
El puma cebado
Con dulces, el hombre enamorado había abierto un mundo de sensaciones inéditas en el paladar de la fiera; pero ella era insaciable y ahora quizá la sangre de él fuese su nueva golosina
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Nunca había visto un puma vivo. Ni siquiera en el Zoológico. Cuando de chico me llevaban al museo, miraba con indiferencia a esas fieras de piel apolillada y ojos de vidrio, inmóviles en sus eternas poses de salto. La quietud les daba un aire ridículo y yo paseaba mi aburrimiento frente a ellas buscando alguna cosa más interesante entre piedras, plantas y bichos disecados.
Por eso aquella tarde, cuando caminaba por el pequeño bosque que rodeaba al hotel, quedé paralizado, más por la sorpresa que por el miedo, cuando me encontré de golpe frente a un puma joven, de piel dorada y brillante, que tomaba agua en un charquito al costado de un arroyo.
El hotel estaba en el fondo de un valle, rodeado de sierras bajas cubiertas de una vegetación que iba del verde al amarillo, en la que yo descansaba la vista mientras tomaba sol al borde de la pileta.
Era el lugar más tranquilo que se podía imaginar. Estaba a unos pasos de la ciudad, en realidad un pueblo turístico recostado sobre la falda de una sierra, en Córdoba; para llegar a él había que recorrer un camino asfaltado lleno de curvas, que de golpe se zambullía hacia el fondo del valle, sumergiéndose en un túnel formado por los árboles que enroscaban sus ramas por encima del camino. Ese túnel se abría de golpe y uno se encontraba con el edificio; una especie de chalet de dos pisos, con el frente rugoso pintado de blanco a la cal y un escudo nacional encima del cual se leía: Colonia de Vacaciones. Federación de Obreros Forrajeros del Litoral.
Yo era médico del sindicato y desde hacía muchos años pasaba los veranos atendiendo el consultorio del hotel en Córdoba. Era una tarea rutinaria y fácil: revisar los pies de los turistas, atender un resfrío de verano o curar algún pasajero intoxicado por la sopa del mediodía. Unas pocas horas de trabajo desganado y después todo el día para tomar sol, caminar por los alrededores, descansar.
Mi vida durante el resto del año era solitaria y agitada a la vez. Correr del hospital a los distintos consultorios de los sindicatos en donde era médico clínico, pelear por teléfono con mi ex esposa por la cuota alimentaria, extrañar a mi hijo adolescente al que casi nunca veía, rezongar deseando la llegada del verano. A veces, un encuentro fugaz con alguna enfermera o una paciente resolvía por un tiempo mis urgencias sexuales. No necesitaba nada más, ninguna emoción alteraba mi ánimo desganado. Mi único deseo era mantenerme así, acunado por la rutina, protegido de cualquier sorpresa por la abulia y el escepticismo.
Ese año una de las pasajeras del hotel, Telma, se había empeñado en alterar mi tranquilidad. Se comprendía; yo era uno de los pocos hombres solos entre tantos matrimonios con chicos que ocupaban las noches luego de la cena en jugar a las cartas, o bailar la música horrible y pegadiza que hacía sonar un disc-jockey de bigotes finos y peluquín rojo. Ella era una solterona de cabello teñido que se sentaba bajo una sombrilla, vestida con un bikini que ponía en evidencia sus caderas angostas y sus pechos pequeños. Todas las tardes llegaba a mi consultorio con algún problema distinto: un dolor de cabeza, un sarpullido o un trastorno menstrual. Una vez frente a mí comenzaba sus patéticos intentos de seducción; yo la despachaba enseguida garabateando cualquier cosa en un recetario.
Fue así que una tarde, para escapar de su asedio, cerré el consultorio y cruzando el patio calcinado por el sol, caminé perezosamente hasta pasar el perímetro del hotel. Más allá había una franja de campo en la que habían improvisado una cancha de fútbol, luego un alambrado de tres hileras la separaba del comienzo del monte que trepaba la suave lomada de la sierra. Siguiendo un impulso, salté el alambre y me interné en la arboleda baja y oscura que esparcía un aire fresco y silencioso a su alrededor. Caminé unos minutos sin ningún propósito, siguiendo un hilo de agua que bajaba entre las piedras con un sonido discreto. Respiré varias veces sintiendo que ese aire limpio taladraba las paredes de nicotina que tapiaban mis pulmones; estiré los brazos, desperezándome.
Fue entonces que lo vi. Había llegado a un pequeño claro en donde el arroyito se ensanchaba y formaba un cuenco de agua helada. Allí estaba, bebiendo despacio con las patas y el hocico sumergidos en el barro verdoso del cauce. Al oír mis pasos, levantó la cabeza y me miró amenazante. Enseguida gruñó y se tensó para el salto. Yo me quedé clavado en el lugar, paralizado.
No sé por qué, instintivamente, llevé una mano al bolsillo derecho de mi chaqueta de médico. Un pequeño envoltorio de celofán crujió en mi palma transpirada. Recordé el alfajor regional que me había regalado Telma el día anterior. Sin pensar en lo que hacía, rompí la envoltura y lo arrojé al puma. El animal sorprendido siguió la trayectoria girando en arco su cabeza y aflojó su posición de ataque. Luego, curioso, se acercó al alfajor, lo husmeó y finalmente lo comió de un bocado, relamiendo sus fauces. Luego se acercó y se sentó frente a mí, expectante. Extendí mi mano y lo toqué; con un ronroneo prolongado se entregó a mi caricia. Lo examiné con la mirada. Era una hembra. Joven, elástica, fibrosa, de piel suave y uniforme, sin manchas; el tronco y los muslos parecían formar una sola pieza llena de gracia y armonía; su cola se agitaba nerviosamente a un lado y otro como si espantara insectos inexistentes en la profundidad del bosque. Sus ojos, llenos de inteligencia, se movían permanentemente, alertas ante cada detalle. Su cuerpo entero era una delicada masa de músculos, huesos y tendones que reunía toda la tensión y la elegancia que una criatura viva puede contener.
De pronto se volvió y de un salto se perdió entre los matorrales. Me quedé un rato quieto, esperándola. Cuando me convencí de que no volvería, regresé al hotel con una ansiedad que me hacía mirar a cada rato hacia la sierra. No conté a nadie mi encuentro, no me hubieran creído porque hacía años que no se veía un puma por allí. Pero había algo más que me llevaba a guardar el secreto: una inquietud creciente que me iba ganando el ánimo como si estuviera a punto de revelar un secreto vergonzante, la sensación de haber recibido un golpe o una descarga eléctrica que hubiera despertado rincones olvidados de mi cuerpo. Traté de pensar con sensatez, era un adulto, alguna vez me había creído inteligente; no podía dejarme llevar por impulsos, no podía perder el control por un encuentro casual con un animal salvaje. Fumé un cigarrillo tras otro hasta que mi boca se anestesió con un sabor amargo, insoportable. Estaba agitado, tenso. Me volvió a atacar la taquicardia que me perseguía todo el año y desaparecía ni bien llegaba a las sierras. Tomé un calmante y tiré el atado de cigarrillos a la basura. Me sentía molesto, irritado. Traté de tranquilizarme y me propuse no volver a abandonar mi consultorio.
Esa noche soñé con el puma corriendo en cámara lenta, como en esos documentales de la televisión, y yo a su lado saltando como un felino. Me desperté a la madrugada, agitado, y ya no volví a dormir. Por la tarde, a la misma hora del día anterior, salté el alambrado y trepé la sierra hasta el claro del arroyo llevando dos alfajores en los bolsillos. Mi puma me estaba esperando sentada en el mismo lugar. Le arrojé los alfajores; los devoró en un instante y luego comenzamos un juego, una especie de danza salvaje de carreras y caídas por el piso. Con mis manos la arrastraba por el hocico y gritaba con una voz que me salía de las profundidades del pecho y se expandía por todo el valle rebotando contra las piedras y matorrales. Ella apoyaba sus patas delanteras en mis hombros, haciéndome rodar entre el agua fría y las zarzas espinosas que cubrían el piso. La bauticé. La llamé Gina recordando a una perra que había tenido en mi infancia.
Desde esa vez nos encontrábamos todas las tardes para repetir nuestra ceremonia de dulces, abrazos y caídas. El día pasó a ser un paréntesis, una espera para mi encuentro con Gina. Atendía mi trabajo a desgano y cuando llegaba la hora me escapaba hacia lo más oscuro del monte con los bolsillos llenos de golosinas.
Una tarde a la hora del encuentro la sala de espera todavía estaba llena de pacientes, más que lo común. Atendía a un turista engripado pensando que no llegaría a tiempo. Por la puerta entreabierta del consultorio vi a Telma que me esperaba pacientemente con su bikini y un pareo azul eléctrico que envolvía su cuerpo, más flaco que nunca. Revolví con furia la cucharita en el café que me había traído el mozo.
De pronto, como cortando el aire con su paso acolchado y silencioso, Gina entró en la sala de espera y se sentó sobre sus patas traseras. Telma dio un grito y se desmayó; hubo una confusión de corridas y gritos, yo me acerqué sonriente llevando un terrón de azúcar que tomé de la bandeja, Gina comió de mi mano, le acaricié la cabeza y salió al trote en dirección a la sierra. A mi lado el mozo, cuyo rostro oscuro, aindiado, se había vuelto gris en un instante, temblaba como una hoja, la espalda y las palmas de la mano pegadas a la pared.
-Se cebó con el dulce -me dijo.
-¿Cómo? -dije yo.
-Se acostumbró al dulce. ¿Fue usted? ¿Usted la cebó? -preguntó.
-No -le mentí.
-Tenga cuidado, la sangre es dulce; estos bichos la huelen, cuando le lamen la mano, cuando lo huelen, le descubrieron la sangre y ahí, olvídese, si usted no los mata primero, no cuenta el cuento -me dijo, sin prestar atención a mi negativa.
No le di importancia, estaba eufórico por la visita de Gina, su fidelidad; pero comprendí que tenía que alejarla del hotel, cambiar los horarios de nuestros encuentros.
Esa misma noche fui al monte, la oscuridad sería ideal para nosotros.
No necesité buscarla ni llamarla, a los pocos minutos apareció ante mí silenciosa como un fantasma, su piel dorada brillando bajo la luna; la acompañaba otro puma, joven como ella. Me sorprendí un poco, pero me mantuve mudo, hubiera sido inútil protestar, ella era la dueña de nuestros encuentros. Resignado, empecé a sacar de una bolsita de nylon los alfajores que había traído para Gina. En ese instante, deslizándose entre las matas, comenzaron a aparecer varios pumas que se sentaron en torno de mí husmeando el aire. Por un instante sentí pánico, pero me controlé y arrojé los dulces a mi alrededor.
Lo que siguió fue una fiesta, una bacanal de carreras, peleas y rugidos hasta que desapareció el último resto de alfajor. Luego las fieras empezaron a correr y yo, gritando, me arranqué la ropa y corrí y salté y me enredé en sus cuerpos y fui arañado por sus garras y lamido por sus lenguas ásperas y luego de no sé cuánto tiempo me desplomé sobre el pasto, sin aliento y gimiendo de dolor y alegría.
La noche siguiente y todas las sucesivas subí por el mismo camino, llevando una carga cada vez mayor de dulces y golosinas. Gina me esperaba delante de todos sus compañeros gozando su rol de favorita. La avidez de los pumas crecía cada vez más y mi ansiedad por satisfacerlos, también. Empecé a recorrer el comedor luego del desayuno y la cena levantando del piso sobrecitos de azúcar o sacarina. Soportaba las miradas de los turistas, primero con vergüenza, después con indiferencia.
Parecía un rastreador que caminaba agachado y de golpe se inclinaba velozmente para levantar del piso algún pedacito insignificante de torta o una vainilla reseca. A la noche entraba en la cocina y guardaba en una bolsa las sobras de las comidas: pedazos de medias lunas, restos temblorosos de budines de pan y flanes, pasas de uva, potecitos plásticos con mermeladas y dulces del desayuno, trozos de caramelos baboseados por los chicos y cubiertos de pelos y suciedad, y hasta las muestras gratis de comprimidos pediátricos recubiertos de una película dulzona que guardaba en el botiquín de mi consultorio. Todo era bueno para alimentar a mis pumas, todo servía para renovar mi fiesta salvaje de cada noche. Ya casi no atendía a los turistas ni hablaba con nadie. Cuando las sombras comenzaban a oscurecer las laderas, se oían los primeros rugidos que me llamaban desde la altura. Subía enseguida, alegre, entre el estupor y el miedo creciente de los pasajeros del hotel. A la madrugada regresaba agotado, saltaba el muro de ligustrina que separaba el jardín de la pileta y me zambullía desnudo en el agua, a esa hora helada. Después caminaba por el parque, las rosetas y espinas desparramadas entre el césped me arañaban los pies y dejaban estrías rojas en mis talones. Desde allí escuchaba a menudo los rugidos de las hembras que se apareaban con los machos; pensaba en Gina y encontraba, con sorpresa, con alegría, el escozor de un sentimiento olvidado: los celos. En esos momentos, a veces, lamentaba haber despreciado a Telma, a quien había visto irse apurada del hotel cargando un pequeño bolso, la misma tarde en que Gina me visitó en mi consultorio.
Cada vez me alejaba más de la gente; había abandonado mi habitación y dormía desnudo sobre la alfombra de la sala de espera, no me bañaba ni me afeitaba y a cada rato olfateaba con placer el olor agrio que subía de mis axilas. De un día para el otro descubrí que una pelusa rubia comenzaba a crecer con fuerza sobre mi calva de años.
Una tarde, Canedo, el delegado que el sindicato mandaba al hotel durante el verano, me visitó en el consultorio; venía acompañado de un hombre con aspecto de policía que me miró de lejos con desconfianza.
-El doctor Alonso -dijo a su acompañante señalándome. Los dos nos miramos y nos saludamos con un movimiento de cabeza y un carraspeo. Después Canedo se dirigió a mí: -Vea compañero, vea doctor. No sé cómo decirle. Los compañeros me protestan porque usted no está nunca. Encima desde que empezó a faltar andan todos esos bichos salvajes dando vueltas por aquí; usted sabe que la gente enseguida se imagina cosas raras y yo no me animo a repetirle todo lo que se comenta. Yo sé que usted es un hombre sano, un profesional. Pero, ¡déjese de joder, hombre! Haga lo suyo en un ratito y si quiere cazar nos vamos una de estas tardes al campo a buscar unas martinetas. ¡Déjese de embromar con los pumas, que son peligrosos!
Sentí que explotaba de furia; contuve el impulso de saltar sobre él y destrozarle el cuello con mis manos. Un reflejo de prudencia me hizo murmurar una respuesta cualquiera que el delegado tomó como un asentimiento. Me palmeó el hombro y mientras se volvía hacia la puerta señaló con un dedo a su acompañante y me dijo: -Acá, el compañero Ribolzi, de Defensa Civil de la Provincia, se va a ocupar de esos pumas. Quédese tranquilo, en unos días nadie se va a acordar de esto.
Los despedí con una sonrisa. Faltaba poco ya para que me uniera para siempre a Gina y sus compañeros. Era una decisión que había crecido en mí espontáneamente, sin pensarlo siquiera y que ahora sólo esperaba el momento preciso. La visita del delegado me decidió, dentro de pocas horas miraría desde lo alto el mundo extraño de los hombres, aquel en el que había sido un ser insignificante, alguien a quien enseguida olvidarían. Para Gina, estaba seguro, no era así, ella me había elegido. Los otros pumas me seguirían como a un jefe, como a su rey, como a un dios de los felinos quizá.
Esa misma noche me precipité al comedor con mi bolsa en la mano dispuesto a llenarla hasta que desbordara. Quería que mi unión con las fieras quedara registrada para siempre en sus paladares almibarados; al fin y al cabo a mí me debían ese descubrimiento, por eso me esperaban cada noche con sus rugidos impacientes.
Comencé a buscar entre las mesas vacías, levanté los manteles y corrí las sillas. Todo había sido prolijamente ordenado, los pisos brillaban recién recorridos por el escobillón. Un mozo parado al fondo del salón frunció la nariz e hizo un gesto como para arrastrarme hacia afuera. Canedo, desde la otra punta, le hizo señas negativas con la cabeza de mala gana el mozo dio media vuelta y fingió mirar por los ventanales hacia las sierras. Apurado, entré en la cocina. Estaba a oscuras, las puertas de las grandes heladeras despedían brillos plateados, herméticamente cerradas; en los piletones las bandejas y los platos yacían apilados, limpios y secos; el tacho de las sobras estaba vacío, ni un terrón de azúcar, ni un pedazo de oblea de las que acompañaban el helado. Comprendí que era una maniobra de Canedo que había decidido aislarme, cortar de raíz mi vínculo con los pumas.
Desesperado salí corriendo por la puerta trasera. La cocina daba a un patio pequeño separado del arroyo que bordeaba el hotel por un parapeto de ladrillos; recostado sobre él, de espaldas al agua, había un quiosquito, a esa hora cerrado con una cortina metálica, en el que durante el día los turistas compraban gaseosas y golosinas. Levanté del piso una barra de hierro oxidada y me abalancé sobre el quiosco; de un golpe hice saltar el candado y levanté la cortina, salté al interior y a los manotazos llené la bolsa con caramelos, chupetines, goma de mascar, turrones y todas las golosinas que pude encontrar. Después, corriendo, crucé el parque en dirección a la sierra. Todo el hotel estaba a oscuras y en silencio, desde lo alto los rugidos me apuraban. Subí la cuesta a los tropezones y llegué al claro del monte sin aliento. Desde la espesura de espinillos y arbustos perfumados, los ojos de los pumas comenzaron a rasgar la noche como relámpagos amarillos. Impaciente, metí la mano en la bolsa y comencé a tirar mi cargamento entre los árboles, como si sembrara. Vi cómo se agitaban las ramas y oí cómo el silencio se llenaba de roces y gruñidos. Al rato apareció Gina y detrás de ella, a sus costados, en todas direcciones, los otros pumas.
Todavía recuerdo sus fauces húmedas, pegoteadas de goma de mascar que estallaba en múltiples globitos rosados y colgaba de sus bigotes, enredándose como lianas en las ramas más bajas de los árboles.
Me arranqué la ropa a tirones y comenzé a saltar sobre la tierra despareja; el frío me traspasaba, pero yo respiraba más y más hondo como para absorber todo el oxígeno de las alturas.
Me detuve agotado. Gina se me acercó con la cabeza gacha, abrí los brazos para recibirla, ella me husmeó durante un buen rato, luego comenzó a lamerme una mano; sensual, golosa, su lengua recorrió también mi muñeca y mi brazo. Me aparté hacia un costado, pero ella volvió a pegarse a mí, gruñendo y con sus orejas echadas hacia atrás.
Me di cuenta de que reclamaba más y, de pronto, recordé la advertencia del mozo: La sangre es dulce... cuando la huelen no cuenta el cuento.
Sentí un escalofrío y di un paso atrás, Gina me siguió y se agazapó clavando sus ojos oscuros en los míos. Miré a mi alrededor, los otros pumas habían formado un círculo en torno de mí y estaban listos para saltarme encima. Busqué una salida hacia arriba, había una rama casi a mi alcance, pero sería inútil, ellos eran los pumas. Gina se acercó aún más, sus compañeros estrecharon el círculo; ahora rugían con más fuerza, de a uno, de a dos, todos juntos, cada vez más alto, como guerreros que se preparan para la batalla entonando viejos cantos de camaradería. Me quedé inmóvil en mi lugar, el cuerpo tenso como un alambre.
En ese instante lo comprendí de una vez, las fieras venían a buscar su última ración, la más generosa. Yo había abierto un mundo de sensaciones nuevas a sus delicados olfatos, a sus paladares uniformados con los sabores rancios de liebres y cuises. Ellos ya eran distintos a sus semejantes y yo también. Mi sacrificio era el último paso de su transformación. Yo debía luchar hasta morir despedazado, hasta ser bebido como si mi cráneo fuera un cáliz lleno de vino rojo y dulce, luego seríamos todos uno, fuertes y distintos en la cima de la montaña. No habría piedad para mí, pero no me importaba, me había olvidado del miedo.
Vi a Gina apoyarse sobre sus patas traseras, admiré la curva de su lomo tenso. Puse mis brazos en guardia, la pierna izquierda adelante soportando el peso del cuerpo, la cabeza inclinada entre los hombros. Sonreí por última vez y esperé el ataque. Dos luces potentes, amarillas, perforaron la oscuridad. Sonó un disparo, Gina cayó a mis pies con la nuca destrozada. Los otros pumas desaparecieron entre los árboles con un solo salto, suave, silencioso.
Desde el estribo de una camioneta todoterreno, inmóviles, me miraban Canedo y Ribolzi, el compañero de Defensa Civil, que sostenía un máuser humeante entre las manos. Canedo saltó y se me acercó, me envolvió con una frazada, yo me doblé sobre mi vientre y empecé a temblar. El delegado me fue empujando delicadamente hacia la camioneta mientras me decía: -Tranquilo, doctor, tranquilo compañero. Lo salvamos justito, un segundo más y no contaba el cuento. ¡Qué los parió estos bichos de mierda!
Me sentaron en la caja, sobre el guardabarros. El frío del metal traspasó mis nalgas desnudas, alguien me alcanzó un vasito plástico con café, que no pude beber. El cuerpo de Gina, bello en su muerte, se desangraba sobre el piso de la camioneta.
En mi pecho se apagaba un rugido.
Este es el primero de una serie de ocho cuentos cuyas acciones tienen por vínculo el tiempo estival y que ofreceremos a nuestros lectores cada domingo durante enero y febrero.
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