El parquímetro

Humor irreverente para la mañana radial
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28 de julio de 2000  

La realidad es muchísimo más bizarra que mi programa." Aunque no tenga la intención de defender su espacio, así le sale a Fernando Peña, conductor de uno de los programas más zafados de la radio porteña de estos días.

Se trata de El parquímetro (lunes a viernes, de 10 a 14, por FM Metropolitana 95.1) y durante de sus cuatro horas de duración, Peña se escuda en sus personajes Dick Alfredo, Mega y Palito para hablar y discutir con Diego Ripoll -el locutor-, o con sus oyentes sobre lo primero que se le cruza por la cabeza.

Peña no es otro que el creador de la entrañable cubana Milagritos López, de la voz de Rafael Orestes Porelorti y de otros tantos personajes ficticios que han poblado la radio desde hace siete años.

Durante todo ese tiempo, Peña se negó sistemáticamente a relevar su identidad. No quería romper la magia de sus criaturas que se basaba sobre la idea de que cada una de ellas tenía vida propia. Pero la realidad se le vino encima y decidió dar la cara. "Si yo no develaba el misterio me moría de hambre. Una tarde hablé con Hugo Guerrero Martinheitz y me aconsejó que me diera a conocer. Me dijo que la radio es un medio implacable y que si seguía escondido detrás de mis personajes, ellos me iban a comer", resume Peña.

Muchos de los que se lo quisieron comer fueron sus oyentes, que sólo después de un efímero resentimiento aceptaron que los personajes que los acompañaban durante la mañana eran en realidad una única persona. Eso sí, como él mismo reconoce, "un poquito esquizofrénica".

El parquímetro podría ser perfectamente la reproducción radial de una sobremesa de cuatro amigos. Ellos son Dick Alfredo (el conductor, un mexicano bisexual que es un alborotador mental y verbal); Patricia Megahertz (-más conocida como Mega- la primera locutora travesti del medio); Palito (un adolescente de 15 años amante de la bailanta) y Ripoll (el verdadero locutor del espacio que se convierte en el partenaire ideal para que Peña se explaye).

Peña actúa y se divierte. No para de levantarse de la silla, de alejarse del micrófono, de cambiar voces y caras. Todo para que los oyentes puedan ver a sus criaturas conversar, pelearse e interrumpirse hasta el cansancio. En este espacio donde los humores (en todo sentido) son la clave, aparecen más creaciones: las paquetas difuntas Amelia y Delia de Fernández; el taxista Sabino -el más bueno de sus personajes-; Sánchez, un homeless ; el indisimulable Monseñor Lago y Martín Revoira Lynch, uno de los más festejados, tanto que llegó a tener su microprograma ( Gente como uno , todos los jueves, a las 10).

Todos ellos hablan, sin ningún falso pudor, de sexo en cualquiera de sus variantes, de droga y de lo que se les ocurra. Tanta honestidad consigo mismo le trajo a Peña una pequeña multa del Comfer: en marzo estuvo dos semanas sin aire. Pero captó el mensaje y bajó un poco los decibeles, aunque nunca tanto como para desvirtuar la idea de programa que él creó.

La otra gran clave es desmenuzar todo hasta lo inimaginable: olores, sensaciones, casi siempre por su costado más bizarro, más incómodo.

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