de estacionamiento, donde las culturas se atropellan y la nueva arqueología consiste en buscar autopartes robadas.

En el México moderno, todo lo bueno (un pastel, la selección nacional, un tequila) se considera azteca. Aceptamos con gusto la herencia de una cultura venturosamente indescifrable, que regresa a nosotros en forma intempestiva: de pronto advertimos que el Templo Mayor se ha convertido en un insólito parking de los dioses.

El contacto de las zonas rurales con el legado prehispánico es más fluido. En los museos de sitio, los verdaderos responsables de las piezas son los habitantes del lugar. David Morales ha contado que al solicitar obras para la exposición en Buenos Aires, no fueron las instituciones sino los propios pobladores quienes entregaron a sus dioses en custodia, transformando el préstamo en una ceremonia de traslado de poderes. No viaja una figura: viaja Xipe-Totec.

En la calle México de Buenos Aires, Borges imaginó que un maya cautivo descifraba el destino en las manchas de un jaguar. Los nombres de México y Buenos Aires provocan raras correspondencias. La más reciente depende de los trabajos combinados de 13 museos veracruzanos y la Fundación Proa.

Nuestras deidades trabajan a deshoras. Como el Son de la negra, dicen que sí, pero no dicen cuándo. Para ellas, la espera es una forma de la devoción. En imitación de sus designios, los mexicanos le otorgamos rango épico a la impuntualidad. Lo que finalmente ocurre es un milagro.

Esa demorada cita se ha cumplido en Buenos Aires: los dioses están aquí.

La muestra Dioses, ritos y oficios del México prehispánico: en Fundación Proa, Av. Pedro de Mendoza 1929. Hasta mediados de enero.

ADEMÁS

MÁS LEÍDAS DE Lifestyle

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.