
El seductor
A los 51 años, está decidido a encauzar su energía hacia la política. Se psicoanaliza, estudia cábala, hace yoga. Dice que hay solución para el tema de los cartoneros, que le preocupan los problemas urbanos de la ciudad y que para gobernar bien hay que ser capaz de dudar
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Jorge Telerman siempre fue un personaje. Cuando trabajaba en Radio Belgrano, cuando era notero de Juan Alberto Badía, cuando era embajador en Cuba, cuando era secretario de Cultura de Ibarra y cuando era su vice jefe. Como diría Alain Fournier, en El gran Meaulnes creó un alter ego al que va acentuando de acuerdo con las circunstancias. Ahora y siempre armó una especie de producción alrededor de sí mismo. Histriónico, excéntrico, sofisticado, irónico, a veces simpático, a veces no tanto. Por eso se convirtió en peligroso: porque en silencio o hablando no pasa desapercibido. Todo indica que trabaja para seducir. Casado hace veinticinco años con Eva Piccolo, tiene dos hijos, Federico, de 19, y Catalina, de 12. Su estructura familiar es más que ortodoxa. A los 51 años, está concentrado en dirigir y encauzar tanta energía hacia la política. Se psicoanaliza desde hace años, estudia cábala, hace yoga. Ha profundizado en su identidad judía. Lo diferente de Telerman es que emplea todos los elementos a su alcance –sin ningún prejuicio– para crecer. La religión, la literatura, el diálogo, la música: todo vale. Tiene una plasticidad mental y física poco frecuente. Es el hombre que se construyó a sí mismo. Armó un circuito de poder de la nada. Y disfruta de lo que hace.
–Cuando habla, cuando se mueve, se nota que se ha psicoanalizado. ¿Le parece necesario hacer terapia?
–Absolutamente. Algunos siguen vanagloriándose de algo que a mí me preocupa. Dicen: nunca me he analizado, nunca lo necesité y nunca lo haría. Yo concluyo que hay todavía muchos dirigentes políticos incapaces de darse cuenta de cuánto han intervenido sus propios problemas personales en el resultado de las cosas.
–¿En qué lo ayudó a usted el psicoanálisis?
–A reflexionar, a dudar.
–Para alguien que está en un puesto ejecutivo, ¿es bueno dudar?
–Sí, es imprescindible. Pero, cuidado; tampoco es bueno ser melancólico, y para esto también es bueno el análisis. Es imprescindible dudar. Le voy a dar un ejemplo: el caso de Plaza de Mayo. Quizá recuerde que una de mis obsesiones es la peatonalización de toda la zona de Plaza de Mayo. En conjunto con la Sociedad Central de Arquitectos organizamos el Concurso de Plaza de Mayo, y por unanimidad le dimos el premio a uno de los proyectos. Pero empezaron a surgir voces que no pensaban igual.
–Justamente, en una entrevista anterior, el arquitecto José María Peña decía que no estaba de acuerdo con esta idea.
–Es cierto. Algunos patrimonialistas decían que, más allá del proyecto, estábamos interviniendo en el espacio público más importante de nuestra historia. Y ése sí me parece un argumento sólido. Hay que tener conciencia de que los lugares públicos no son espacios donde darse gustos personales. Entonces, pude escuchar esas voces diferentes; me parecieron estupendas, y pensé: “Lo que vas a hacer va a cambiarle el rostro de un siglo a la ciudad”. Entonces paré. Por eso, digo: la duda es imprescindible.
–Usted nunca se enoja, nada parece sorprenderlo demasiado. ¿Cómo hace?
–Todos los días hago un trabajo para aprender que los ataques no son contra mí, son contra el lugar que ocupo. Como no soy esquizofrénico, sé que se trata de la misma persona. Pero si los ataques son sobre la honra, me duelen. Si yo no estuviera en una competencia por un poder político como lo es la Ciudad de Buenos Aires...
–Y usted que parecía un señor concentrado únicamente de la cultura hoy tiene la ciudad “patas para arriba” arreglando caños, pavimentando calles…
–Tengo una preocupación urbana muy grande. A pesar de que me habían dado la Secretaría de Cultura, yo creé la Secretaría de Patrimonio Cultural para poder intervenir en el espacio público. Para mí, gobernar una ciudad como Buenos Aires es eso: ocuparme, desde la excelencia y la sofisticación que tiene la producción de inteligencia hasta las plazas, los árboles, los baches. Esto me apasiona. Algunos resultados no se dan, pero estoy todo el día sobre eso.
–Uno supone que hay una empresa, una sociedad anónima, o no tan anónima, que vive de los cartoneros. ¿Para quién trabajan los cartoneros?
–(Contesta rápidamente) Cuatro o cinco mafias.
–¿Por qué nadie hace nada para que trabajen en blanco?
–En su momento hicimos muchas acciones con la provincia de Buenos Aires por intermedio del subsecretario de Ingresos Públicos bonaerense, Santiago Montoya. El hizo un muy buen trabajo de fiscalización y control de esas empresas de acopio que van hacia la provincia, y le prestamos colaboración. Hay algunos que ganan muchísimo dinero con eso. El tema de los cartoneros implica dos cosas: primero, organizar su tarea para que el sistema de reciclado se efectúe, y segundo, tener lo más urgentemente posible los mecanismos de coacción, como es una policía propia de la Ciudad de Buenos Aires. Hay que caer con la fuerza de la ley, no de la persuasión. No son buenos señores que no entienden que están haciendo cochinadas. Son gente que sabe que está haciendo algo terrible: explotar gente.
–¿A quién no le interesa que se solucione?
–Yo invertiría la pregunta. ¿A quién le interesa más que se solucione? A las autoridades de la Ciudad y a los vecinos de la ciudad. En cambio, para las autoridades nacionales es comprensible que este asunto, por más importante que sea, ocupe la prioridad número ochenta y cuatro. Es lógico que al gobierno nacional esas cosas no le preocupen tanto. Cuando los vecinos vienen a hacer reclamos sobre el tema de los cartoneros, me los hacen a mí, no al Presidente ni al Ministro del Interior.
–En el caso del incendio de los talleres con ciudadanos bolivianos, ¿le daba vértigo ir al lugar, responder preguntas?
–Si hay un día en el que ya no podés salir a la calle, es que te equivocaste mucho antes y tendrías que haberte ido. Y en relación con eso, la primera medida que tomé cuando asumí como jefe de Gobierno fue quitar las vallas. Hacía meses que el gobierno estaba vallado. Dije: no, sin vallas. No se puede gobernar en un estado de defensa permanente.
–Usted se ha armado un personaje: mezcla de Federico Peralta Ramos (se ríe) y Truman Capote (le encanta); hilarante en determinados momentos, irónico en otros. ¿Es como un actor?, ¿tiene distintos roles?
–Exacto. Pero es que ni siquiera uno juega roles, sino que uno es roles: es plural, nunca es singular. Uno de los primeros síntomas de que un ser humano se “seca” es cuando le queda una sola personalidad, cuando siempre se es igual a sí mismo. El problema es que algunos se van secando...
–Son los que dicen “yo soy así”, y orgullosos.
–¡Eso! Es la gente que dice: “Yo, siempre de una pieza, en cualquier lado; en la cancha de fútbol, con mis hijos o en el trabajo, soy igual”. Yo digo: “Huyan de esa persona”. El “yo soy así” es el primer síntoma de que alguien se ha secado, o de que nunca floreció. ¿Ser igual a sí mismo todo el tiempo?
–Acercar a monseñor Bergoglio con el rabino Sergio Bergman, a Lilita Carrió con los socialistas, a los ortodoxos judíos con los sectores muy católicos y agnósticos. En una sociedad sin diálogo, usted logró un diálogo...
–Bueno... Me parece que, aunque nadie lo diga, cuando uno se sienta a conversar está reconociendo que en muchas cosas está o puede estar equivocado. Esta actitud de reunión de gente con recorridos disímiles –en definitiva, este diálogo– es posible porque implica una forma de reconocer mutuamente no solamente en uno mismo a alguien valioso, sino también a alguien que se equivocó o puede equivocarse.
–Usted se ha convertido en la nave insignia de la oposición a Kirchner.
–Sí, pero por la coyuntura electoral. El gobierno tiene un candidato. No sabemos muy bien cuál es, si Daniel Filmus o Alberto Fernández.
–Mauricio Macri dijo que adhiere al 90% de las cosas que usted plantea. El problema, dice, es que usted pertenece a la gestión anterior.
–¿Ese 90% incluye mi candidatura? Si es así, que me vote.
–¡No sea tan irónico! ¿Qué lo diferencia de Macri?
–El tiene una concepción más gerencial de lo que es el gobierno. No es que sea mala; idealmente, puede ser interesante. Pero la realidad es mucho más compleja. Además, salvo en el caso de Boca, no tiene tampoco una trayectoria. Yo tengo una profunda admiración por los empresarios; creo que son uno de los motores del desarrollo de la humanidad, pero sobre todo aquellos que apuestan a la investigación, a la creatividad, a la audacia; aquellos chicos que en un garaje de Seattle fundaron Apple, o Google, o Intel en Jerusalén. Digo: esos tipos mueven el mundo mucho más que los políticos. Y no he visto en Macri ese espíritu, fantástico en otros empresarios, de innovación, de audacia, de creatividad.
–En el mundo, sin embargo, no todos los empresarios exitosos son a la vez inventores. Pero volvamos a usted: ¿qué cambió en su actitud cuando pasó de “la trastienda” a la tienda, del “detrás de escena” –por decirlo de algún modo– al escenario?
–Antes tenía menos ansiedad: una vez entregado el discurso de mi jefe, me iba a dormir. Ahora duermo después de haberlo dado. Hacerse cargo de lo que uno dice es siempre mucho más complejo que sugerirle a alguien que haga algo. Ringo Bonavena decía: “Cuando te suena la campana, te sacan el banquito y estás vos solo”.
–Pero en este lugar que ocupa, ¿encuentra un minuto de soledad?
–Para mí, éste es un lugar en el que disfruto enormemente. La paso bien. Evidentemente, me trae dolores de cabeza. Pero lo disfruto. No puedo decir ni que estoy solo ni que estoy exhausto.
Para saber más: http://www.jtelerman.blogspot.com/
Sus ojos sobre la tevé
–Entre Gran Hermano y Showmatch, ¿qué elige para mirar?
–Nunca vi Gran Hermano, pero la idea me parece sumamente atractiva y audaz. De lo que me río es de la gente excesivamente seria, que critica esas cosas, porque no entienden la vida. No hay ningún problema. Yo no lo miro, pero no daña a nadie mirar media hora de Gran Hermano.
–¿Ni de Showmatch?
–Mucho menos, porque es divertidísimo. Además, un par de veces participé. Es muy entretenido. Y si alguien quiere hacer otra cosa, están los libros. Hay una mirada resentida que no comprende los fenómenos populares.
–¿Iría al programa de Susana Giménez?
–Estoy esperando ansioso que me inviten, sobre todo ahora en campaña: quiero hablarle a la mayor cantidad de gente posible. Y la mayoría de la gente no ve Desde el Actor’s Studio , ve a Susana Giménez.
La marca de la escuela
Con portafolios
–Me acuerdo del primer día de clases. Esperaba con bastante ansiedad que se fueran mis padres. Nunca fue necesario hacer una adaptación. Pienso que los dos años que fui al jardín maternal me ayudaron a tener una relación muy cálida con la escuela. Era aplicado en las materias, pero tenía bastante llamados de atención.
Un recuerdo
–Estaba en tercer grado cuando, cruzando Canning y Vera, nos atropelló un auto y mi mamá estuvo internada un año y pico. En ese momento reaccionó todo el colegio. Fue mi primer aprendizaje en relación con la solidaridad y la vida comunitaria. Recuerdo el cuidado de mis compañeros, sus padres, mis maestros: todos querían reemplazar esas cosas que mi mamá hacía y que ese año no podía hacer.
Gloria y pavura
–Mi pesadilla: dibujo técnico. Hasta segundo año en la universidad seguí adeudando la materia del último año de la secundaria. Mis glorias: química orgánica, física, las humanísticas y todo lo que tiene que ver con producción.
Clases, recreos y vereda
–Soy un pibe del industrial. Me formé en un barrio de trabajadores, agarrándome a las piñas en la esquina del colegio; a la tarde iba a Hebraica, donde me movía en un ambiente cultural, en la comunidad judía. Yo era, modestamente, un buen canal de unión entre dos universos supuestamente alejados. Llevaba a mis amigos del industrial de Versalles a la Hebraica, en el Centro. Los recreos de la primaria estaban llenos de juegos; los de la secundaria, de amor y política. Allí, en los primeros años, sucedió el encuentro del amor, porque la mía era una de las pocas escuelas mixtas de la ciudad. Después fue in crescendo lo que más tarde sería la locura del ’76.
Al maestro con cariño
–El primer recuerdo para Alonso, mi maestro de séptimo grado. De adulto, Oscar Steimberg, Tomás Abraham; en formación política, Antonio Cafiero; in absentia, Roland Barthes y Michel Foucault.
Lecturas de infancia
–Tevie el lechero, de Scholem Aleijem: me lo contaba mi abuelo en yiddish y yo lo leía para comprender de dónde venía. Agostino, de Moravia (una novela de iniciación). La próxima vez el fuego y El cuarto de Giovanni, de James Baldwin.
El problema de la educación porteña
–No tener inversión sostenida para infraestructura. Hay que meterle compromiso y tiempo. Debemos recuperar la escuela como un lugar de formación de valores y conocimiento.
“La” pregunta: ¿es o no licenciado?
–Sobre esto no se habla mucho: se difama mucho. Hice bioquímica hasta tercer año en la UBA y cuando regresé a la Argentina me formé en Ciencias de la Comunicación en el Instituto Buenos Aire, que no otorga títulos oficiales (no existía esa carrera en la UBA) junto a (Oscar) Steimberg. Hay una tendencia argentina a agregar títulos: por ejemplo, llamar doctores a los abogados. En mi legajo dice claramente “estudios terciarios, no universitarios”, hasta que aparece una denuncia por un sello en papeles que se sellan después de que yo firmo. Los mandamos destruir y después una diputada vinculada a Alberto Fernández hizo una denuncia con una clara intención política. Yo nunca hice uso de un título que no tengo.
Mensaje a padres y docentes
–Todos decimos cosas relativamente similares. En mi caso, hay una aproximación diferente a los objetivos, con un fuerte énfasis en la innovación y en no temer hablar de la formación docente, preguntarles a los docentes qué necesitan para que las políticas públicas se pongan al servicio de un constante mejoramiento de sus condiciones de enseñanza. Porque la transformación en educación se hace con los docentes, les pido a ellos que nos exijan las condiciones para que enseñen mejor y a los padres, que acompañen a sus hijos a asumir sus responsabilidades. A veces somos una sociedad muy autoindulgente. Tenemos que buscar alianzas estratégicas a favor de nuestros hijos, a través de una amorosa y humana complicidad con los docentes. Así, habrá una poderosa modernización, un fortalecimiento de la educación técnica y la promoción de conocimientos específicos.
Lecciones de la ciudad
–La ciudad enseña la vida comunitaria, el espacio público, la diversidad. Uno de los valores es cuánta riqueza hay en la diversidad, y no cuánto temor hay en ella. La ciudad, mucho más que la escuela, nos ha hecho más tolerantes, más abiertos al diferente. La ciudad tiene muchísimos más aspectos maravillosos que deplorables (entre los que se encuentra la inseguridad, que es, indudablemente, uno de sus mayores problemas).
El corazón mirando al Sur
–La desigualdad se compensa haciendo escuelas, una premisa fundamental, que se dejó de poner en marcha durante mucho tiempo. Ahí hay desidia, irracionalidad. Los grandes planes de infraestructura se abandonaron porque hay una inmensa irresponsabilidad y mezquindad al no hacer las inversiones necesarias que después impiden concretar los proyectos. Ese es uno de los males de la política.
La educación mezcla y enriquece. Son necesarias la actualización y nuevas estrategias de aprendizaje. En la Ciudad de Buenos Aires vamos a poner cada vez más recursos, como los pupitres computadoras, pupitres electrónicos, pero hacerlo de tal manera que no se desactualicen en tres años.
Escuela ideal
–La primaria tiene que ser arquitectónicamente luminosa, bella, amplia, inclusiva, pública, numerosa. El objetivo central es estimular, estimular y estimular. La secundaria, mucho más rigurosa, con un trabajo de formación de excelencia, más amplia en sus horas de estudio.
Escuela real
–No creo en mundos ideales; eso me lo enseñó la química. Pienso que estamos lejos de la escuela ideal porque eso no existe. De lo que estamos cerca es de ser cada día todo lo buenos que podemos ser como individuos y como instituciones, y tenemos que trabajar en ese sentido, en ser lo mejor que podemos ser.
Vocaciones en el camino
–En realidad, mis vocaciones no quedaron en el camino, sino que son intereses a continuar: la musical –”ataco” algunos instrumentos y también estudié canto–, el periodismo y la docencia, a los que pienso retornar en algún momento de mi vida.






