
El talón de Aquiles
Con este relato, cerramos la serie de ocho con la que adelantamos el libro de Jean-Pierre Vernant, que publicará próximamente el Fondo de Cultura Económica
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Las hermanas Clitemnestra y Helena se corresponden como una doble calamidad. Pero Clitemnestra, de quien se dice que es hija mortal de Tíndaro, es puramente negra. Helena, de la estirpe de Zeus, conserva un aura divina aun en las desgracias que provoca. Su belleza espectacular y su poder de seducción hacen de ella un ser aterrador, pero la rodean de una luminosidad en la que brilla el reflejo de lo divino. Cuando abandona a su esposo, palacio e hijos para seguir a un joven extranjero que le propone un amor adúltero, ¿es culpable o inocente? Unos dicen que cedió al deseo con tanta mayor facilidad por cuanto la deslumbraron el lujo, la riqueza, la opulencia, el fasto oriental de los que hacía gala el príncipe extranjero. Pero otros dicen, por el contrario, que la secuestraron por la fuerza, contra su voluntad y a pesar de su resistencia.
En todo caso, un hecho es indudable: la fuga de Helena con Paris ha desatado la Guerra de Troya. Sin embargo, la guerra no hubiera sido lo que fue si se tratara tan sólo de los celos de un esposo empeñado en recuperar a su mujer. El asunto es mucho más grave. Cuando Helena llega a la edad de casarse, su padre Tíndaro piensa que entregar semejante belleza, una joya tan preciosa, no es un asunto menor. Convoca a todos los jóvenes príncipes y reyes griegos aún célibes para que se reúnan en su hogar y así hacer su elección con conocimiento de causa. Todos permanecen durante un tiempo en la corte del rey, que no se decide. Está desconcertado. Tiene un sobrino muy astuto, Ulises, a quien conviene recordar porque cumple un papel importante en esta historia. Esto es más o menos lo que dice Ulises al padre de Helena: -Hay una sola manera de resolver este asunto. Antes de hacer tu elección, que seguramente provocará alboroto, haz que todos los pretendientes juren que aceptarán la decisión de Helena, cualquiera que sea. Si el elegido sufre algún inconveniente en sus relaciones matrimoniales, los demás serán solidarios con él.
Prestado el juramento, piden a Helena que declare su preferencia. Menelao es el elegido.
Menelao ya conocía a Paris, que había sido su anfitrión durante un viaje a la Tróade. Cuando éste llega a Grecia acompañado por Eneas, es recibido con gran pompa por los hermanos de Helena, antes de que Menelao lo lleve a Esparta. Durante un tiempo, Menelao colma a su huésped Paris de obsequios y atenciones. Luego debe asistir al funeral de un pariente, y confía a Helena la tarea de cumplir los deberes de la hospitalidad. Durante el duelo y la ausencia de Menelao, Helena recibe personalmente al huésped. Ahora Helena debe ocuparse de él.
Paris y Eneas se hacen a la mar y, sin demora, enfilan hacia Troya con la bella Helena, con o sin su consentimiento, en la cámara de la nave. De regreso en Esparta, Menelao acude a su hermano Agamenón para anunciar la traición de Helena y la perfidia de Paris. Agamenón encarga a varios personajes, entre ellos Ulises, que visiten a los antiguos pretendientes y les recuerden su juramento de solidaridad. La magnitud de la ofensa obliga a toda la Hélade a alistarse para vengar el rapto de una mujer que, además de ser la más bella, es una griega, esposa y reina. En los asuntos de honor, a veces la negociación puede preceder e incluso reemplazar la prueba de las armas. Por consiguiente, en un primer momento Menelao y Ulises parten en delegación a Troya para intentar un arreglo amistoso, mediante el pago de indemnizaciones o la reparación de la ofensa.
Los reciben en Troya. Algunos troyanos, en particular Deifobo, son partidarios de la solución pacífica. La asamblea de ancianos debe tomar la decisión, ya que el asunto trasciende incluso el poder real. Los griegos son recibidos por la asamblea, donde algunos descendientes de Príamo no sólo conspiran para que se rechace cualquier acuerdo, sino que llegan a insinuar que Ulises y Menelao no deben partir con vida. Pero Deifobo, su anfitrión, los protege. Vuelven de su misión con las manos vacías para anunciar en Grecia el fracaso del intento conciliador. A partir de entonces, todo está dispuesto para que estalle el conflicto.
Al principio, la expedición a Troya no parece despertar el mismo entusiasmo en todos los griegos. El mismo Ulises trata de apartarse. Penélope acaba de darle un hijo, Telémaco.
En cuanto al anciano Peleo, esposo de Tetis, quien ha visto morir a muchos hijos, sólo le queda Aquiles y no soporta la idea de verlo partir a la guerra. Toma la precaución de enviar al niño a Sciros para que viva entre las hijas del rey de la isla. Aquiles vive como una niña. Criado en la infancia por Quirón y los centauros, ha alcanzado la edad en la que los sexos aún no están nítidamente diferenciados. Su barba y vello aún no han aparecido y tiene el aspecto de una jovencita encantadora. Vive despreocupado entre sus compañeras.
Ulises viene a buscarlo. Le dicen que no hay varones en ese lugar. Ulises, que se ha presentado como un vendedor ambulante de mercería, pide que le permitan entrar. Hay cincuenta niñas, y Aquiles no se distingue entre ellas. Ulises saca de su bolso de vendedor varias telas, bordados, adornos, joyas, y cuarenta y nueve niñas se precipitan a admirar las chucherías; una permanece aparte, indiferente. Ulises saca un puñal, y esa niña encantadora corre a tomarlo. Detrás de los muros, suena una trompeta guerrera. Cuarenta y nueve niñas aterradas corren a refugiarse; una sola, puñal en mano, va hacia la música para partir a la guerra. Ulises desenmascara a Aquiles, quien está dispuesto a partir a la guerra.
La diosa Tetis no quería que sus hijos fueran simples mortales como su padre. A los siete que tuvo antes de Aquiles, todos varones, intentó volverlos inmortales. Con ese fin, introducía a cada uno en el fuego para que quemara esa humedad portadora de corrupción y hace que los humanos no sean una pura llama; pero el fuego los consumía. El pobre Peleo estaba desolado. Por eso, cuando nació Aquiles, decidió salvarlo. El fuego sólo rozó sus labios y un hueso del talón. Peleo logró que Quirón fuera al monte Pelión a desenterrar el cadáver de un centauro que había sido sumamente veloz en la carrera, tomara un talón y se lo colocara al pequeño Aquiles. Esa es una primera versión. Otra relata que, para volverlo inmortal, al no poder introducirlo en el fuego Tetis lo hundió en las aguas del Estigia, el río infernal que separa a los vivos de los muertos. Aquiles resistió la prueba de las aguas infernales; sólo su talón, por donde lo sostenía la madre, no estuvo en contacto con el agua. Además de ser veloz en la carrera, Aquiles es un combatiente invulnerable a las heridas humanas salvo en un lugar, el talón, por donde puede penetrar la muerte.
La figura de Aquiles sólo puede ser trágica: no es un dios, pero no puede vivir ni morir como el común de los mortales. Su destino, que para todos los guerreros y todos los griegos de su tiempo tiene el valor de un modelo, aún nos fascina: despierta en nosotros, como un eco, la conciencia de aquello que hace de la existencia humana, limitada, desgarrada, dividida, un drama en el cual se mezclan indisolublemente luz y sombra, alegría y dolor, vida y muerte. El destino ejemplar de Aquiles lleva la impronta de la ambigüedad. De origen mitad divino, mitad humano, no puede ser totalmente lo uno ni lo otro.
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