
Ellas piden pista
Irrumpieron en una actividad dominada por los hombres y se abrieron paso a pura pasión y talento. Mujeres que decidieron ser jocketas e hicieron del turf su lugar en el mundo
1 minuto de lectura'
La vida les salió al cruce con los caballos de carrera y ellas eligieron jugársela cada vez que se suben a una pequeña silla de cuero que apenas las contiene. Entonces, viajan sostenidas en un par de pedacitos de aluminio y plástico llamados estribos. El caballo, en general, es una pasión argentina, y el sangre pura se metió en la cultura popular atravesando las capas sociales desde su origen como deporte de los reyes, hace más de dos siglos.
Y así como ya no es tan nítida la diferencia que en los hipódromos marcaban las tribunas -oficial, pelouse o paddock, popular-, también es borrosa la vieja ubicación machista. Ese entretenimiento reservado a hombres que se imponían en la familia para hacer lo suyo el domingo -la opción era el fútbol- hace rato incorporó a las mujeres. Y no sólo como espectadoras.
Igual, el burrero medio puede soltar alguna mueca cuando estudia el programa y ve que el destino de su apuesta estará en las patas del caballo que le gusta, pero en las manos y las piernas de una jocketa. Así como los jinetes líderes, Pablo Falero o Jorge Ricardo, hacen mejores las chances de sus caballos, hay otros que las reducen, según el ojo y el criterio de algunos.
Pero Lucrecia Carabajal, Andrea Marinhas, Martha Carolina Zapata, Mary Sol Ferreyra y Gabriela Goicoechea son algunas de las que dan pelea. Tienen su lugar; ganan y pierden como los jockeys y, en especial las dos primeras, con posibilidades de correr tanto como los hombres que siguen en el escalafón a los consagrados.
Mary Sol Ferreyra
Mary Sol Ferreyra va a recordar siempre a una yegua llamada Alborea, por dos motivos: fue la que le dio su primer triunfo y su entrenador era Arturo Varela, que un tiempo después se convertiría en su marido.
También estará por siempre en su memoria un tordillo, Endless, con el que ganó en Palermo, y Mucho Mundo y Kamy Esmeralda. Con Endless cruzó el disco primera en dos ocasiones, llevando en el vientre a su primer hijo, Nicolás, hoy de 9 años. A los otros dos los dirigió lo más suelta, y ya embarazada de Emilia, que cumplió 2 años. Las dos veces, la gestación llegaba a tres meses.
"No dije nada en ese momento y en cuanto abrí la boca me «echaron flit» -recuerda la jocketa, de 30 años, entre risas-. Pero al mes de cada parto volví a varear -agrega, bien seria-. Me dolía todo; enseguida recuperé mi peso. Nunca tuve problemas con la balanza. Como de todo." Dice la jocketa, a quien -con una campaña muy cortada por embarazos, una fractura de clavícula?y alguna suspensión- le faltan unos quince triunfos para los 120 que le permitan dejar el estatus de aprendiz.
La platense es hija de Rogelio Ferreyra, un jinete uruguayo de los buenos, que corrió aquí para el stud Dos Estrellas y supo ganar clásicos con Casandra Real. "Entonces era difícil que le abrieran las puertas a un jockey extranjero. También mi abuelo fue jinete." Hoy, Rogelio fabrica látigos, antiparras y cascos, y tiene de clientes "a todos los jockeys", destaca Mary Sol. "Hace todo a mano y trabaja solo."
A Rogelio no le gustó que Mary Sol siguiera el mandato familiar. Ni la excusa del estudio tuvo, porque su hija terminó el secundario y un curso de computación. Su hermano Dardo, en cambio, no pudo. Se subió a un caballo en la escuela y se cayó. Ahora es oficial de la policía bonaerense.
Mary Sol aprendió a montar con el caballo de un vecino vareador, en el Barrio Hipódromo. "A los 12 años, un amigo de mi papá me ofreció uno para que se lo anduviera, porque venía de una lesión grave. Yo les tenía miedo a los de carrera." El caballo volvió a competir y ganó, lo que llenó de celos a la niña, que hubiera querido dirigirlo.
La madre de Ferreyra, Graciela, enfermera instrumentista, la alentó para que siguiera. Y nada la detiene. "Cuando nació mi hijo iba a dejar, pero sin los caballos, ¿qué clase de vida iba a tener?" Presa de la herencia y la vocación, Mary Sol no concibe estar lejos de este ambiente. Ni con las 1000 carreras que lleva corridas se va conformar.
Andrea Marinhas
Andrea Marinhas nació hace 28 años en Bell Ville, Córdoba. No era difícil tener un caballo como juguete allí. Ya andaba desde los 6 arriba de ellos. "Jugaba carreritas con vecinos", cuenta. Su padre, José, empleado en la vieja Entel, había comprado un caballo para que lo montara ella en las carreras, y ante cada traslado que la empresa decidía, allí iban todos. Equino incluido.
En 2000, en cambio, Andrea fue la que encabezó a la familia nómada. Se radicó en La Plata y de a poco se sumó el resto: sus padres y sus dos hermanas también viven en la capital bonaerense. Una, Alejandra, es arquitecta; Aldana es maquilladora.
A los 14, Andrea ya corría en el hipódromo de Córdoba y un año después vino a Palermo para montar un caballo de su padre. "Fue buena la experiencia con Monterito", recuerda, con nombre propio. "En el 98, el hipódromo de La Plata me invita a correr un torneo de jocketas. Tenía 16 años y me recomendó Daniela Mangini, una amiga que ya era jocketa acá. Gané el torneo, terminé segunda el año siguiente y me quedé." Ya era conocida, por eso no tuvo que pasar por la escuela.
Marinhas es estudiante de Derecho, y jamás se le pasó por la cabeza abandonar por su profesión. "Voy tres veces por semana, a la mañana o a la noche; estoy en tercer año. Hay muy buena onda, los profesores son piolas. Algunas amigas me fueron a ver al hipódromo", y agrega un enfático "¡sí!" cuando se le pregunta si quiere terminar la facultad.
"Pero mi prioridad es el turf", aclara, ahora de regreso en los hipódromos tras un accidente que la mantuvo dos meses inactiva. Una mañana, una potranca asustada decidió venir a contramano del resto y chocó con tres caballos, entre ellos, el que montaba Andrea. "Tuve una pequeña fractura en el platillo tibial. Estuve un mes y medio con las muletas. Fue un milagro." Dos de esos potrillos ganaron clásicos más tarde. Uno se llama Le Miracle.
Hubo otros golpes, menos graves. Y triunfos. Un caballo, Conocedor, y una potranca, Sembra Fe, le dieron victorias de Grupo 1, la máxima graduación de las carreras en el mundo. Un rasgo que la destaca entre sus pares, incluyendo a más de un hombre de la fusta que todavía no lo logró. También Andrea pasó tres meses en París, invitada por el entrenador Diego Lowther para ser galopadora. "Fui con la ilusión de hacer un contrato y competir seguido, pero justo falleció mi abuela, estaba lejos, y quise volver."
De novia con el entrenador Gonzalo Pascual, Andrea se ganó la confianza de todos. Utiliza unas botas especiales, a las que debe ponerles peso en las suelas. Es liviana, como muchos que corren aquí. "Te vas a dar cuenta viéndonos cómo caminamos, arrastrando los pies", se ríe. Liviana pero fuerte, cuenta que a los caballos "los manejás más con el cuerpo, la cintura, que con las riendas".
Joven y experimentada, los triunfos no la cambiaron. Ni siquiera en esa ambición que tiene en las antípodas de un hipódromo, la de convertirse en abogada.
Gabriela Goicoechea
Hija del senador provincial Osvaldo Goicoechea, Gabriela tiene, en el origen de su vocación, cosas en común con sus colegas: nació en el campo, hizo equitación previamente, estudió en la universidad sin terminar su carrera. Y, como todas, es una apasionada de los caballos.
"Nací en General Lavalle, cerca de San Clemente del Tuyú. Mi papá era encargado de un campo; cuando mi hermana empezó el secundario nos fuimos a Mar de Ajó -relata-. Del espacio sin límites a un departamento; trepábamos las paredes", se ríe al recordar. Osvaldo fue elegido intendente de Lavalle y se radicaron en el pueblo, hasta que el Frente para la Victoria lo llevó a la Legislatura bonaerense y vino otra mudanza, esta vez a La Plata.
Allí empezó a estudiar Veterinaria y dejó todo lo relacionado con el caballo, incluida la equitación, a la que le había dedicado cinco años. "Pero siempre tenía nostalgia por los caballos y de un día para otro se me ocurrió ser jocketa; nunca lo había imaginado." El entrenador Rubén Torres la anotó en la escuela de aprendices. Al año dejó la facultad. Tenía 23 años. "Jamás me había subido a una monturita de éstas ni a un sangre pura. No sabía nada de carreras, de los ejercicios con los caballos. El primer día no me lo olvido más: no podía mantener el equilibrio, me caía."
Gabriela suma 46 triunfos. "Me faltan 14 para subir de categoría [a segunda], pero estoy tranquila", le sale un tono bien de campo, alargando la i. ¿Y de la carrera de veterinaria no le habrá quedado nostalgia? "Quién sabe, por ahí algún día termino", dice, y asegura que el nivel al que llegó no le alcanza para aplicarlo con los caballos.
Está de novia con Diego Aguirre, también jockey, y monta para una propietaria muy particular: "Compró una yegua y quería que la corriera una mujer". Para trabajarla va a San Isidro. Es la única razón por la cual deja La Plata, la ciudad en la que encontró la mejor manera de encauzar su vocación por el caballo.
Carolina Zapata
Es una mañana de ensayos en el hipódromo de La Plata. Los caballos ejercitan de a uno, de a dos o de a tres. Pasan rápido por la recta. Uno tenía una jocketa en la montura. Entonces algunos jinetes entraron a pie en la cancha grande para impedirle el ejercicio. Sólo profesionales lo hacen, o los alumnos de segundo año de la escuela de aprendices. Se llama Martha Carolina Zapata la jocketa, tiene 28 años y es colombiana. Pacho Maturana, el director técnico de la época dorada de la selección de fútbol de Colombia, tiene caballos en su país y cuando fue contratado para dirigir a Gimnasia y Esgrima La Plata la tentó a venir. "Hace tres años que estoy en la Argentina y me gusta mucho", dice Carolina.
"Soy de Medellín, donde el hipódromo ya no existe. Hay carreras en Bogotá, pero es un hipódromo pequeño, con una pista de 1000 metros. No hay cultura hípica allá." Carolina empezó de pequeña con los caballos, con los de salto, mientras estudiaba Diseño de Modas en la universidad. Por esa época era reticente a ir a la escuela de jockeys. Carolina cursaba la facultad en Medellín y debía ir dos veces por semana a Bogotá. Fue la primera mujer jockey en Colombia. Salió en los diarios, pero tuvo que hacerse en carrera, a pesar de haber estado un año en la escuela. Fuera de la pista había otra carrera, la de diseñadora, que se alargó con la doble ocupación. Finalmente el título llegó y tenía trabajo en vestuario infantil. Sin embargo, Zapata dejó la moda. Los triunfos en la pista de Bogotá con los caballos de Maturana la trajeron a La Plata, y aquí empezó con el entrenador Horacio Torres. "Yo no soy de trabajar con mujeres", fue la bienvenida de uno de los líderes en ese hipódromo. Tras aquel episodio con los jinetes platenses fue a la escuela; resignó el contrato de diseñadora y se quedó. "Acá hay muchas más oportunidades para correr." El 19 de noviembre de 2008 fue su estreno aquí y ahora suma casi 40 victorias.
Le bastaron un par de fustazos y un cachetazo para poner en vereda a algunos jockeys que se la quisieron llevar por delante en carrera. También, a uno de la tribuna que la insultó: lo fue a buscar con el látigo en la mano. El hombre salió corriendo y desde entonces la alienta: "¡Vamos Zapatita!", grita a su paso rumbo a la gatera.
Hoy, Carolina pinta, un eco de su vocación por el diseño y una especie de bálsamo para las tensiones del turf. Y hasta aprendió a soportar el frío inédito del invierno argentino para seguir.
Lucrecia Carabajal
Es hija de uno de los veterinarios más conspicuos de este país, Carlos, y nieta de Agapito, entrenador, al que no conoció. Lucrecia Carabajal tiene el estigma de la mayoría de sus ocho hermanos: estar cerca de los caballos. Hasta la génesis de la familia es una alegoría. "Mi padres se casaron cuando a mi papá le ofrecieron ser residente en el haras El Candil, donde querían un veterinario casado. Mamá tenía 18 años", cuenta la jocketa.
Hermanos veterinarios, entrenadores, empleados en hipódromos, asistentes del padre en su función docente. Así se reparte la familia Carabajal. Los últimos doce de los 30 años que tiene cumplidos, Lucrecia los pasó como jinete de sangre pura, pero un stud o un haras son parte de su ambiente desde que nació. "Vivía en el stud; muchas veces mi papá no me quería llevar porque era muy chica. Lloraba si no me llevaba. Quería ser veterinaria, y de hecho los tratamientos de sus caballos los hacía yo; a los 14 controlaba la anestesia cuando operaban él y mi hermano Adrián. No pensaba en ser jocketa."
Lucrecia tuvo que sortear obstáculos antes de llegar a manejar las riendas de un caballo de carrera. Su hermana mayor hacía equitación, pero no pudo vencer la resistencia paterna para convertirse en jocketa, como quería. "Empecé a montar la yegua de andar y hacía de todo en el stud. Los peones me cargaban y me daban trabajo. Ahí ya quería ser jinete; mi papá y los peones me enseñaron a andar a caballo." Lucre iba por la calle [interna] que sale a Márquez haciendo trote inglés, y un hombre de vigilancia le decía que no debía hacerlo. "Hoy es fanático mío; guarda los recortes."
A papá y mamá no les gustaba eso de que quisiera ir a la escuela de jinetes, pero la primera yegua que montó era entrenada por Carlos. "Ella no quería largar con los jockeys y yo la vareaba todos los días, pero no había terminado la escuela. Después me dieron permiso para montar solamente caballos de papá; entonces, debuté entrando sexta con ella, y después gané en San Isidro el día que cumplía 18 años." Como para olvidarse de la primera victoria y de Catania, la yegua en cuestión. "Ese año fue tremendo; terminé el secundario en la nocturna."
Con Nova Era ganó su primer Grupo 1 "a la semana de graduarme de jockey". Esa meta le costó tres años y varias fracturas que la demoraron. Seis meses con un corsé ortopédico. Hasta con una costilla fisurada corrió, algo que no informó para que no le impidieran montar.
Los 400 triunfos la ayudan a postergar una decisión, algo que alguna vez le pidió su madre: acaba de cumplir 30 años, la edad en la que le dijo que dejaría la profesión. "Le dije que no me acordaba de la promesa. A los 18 me parecía lejano; ahora quiero seguir hasta los 50." Dice que si fuera entrenadora tendría todos peones mujeres, por el trato que les dan a los caballos.
Pero esa parte de la vida hípica está lejos para ella. "Por el tiempo y porque no me llama mucho." Antes, le queda formar una familia. Algo a lo que no piensa renunciar.



