
El rock a la gorra
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Andaban en los colectivos. Entre arranque y freno hacían equilibrio con las guitarras y apuraban alguna canción de León Gieco, alguna de Charly. Supervivencia pura; rock de monedas. De a poco, la calle los adoptó. Veranos en Villa Gesell, fines de semana bajo el sol de plaza Francia. Sobre la vereda y con instrumentos ad hoc. Sonaba un tema propio, una versión de Henry Mancini ("La Pantera Rosa"), algo de los Beatles en forma de chacarera, Piazzolla, ¡Beethoven! Miran hacia atrás y no se ve tan lejos ese tiempo. Ni parece tan lleno de urgencias. Los Tipitos cavilan ahora sobre la posibilidad de darle más espacio al público, que ya les rinde fidelidad. Sueñan. Que Obras, que Coliseo, que Gran Rex... Pero no se olvidan de la época de aventuras a la gorra.
De cuando Pablo Tevez (batería) era mimo en Mar del Plata y conoció a Federico Bugallo (bajo) y Raúl Ruffino (guitarra), buscavidas de acordes que a principios de los años 90 acariciaban melodías en la avenida principal de Villa Gesell con el nombre Los Panson. Allí también estaba Walter Piancioli (teclados), componente itinerante, que finalmente se sumó para darle forma al cuarteto que pasaría a llamarse Los Tipitos.
"Con Los Panson tocábamos en la calle con instrumentos que diseñábamos nosotros mismos", recuerda Raúl. Aunque sólo uno de ellos era oriundo de La Feliz, la piedra fundacional de Los Tipitos se colocó en Mar del Plata.
En 1995 grabaron allí un cassette con 14 temas. "Llegó a manos de León Gieco. El estaba organizando su sello y necesitaba bandas. Incluso averiguó si éramos amigos, si teníamos familia, si estábamos dispuestos a vivir para esto", no deja de sorprenderse Raúl. Volvieron a encontrarse un año después, en Buenos Aires, y León los conminó a instalarse en tierra porteña.
"Tuvimos que volver -dice Walter-. Conseguimos alojamiento en una casa chorizo, en una fábrica abandonada. Vivíamos todos juntos con nuestras mujeres. Ellas salían a buscar casa y nosotros armábamos la sala ahí. Hasta que fuimos encontrando otros lugares."
En 1997 grabaron el primer disco, homónimo, con la supervisión de Gieco. "Me acuerdo de que León vino al galpón, pidió que hiciéramos mate y no teníamos gas. Pusimos la pava sobre un fuego que armamos en el patio, con maderas", se ríe Federico. Pero lejos estaban del éxito. Con el disco debajo del brazo, había que sobrevivir.
Los espectáculos callejeros (con interacción de la gente) empezaron a servir también como publicidad para los shows que organizaban por las noches en pubs. "En lugar de seguir mendigando cigarrillos y comida, preparamos un par de canciones y nos subimos a los colectivos. A las dos horas teníamos diez pesos y nos sentíamos... seres humanos", rememora Federico.
Siguió plaza Francia; pasó un disco llamado "Cocrouchis" (1999), que vendieron ellos mismos en la calle, y empezaron los espectáculos estivales en Gesell. Cuando volvieron a Buenos Aires, el público de Los Tipitos se había triplicado. El desafío era grabar un disco e ir a la costa a venderlo a través de los shows callejeros. Llegaron los álbumes "Quién va a garpar todo esto" y "Vintage" (ambos de 2001).
Y patentaron los martes como Día de Tipitos. "Empezamos a actuar en el Marquee y hacíamos una mezcla de lo que tocábamos en la calle con temas eléctricos de los discos -dice Walter-. Era martes, pero la gente igual se enganchó mucho. Y en vivo grabamos el volumen 2 de "Quién va a garpar..."
El crecimiento trajo aparejado el flamante trabajo "Armando Camaleón", producido por Pablo Guyot. Un recorrido por melodías pegadizas que, sobre todo, transmiten honestidad. Historias simples, como escuchadas a la luz de un fogón, envasadas en un arte que remite a un cancionero. "Queríamos llamarlo «Canciones para la ducha» o algo así. Por eso en el librito están las tablaturas. La idea es que todos puedan tocar nuestros temas", explica Raúl. ¿Invitados? León Gieco puso su voz a un track, Javier Malosetti tocó el contrabajo y Miguel Botafogo aportó una guitarra.
No olvidan plaza Francia, los veranos en Gesell, aquel rock de la urgencia... Pero Los Tipitos ya no hacen equilibrio en los colectivos ni pasan la gorra. Crecieron. Sus canciones y su público. Y también su pasado de trovadores callejeros.





