
A fines de los años 30, Juan Baigorri Velar aseguraba haber creado un artefacto capaz de provocar precipitaciones. Su nieto revela que eran dos máquinas: una quedó en manos del Ejército; la otra espera una nueva oportunidad en las sombras.
1 minuto de lectura'

Por Martín E. Graziano
Durante el breve período que duró su exposición masiva, Juan Baigorri Velar fue entrevistado muchas veces. Entre otras cosas, aseguró haber nacido hacia 1891 en Concepción del Uruguay. Era mentira. Dijo que tenía un solo hijo, fruto de su único matrimonio. Eran mentiras. Dijo haberse formado en el prestigioso Colegio Nacional de Buenos Aires y cursado estudios de ingeniería geofísica en la Universidad de Milán. Nunca fue posible probarlo. Dijo haber regresado a la Argentina tentado por el ingeniero y general Enrique Mosconi para incorporarse a las filas de YPF, la incipiente petrolera pública. En los archivos de la institución, no hay registros que lo certifiquen. Se desconoce la naturaleza de sus viajes anteriores, su modus vivendi y permanece en sombras todo su pasado hasta 1938. Por entonces, cuando apareció con una máquina que afirmaba hacía llover, toda la comunidad científica y buena parte de la población argentina aseguraron que Baigorri era un estafador. Un farsante o un loco. Nunca fue posible probarlo.
El 3 de enero de 1939 fue “El Día”: la piedra angular de su gloria o de su infamia descansan en ese vértice. La máquina, dice el relato popular, desapareció en la noche de los tiempos. “Para desorientar a la gente decía que era una, pero había dos máquinas”, revela su nieto, varias décadas después. “Una máquina estaba en el Ejército y se perdió; la otra no sabría decir. Uno tiene que tener sus reservas”.
“Al poco tiempo de hacer una búsqueda muy sistemática, muy fina, me di cuenta de que había una especie de cuento oficial”, revela Diego Huberman, autor del libro Baigorri hacía llover. “Un relato canónico basado fundamentalmente en algunos artículos que recopilaron la tradición oral. Pero de esa tradición oral también se recopilaron los errores”.
Como prueba Huberman, Juan Pedro Baigorri Velar nació el 4 de enero de 1892 en la ciudad uruguaya de San José. Enseguida, el camino se vuelve difuso. Todo parece indicar que pasó su adolescencia en Buenos Aires y que apenas terminó el colegio secundario partió hacia Europa para estudiar ingeniería. En Italia despuntó su pasión por la geofísica y comenzaron los experimentos. En algún momento, quizás con su título bajo el brazo –quizás no–, regresó a la Argentina y conoció a Camila Maquieira, una joven española. Se casaron y tuvieron tres hijos que, si bien heredaron el apellido de su padre, jamás lo volvieron a ver. El matrimonio con Camila se disolvió de hecho porque la ley de divorcio no se promulgó sino hasta 1987. Sin embargo, para el acta de casamiento que firmó en 1922 junto a María Arminda Saccardo, su estado civil decía “soltero”. El único hijo de esa unión fue William Francisco, que nació en 1925 durante una breve estancia laboral en Valparaíso. Suponer que estaban allí para desembarazarse de rumores no es descabellado. A fin de cuentas, ante la ley, Baigorri era un bígamo.
Entre sus escarceos amorosos, el ingeniero ya trabajaba duro en su laboratorio. Día y noche fue dándole forma a una máquina para medir potenciales electromagnéticos y encontrar tanto metales como cursos de agua. Aun en su fase experimental, esa invención le permitió lanzarse a un viaje iniciático por Rusia, Francia, Bélgica, Estados Unidos, Perú, Chile y Bolivia. El tenor, las experiencias de esos viajes son inciertas. Con el tiempo, sin embargo, algunos experimentos tomaron estado público.
“Estaba trabajando en busca de cierta combinación de metales que me hacía falta y, sin darme cuenta, la antena comenzó a funcionar y todo el laboratorio se inundó de una luz blanca que estuvo a punto de enceguecerme”, dijo frente al diario Crítica. “Entonces vi a lo lejos un resplandor extraordinario y algo como una espada de fuego que descendió de los cielos y se perdió en el seno profundo de la noche”. Sobrevinieron otras pruebas en el interior del Uruguay, que ofrecieron resultados positivos y algunos efectos inesperados. Baigorri comenzó a incubar la idea de que su máquina era, en realidad, otra cosa.
En 1926 desembarcó en el altiplano boliviano, uno de los lugares más áridos del continente, para buscar napas subterráneas de agua y paliar la sequía. Puso en marcha el mecanismo y, unas horas más tarde, el cielo se oscureció. Luego se desató una llovizna que complicó el trabajo de la máquina sobre el suelo mojado. Todos estaban sorprendidos y felices, menos Baigorri. No podía estar feliz porque la lluvia le impedía continuar su labor. No podía estar sorprendido porque eso ya había ocurrido. Pero en esa ocasión, acaso por primera vez, se permitió sospechar que sí, que podía ser. Que esa máquina hacía llover.
Baigorri tramó sus planes. El primer paso era establecerse en Buenos Aires. Recién llegado, tomó el Tranvía 2 provisto de un altímetro y su libreta de apuntes. Afirmado contra la ventanilla, cruzó la capital de este a oeste, anotando los resultados que arrojaban las mediciones. Cerca del final del trayecto encontró los números más altos. Descendió ahí mismo. Alquiló una casa en la intersección de las calles Ramón L. Falcón y Araujo y, en la parte más alta, más allá del patio florido y una escalera externa, instaló su laboratorio. Desde ese altillo, el cielo azul de Villa Luro era una cúpula radiante. Baigorri lo consideró perfecto.

Postales después de “El Día”
“Tras el esplendor, hubo una brecha de silencio”, recuerda Alejandro Baigorri, hijo de William y nieto del ingeniero. “Entre las rencillas con el periodismo, las burlas y la falta de respaldo, mi abuela sufría. Y, sobre todo, su hijo. Entonces, como familia, decidieron protegerse. Creo que mi abuelo, que era una persona muy lúcida y reservada, se desilusionó mucho. Las agresiones lo fueron consumiendo y lo llevaron a encerrarse en la casa”.
Puertas adentro, sin embargo, Baigorri no abandonó sus experimentos. Mientras el país asistía al ascenso de Juan Domingo Perón, el ingeniero hacía trabajos privados como rabdomante y mantenía una disciplina férrea para sus tareas de laboratorio: cuatro horas matutinas y cuatro vespertinas. Después bajaba a compartir unos mates con su familia, mientras María Arminda amasaba los fideos y William preparaba su ingreso en el Ejército.
A principios de los 50 pareció llegar la revancha. Raúl Mendé, ministro de Asuntos Técnicos de Perón, entrevistó al ingeniero para convenir una puesta a prueba de su máquina. Con el cargo de asesor, le fueron encomendadas algunas misiones experimentales para casos perdidos. Lo enviaron, por ejemplo, a Caucete: un pueblito en la provincia de San Juan donde la última lluvia había sucedido hacía ocho años. “Para fortuna de los pobladores, llovió en tres oportunidades”, dice el periodista Daniel Balmaceda en Historias inesperadas de la historia argentina (Sudamericana). “En noviembre, el gobierno nacional lo destinó a la provincia de Córdoba. Durante su intervención, además de lluvias, se generó un devastador tornado. […] Al año siguiente viajó a La Pampa, donde ya crecían chicos que no sabían lo que era una lluvia. Muy poco después de que Baigorri pisara la ciudad, lo supieron”.
Para Baigorri eran pruebas contundentes y, en noviembre de 1952, solicitó el respaldo definitivo. Como respuesta, recibió un telegrama del gobierno: “A fin de considerar su invento, es imprescindible que Ud. remita un informe con las bases técnico-científicas del mismo”. Baigorri hizo silencio. No quería. O no podía. “El discurso científico de Baigorri era, digamos, poco claro”, dice Huberman. “No se llega nunca a saber si tenía la intención de confundir, de ocultar o, simplemente, trataba de dar cuenta de un fenómeno que creía controlar y al que no era capaz de dotar de una explicación”.
La máquina sigue siendo la única manera de desmontar el enigma. Oscar Barros Barbeito, representante del Círculo de Inventores que premió a Baigorri por su trabajo, ofreció hace años una pista sobre su paradero: “Entiendo que el aparato fue confiscado por el Ejército, que prohibió su uso”.
1938. Algunos meses antes de “El Día”
Sentado detrás de su escritorio, Donald McRae –el gerente del Ferrocarril Central Argentino– aceptó recibir al ingeniero que traía el plan extravagante. Baigorri entró en su despacho y, con aplomo, desplegó el proyecto. No pedía demasiado: solo facilidades para trasladarse hacia alguna zona seca, logística y confianza. Si bien su propósito era de una naturaleza inusual, la presencia de Baigorri irradiaba convicción. Más curioso que convencido, McRae aceptó el convite y convocó al jefe de Fomento Rural de la empresa para que acompañara a Baigorri. Se trataba del ingeniero agrónomo Hugo Miatello: un hombre sobrio, de legajo intachable. Dentro del Ferrocarril, el profesional más idóneo para fiscalizar el procedimiento y llevar un informe detallado. Juntos marcaron el primer destino: Santiago del Estero.
El 11 de noviembre de 1938 arribaron a la estación Pinto y, desde allí, se trasladaron a la Colonia Los Milagros. Enfrentado a un paisaje desolador, Baigorri comenzó a preparar el instrumental. Luego, ante la mirada azorada de los lugareños, puso en marcha la máquina: una caja de madera de unos cinco kilogramos –no más grande que un televisor de 21 pulgadas– que, para lograr su cometido, debía permanecer en marcha unas 50 horas. Su tablero de comandos tenía perillas, cables, algunos recipientes para líquidos y una conexión hacia dos antenas metálicas. En el frente, grabadas sobre la tapa, las iniciales del ingeniero: BV. El resultado era magnético: por un lado, tenía la apariencia de un objeto doméstico, pero esa misma condición de caja cerrada fortalecía su ilusión de magia. “No podría decir más que se trata de una combinación de cinco metales radioactivos, fortificados en su acción por el aditamento de sustancias químicas”, decía Baigorri. Y para evitar que cayera en las manos equivocadas, procuraba no patentar su invento. Tampoco conservaba planos. “Todo está acá”, decía, señalándose la frente.
Redactado con prosa seca y funcional, el informe que Miatello fechó el 25 de noviembre apuntaba: “Llegamos con un tiempo completamente normal, día de sol fuerte y viento norte. […] A los pocos minutos de haber comenzado a funcionar [el aparato], se pudo observar que el característico viento norte, caliente, cambió de dirección, soplando del este, siendo casi fresco. A las 12.30 de la noche, o sea a las ocho horas y media de funcionamiento del aparato, hubo una ligera tormenta de viento fresco, acompañada de un ligero chaparrón”.
La experiencia no alcanzó los resultados esperados. La llovizna fue breve y dio paso, en el anochecer, otra vez al viento norte. El ingeniero alegó algunos problemas técnicos. “Ahora Baigorri construirá un aparato de mayor potencia”, continuaba Miatello. “Y en diciembre volvemos a Pinto para continuar con los experimentos”.
Las autoridades del Ferrocarril dieron el visto bueno y para el 22 de diciembre, Baigorri y Miatello ya estaban de regreso. En la estación de trenes compraron El Liberal, el periódico de la zona. Su pronóstico del tiempo anunciaba tiempo “bueno y caluroso, con poco cambio de temperatura”. Mientras preparaban el procedimiento en una granja-escuela cedida por el gobierno provincial, algunos curiosos pasaron a pedir –no sin ironía– que se postergara la lluvia para después de los festejos por Nochebuena. Impermeable, Baigorri siguió adelante.
“A las 55 horas de estar en funciones el referido laboratorio, se produjo un chaparrón que por sus características fue observado con la mayor curiosidad por el público”, dijo el diario La Nación. “El ingeniero Baigorri Velar ha manifestado que enseguida de ocurrir ese fenómeno dio mayor potencia a los aparatos que tiene instalados en su laboratorio con el propósito de provocar una precipitación pluvial importante, la que fue registrada en las primeras horas de esta madrugada […]. El radio de influencia del laboratorio instalado en la escuela-granja es muy amplio, y la lluvia de hoy alcanzó 55 milímetros”.
Precedidos por la fama, los ingenieros llegaron en tren a Buenos Aires. Desde los andenes de Retiro, vieron la sonora multitud que los esperaba. Fueron cargados en andas hasta la Torre de los Ingleses y, luego, hacia el aposento de su mecenas: las oficinas del Ferrocarril Central Argentino. Aún lejos de su casa pero a un paso de la leyenda.
Otras postales, 27 años después de “El Día”
Tras una temporada en la base militar de Bahía Blanca, el ingeniero militar William Francisco Baigorri, 41 años, fue trasladado nuevamente a Buenos Aires. Unos meses atrás, el 28 de junio de 1966, su madre había muerto de un cáncer fulminante. Si bien la relación con su padre no era la mejor, estar cerca después de la pérdida no podía ser menos que un bálsamo. Junto a Fanny –su mujer– y sus dos hijos –Alejandro y Ricardo– alquilaron un departamento en el barrio de Palermo. Una tarde como cualquier otra se instalaron frente al televisor para ver Sábados circulares, el programa más popular de aquellos años. En la pantalla, de rústico blanco y negro, un Baigorri envejecido enfrentaba la cámara: “Señor, yo puedo hacer llover con mis aparatos en cualquier zona seca del país. Para eso, me someto a las pruebas”. Para la familia no fue una sorpresa grata. Con sorna y una crueldad apenas solapada, el programa enredó a Baigorri en un desafío para hacer llover al día siguiente.
El domingo se fue acercando un considerable grupo de gente hasta Villa Luro. Frente a la vieja casa de Falcón y Araujo, alrededor de los móviles televisivos, se reunieron para esperar el resultado de la afrenta. Las horas pasaban y apenas si un viento tímido amenazaba. Se hizo la noche y, mientras el domingo languidecía, el público comenzó a disiparse. A la medianoche, se retiraron los móviles de televisión y los vecinos más estoicos. Entrada la madrugada del lunes, un vecino volvía caminando de su trabajo nocturno. “Cuando pasé frente a su casa, lo vi a Baigorri en la vereda”, recuerda Benjamín Morón. “Estaba solo, mirando el cielo”. Benjamín abrió la puerta y le dijo a su mujer: «Está Baigorri afuera». Cuando Carmen se asomó por la ventana, ya estaba cayendo una lluvia fina sobre la ciudad.
“Después de ese programa hubo un distanciamiento entre mi abuelo y mi padre”, dice Alejandro. “Me acuerdo bien de ese sábado, y la verdad es que no nos cayó nada bien el programa porque se burlaron y no sé si él se dio cuenta. A mi viejo eso no le gustaba nada. Dolía en la familia. A veces yo tenía encontronazos con mis amigos porque me hacían cantitos: «Que llueva, que llueva / Baigorri está en la cueva / enciende el aparato / y llueve a cada rato…»”.

Diciembre de 1938. Algunos días antes de “El Día”
Aunque Baigorri era esencialmente un hombre discreto, las fotos que poblaban los diarios lo mostraban radiante, cubierto por un aura de científico iluminado. El hombre que acababa de triunfar en Santiago del Estero posaba junto a su hijo y su máquina, con su mujer María Arminda, con el ingeniero Miatello. Desde Londres, un periodista de The Times lo entrevistó telefónicamente. Desde Estados Unidos, llegaron ofertas para comprar su invención: “No se vende, es para mi país”, respondía Baigorri.
Con una atención que no tardó en virar a indignación, Alfredo Galmarini siguió la saga paso a paso. Aquellas noticias lo comprometían: Galmarini era el director del Servicio Meteorológico Nacional. “No constituye solamente un atentado a la ciencia, sino al más elemental criterio”, dijo, consultado por Crítica. “Según la panacea que se anuncia, ya no tendremos más desiertos, y a este respecto, entiendo que los que han defendido este sistema, si lo han hecho con sinceridad, se han quedado cortos en las proyecciones del invento, pues si con una cajita se ha conseguido hacer llover en una extensísima zona del país […] deberíamos llegar a la conclusión de que aumentando la potencia del aparato y multiplicando en gran cantidad su número, podríamos llegar sin mayor esfuerzo mental al diluvio universal”.
Baigorri acusó el agravio. El 27 de diciembre, frente a un grupo de cronistas gráficos, firmó un comunicado de réplica: “Como respuesta a las censuras a mi procedimiento, regalo una lluvia a Buenos Aires para el 3 de enero de 1939”. Era un camino sin retorno. Luego selló el desafío con un gesto lacónico. Le envió a Galmarini un paraguas con una tarjeta escrita de su puño y letra: “Para que lo use el 3 de enero”. Detrás de la estocada de floretista, la sonrisa del ingeniero.
La pulseada alcanzó la estatura de un duelo público y Buenos Aires fue el gran escenario de la disputa. La ciudad se dividió, dialéctica, entre llovistas y antillovistas. Baigorri y Galmarini fueron motivo de debate y hasta de humor político en las páginas de las revistas de la época. Los titulares fogueaban el duelo: “El mago de la lluvia está provocando perturbaciones en las nubes y en los espíritus”; “la ciencia oficia frente a Baigorri”; “el pueblo está con Baigorri”.
La mañana del 30 de diciembre, el ingeniero atravesó el patio de su casa y subió las escaleras hasta su laboratorio. Descubrió teatralmente su máquina frente a los periodistas, a los que en esa oportunidad permitió presenciar la escena. Inspeccionó el contenido del aparato, graduó reactivos, antenas y, luego, puso en funcionamiento el mecanismo. “Me creerán un loco –dijo–, ¿pero acaso a Galileo no le sacaron los ojos? Yo todavía veo. Y si él dijo eppur si muove pegando un puntapié a la tierra, yo, salvando las distancias del genio y las del simple inventor, podré decir el día 3 de enero próximo «a pesar de todo, está lloviendo»”.
A través de la radio, la voz del presidente Roberto M. Ortiz cortaba la noche caliente de Buenos Aires con su mensaje de Año Nuevo. Entre el turrón y la sidra, cada mesa familiar recuperaba el desafío y los niños miraban las cañitas voladoras que cruzaban el cielo despejado. Al mediodía siguiente, aparecieron las primeras nubes. Para la noche, el cielo estaba cerrado y el verano porteño era un infierno nebuloso. Estático. Baigorri habló una vez más: “Pido disculpas a los ciudadanos de Buenos Aires por el estado atmosférico que les estoy haciendo soportar. Pero ya vendrá la lluvia bienhechora, el aire se hará respirable y correrá el viento sur”.
La noche en la víspera de “El Día” no fue muy diferente. Baigorri se sentó a la cabecera de la mesa familiar para cenar con William y María Arminda. Quizás deslizó algún comentario sobre el clima y, antes de retirarse a descansar, subió al laboratorio. Allí estaba la máquina. Baigorri escrutó el cielo y empezó a paladear la victoria: una multitud en el alba frente a su casa, las tapas de los diarios, su mano saludando. Así sería. Después se recostó en su cama, escuchando el murmullo de las primeras gotas sobre el techo. A las cinco de la madrugada del 3 de enero de 1939, el estruendo lo sobresaltó. Era un bramido metálico, plural. Se abrazó a María Arminda y juntos abrieron las ventanas. Llovía, poderosamente.

Varias décadas más tarde, apoltronado en un sillón de la Biblioteca, Alfredo Galmarini del Servicio Meteorológico Nacional, el experto Eduardo Piacentini, explica:
–Baigorri es un pintoresco, un correcto pintoresco. Nada más. No tiene fundamento teórico científico. Si apareciera Baigorri ahora no duraría un instante. Imaginate el andamiaje que hay acá. No había profesionales muy grandes en esa época.
–Por entonces, ¿con cuánto tiempo se podía pronosticar?
–Los satélites meteorológicos aparecieron hacia fines de la década del 60. Así que se podía pronosticar con éxito a 12, 24 o, como mucho, 36 horas.
–Pero Baigorri pronostica una lluvia con seis días de anticipación.
¿Cómo lo explica?
–Mera coincidencia. Pudo no haber llovido.
Alejandro Baigorri, que es un hombre parco, flaquea frente a la imagen que recupera. El recuerdo es del 23 de marzo de 1972. “En el cortejo éramos pocos. Estábamos bajando el cajón en el cementerio de Flores para enterrarlo al lado de mi abuela. Y me acuerdo de que lloviznaba. Parecía mentira”. Juan Baigorri Velar tenía 82 años cuando una complicación operatoria durante una cirugía menor por hernias le produjo un paro cardíaco. Una muerte ordinaria. A la hora de las necrológicas, los diarios argentinos contaron su historia como la de un personaje pintoresco. Un correcto pintoresco. Después, el puñado de dolientes llegó al cementerio sin saber que, mientras lloraban, los meteorólogos festejaban. El 23 de marzo es, desde 1950, el Día Mundial de la Meteorología.
“Mi abuelo no me dejaba tocarla, pero yo vi la máquina. Las máquinas –corrige su nieto–. Para desorientar a la gente decía que era una, pero había dos máquinas”. El departamento donde revela su secreto es triste. En el comedor, bajo la penumbra, hay cajas y muebles cubiertos con lonas. Una de las habitaciones tiene la puerta cerrada. En la otra, también a oscuras, agoniza su madre. “Una máquina estaba en el Ejército y se perdió; la otra no sabría decir. Uno debe tener sus reservas. No quiero que me vuelva a pasar lo que le pasó a mi abuelo, que me tomen como el semidios que maneja el clima. O como un loco”. Alejandro Baigorri, que es un hombre parco, clava su mirada sobre la puerta cerrada. Luego se clausura: “Hasta ahí voy a contar”.
1
2Hotel Casino Míguez: parte del emblemático edificio de Punta de Este está abandonado, en venta, y espera renacer
3En fotos. Todos los invitados a la muestra de Paola Marzotto en Punta del Este
4A qué hora amanece hoy, viernes 20 de febrero, en la Argentina y cuándo hará el máximo calor de la jornada



